Yo no quería

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Julieta Novelli*

Ayer pasé por tu departamento viejo, de conmigo. Te mudaste y dejaste, en la esquina, colgando del árbol, un cadáver mío de joven con las palmas y el cuello hacia arriba. La entrega, pienso, yo era la Señora entrega con vos y quedé ahí tan joven y pálida, con el pelo bien nutrido, el acné bastante resuelto, los brackets y el gesto de la generosa. Un cadáver mío de joven que cuelga de la luz y yo miro tambalearse con tiempo. Después el almacén con el pizarrón apoyado en la puerta en que comprábamos lo que vos querías siempre, y yo pensaba que también, porque vos ya habías sorbido todas mis cositas y mis gustos, porque sí, decías, porque mi mundo te gustaba tanto que me lo ibas robando, re gil y copión, onda hermano menor. Así que yo siempre no quería roquefort, panceta y coca cola; no quería soñar con familias y negocios de alguna hippie de la tele; yo siempre no quería besarte tan fuerte hasta perder los brackets y la sangre en el acolchado, y que me lleves desmayada a la guardia, que me agarres bien fuerte los brazos y me prometas que ibas a dejar de matarme, otra vez, para siempre. Yo no quería que grites todo lo que me amabas y sacudas, así, a la enfermera, que te golpees la cabeza contra la pared de la guardia y susurres mi nombre, como gastándolo, tocándome a mí y a la virgen de porcelana, a mí y a la virgen de porcelana. Yo quería algo pero no me acuerdo, no sé.

Hoy: un sueño violador, Julián había casteado para todos los personajes. Todos en esa fiesta tenían sus ojos y su gestito, así, hacían. Yo que me iba de la fiesta para no verlo y dejar que se vuelva tan todo, en la calle estaba él que hacía, también, de todos los papeles… después corríamos –porque parece que casteó para ser yo– y se volvió que no te cuento. Me dejó sin: alguna decisión, el poder de conjugar mis verbos, mis miradas de navidad y mis con- secuencias. Me cerré toda, me volví una bolita negra para matarlo conmigo. Después yo me despierto y siento que no lo merezco, soy la criada por la tele, la señora de los pelos, la amiga de los amigos. Te pregunto, dios, ¿por qué tanto para Xuxa o Shakira o Sharapova? Yo solo te pedí que me salvaras de los vampiros, ni un disco pop, ni un abierto gran slam, ni una cadera de beneficiada… yo quería lejos a los vampiros.

«Pero a veces hasta el más payaso merece un poco de amor y si es el tuyo mejor, porque el tuyo es el mejor» suena en este mp3 con auriculares de mi vieja. Y me acordé que vos me escribiste un día, allá por el 2012, un mensaje que decía «pero a veces el más payaso merece un poco de amor y si es el tuyo mejor, porque el tuyo es el mejor», así me pusiste… igual a lo que dice la canción, qué ganas de mearte la cara si te viera ahora. La última vez que te vi estabas con tu hijo y él tenía una de esas espadas de plástico con sonido y luces, «chananana-chanananana» sonaba mientras vos me saludabas bien como empleado público, «chananana-chana- nanana» y qué-garrón-me-estoy-comiendo, pensé. Esos mensajes con canciones que me mandabas me daban bronca, como que te las adueñabas, me lo hacías a propósito para que cada vez que las escuche piense en vos, como cada vez que veo un barrilete pienso en el camino a Punta Lara o así. Mi mayor deseo en este momento: no ser diabética, el documental de Discovery me dejó muy manija con ese tema. Le tengo que preguntar al oso si me va a buscar el libre deuda en la moto. Y a vos, te tengo que preguntar tantas cosas a vos, por qué nunca bailamos? Imaginate esto: vos, yo y la Mona Jiménez o Rodrigo o Gilda para matarnos de risa, borrachos hasta las tetas, riéndonos de mi joroba y de tus dientes. Cuando puedo imagino qué hubiese sido de mí si no estuviese así, yo soy maga como vos me dijiste, y no sé lo que eso significa, qué carajo se supone que soy. Hubiese preferido que me digas que soy linda o loca o canchera o mortal, algún lugar común para poder ir y reclamar mi identidad, llenarme de eso. Pero no, «soy maga» y la puta madre que te parió, qué hacen, dónde comen, por qué lloran, compran o qué. Me dejaste bautizada pero no me dejaste algún padrino que me guíe si no estabas vos, me dejaste desnuda en la pila bautismal para que hable un poco con Cristo y San Benito, para que sienta frío y te fuiste a mirar Terminator con ese hijo horrible que tenés, porque es feo, es un chico, que es feo, que le diría a tu mujer que le deje el pelo largo para que se le venga bien a la cara, a los dos, porque encima vinieron de a dos. Mi versión más humana te extraña y cambiaría ese monstruito con espada por este monstruito de no-hijo que me clavaste.

