Y en octubre habrá elecciones…

Por Alfredo Mason

Es bastante obvio que paralelo a la pandemia se está desarrollando un reordenamiento mundial, pues al casi omnímodo poder estadounidense de los 90 le han ido arrebatando espacios tanto China como Rusia, mientras Europa no logra unificar su política. Pero nada de ello significa resolver el problema central que un virus ha puesto al descubierto: le han gritado al rey que está desnudo, el neoliberalismo ha entrado en crisis. Pero, ¡cuidado! Esto no quiere decir que en un proceso evolutivo y progresivo estemos yendo a un mundo mejor, sino que aquello que ese mundo sea depende de lo que seamos capaces de construir en forcejeo con el polo que constituye el capital concentrado.

Vivimos una época en la cual se ha producido una mutación importante en el capitalismo, que ha abandonado la lógica productivista para tomar una especulativa, requiriendo ello una variación en la concepción de la gobernabilidad. La democracia inclusiva que genera una mayor participación se verá como un ‘exceso del goce’ y se requerirá un ‘republicanismo’ sin demos donde, como planteaba Carl Schmitt, la política se reduce a la componenda ‘hecha en los despachos’, en este caso por parte de esos grupos económicos concentrados. Lo que este capitalismo derrama es desigualdad. Pongámosle encarnadura a ello: mientras que los países de América Latina debemos estar constantemente renegociando la compra de vacunas, hoy en las sucursales de Walmart de Miami se anuncia por parlantes la posibilidad de recibir la vacuna contra el COVID-19 junto a las góndolas, y las dosis que al final del día no se han aplicado se tiran a la basura.

Este reordenamiento del poder y el orden mundial no es algo que nos sea ajeno. Como suelen decir algunos: a mí me interesa lo que pasa acá. Precisamente, de eso se trata negar la política… para que no se entienda lo que pasa acá.

A fines del año pasado un informe de la CIA afirma que casi con certeza América Latina verá puntos calientes de volatilidad durante el próximo año, en un marco de clima político polarizado, elecciones impugnadas y protestas violentas. Como todos sabrán, esa Central de Inteligencia no es clarividente ni enuncia futuribles, sino que organiza operaciones. También visitaron Argentina en medio de la pandemia el asistente especial del presidente y director senior para el hemisferio occidental, Juan González, y la subsecretaria interina para asuntos del hemisferio occidental del Departamento de Estado, Julie Chung, aconsejando al gobierno argentino morigerar sus relaciones con China, particularmente en lo que respecta Huawei, las tecnologías 5G y la construcción de la central nuclear Atucha II: frente a estos temas estratégicos pretenden determinar nuestra gobernabilidad.

En este marco nos aguarda una situación tan inédita como la pandemia misma: una campaña que estará signada, casi en su totalidad, por lo virtual. En el ámbito de los medios de comunicación y las redes sociales, la oposición –Juntos por el Cambio– aparece con una presencia mayor que la que se corresponde con la población que adhiere a sus posturas –o imposturas. En ese lugar ha construido dos grandes tipos de relatos. En el primer caso se nutre de mentiras y golpes de efecto lanzados cotidianamente y que nutren al sector más recalcitrantemente ‘gorila’: es la adhesión que aseguran Patricia Bullrich, Fernando Iglesias, Darío Lopérfido y muchos de los periodistas que se han reconcentrado en el canal de cable La Nación+. Por otro lado, se encuentra lo que los encuestadores llaman el ‘voto débil’: aquel apoyo que es circunstancial y que, producto de la lucha interna, no pueden referenciarlo con Horacio Rodríguez Larreta –aun cuando es su anhelo. Por eso el mensaje busca desprestigiar la política y se expresa en afirmaciones como todos los políticos son iguales, no sirve ninguno, siguiendo el patrón que presentan las series que la clase media ve por Netflix, Amazon y otras plataformas. A esto lo pueden capitalizar con la afirmación de que ellos no vienen de la política.

Creo que no debemos preocuparnos por los dislates diarios que van desde la denuncia judicial al presidente Alberto Fernández por envenenar a la población con la vacuna Sputnik V, a querer formatear la Argentina en un modo más autoritario. Lo que es necesario plantearse es cómo llegar a esa población etaria que se educó entre finales de la última dictadura y los noventa, construyendo confianza, para lo cual es necesario mostrarles que las y los están usando como cobayos de laboratorio: un estímulo y obtengo la respuesta buscada. Dicen ‘corrupción es el kirchnerismo’, y no existe una mínima elaboración o desconfianza de lo que reciben a través de los medios y las redes.

Somos lo que hemos vivido. Esa franja etaria se educó en un ambiente de individualismo y creyendo en la meritocracia. Es necesario mostrar que Bill Gates llegó a ser lo que es hoy, no solo por ser brillante y por lo que hizo en su garaje, sino por los millones de dólares que el gobierno estadounidense destinó a investigación y desarrollo. Llegó por su capacidad y por el pueblo estadounidense que lo sostenía. Es el habitante de un barrio pobre que, cuando compra un litro de leche paga el IVA y con ello sostiene la universidad pública… donde no solo se necesita ser inteligente para graduarse, sino que requiere de ese otro u otra que ayuden en forma solidaria.

Esto que planteamos no es un camino de ‘concientización’, sino que es necesario poner en crisis ese pensamiento individualista, mostrando que no existe la ingenuidad. Para poder construir una subjetividad fácilmente manipulable, como busca el neoliberalismo, es necesario convencer a esa franja etaria que carece de responsabilidad sobre los actos colectivos, colocándola en una ‘zona de confort’ donde siempre la culpa es de ‘los otros’. Ese confort estriba en la falta de interpelación, en la comodidad de no tomar posición y sobrevalorar lo que se denomina ‘ser independiente’. Por ejemplo, que Macri haya sido presidente y nos haya endeudado en 44.000 millones de dólares es un problema de él… se oculta así que fue responsabilidad de todos –lo hayan o no votado. Estarán en lo cierto quienes piensen que esto es una disputa cultural.

A su vez, la responsabilidad no es solo algo del ámbito discursivo, sino que se debe transformar en acción, lo cual requiere un proyecto convocante, una voluntad en acto y la organización que construye la realidad efectiva: que ese sujeto que actúa sea parte del pueblo.

La experiencia, para esta franja etaria de la que venimos hablando, es la de encontrarse como generación formando parte de su pueblo, en la concreción de un proyecto nacional, popular, democrático y feminista con el cual tendremos un futuro elegido por nosotros.

Revista Movimiento, abril 2021