Y ahora, ¿con qué llenamos?

Por Hugo Muleiro

La pandemia de coronavirus, como innegable catástrofe universal por las vidas que afecta y se cobra, y el confinamiento forzado en la Argentina, representan con el paso de los días un desafío muy difícil de superar para los medios de comunicación en todos sus formatos, aunque en especial para las emisoras, espacios y publicaciones que se presentan al público como informativos o que tienen la aspiración de serlo.

¿Cómo informar las 24 horas, cómo aportar algo novedoso, cuánto corresponde reiterar lo que ya se informó, las consignas expresadas y ya repetidas, para un tema que excluye casi obligatoriamente a cualquier otro, o que hace que miremos todo bajo el prisma de la pandemia?

Probablemente no hay solución satisfactoria, por mucha creatividad, inteligencia y recursos de los que cada espacio estén dotados, y eso es lo que da explicación, que no es sinónimo de justificación, a una buena porción de lo que oímos, vemos y leemos de los medios convencionales en estas jornadas difíciles no solo por el encierro, sino por la variada gama de amenazas que nos rodean, individual y colectivamente.

Es obvio que prima entre los medios la convicción, muy atendible, de que no puede haber ninguna otra cosa que interese al público. Fuera de la danza diaria de números, nacional e internacional, con el crecimiento progresivo de víctimas mortales y enfermos -presentadas en TV con la aparentemente obligatoria música de tensión dramática y letras y colores que paralizan el corazón de las audiencias entre 30 y 45 segundos-, quedan los anuncios gubernamentales y declaraciones de autoridades. Luego, los expertos, los presuntos expertos y los falsos expertos. Y de ahí en más, todo es «crear».

Posiblemente esto explique la televisación diaria de dos o tres puntos de tránsito entre la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano, con sucesivas conexiones, en varios horarios, para relatar lo que se repite cada momento, cada tramo, cada día: vehículos que intentan pasar, con personas que van o no munidas de los permisos requeridos.

El paso de los días dio una cierta mejora en esta práctica: por suerte decayó la postura del móvil periodístico como una patrulla más, denunciando en tono dramático la ciertamente peligrosa ruptura del confinamiento pero, acaso sin pensarlo, azuzando la exasperación de la audiencia y permitiendo la identificación de las y los presuntos infractores y sus vehículos, sometidos así al riesgo posterior de la represalia social.

La exigencia de ir llenando el espacio empuja también a interminables planos de personas haciendo fila para usar el cajero automático en cualquier punto a tiro de cámara, mientras el cronista o la cronista hace malabares para relatar lo que no hace falta relatar, pues la imagen lo dice: personas haciendo fila para usar el cajero automático.

Y así. La columnista-cocinera se toma licencia para explayarse sin límite sobre el error flagrante de las y los argentinos que gustan de las ensaladas de lechuga y tomate, un esfuerzo comunicacional revestido de la loable vocación de ayudar a las familias del país, ahora enclaustradas.

El conductor o la conductora que solía anunciar la última bravuconada comercial y geopolítica de Donald Trump contra China, y dotado o dotada de la habilidad para pasar en un segundo a la última novedad en la «polémica» entre dos «celebrities» (indispensable es usar esta palabra para presumir modernidad de lenguaje), ahora exhibe dotes para detenerse en «tips» para desinfectar el automóvil, tras lo cual la música atronadora la lleva a presentar el número más actual de muertos en España y luego, seguirá otra vez la fila en el cajero.

Otro conductor y otra conductora están convencidos, de seguro con toda honestidad, de que además de ofrecer notas periodísticas interesantes y entrevistas que vale la pena escuchar, es parte de su servicio «levantar» el ánimo de la audiencia: por eso le dan gas a alguna música con «ritmo» (pues como se sabe hay «música sin ritmo»), cantan encima de la grabación y le reclaman a su público que también lo haga, con el inevitable «dale». Sin duda habrá y hay personas que reciben agradecidas este esfuerzo de periodistas/cantores.

Los diarios y portales «informativos» también la tienen difícil. Con idéntica voluntad de dar servicio, se multiplican consejos para atravesar lo mejor posible el confinamiento. Juegos, películas, lecturas, cocina, tareas compartidas, ilustradas ineludiblemente con fotografías de hogares de clase media-alta: mesas y sillas estupendas, pisos relucientes, mesas de ensueño colmadas de bocados apetitosos, ventanales que casi dejan que una vegetación suave acaricie a los moradores. No es que estos envíos mientan: es probable que con recursos y ambientes así sea bastante difícil trasponer la puerta en el mejor de los tiempos imaginables.

Imitemos a quienes entrenan en su casa, consejo de gran valía para el cuidado de la salud. Y allí se ve a una persona, por lo común del deporte profesional de alta competencia y suculenta remuneración, con una sala que es mejor que el mejor de los gimnasios que pueda pagar un habitante medio -ni digamos trabajadores o desocupados- de Buenos Aires, Posadas, San Juan o Puerto Madryn.

¿Cómo llenamos? La nota desgarradora de una mujer que en Francia vio cómo se iba la vida de una hija adolescente, con un sinfín de detalles que no harán más que destrozar el ánimo del lector o lectora, es considerada una posibilidad y usada en consecuencia.

El caso del automovilista que fue detenido una primera vez y escoltado hasta su domicilio por violar la cuarentena, y que se escapó siempre con sus tablas para surf, hasta ser encontrado en un balneario, fue de significativa ayuda para completar espacios y no solo eso: desató andanada de insultos que la ley vigente desaconseja entre las 6 y las 22. De paso, le sirvió de excusa para cacarear sobre el fracaso del Estado y confirmarse como referencia de la oposición a quienes simulan ser periodistas.

Esta muy comprensible dificultad para cubrir espacios noticiosos tiene, claro, variaciones. El viernes 27 vino en auxilio de los medios el papa Francisco, con actos litúrgicos imponentes por su singularidad, con la gigantesca Plaza San Pedro completamente vacía. El Pontífice fue ofrecido en una espontánea y prolongada cadena nacional, unanimidad infrecuente entre los medios, no sólo por la materia transmitida sino por lo que ello indica sobre cómo consideran y definen a sus audiencias y qué espacio le queda -si le queda- a las franjas de la población con otras inclinaciones y preferencias. Pero este es un tema que plantea otras complejidades.

Comuna. Comunicadores de Argentina
https://www.comunanet.com.ar

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