Ayer en lo del Oso, estábamos buscando mi ascendente en internet y yo no sabía a qué hora había nacido, entonces, le mandé un wasap a mamá, que ya sabía que no estaba, pero ¿hasta qué punto? si yo le mandé un mensaje, fue casi como que esté, solo que faltó la respuesta… es ahí que se muere, otra vez, en mi cabeza. Después, toda esa información está registrada, porque al Estado esas cosas le importan. Pero ¿las que no importan?, pensé.

Esas se las llevó mamá, con ella, como si el tápper donde guardaba toda la información que no importa se hubiera roto, se hubiera vaciado y ahora no tengo a quién reclamarle info: cómo fue sacar mi cuerpo del suyo, cómo fue sentir que no me gustaba algo de ella por primera vez –como que no se pinte los labios como la mamá de Marissa–, o dónde se escondía para tomar alcohol cuando venía Manuela, la novia de Martín, a comer. Bueno, eso, como que ese tápper se rajó y ya no puedo llenarme de eso… Como una compu sin back up, ¿así se dice? y ahora me quedé como medio sin profundidad, sin historias. Bueno, al final, tengo ascendente en acuario y está todo bien. Ahora no puedo parar de ser eso, la de ascendente en acuario y me hago la incomprendida con vos, más hoy que hay luna llena.

Es que a mí me dolió que no estés el día que se murió mamá por primera vez en mi cabeza. Me dolió tanto que te hubiese mea- do la cara o peor me hubiese gustado llegar tarde a la cama y vomitarte con odio mientras cogíamos como dos puestos que se miran con los ojos bien abiertos. Es que siento que las últimas veces nos sobraban los ojos, yo te miraba y era como que casi me caía de tus bordes y vos eras todo tu mundo, toda tu casa, te miraba, pestañeaba diciendo tu nombre y entraba todo: tus banderas de la pieza, tus entradas a cosas, tu manera de leer los mensajes de texto o de decir que «coleccionás» libros. Y ahora que te miro, por wasap, sos como mucho más que tus cositas al final, porque me sobran los ojos y te volviste medio todo. Breack, breack, breack, breack. Así estamos, que no paramos de no estar nunca, de ali- mentar todo esto que no tenemos y que yo ya no puedo… que que ya voy a dejar de jugar a ser dios y perdonarte, porque yo ya no puedo perdonarte. Que te perdone dios, Julián, porque a mí no me da el imaginario.

