Votar a Macri para que no gane

Por Liliana Viola

Imagen: Guadalupe Lombardo

Como la historia que voy a contar sucedió los otros días, en el interior de un taxi, y con callecitas porteñas de fondo, me cuesta presentarlo como un cuento sufi del siglo XXI. Pero lo cierto es que tuvo para mi el mismo efecto revelador que el primer cuento sufi que escuché en mi vida, sabiduría breve, capacidad entre mágica y esotérica de condensar algo que flota entre la realidad y las conjeturas; entre la lógica y el sentido común. Tampoco podré evitar que algunas malas lenguas digan que como mi biografía sobre Migré esta misma semana comenzó a ser retirada de las librerías, yo quedé tildada en el rubro de Rolando Rivas y no puedo pensar mucho más allá del tacho. Ya verán que hay un poco de todo. Avancemos.

La escena empieza así: estamos en el taxi. Casi no median palabras entre el chofer y yo. Digo la dirección y el consulta el GPS. Arrancamos. Lo que vamos a escuchar durante los diez minutos que siguen, sale de la radio. Un periodista desarrolla su bloque sobre actualidad nacional y al final cierra con una lista de indicadores por el estilo: “El dólar subió a 41.71 y alcanzó el precio más alto desde setiembre; las acciones en la bolsa se desplomaron un 4,4 por ciento; para este año se calcula una inflación que supera los 30 puntos; el riesgo país alcanzó los 750 puntos; probablemente no empiecen las clases”. Cuando está bastante lejos de finalizar, el taxista baja el volumen. Es evidente que quiere compartir conmigo su dilema: “Me pregunto si este tipo, al que yo voté, le aclaro, piensa terminar de una vez con esta política que está llevando. Me pregunto si no se da cuenta de que con tarifazos y con ajuste, no avanza el país. ¿No ve la gente en la calle que veo yo? Tiene que escuchar que las fábricas cerraron…”. Ante mi silencio, el chofer concluye: “Lo que yo digo es que este tipo, al que voté y pienso votar en las próximas elecciones, se tiene que dar cuenta de que hizo todo mal, y tiene que cambiar de rumbo de una vez. Ojalá lo haga”.

Aquí es cuando se me aparece como un eco, el primer cuento sufi que escuché en mi vida, me lo contó Fernando Noy y empieza así: “Cierto día, Narusddin atravesaba un río, llevando a un profesor en su barco. Como Narusddin era muy inculto, dijo, en determinado momento del viaje, una palabra incorrecta que provocó la risa del profesor: ¿Nunca aprendiste gramática? No, respondió Narusddin. Entonces, perdiste la mitad de tu vida, dijo el profesor”.

El cuento, obviamente, no termina acá. Y y yo desde el asiento de atrás entendí que en esta escena me estaba reservado el rol del pedagogo. Como estaba avisada por el cuento del poeta, intenté estar más a la altura que el profesor y respondí con lo aprendido en mis viejas clases de Educación Cívica: que el voto es una de las principales herramientas que tiene la ciudadanía para que se oiga su voz, su disgusto o su apoyo.

“¡Señor! Si lo vota de nuevo, ¿cómo va a adivinar Macri que usted no quiere que siga en la misma línea? Es más, si lo vota y gana gracias a usted, estaría mal que de pronto modificara la línea de sugirieron… Con su voto usted le dice que siga”. Luego de un silencio que lejos de demostrar apatía o enojo de su parte, estaba conteniendo una angustia compartida entre él y yo, el chofer concluyó: “Lo que pasa es que lo voy a votar porque no quiero que gane Cristina”. Otro silencio. Es un silencio de globito de historieta en blanco. Le toca llenarlo a él: “Muchos acá arriba me dicen que este gobierno robó tanto o más que el otro. Yo quiero que me lo expliquen. ¿Este tipo que es un empresario también robo? Quiero que me cuenten cómo, y no lo voto”.

Sería muy injusto y sobre todo empobrecedor calificar en términos de “grieta” el modo en que este señor, sin ironía ni mala fe, expresaba su deseo y sus convicciones, pidiendo a los gritos una razón que resultara más válida que sus propias experiencias, que sus cuentas, que lo que le muestran sus ojos, que su propio desencanto. Como si su pensamiento no fuera suficientemente válido y necesitara ser arrasado por la potencia de alguna fórmula como “la corrupción” o “se robaron todo”. No es una anécdota aislada, es un modo de razonamiento que recorre las calles de Brasil y de muchos lugares del mundo actual.

Pude haberle dado algunos ejemplos concretos sobre lo que me estaba pidiendo. Pero estábamos llegando a destino. Y además, pensé que no quisiera que la política, las conversaciones, los modos de pensar soluciones se redujeran a listas de actos de corrupción política, no quisiera una ciudadanía de indignados. Así fue que no respondí nada, le pagué y me fui.

Recién ahora, recuerdo el final del cuento: El barquero le respondió al profesor: “¿El señor nunca aprendió a nadar?”. Y ante la respuesta negativa, Narusddin replicó: “Entonces perdiste toda tu vida, porque vamos a hundirnos”.

08/03/19 P/12

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