A toda rosca

Debate de la Ley Ómnibus

Luego de tres días de debate, la Ley Ómnibus consiguió la aprobación general. Pero la norma ya había perdido la mitad de sus artículos durante las cuatro semanas de negociaciones previas a su llegada al recinto. Durante enero, el Congreso trabajó sin pausa. Mientras los opositores dialoguistas le pedían al gobierno que se dejara ayudar, los diputados libertarios hacían un curso intensivo para aprender a legislar. Finalmente, el Ejecutivo hizo lo que no quería: negoció, podó el corazón de la ley y así se habilitó el debate. “Debe ser la primera vez en la historia parlamentaria que la oposición le reescribe un proyecto de ley al oficialismo”, dice Déborah De Urrieta y cuenta el detrás de escena de otra sesión histórica.

Por: Déborah De Urieta*

Luego de tres días de debate, la Ley Ómnibus consiguió la aprobación general. Pero la norma ya había perdido la mitad de sus artículos durante las cuatro semanas de negociaciones previas a su llegada al recinto. Durante enero, el Congreso trabajó sin pausa. Mientras los opositores dialoguistas le pedían al gobierno que se dejara ayudar, los diputados libertarios hacían un curso intensivo para aprender a legislar. Finalmente, el Ejecutivo hizo lo que no quería: negoció, podó el corazón de la ley y así se habilitó el debate. “Debe ser la primera vez en la historia parlamentaria que la oposición le reescribe un proyecto de ley al oficialismo”, dice Déborah De Urrieta y cuenta el detrás de escena de otra sesión histórica.

Como en 2002, este enero también fue atípico en el Congreso. Pero no porque “la casta” haya tenido que trabajar, como intentó instalar La Libertad Avanza. Más bien, porque debe ser la primera vez en la historia parlamentaria que la oposición le reescribe un proyecto de ley al oficialismo. Nada menos que el texto con el que el presidente Javier MIlei, a lo Juan Bautista Alberdi, se aprestaba a refundar la Argentina. La bautizada “Ley de bases y puntos de partida para la libertad de los argentinos”, más conocida como la Ley Ómnibus, esta semana fue aprobada en general. Resta aún la votación artículo por artículo antes de que pueda ser girada al Senado.  

Las negociaciones previas a lo que fue la maratónica sesión de casi 60 horas -que incluyó su capítulo represivo fuera del Congreso- duraron un mes. En todos esos días en los que diputados y funcionarios trabajaron hasta altas horas de la noche, los bloques que pasaron a conocerse como “los dialoguistas”, le pidieron al oficialismo hasta el cansancio “que se deje ayudar”. El de Milei es el gobierno con mayor debilidad a nivel legislativo desde la vuelta a la democracia. Cuenta con 38 diputados cuando el quórum reglamentario es de 129. Hasta Mauricio Macri, en 2015 tuvo un número más holgado: 55 bancas propias.

Costó, pero los dialoguistas consiguieron ayudar a los libertarios. El oficialismo, que arrancó con la actitud de quien tiene mayoría en ambas cámaras, debió ceder. Y mucho. Si mantenían la postura “a todo o nada”, se quedaban con nada. 

A lo largo del raid de negociaciones, los diputados La Libertad Avanza quedaron relegados. Se los veía entusiasmados y tuvieron asistencia perfecta durante las 70 horas de exposición que hubo en el plenario de comisiones. Escucharon a los 13 funcionarios que fueron a defender la ley y a los cerca de 200 referentes de la sociedad civil que dieron su postura (en la mayoría de los casos lapidaria) sobre la ley. Pero los legisladores relegados se mostraron satisfechos con su rol de escucha. Tras la firma de los dictámenes que concluyó, cerca de las 2 am del miércoles 24 de enero, festejaron con su impronta libertaria. Entonaron las estrofas de “Viva la libertad, carajo”. Hubo selfies y videos para las redes. 

A lo largo del raid de negociaciones, los diputados La Libertad Avanza quedaron relegados. Se los veía entusiasmados y tuvieron asistencia perfecta a lo largo de las 70 horas de exposición en el plenario de comisiones.