Estoy tan triste que no sé si pueda dejar la primera persona y ponerme a escribir otra cosa. La tristeza invadió todo: mis ideas, mis pronombres y conjugaciones. Estos últimos días estuve cre- yendo fuertemente en la idea de que pinchaste un muñequito con mi cara, lo re pienso de verdad, lo hiciste de enojado pero lo pin- chaste y todo tiene sentido: los sueños, las miradas de odio de los extraños y el qué dirán. Invocaste a todos los dioses o lunas con mi foto en la mano, en la terraza de tu edificio y después te reíste de mí mientras tomabas vino con una «rebelde breack rules», juntos se hacían los desdichados y los artistas golpeados, me da en las bolas esa escena, lo del sexo me parece trivial, no me molesta, me da en las bolas tu lujo. A veces tengo miedo de enfermarme raro: la enfermedad sería confundida y tomada por depresión pero en verdad hay cosas de la psiquis y de velas, de gurúes, tu cara me acompañaría al menos en tres sueños de la semana, algún conocido tuyo en el micro dos o tres veces al mes, un reinicio de celular donde me caerían interminables tus men- sajes pidiéndome que vuelva, que por favor no te haga esto, unos minutos dedicados a adivinar dónde estarás antes de dormir y una persecución irreprimible de que estás viéndome cada vez que salga de noche a un lugar con mucha gente. Es una enfermedad llevadera pero agotadora, con posibilidades de devorarme sobre todo si estoy encerrada y es de noche. Esta es mi manera de lim- piar, ahora, mientras escribo, mi alma, deseo que las palabras hayan, de a poquito, desclavado cada parte de mi muñequito, que mi foto salga volando por la terraza hasta pasar por Plaza Moreno, que abajo estén jugando al carnaval y yo me moje toda para apagar tu gualicho y desde mañana poder escribir en tercera persona algunas oraciones.

Ayer a la noche tuve mucho miedo, soñé con vos y yo, muy peludos que corríamos en una playa nublada, en un amanecer que era todo eso que no es, que nunca amanecía, que nunca era.

Vos me dabas la mano y era como si no fuese solo la mano lo que me dabas, me dabas como teléfonos cuando apretabas la mano, me dabas prospectos de medicamentos para nuestros no hijos, me dabas entradas -de recitales, de cine, de boliche, de cancha- y unos boletines. Bueno, corríamos de la mano, que era mucho más que la mano, que me pesaba y no quería dejar caer nada yo pero estaban esos pozos en la arena como pozos viejos, como pozos de la tarde, de cuando había nenes y familias construyendo castillos o llevando agua, una, otra y otra vez, así, llevar agua hasta que el viento de Mar del Plata te saque de la playa o hasta que te agarren fuleras ganas de hacer caca. Había pozos mojados de ese agua, car- gada por enanos con voz de bocina y conjugaciones extranjeras de tanto mirar Disney junior. Nosotros seguíamos corriendo, vos un poco más adelante, un poco nomás pero era como si me miraras igual, vos siempre me mirabas mientras me dabas entradas a cosas. Me levanté cascoteada y tuve mucho miedo de nuestra vida su- rrealista. «Yo, la cajera» pienso mientras me miro al espejo como si fuese protagonista de algún videoclip mientras suena la radio de la iglesia que es la única que engancho. «Yo, la cajera» digo como para saborear las letras, pienso como si fuese una poeta be- rreta y te escribo un inbox que dice «yo, la cajera nunca conocí un precio tan alto como el que estoy pagando ahora, en cada siesta que no estás, en cada risa que no te veo y beso en la espalda en la madrugada, cuando alguno de los dos cambiaba de posición». En la radio de la iglesia suena una frase que me mata «agradecer al prójimo todo acto de confianza» y esto me hace llorar, soy cajera, no poeta y no voy a mandarte, a decirte, a darte, porque vos con- fías en que yo puedo ser grande y aprender a no molestarte como hace la gente grande, cuasi vieja, que tiene tiempo y espera, espe- ra para no molestarse. Así, mientras toma mate, mientras habla, mientras trabaja, espera a que lleguemos corriendo, con la arena pegada y que vos digas que tenés frío y yo quiera caminar a caballito porque yo también vi Diario de una pasión y quiero ser la chica que todos queremos ser, la chica del chico, la de la peli que ellos se encuentran después de un tiempo y no sabemos qué pasa hasta que nos damos cuenta que la vieja tiene alzheimer como en El hijo de la Novia que está Darín.

