Votar al Frente

Elecciones: entre el desencanto y el terror a la pesadilla

Por Eduardo Blaustein

La mayor esperanza del gobierno y quienes lo apoyan de cara a las elecciones es recuperar algún puntito. Puede que salga al revés. El desencanto se esparció en la tropa propia y en los votantes. Un tipo de desencanto que puede que sea exagerado y que tiene segura relación con la furia ciega que atraviesa a las democracias del presente.

Ahora somos todos unos pícaros bárbaros –visionarios, grandes estadistas- y decimos qué gobierno de boludos y qué nabo es este Alberto que se creyeron que para ganar las elecciones bastaba con mostrar lo hecho durante la pandemia y los brotes endebles de la reactivación económica. Se creyeron –decimos los pícaros- que con el IFE y una batería de medidas de contención social se contenía en serio a los más desesperados.

Reflejando los estilos cancheros del periodismo todos nos hicimos directores técnicos, sabihondos y suicidas, sobradores, y aunque ni de lejos vimos venir la paliza electoral en las PASO –no las vio venir nadie- todos le encontramos las explicaciones precisas y preciosas.

El domingo son las elecciones y la mejor perspectiva posible para el gobierno y quienes lo apoyan, aun reticentes o desencantados, es que se recuperen algunos puntitos. Porque, aunque somos muy pícaros y manyamos bocha de política, todavía no sabremos qué pesará más: si el efecto inercial de la derrota sumando más desencanto y distancia o el eventual milagro de que los que no votaron vuelvan a votar peronismo o los tocados por la varita mágica del dinero que ya circula por las calles sientan una repentina alegría que los haga votar al Frente de Todos.

Digresión y misterio: en los barrios no solo de clase media alta y media los bares y restaurantes revientan de gente. Puede ser el efecto liberador del fin presunto de la pandemia. Pero se necesita guita en el bolsillo para consumir. El plan gubernamental PreViaje para fortalecer el turismo interno fue un exitazo. Dice una de las la webs oficiales de ese programa: «En su primera edición, aproximadamente 600.000 argentinos y argentinas utilizaron PreViaje e inyectaron $15.000 millones al sector. Durante el último trimestre del 2020 hubo gastos por $10.000 millones». Las cifras solo aluden al 2020 y algo del 2021. Pésima comunicación oficial del exitazo porque la cifra actualizada de quienes viajaron con ese programa es de un millón y medio de personas. Hoy, hasta la más humilde cabañita cordobesa está adherida al plan. Las plazas hoteleras están pintando para un verano con lleno total y los que van a Punta del Este, eso por supuesto, son legión. En la ciudad de Buenos Aires se sigue construyendo a lo pavo –al mismo tiempo que cuesta mucho vender una propiedad- y en otros puntos del país lo que repunta es la obra pública y algunas industrias. Conclusión: ¿hasta qué punto la economía está hecha percha? Demás está decir que la reactivación no abarca a los más vulnerables. Pero para muchos otros, el hecho de salir a comer, ir al cine, salir de vacaciones, vuelve a ser un asunto normal… que no necesariamente conduce a votar al Frente de Todos. Qué enigma presunto, pucha caramba.

¿Mal menor?

La cuestión, decimos los pícaros, es que Alberto y su gobierno han perdido el rumbo, la línea discursiva, la dirección de un proyecto transformador. Y sí, en parte eso es cierto. ¿Pero es tan horrendo lo hecho por el gobierno como para destrozarlo por las redes? A juicio de quien escribe no es en absoluto horrendo el balance y en todo caso es infinitamente menos horrendo que lo hecho durante el gobierno de Mauricio Macri o el eventual, temible retorno de un gobierno de derecha que, para mayor desgracia, añadiría a su violencia conocida (violencia por gestión, violencia simbólica, violencia represiva y discursiva) la que se encarna en los Milei y los Espert. Un modo de decir que votar al Frente de Todos –con todas las limitaciones conocidas de estos dos años- es un voto en defensa propia. Y no se trata de «el mal menor», como suele decirse, sino de la mejor de las opciones, descartado –como descarta el que escribe, mero gusto personal- el voto a la izquierda. Dicho esto con mucho cariño y respeto por la figura de Miriam Bregman, de lo mejorcito que dio la izquierda en años, solo que debajo de ella la izquierda sigue atrasando y siendo cuadrada. Una voz solitaria y digna en el Congreso es algo bonito de escuchar. ¿Pero qué peso tiene en la política real y el juego de poderes esa voz solitaria? También es cierto que si no entra Bregman entrarían dos candidatas horripilantes.

Saludada que fue la izquierda, vuelta a preguntar: ¿es tan horrendo lo hecho por el gobierno?