La duda que flotaba en el salón esa noche era si los libertarios estaban al tanto de lo que acababan de firmar. Apenas un diputado del bloque oficialista, Santiago Santurio, defendió la ley que, para esa altura, ya había pasado por el desarmadero, donde había perdido un centenar de los 664 artículos iniciales. La rosca pasaba en otro lado, lejos de las cámaras de televisión y en paralelo al plenario. De los resultados de las negociaciones con la oposición se enteraban a través de los medios. El propio Oscar Zago, jefe de la bancada, se enteró que el corazón del proyecto (el capítulo fiscal) quedaba fuera de la ley al igual que el resto de la ciudadanía: cuando Luis Caputo dio la conferencia de prensa. 

Negociaciones en espejo    

Mientras el debate en comisión seguía su curso en el anexo de la cámara, cruzando Av. Rivadavia, en el Salón de Honor que ocupa el presidente de la cámara, Martín Menem, comenzó a cocinarse el proyecto final. “Ahí se corta el bacalao”, decía, asombrada, una fuente libertaria que caía en la cuenta de algo que sucede a menudo en el Congreso: lo que ocurre en comisión muestra apenas una parte de la historia. En general, los puntos calientes de las leyes se negocian a puertas cerradas.

El desembarco de la “mesa política”, integrada por funcionarios del Poder Ejecutivo que hablaran en nombre de Milei, tardó en llegar. Fue luego de que los dialoguistas advirtieran sobre la falta de interlocutores a los que hacerles llegar sus cuestionamientos en torno a la ley que estaban dispuestos a acompañar, siempre y cuando sus pedidos de modificación fueran concedidos. “Estamos preocupados”, dijo uno de los jefes de bloque que estaba dispuesto a ayudar. La duda instalada era si el oficialismo realmente quería que la Ley de Bases llegara a destino o, simplemente, que fracasara, para acusar a la casta de una eventual crisis económica.

La instancia de negociación, aquella que Milei y su vocero, Manuel Adorni, negaban que existiría, se inauguró luego de la primera semana de tratamiento en comisión. Hasta ese momento, la actividad parlamentaria se producía a través de los medios. Los dialoguistas cuestionaban un artículo de la ley a través de sus redes o en los medios de comunicación y el oficialismo -que rehuyó a mostrar que cedía- también a través de los medios daba a conocer que “por decisión propia” suprimía tal o cual tema.

El desembarco de la “mesa política”, integrada por funcionarios del Poder Ejecutivo que hablaran en nombre de Milei, tardó en llegar.

Iniciada la etapa de negociaciones, que se mantuvo aun cuando la sesión ya estaba sobre la marcha, los bloques dispuestos a acompañar la ley mantuvieron un sinfín de reuniones con funcionarios del Ejecutivo. De la oficina ubicada en el primer piso del Palacio entraban y salían diputados del PRO, la UCR, Hacemos Coalición Federal (también conocido como “el bloque de Pichetto”) e Innovación Federal. En los primeros encuentros, entraban cargados de carpetas y el proyecto original anillado, repleto de “post it”. Con el correr de los días, desistieron del anillado: el contenido cambiaba minuto a minuto. 

¿Quiénes son?

Por esos días, desfilaron en los pasillos del Palacio una y otra vez Maximiliano Ferraro, Juan Manuel López, Nicolás Massot, Emilio Monzó y Oscar Agost Carreño de Hacemos Coalición Federal; los radicales Lisandro Nieri, Soledad Carrizo, Karina Banfi, Danya Tavela y Rodrigo de Loredo, así como también los diputados de Innovación Federal Agustín Domingo y Pamela Caletti. Salían del Salón de Honor desorientados. 

Las reuniones eran con funcionarios de segundas y terceras líneas del Poder Ejecutivo cuyos nombres y cargos –en muchos casos– no conocían. Eran esos desconocidos los que tomaban nota de las críticas y las modificaciones que les acercaban los dialoguistas. Anotaciones que, con frecuencia, quedaron en la nada, cuando el oficialismo optó por dejar “afuera” capítulos enteros. «Eran dos mujeres que están abajo del secretario de Educación», dijo uno de los diputados que salió de una reunión en el Salón de Honor con una versión impresa del “mamotreto”, como apodaron al proyecto. 

A los rostros sin nombre se les sumaron los asesores ad honorem cuyos apellidos (que los diputados tampoco conocían) no figuran en los organigramas del Poder Ejecutivo, sino en los de alguna empresa privada. Eran Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem, otro de los funcionarios sin nombramiento ni cargo, los que les pedían a los diputados que dialogaran con ellos.  