Nos fuimos dejando caer la baba, la lengua colgando afuera, casi como cayéndosenos de la boca y de la cara. Vos te fuiste apa- reciendo en mis recuerdos como con hijos a upa, hijos que no tuvimos y que no tuviste, aunque sí otros, todavía. Vos y nuestros no hijos invadieron todos los recuerdos, hasta los sexuales, los de borrachos, siempre estás ahí con ellos a upa, no importa si estábamos vomitando en navidad o besándonos por horas, en un momento, ahí está: el no nacido.

Quiero que sepas que si no te vuelvo a buscar y te dejo perdido, como a los platos prestados después de un cumpleaños, es por esta nueva adquisición que te pintó tener en mis recuerdos. Después, yo no sé, no sé dónde andarás afuera de mis recuerdos, si te seguirás sintiendo como sin hacer pie en una pileta. A mí se me dio por las- timarme los brazos, pellizcarlos hasta moretón y olvidar.

Lo que le pasa a mamá con San Expedito, desde el día que Mar- cela, la panadera, le dijo que había experimentado una verdad, es conmovedor. Una semana antes de su cumpleaños compartió su imagen en Facebook con una oración que decía Mi San Expedito de las causas justas y urgentes, intercede por mí junto a Nuestro Señor Jesuscristo, para que venga en mi socorro en esta hora de aflicción y desesperanza. Mi San Expedito tú que eres el Santo guerrero. Tú que eres el Santo de los afligidos. Tú que eres el Santo de los desesperados. Tú que eres el Santo de las causas urgentes, protégeme, ayúdame, otorgándome: fuerza, coraje y serenidad.

¡Atiende mi pedido! Mi San Expedito, ayúdame a superar estas horas difíciles, protégeme de todos los que puedan perjudicarme, protege a mi familia, atiende mi pedido con urgencia. ¡Mi San Expedito! Comparte esto con todos tus seres queridos para que San Expedito te bendiga a ti y a todos ellos.

Al lado de la oración había una imagen de San Expedito y arri- ba de toda la imagen (la de con imagen y oración) ella puso que los San Expeditos se regalan y que ya se venía su cumpleaños que a ver si alguien se acordaba de ella y jejejejeje. El día de su cum- pleaños llegaron un montón de San Expeditos a casa: 3 estampitas, un llavero, un muñequito de él que abajo decía San Bernardo y San expeditos como adentro de una burbuja de vidrio que yo mo- vía y se llenaba como de nieve, movía y se llenaba como de nieve. Mamá estuvo en éxtasis todo la cena, y los dejó uno al lado del otro sobre la barra armando: a) un altar b) una instalación de San Expedito junto a los impuestos de la casa. Los enanos no llega- ban a ver esta obra de arte salvo yo que ya era grande, mis ojos y yo éramos grandes; mis ojos, mi hambre de dios y yo ya éramos grandes. Mamá, entre bandeja de sanguchitos y fatay, frenaba en la barra, miraba su obra de arte contemporáneo y sonreía, mi- raba fijo como hablando para sus adentros y tocaba alguno de los expeditos. Así hasta el café. Ya en el café, se llevó uno de los expeditos al lado de la pava y se puso a leer la oración. No le gustó que Fernanda entre así como si nada a la cocina, le sostenga la mirada, la haga correr para agarrar las tazas porque ella estaba concentrándose y Fernanda estaba muy mortal, ahí, como desde afuera de lo eterno, desde la bolsa de los mortales conformistas. Fernanda estaba esperando que los días pasen para morir como había muerto su madre, su padre, sus hermanos, sus abuelos y todos los italianos que los antecedieron y que nunca le vieron la cara a dios porque Fernanda está fuera de lo eterno y su historia también. En cambio, mamá: del lado de lo maravilloso, desde la ex humanidad que había sido transgredida comprando misterios, estaba llena de vidas que la distanciaban de todos los que esperaban un café para poder bajar la torta de ricota y nuez. Todos excepto Isabel que era muy creyente y también había comprado misterios como ella. Siempre pensé que ella se esmeraba mucho en construir un vínculo sano con Isabel porque su relación iba a ser para siempre, porque ellas tenían el pase al otro lado de las cosas donde no son solo hermosas, como dice una canción del Pato. Mamá no se esmeraba tanto por ningún otro, ni por mis hermanos ni por mí. Yo quise comprar algún misterio pero para ella no, para ella eran frívolos y amansadores. Gilda, el Gauchito, el Reiki, los eclipses: relatos pobres para mentes tan tan pobres que no saben querer, ni amar, ni odiar, como ella e Isabel.

