¿Wuhan o Londres?

Por Oscar Campana

De pronto el mundo se descubre a sí mismo como lo que es: una sola y opresiva casa. Viene a constatarlo a través de un dramático camino: el de la expansión a escala planetaria de un virus. El comercio, las comunicaciones y la movilidad humana en tiempos de globalización nos convierten a cada uno, a cada pueblo, a cada país, en vecinos cercanos, lo sepamos o no, lo queramos o no.

Pero, ¿a qué mundo llega este virus?

 

La crisis del «orden» de posguerra

Tras la Segunda Guerra (1939-1945) la comunidad internacional se dio a sí mismo un «orden» que trataba de conciliar frágilmente los intereses de las grandes potencias, por un lado, y los anhelos humanistas de amplios sectores sociales para que no volvieran a transitarse los caminos que terminaron en la más devastadora contienda bélica conocida. Así, mientras para algunos el mundo pasaba a ser regido por un nuevo orden económico –los acuerdos de Bretton Woods y el Banco Mundial (1944), el Fondo Monetario Internacional (1945)–, para otros prevalecería el ideal de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) de la recientemente creada Naciones Unidas (1945). A esto debe sumarse que sólo desde un empoderamiento del rol del Estado fue posible revertir la recesión generada por la guerra. Así la economía mundial conoció un ciclo largo de crecimiento económico que finalizó con la crisis del petróleo de 1973.

Pero, como sospechaba Hegel hacia 1800, la historia parece avanzar por su «lado malo». Desde aquella crisis, el progresivo auge del neoliberalismo, la «guerra de las galaxias» que aceleró la guerra fría y empujo a la Unión Soviética al colapso, el llamado «consenso de Washington», el sometimiento de muchos organismos internacionales a los intereses del capital concentrado, una economía globalizada al servicio de la renta financiera, la estigmatización de la política y la desvalorización y el desfinanciamiento de los Estados, dieron como resultado un mundo que parece quedarse sin reservas frente a una peste global frente a la cual, salvo el pánico, no parece encontrarse una respuesta común y eficaz.

¿Cuál fue el principio visible de este giro en la política internacional?

 

La «paciente cero»

En 1979 triunfa en el Reino Unido Margaret Thatcher y comienza a ejecutar el llamado «capitalismo popular», siendo reelecta en otros dos períodos consecutivos, gobernando hasta 1990. La Dama de Hierro postulaba el futuro: «No hay sociedad. Se supone que cada persona debe sacar su propio beneficio sin preocuparse por nadie más», decía. Fiel a esta consigna, al llegar al gobierno favoreció con sus políticas la creación de una sociedad dual como la Europa occidental no había conocido desde hacía mucho tiempo. Privatizó todo lo que pudo, redujo las cargas sociales para los propietarios de empresas, flexibilizó las condiciones del empleo, retiró al Estado de la seguridad social… Cuando dejó el gobierno, los resultados eran evidentes: la mano de obra en Inglaterra era 40% más barata que en la Europa continental; 1.930.000 desempleados, el 6,9% de la población económicamente activa; trabajadores que se contrataban por U$S 2,44 la hora; 24% de la población por debajo de la línea de la pobreza; uno de cada tres chicos padecía hambre; los pobres llegaron a 14 millones de personas; el Reino Unido descendió en el ranking europeo al décimo lugar. Ver la película Tocando el viento es mejor que cualquier descripción.

En 1980 Ronald Reagan gana abrumadoramente el gobierno de Estados Unidos, que presidirá entre 1981 y 1989, convocando al pueblo norteamericano a llevar adelante la «revolución neoconservadora». En junio de 1981 presentaba sus «reaganomics»: reducción del gasto público, eliminación de impuestos a la renta y al capital, desregulación de la economía… Lo que con el tiempo fue el consabido recetario neoliberal que recorre hasta hoy el mundo entero.

 

La expansión del virus

Thatcher, Reagan… Con ellos, el nuevo espíritu del capitalismo alcanza su epifanía e intenta irradiarse al resto del mundo. La educación, la salud, la previsión social, la vivienda, es decir, el acceso a los bienes básicos para formar parte dignamente de una sociedad, se convirtieron en mercancías arrojadas a la voracidad del mercado.