“El Ejecutivo intervino el Poder Legislativo”, describió uno de los negociadores. Es que las discusiones fueron todo el tiempo con funcionarios del gobierno de Javier Milei. Que los encuentros fueran en el Palacio fue, apenas, para darle un ropaje institucional al asunto.

Entre los negociadores sin cargo, el que cobró mayor protagonismo y se volvió tema de conversación entre los “dialoguistas” fue Maximiliano Fariña. Era el “enviado” de Federico Sturzenegger (otro funcionario sin nombramiento al quien se le adjudica ser el autor del “mamotreto”), “el padre de la criatura”. Los dialoguistas lo apodaron “el escriba”. El economista, que no figura en ningún organigrama, asistía a los encuentros con una computadora, vestido de traje gris y camisa blanca. Siempre el mismo look. Él era el encargado de tomar nota y plasmar en el articulado las negociaciones entre libertarios y dialoguistas. Cuando dudaba de las propuestas de sus interlocutores, abandonaba la sala y llamaba por celular a alguien de “arriba” para pedir instrucciones. Tras la conversación, volvía a la sala y, sostenía su negativa a retocar el techo o comenzaba a tipear.   

En esos encuentros a puertas cerradas, dialoguistas y enviados del Ejecutivo empezaron a esquilar al mamotreto.

Barritas proteicas para todos 

En la primera semana de negociaciones, cuando la motosierra empezó a podar el proyecto, Martín Menem estuvo al margen. Aún cuando las negociaciones entre la mesa política y los diputados eran en su despacho, el riojano daba vueltas por el Palacio, hablaba por celular en los pasillos, entraba y salía de despachos ajenos. Admitía no estar al tanto de lo que pasaba en su oficina. 

Desde que llegó al Congreso, Menem repitió como mantra que, si fuera por él, pondría en marcha el debate “lo antes posible”, porque “el país está en crisis”, y la mitad de los argentinos “es pobre”. Los diputados que tuvieron contacto con él coinciden en su predisposición y voluntad; sus ganas de ayudar y aprender. Pero su rol fue secundario en toda la etapa de negociación. “Te hacía entrar a su despacho y te despedía”, sintetizó un dialoguista. Menem y Lule estuvieron más bien abocados a las cuestiones “operativas”. Es decir, la puesta en marcha de la sesión. 

En las semanas que duraron las negociaciones, Martín se mostró siempre atento: convidó barritas Ironbar a la prensa acreditada y a los okupas de su despacho. Antes de desembarcar en política de la mano de Milei, el sobrino del dos veces presidente e hijo del histórico senador era emprendedor. Es uno de los fundadores de Gentech, empresa que produce suplementos dietarios y barras proteicas.  

La letra chica de la ley siempre estuvo en un segundo plano para el riojano. Su preocupación estuvo puesta en el recinto, en mostrar que la cámara que él preside “trabaja”. En igual sentido parecían ir las intenciones (fallidas) de sesionar un día sábado. Para las fuerzas del cielo, lo simbólico pesa, y mucho. 

Del ómnibus al fitito

Con el correr de los días, cayeron los pesos pesados de Casa Rosada al despacho del presidente de la cámara: el ministro del Interior, Guillermo Francos;  “el escriba” y el asesor presidencial Santiago Caputo, la voz cantante de los encuentros. Era él quien hablaba en nombre de Milei. Francos apenas metió bocado. Esto sorprendió más a los dialoguistas que el número de cigarrillos que fumó Caputo por reunión. 

En las semanas que duraron las negociaciones, Martín se mostró siempre atento: convidó barritas Ironbar a la prensa acreditada y a los okupas de su despacho.