Ayer me quedé encerrada en la pieza, escuchando las canciones de la pena, todas, todas enteras.

Callejeros, el Indio, Aristimuño, Sigur Rós hasta la curva mortal y descontrolada de Los pimpinela y Él mató. Todo una terrible pena, el llanto boliviano, la letanía, la muerte entrando por los ojos, el cigarrillo apagándose sobre libros, la ropa sacándome el aire y mi baba en toda la cama. No quise prender el celular, no quise buscarlo, no quise vestirme de alguien que puedo ser yo y entonces hablar.

Mi boca entreabierta, el olor a lo dejado, primero, y agrupado después. Me acordé de él en un montón de estribillos, las acciones fueron: cantar, pensar, llorar y decir ¿por qué? ¿por qué?

Alternándose, la más representada fue la de pensar porque sintetizaba un poco a las otras, podía pensar cantar, pensar mi llanto y decirme ¿por qué? ¿por qué? Ayer me quedé encerrada en mi pieza y pensé, entre otras cosas en: la injusticia

mi nombre en su brazo
mi nombre en su brazo con el suero
mi nombre en su brazo con el suero y esa chica
mi nombre en su brazo con el suero y esa chica cuidándolo mi nombre en su brazo con el suero y esa chica cuidándolo
mientras yo me pudro en mi pieza
entre cigarrillos pensando
en mi nombre en su brazo

La vez que me dejó el forro adentro, yo no sé, no sé cómo no vi las cosas con tus ojos, con los ojos del sindicato. Sólo miré con la mirada que me dejaron, con la restringida y flaqueé. El forro adentro otra vez, Julián, y buscar en google maneras de despedir- lo. Una señora tomando mucha agua en youtube me miente, me dice que funciona pero me miente, la de «Tenaza con elementos que todos tenemos» es una mediocridad. Hay un video de una gorda que se ríe y me hizo acordar a su novia de ahora, bajé como loca, como tus globos de año nuevo, que se queman en los cables y caen… como locos, también. A ver, la foto de perfil de ella es como yo me imagino la tapa de un disco de una señora china. Así, como… china, no sé. Recién lo vi en las fotos del cumple de un año de su hija. Todas como jugando a que era Marcelo Ti- nelli y tenía una novia modelo. Es que esa ropa y esa hija-florero que ponía así, arriba de la mesa y de la torta… Me dio impre- sión cómo la ponían con otros nenes, al lado, como haciéndonos creer a todos que tienen una relación, que se fuman uno de vez en cuando o se saben los nombres, como si fuésemos ceniles, así se dice, no? Todos ya sabemos que no tiene amigos todavía, que él no es Tinelli y no quiero hablar de su novia porque me rebota. Me rebota, pa, me rebota todo lo que está haciendo… la clase de fotos, de fiestas y de hijos que está haciendo. Porque esa nena parece un viejo, parece el caso de esa película en que estaba Brad Pitt pero aviejado, no pienses que lindo, habían disminuido su lado de Brad Pitt. Bueno, así, su hija parece ese viejito, como con una enfermedad. En la foto de las velas esa novia mira, como si la hubiera enfermado un poco, como si le hubiese dejado algo aden- tro como a mí. A veces, me imagino que voy a su casa y le cuento a su china de toda mi teoría de la succión, pidiéndole que mire la evidencia y me imagino a su hija tosiendo, toda vestida como una bola de fraile con esas cosas que le ponen. Que el hombre enorme deje de olvidar su lado más miserable en los cuerpos de su gente: mi deseo de hoy, que me acuerdo de todas las guardias que visité con el forro adentro… también.