Primer asunto: quienes votaron a AF debieran saber que votaron a un moderado que supliera la falta de empatía de CFK con amplios sectores de la sociedad. Entonces, para los kirchneristas que muy comprensiblemente se creen más duros que Clint Eastwood, habrá que reiterar que «la jugada maestra» de CFK al ungir a Alberto venía con ese bonus-track: podemos ganar «sin Cristina sola», con un moderado.

Segundo asunto: Argentina sigue siendo ejemplo mundial de lo hecho por un gobierno en pandemia y si los números de muertos y contagiados son tan altos es porque aquí, por el trabajo del sistema sanitario y la solidez del seguimiento estadístico, prácticamente no hubo subregistro de víctimas como sí sucedió incluso en los «países serios». De modo que, por favor, no repitamos «se creyeron que por lo hecho en pandemia», etc., etc. Favor de volver a imaginar que hubiera sucedido con Macri o Rodríguez Larreta.

Segundo asunto, segunda parte: se recuperó en buena medida un sistema de salud hecho pomada, no solo de cara a la batalla contra la pandemia.

Tercer asunto: la reactivación se produjo, es real, existe. Claro: está muy lejos de alcanzar a todos. No existe la famosa redistribución más o menos keynesiana. Pero otra vez: imaginen un rumbo económico neoliberal en la pandemia y la post-pandemia. Olviden los créditos de los bancos oficiales, la renegociación que se hizo (tan olvidada) de un buen fangote de la deuda externa, el congelamiento de tarifas (que ya viene insostenible) que cuida los bolsillos incluso de los que no lo necesitan, los niveles inflacionarios que serían peores.

Sin mayores datos reales algunos creen que este gobierno nos está entregando al FMI. No existe certeza por ahora de que eso sea así, por más que el ministro Guzmán –por propia convicción- quiera achicar el déficit fiscal. Pudo suceder que el gobierno aprovechara el momento más angustioso de la pandemia –FMI filantrópico de entonces- para apurar un acuerdo beneficioso. Eso es diario del lunes. Si no hubo acuerdo hasta ahora es porque la negociación no es fácil, porque el gobierno intentó e intenta dar pelea, estirar plazos, evitar sobretasas y puede que esas apuestas sean las equivocadas. En el camino, la buena de Kristalina perdió poder y el nuevo FMI ya es el FMI de siempre (con Kristalina sola no alcanza y hoy el peso de los EEUU de Joe Biden en el Fondo empeoró las cosas). Hasta el momento no puede decir que este gobierno se bajó los pantalones. De hecho, la última declaración del representante del gobierno ante el FMI, Sergio Chodos, fue esta: «Una negociación no es la obediencia o la firma de un contrato de adhesión». Al Fondo, dijo, «le conviene que la negociación final tenga un amplio consenso, tanto por razones económicas como políticas».

El gobierno incluso se está arriesgando al default en la discusión con el Fondo, sea eso muestra de fiereza o diez tiros en ambos pies.

Enredos y tropiezos

Se lo acusa a AF de blando y de tibio. Puede que sí. O puede que sea más riguroso o prudente decir que se lo ve más bien desdibujado desde hace cerca de un año o más. Cuando no terminaba de arrancar la reactivación, cuando algunas de las iniciativas oficiales más o menos audaces no solo que no se plasmaban sino que se retrocedía (a muchos les gusta citar el caso Vicentin como bisagra), cuando el discurso muchachero y amigable se agotó (y el de los anuncios buenazos de las políticas sanitarias para combatir la pandemia), cuando comenzaron a oscilar las líneas discursivas y –peor-, cuando comenzaron a enredarse y tropezar unas con otras las diversas líneas discursivas internas, reflejando ciertas precariedades de la coalición gobernante. Sobre el asunto de la coalición y el estado actual del peronismo, el que escribe intentó poner algún contexto histórico explicativo que puede leerse acá: A partir de allí el Alberto amigo de Rasguña las piedras fue perdiendo identidad, autoridad y comenzó a rasguñar mal.

Ahora bien, pongamos que Alberto es «tibio». ¿Tibio para quién? ¿Para qué audiencias o para qué sociedad? Si es para hablarle solo a la tropa y el votante kirchnerista y nada más ya se pagaron los costos de la endogamia en elecciones anteriores (primer kirchnerismo incluido, cuando el triunfo de Francisco De Narváez en provincia de Buenos Aires). ¿Tibio como si esta sociedad votara masivamente al FIT? ¿Esta sociedad es puro pibe para la liberación y proyecto nacional y popular o se convirtió en una más de las sociedades del mundo que ya venían desde antes de la pandemia con antipolítica violenta y ascenso de las derechas y los neofascismos? Ya en pandemia, casi no hubo gobierno en el mundo que no pagara los costos electorales de la peste y la violencia (antipolítica, antivacuna, anti-inmigratoria, antitodo) se multiplicó. Según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea la pandemia le dio nueva vida también a la retórica antisemita, no solo a la antiárabe.