La revolución neoconservadora reinstala los paradigmas éticos del capitalismo salvaje: las cosas sobre el hombre, el capital sobre el trabajo o sobre lo queda de él. Los grupos económicos sobre las naciones. El mercado sobre los derechos humanos. Pero ahora, sin aparente rival a la vista y valiéndose de los grandes monopolios de la comunicación y la información y de la hegemonía ejercida sobre la revolución tecnológica, la expansión de aquellos paradigmas éticos terminaron por convertirse en el sentido común dominante de amplios sectores de la población mundial.

La caída del muro de Berlín, en 1989, y el desmembramiento de la Unión Soviética en 1991, favorecieron la idea de que ya no había más nada que hacer: sólo quedaba el capitalismo. Había que abrazarse a él con todas las fuerzas y olvidarse del Estado de bienestar, porque no había nada más malo para la economía, según la nueva lógica, que un Estado que tratara de estar presente en todo, regulando los intereses privados y laudando distributivamente en favor de los menos favorecidos. Era «el fin de la historia», pregonado en 1992 por Francis Fukuyama en su peculiar lectura de Hegel.

El experimento inglés y su motor norteamericano, la emergencia del «Estado post-social», alcanzaron en los ’90 todos los rincones del planeta. Basta recordar las versiones latinoamericanas: Menem y De La Rúa en Argentina, Bucaram en Ecuador, Fujimori en Perú, Lacalle en Uruguay, Collor de Melo y Cardoso en Brasil…

El tibio y frágil retorno de la socialdemocracia europea apenas fue la antesala de la más importante oposición con la que el neoliberalismo tuvo que vérselas hasta hoy: la de los nuevos «populismos» latinoamericanos: Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Lula y Dilma en Brasil, Néstor y Cristina en Argentina, Lugo en Paraguay, Tabaré y Mujica en Uruguay, Evo en Bolivia…

Pero quienes creían que los fantasmas criminales del neoliberalismo habían quedado en el pasado, o que América Latina podría imponer un nuevo paradigma ético-político, se sintieron sorprendidos cuando amplios sectores de una clase media nueva y vieja a la vez volvieron a hacer lugar a las figuras recargadas del pasado. En las cuestiones que hoy ocupan las preocupaciones de nuestro país, entre 2015 y 2019 el gobierno macrista redujo 23% el presupuesto de salud, 40% el de educación y 43% el de ciencia y técnica. De botón, una muestra.

 

¿Cien años?

La lógica individualista del «sálvese quien pueda» llegó a las naciones, como la cruel victoria cultural del capitalismo salvaje y concentrado. John Maynard Keynes, una de las principales mentes de la economía del siglo XX, en un enigmático y paradojal texto decía, hacia 1930: «Cuando la acumulación no tenga tanta importancia social (…) podremos librarnos de muchos de los principios pseudo-morales que hemos tenido sobre nosotros por doscientos años (…) El amor al dinero como posesión (…) será reconocido como lo que realmente es: algo morboso y desagradable (…) una de esas inclinaciones semi-patológicas que se ponen en manos de especialistas en enfermedades mentales. (…) Que la avaricia es un vicio, que la práctica de la usura es un delito y que el amor al dinero algo detestable. (…) (Pero) ¡Cuidado! No estamos todavía en ese momento. Por lo menos durante unos cien años debemos fingir entre nosotros y ante todos los demás que lo justo es malo y lo malo es justo (…) que lo injusto es útil y lo justo no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo. En efecto, sólo ellos pueden conducirnos fuera del túnel de la necesidad económica y llevarnos a la luz del día».

1930, 2020… Si esta especie de auto-profecía de la crisis del capitalismo fuera cierta, ¿en qué punto del túnel estaremos? Muchos dicen que la pandemia actual obligará a repensar el mundo… ¿Ocurrirá?

Mientras tanto, afortunadamente sigue habiendo personas –y gobiernos– que, como diría Albert Camus, «se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan en ser médicos». Sigue habiendo quienes emprenden, con poco, la lucha contra un enemigo que, aunque aparentemente invisible, debiera ser identificado en las condiciones estructurales hacia las que el mundo se fue aproximando en las últimas décadas.

Ninguna plaga será la última. Pero el mundo en el que ocurra puede y debe ser distinto.

El Cohete a la Luna

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