El último verano en Mar del Plata… cómo lloramos con toda la familia eh. Nos dividíamos en grupo, en actividades y siempre encontrábamos el momento para llorar, de a poquito hasta alcan- zar la cumbre del desgarro. Esa vez, en la Perla yo no me imaginé. Yo no me imaginé que el tío Marcelo nos iba a regalar tanto arte. Todavía me lo acuerdo entre sombrillas y lágrimas nombrando una a una las pelucas de su madre, fue de cuentos o, mejor, fue de gente con trayectoria lo que hizo. El beneficiado de mi tío, pensé. Si yo tuviera que apostar unos pesitos nunca los apostaría en mi tío Marcelo –hasta ese día–, ni en un caballo con nombre de ju- gador de fútbol, ni en un kiosco de una ciudad balnearia, ni en la relación con un enorme. Si tuviera unos pesitos no los apostaría en mi relación con Julián o en esa cosa que (no)sostuvimos. A veces me siento muy abollada cuando pienso en mí como no- via, como señora, como madre de hijos que no tuve. La muñeca succionada, vieja, pienso, con un brazo retorcido, con el pelo de plástico enredado y los ojos bien abiertos, tirada en el patio: yo. Porque si hay algo que me sobra a mí –después de las succiones– son los ojos, pá.

El último verano en Mar del Plata: vos que no podías parar de enumerar, anécdotas, autos que te gustaban, tiempo de espera –en el baño de la playa, en manolo, en el ascensor–, cantidades de comida y de gente. Yo con mis veinte, un pucho, un mensaje trágico a La Plata, un pucho, un mensaje trágico a La Plata. Julián, más vampiro que nunca, sorbiéndome desde todas las redes, des- de toda la vida, estaba como más acá de mí, yo decía yo y estaba Julián adentro, o, mejor, no dejaba de no ser yo cada vez que lo decía (la teoría de los coagulitos: los que quisieron ser otra cosa, lo rebelde de la sangre, los que no dejan de no ser). Un día, antes de dormirme dije yo muchas veces, susurrando y me dio sospe- cha todo lo que era y no, a la vez. Yo era todo lo que no tenía, salvo los ojos, unas canciones que me mandó Julián por mensaje para hacerme chiquita, más un par de ideas oscuras que imaginé mientras leía el diario a la mañana –siempre en Mar del Plata lee- mos el diario– que no eran abortos o cáncer, eran ideas oscuras de verdad: un chico que se levanta en silencio y patea el televisor por diez segundos, una madre ajustándole la colita del pelo a una hija en silencio, los ojos de una chica –puede ser la de recién– asomándose detrás de un lavarropas. Yo, yo, yo, susurraba, como para darme forma, para llenarme de algo, pero Julián, desde todo su apetito, me seguía chupando, conjugándome todos los verbos.

El viernes, paramos en Quilmes con el Oso, íbamos a un par- tido por La Copa argentina, un partido del que no voy a hablar, no voy a hablar, nos ganó un equipo que tiene de escudo un ele- fante bebé, un elefante bebé de escudo y un arquero que hace una semana festejó su primer pelo debajo del brazo. Paramos en Quilmes el Oso y yo, corrimos como dos cachorros al puente J.M. González, corrimos a hacer pis, nos reíamos, el Oso me abrazó y me hizo entrar al arroyo. Yo miraba la arena y pensaba que estaba en Mar del Plata pero no, pero en seguida me di cuenta que no, los autos pasaban del otro lado del arroyo y las luces me ilumina- ban: una botella de Coca vacía, una zapatilla negra talle de grande y el Oso, más bien, la espalda del Oso riendosé mientras en el micro la hinchada cantaba que parecía que nos dejaban. Con los pantalones arremangados hasta la pantorrilla, me agarraba con la mano izquierda de una columna de cemento, y los autos pasaban, pasaban y nos iluminaban y ya iba a empezar el partido y yo hun- diendo mis All Star blancas en la arena mojada de Quilmes. Nos reíamos y los autos pasaban, pasaban y nos iluminaban.

