Un repaso por los poetas que traficaron su verba en sitios amados por el pueblo

Por Matías Mauricio

En el envión del 60º aniversario de la Academia Porteña del Lunfardo (APL), que tuvo su sesión fundacional el 21 de diciembre de 1962 cuando un puñado de vates inolvidables se reunieron para discutir el proyecto de constituir una entidad destinada al estudio del lenguaje y la literatura porteña, es que hoy vengo a chamuyarte de la poesía lunfardesca, no sin antes contarte que la APL sigue latiendo, somos 30 académicxs de número, más eméritxs y correspondientes que año a año brindamos tiempo y aporte económico para el sostenimiento de la institución (sí, la bancamos solo nosotrxs), y que tiene desde 1987 sede en la calle Estados Unidos 1379, Ciudad de Buenos Aires. Entre otras cosas, se ofrece para su consulta gratuita una importante biblioteca especializada en temas referidos a Buenos Aires (alrededor de 4.500 volúmenes), un archivo de alrededor de 8.000 partituras de tangos y para-tangos, y un fichero lexicográfico de términos pertenecientes al habla coloquial porteña. ¡Venite cuando quieras!

El pueblo agranda el idioma.

Quizá te preguntes: ¿una Academia del Lunfardo, cuando su verba es patrimonio de la calle? ¿Intelectualizar el argot encarcelándolo en papeles? Sí, este último aspecto es necesario para construir cultura, memoria e identidad; pienso, por ejemplo, en García Lorca, que tenía el berretín de bajar a papel sus conferencias poniendo en cuestionamiento el modus operandi de la oratoria repentista, que es muy bella, sí, pero ciertamente se diluye pronto. De tal manera que la expresión registrada en papel “es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí”.

Te suelto una foto histórica con varios de los cofrades originarios de la APL. Te propongo un juego: pegale una relojeada a los que están parados (hacelo de izquierda a derecha) ¿Sabés quién es el número diez? ¿Adivinaste? ¿Pifiaste? ¿Ni idea? Bernardo Verbitsky, el padre de Horacio, quien ocupó el sillón académico correspondiente al dramaturgo Carlos Mauricio Pacheco.

Lxs poetas del lunfardo

¿Qué es el lunfardo? Dixit Gobello: “Un repertorio de vocablos que el hablante de Buenos Aires utiliza en oposición a la lengua común”, aclarando que nuestro argot rioplatense es “menos hijo de la cárcel que de la inmigración”. Pero te decía que vengo a hablarte de la poesía lunfardesca, te arrimo entonces –con algunos retoques de ocasión– un breve pasaje chamuyado el pasado viernes 2 de diciembre en la Legislatura.

“Berretín de la yeca, humus de los porteños. Corte de manga al lenguaje oficial, así la verba argótica, lunfardaria, de estos hombres y mujeres que padecieron la enfermedad sagrada del espíritu: la imaginación”.

Y si no lo creés, leamos juntos estas líneas del Malevo Muñoz, autor de un libro tan singular como definitivo: La crencha engrasada (1928), que a estas alturas debería volvérsenos pan cotidiano, lectura en todas las escuelas públicas de la Argentina. Te invito entonces a paladear el hallazgo poético, a ser parte, siquiera por unos segundos, de eso que Alfonso Reyes llamó: La experiencia literaria.

Puente Alsina

sos como un tajo en la jeta de la ciudad.

Ahora un pasaje de otro de sus poemas, Bajo Belgrano, donde traza un símil inmejorable para darnos el tono de las muchachas de barrio:

Portones

con ramos de morochas

a punto de dulzura.

Yo sé de una… ¡me cacho!,

prepotente y diquera,

que lleva la mirada de todos los machos en la cintura

como en un revuelo de moscas bosteras.

Si es cierto que una ración de la intelectualidad argentina arrinconó al poeta popular en radios, cafetines, redacciones de prensa donde a base de puchos, alcohol y mala alimentación fue dejando jirones de vida; si es cierto que para este tipo de poetas hubo siempre un candado de burla que le impidió ingresar en las mejores antologías de la literatura nacional; cierto es también que el tráfico de su verba, su contrabando cultural, se dio en los sitios amados por el pueblo. Pienso en la menesunda de los conventillos, en las noches esquineras, en los bailes, en los sainetes, en los folletines y revistas populares (¡Alabada sea El alma que canta!), en los boliches mistongos (esos de la copa volcada y el abrazo limpio), en los discos, en los patios (¿queda alguno en pie?), hablo de esos con su cielo no azul sino verde, el de la parra con su uva chinche, hermosa, reventoncita.