No deberían sorprender entonces Milei y Espert en Argentina, cuando existen neofascismos más extendidos, Europa bien incluida. Es en esa nueva cultura política global, degradada, iracunda, ciega, fruto de democracias que no dan respuestas desde los tiempos del thatcherismo, que decimos «Alberto es tibio». Como si en la vereda de enfrente desfilaran por un futuro mejor nuestros viejos anarquistas, los descamisados de Perón y Evita, más Carlitos Chaplin haciendo flamear en vanguardia su banderita roja.

Las derechas argentinas, además, han sido muy astutas. Junto y por fuera de la violencia interna de Macri o la que exterioriza Patricia Bullrich para ganarse a lo más desenfrenado de nosotros, la comunicación de nuestras derechas se afianzó con aquello de la sonrisa, el diálogo, la informalidad, la cercanía. «Vecinos», «Sos bienvenido», candidatos en afiches públicos con fondos arbolados, «Mauricio», «María Eugenia» y Horacio Rodríguez Larreta invitándote a un café por celular o las redes. Está el neofascismo de un Milei y está esta obra maestra de la perversión que es el fascismo sonriente del macrismo que ganó las elecciones del 2015 y siguió sonriendo mientras destruía todo. Como Clarín y el dulce de leche, un invento argentino. Una derecha que todavía se muestra como lo nuevo, virgen y nunca existente y que aún vive robando con la muletilla que empieza así: «Nos metimos en (ajjjjj) política para…».

El presidente que no pudo ser

Un artículo bien reciente del colega (y poeta) Martín Rodríguez dice casi todo en un título, en referencia a Alberto Fernández: «Síganme, no los voy a liderar«. Muy bueno el título, un poco cruel, buena la nota.

Sucede también que se le pide mucho al equipo siendo que las condiciones son muy adversas. No, no es hasta ahora un presidente fuerte y menos un líder carismático y menos un caudillo Alberto Fernández. Por algún extraño cálculo o porque habrá hecho cálculos que le dijeron que no le convenía o porque no le da el carácter, no quiso hacerse el macho pistola. O porque no quiso confrontar y desgastarse (y a su gobierno) en una pelea por el liderazgo dentro de la coalición de gobierno (¿contra Cristina? ¿contra cuántos?) y hacia afuera tampoco. Vaya a saber si es una cuestión de temperamento o de cálculo. Fueron presidentes fuertes –mientras duraron- Alfonsín (dos años), Menem (¿siete de diez años?) con el apoyo del establishment… y los pobres. Néstor y Cristina. Todos tuvieron algo de excepcionalidad. Y Alberto no, Alberto es blando, peludo y suave, Alberto no es una figura excepcional. ¿Pero cómo es esto? ¿Se le debe exigir excepcionalidad a todo presidente? ¿Habrá que hacerle el reclamo a Mercado Libre por haber votado a un presidente que no resultó excepcional? ¿Habrá que hacerlo porque hay una sobreoferta tremebunda de dirigentes excepcionales en Argentina?

Cristina no podía ganar sola las elecciones. ¿Qué opciones excepcionales tenía el peronismo/kirchnerismo?

El filósofo coreano-medio germánico Byung-Chul Han, tipo bien interesante aunque algo repetido y un poco apocalíptico, suele reiterarse en la idea de que en este mundo mega capitalista tecnológico a la gente le encanta explotarse y por lo tanto el capitalismo no necesita explotar a naides. Polemizó el ensayista con Slavoy Zizek hace tiempo con ese mismo argumento, cuando Zizek amagó a decir que con la pandemia podía al fin venir la revolución. Tiene sus buenas razones el coreano para decir lo que dice y parafraseándolo puede afirmarse que en este mundo y en Argentina a la gente le encanta ser puteada y putear a todos y son todos una mierda y fin del discurso y de la Historia. Podríamos otorgar otra patente para esta invención al entrañable amigazo Baby Etchecopar. Cuando era todavía personaje algo marginal y no glorioso, Baby ya puteaba a la gente por radio y televisión. Lo llamativo, explicativo y maravilloso es que… ¡¡le fue bárbaro!!

Es en este contexto, en esta sociedad real, y no en octubre del 17 ni del 45 ni en marzo del 73 que se vota este domingo. Con todas las críticas que puedan hacerse a la gestión de Alberto Fernández, y con mucha tristeza por lo que sucede en todas partes, el que escribe va a votar al Frente que dista de beneficiar a Todos por una cuestión elementalísima: en defensa propia, de sus hijas, seres queridos y del país. Para evitar un mayor agrandamiento de la pesadilla de la derecha. Con alguna esperanza de que en los próximos dos años el gobierno –reactivación y redistribución mediante- pueda remontar la cuesta.

Socompa