¿Cuándo se muere por primera vez mi madre en mi cabeza? Estoy tratando de registrar cuándo. Hoy me puse a leerme y en- cuentro que hay indicios de mis agujeros por todas partes pero ¿cuándo? ¿Cuándo murió en mí por primera vez? ¿En el hospital?

¿En el velatorio? ¿En el coche fúnebre? ¿En los parientes como citas torcidas de un entierro de Hollywood? ¿En el cementerio al lado de Jorge? ¿En la casa sin patrón? ¿En los papeles hereda- dos? ¿En los momentos heredados de las reuniones familiares?

¿Cuándo llamaron de Movistar para pedir por Amalia? No ella no está, no vive más, está muerta, que lo lamentan, que si de todos modos quiero escuchar un beneficio para mí, que si tengo celular, que cómo me llama ahora cada vez que llame a este teléfono fijo, que qué locura ser tan boluda, dije yo. Corté y lloré por primera vez: ella no está, no vive más, está muerta, empecé a decirme y ahora, escribiendo, vuelvo a darle volumen a esa frase, así, a esos sonidos así, todos juntos, que quieren hablar de algo tan triste, que intentan tocar algo tan triste. Después del entierro, dormí una semana entera con su ropa de todos los días, en su lado de la cama, sin dejar vacantes sus miradas -las cosas que ella mira- ba ahora eran miradas por mis ojos- dejé de mirar en mi vida y empecé a mirar en la de ella, quiero encarnar su papel si esto lo pudiese leer el director, me parece muy horrible que esta obra siga sin este personaje, puedo hacerlo ad honorem, aunque claro que si ella volviese –a lo mejor con un poco de aumento en el cachet ella vuelve– sería todo de otro nivel, uno más humano, uno más cercano a algo de verdad, no sé. Después de esa semana mis hermanos empezaron a sentirse un poco incómodos conmigo así, actuando de mamá, me pidieron que deje de hacer eso, hacer qué, eso que hacés, es raro, creo que estoy soñando cosas raras por tu culpa, me dijo Nicolás. Lo miré en silencio, veinte segundos en silencio, me saqué la ropa de mamá y me quedé desnuda frente a ellos que empezaron a gritarme, me fui a bañar largo y empecé a mirar series compulsivamente hasta volver al Coto y a dar clases particulares. Ahora, después de dos meses, tengo ganas de desnu- darme y correr, de golpear a todos y correr, de escupir y correr, sólo lo pienso, lo pienso bien y es como si me calmara, como si una parte de mí lo hubiese hecho, mis hermanos y el Oso dicen que es como si me colgara o me durmiera con los ojos abiertos, yo digo que sí, que estoy re en una. El Oso y yo nos emborrachamos y escuchamos Rock sin hablar por horas, es lindo, sí, lindo y yo cada vez más fea, más vieja.

(De: Textos 2, La Comuna Ediciones, 2018)

  • Julieta Novelli nació en La Plata (1991). Es Profesora en Letras de la Universidad Nacional de La Plata y trabaja en escuelas secundarias de La Plata y alrededores. Es actriz formada con, entre otros, Nora Moseinco, y participó de proyectos de creación y dramaturgia colectiva. Es también miembro de la murga La 60 y 118, que pertenece al Club de Gimnasia y Esgrima La Plata. Publicó Volver para mí (Pixel, 2018). Forma parte de la antología Constelaciones (Erizo, 2016).

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