Señoras, señores, ¡la poesía lunfardesca quema! Y si llega sin imposturas soplará su hechizo mágico sobre tu corazón.

Algo de ese soplo se lo debemos a un primer testimonio anónimo recogido en 1879 por Benigno Baldomero Lugones:

Estando en el bolín polizando

se presentó el mayorengo

“A portarlo en cana vengo,

su mina lo ha delatado”.

Le seguirán más versos anónimos, pero el gran golpe de furca lo dio Felipe “Yacaré” Fernández editando sus Versos rantifusos (1916). De esta cantera de poemas lunfas, Edmundo Rivero, medio siglo después, musicalizará con gracia de príncipe los sonetos Amasijo y El chamuyo.

Yacaré por El Feo I.
Yacaré por El Feo II.

En líneas anteriores te conté del sillón académico del padre de Horacio; el mío más que un sillón es un tesoro, pertenece a un poeta que lleva un seudónimo imbatible que roza el cenit del ingenio popular: Dante A. Linyera (Francisco Bautista Rímoli), por si no lo junaste hace juego con el Dante mayor, para más datos: La Divina Comedia. Otros dos seudónimos que me enloquecen y que también pertenecen a poetas de la lunfardesca son: Carlos de la Púa (Carlos Raúl Muñoz del Solar); y agarrate este: Shakespeare García (uno de los tantos seudónimos de Amleto Enrico Vergiati, es decir Julián Centeya). Y hablando de Julián te llega en su voz Semos hermanos, versos del renguito Dante A. Linyera.

Dentro de la literatura lunfardesca –por fuera del Malevo Muñoz, que es una constelación aparte– amo la lírica de Juan Carlos La Madrid, hombre fundante junto a Edgar Bayley del invencionismo argentino, en el mestizaje de éste y el lunfardo, La Madrid encuentra el tono de su voz poética. Del libro Hombre sumado, que obtuvo en 1958 el Premio Municipal de Poesía, un poema dedicado a la ya mitológica Cortada de Carabelas.

Contrapinta del Centro,
en tus estaños póstumos
la Rosa corajea su paloma de vino
y una sombra de últimos lunfardos
se agiganta de prepo
cuando tus curdas baten
en los versos varones
la sonata porteña de Celedonio Flores.

En las mesas truqueras
toda la fulería
de los reos sin suerte
se escolasa hacia el sueño
y el paquete cargado de los piolas
cincha vueltas de copa:
«¡Sírvale a los muchachos la penúltima,
sirva, sirva…!»
Santo y seña mistongo
de camaradería
para esta recalada,
esta «mélange» de otoños.
Todos son a la gurda
y hay un estilo de hombre
que se aguanta de guapo
y sobrevive de la nada.


Quizá, cuando la borren
a esta cuadra piolaza,
el último en caer
–como el tronpa del barco–,
sea un reo de mi flor
con un tinto en la mano
y un libro bajo el brazo.

En el clima misterioso de lo que acabás de leer te comparto el soneto Dos ladrones, que me tiene loco por su fluidez, por su manejo del lenguaje casi perfecto. Pertenece a Enrique Otero Pizarro que, por cierto, tiene otros poemas, pero en este no caben dudas: fue visitado por las Musas. ¡Qué sé yo!, sucede aquí lo que en algunxs artistas plásticxs: tiene un solo gran cuadro y lo demás cumple, va parejo.

Te copio el soneto original y el audio musicalizado por Rivero, que como te conté en otra nota de El Cohete tenía la manía de modificar las letras o poemas que recibía. En este caso, con perdón querido Leonel, le pifiaste fiero.

Hay tres cruces y tres crucificados.

En la más alta, al diome, El Nazareno.

En la de un güin lloraba el grata bueno

mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo, dientes apretados,

mascaba el otro lunfa el duro freno

del odio y gargajeaba su veneno

con el estrilo de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? ¡Dale, sálvate!

¿Sos el rey de los Moishes? ¡Descolgate!

¿Por qué no te bajás?, ¡Anda, che, guiso!…

Jesús ni se mosqueó. Minga de bola…

Y le dijo al buen chorro: “Estate piola,

que hoy zarparás conmigo, al Paraíso».

Me rajo.

¡Hasta la Victrola Siempre!

El Cohete a la Luna