La oposición primero alertó por Twitter, luego en el plenario de comisiones y, finalmente, en las reuniones con funcionarios. Pese a las advertencias de que no acompañarían el corazón de la ley (suba de retenciones y suspensión de la fórmula previsional), la dupla empoderada –Francos y Caputo– cedía, pero no lo suficiente para sumar el acompañamiento del centenar de diputados que necesitan para sacar cualquier ley. Para cada artículo requería sumar más, al menos 105 votos, de lo contrario, se impondría el rechazo de Unión por la Patria y la Izquierda, que entre ambos espacios reúnen ese número de bancas. Después de un mes, y tras amenazar a cielo abierto a los gobernadores de “dejarlos sin un peso”, el oficialismo acusó recibo de que el fracaso en el recinto era un hecho. El ministro de Economía Luis Caputo, en conferencia de prensa, avisó que el capítulo fiscal también quedaba “afuera”. La presencia de Karina Milei, “el jefe”, en el Palacio ese mismo viernes a la tarde, fue la primera pista de que habría un anuncio trascendente. Hasta ese momento, las negociaciones no avanzaban en los ejes principales.

Las cuatro semanas de negociaciones podrían haber sido un tuit. Lo que anunciaba Caputo era, palabras más, palabras menos, lo que la oposición resistía desde sus redes sociales desde el minuto cero. En ese tiempo, la ley perdió cerca de 200 artículos. Pasó de ser un ómnibus a convertirse un “fitito”. Y siguió despedazándose hasta llegar al recinto.

La lógica oficinista al Congreso

En el mundo libertario, trabajar implica cumplir horario o “fichar”, como si el Congreso fuera una oficina. Las fuerzas del cielo no asimilan que los diputados trabajan dentro y fuera del Palacio durante la semana, que de viernes a lunes los legisladores nacionales regresan a sus provincias donde recorren sus territorios para conocer y escuchar las necesidades de la ciudadanía que deberán plasmar en leyes.  

La presencia de Karina Milei, “el jefe”, en el Palacio ese mismo viernes a la tarde, fue la primera pista de que habría un anuncio trascendente. Hasta ese momento, las negociaciones no avanzaban en los ejes principales.

En el curso intensivo de verano que están haciendo los 38 diputados libertarios, más allá de “fichar”, no hicieron mucho más. “Estamos laburando 100 veces más que los diputados de La Libertad Avanza», dijo uno de los legisladores que se pasó las últimas tres semanas entrando y saliendo del despacho de Menem. «Hoy un diputado libertario estuvo un rato pero tirado en un sillón, ni entiende de lo que hablamos», describió días atrás. Mientras lo decía, en el anexo los libertarios escuchaban a los expositores, frescos bajo el aire acondicionado.

La sesión es la frutilla de un postre que comienza a prepararse mucho antes y muy lejos de Callao y Rivadavia. El debate en el recinto es la puesta en escena de todo un trabajo previo.

Más allá de esta mirada oficinista que intentaron extrapolar en el Congreso, la eficiencia que suelen atribuirle al sector privado no quedó reflejada en lo que fue el debut parlamentario de los libertarios. El desgaste, las idas y vueltas, el tiempo perdido, los cientos de miles de hojas impresas que quedaban viejas antes de ser anilladas lejos están de encajar con el ámbito empresarial del que provienen. 

La oposición dividida

La obsesión de los dialoguistas por no quedar pegados al kirchnerismo y, como yapa, ser tildados de casta que le pone palos en la rueda al gobierno elegido por más del 55% de la sociedad ayudó a abroquelarlos. Las divisiones internas existen. En el PRO convivieron, a lo largo del debate, miradas distintas. Pero evitaron ventilarlas. Finalmente, y tras una comunicación vía zoom que duró algo más de cinco minutos, el ex presidente Mauricio Macri alineó a la tropa. 

Innovación Federal y Hacemos Coalición Federal se comportaron como un único bloque. Allí conviven diputados que responden a fuerzas provinciales, como el MPN o Juntos Somos Río Negro, así como también los diputados Nicolás Massot y Emilio Monzó, allegados al gobernador de Entre Ríos, Rogelio Frigerio, además de los socialistas, Margarita Stolbizer, Ricardo López Murphy y Miguel Ángel Pichetto. El acuerdo para mantener la convivencia fue dar libertad de acción: que ningún sector vaya a contramano de sus banderas. Los socialistas y Stolbizer presentaron su propio dictamen y se despegaron del resto de sus compañeros al momento de la votación.

El abroquelamiento dialoguista en pos de “ayudar al oficialismo” fue llamativo. Nadie que peine canas en el Congreso recuerda semejante dedicación a un proyecto ajeno. Las explicaciones que se daban eran varias.

La UCR no pudo evitar ventilar sus internas de siempre. Un sector, que responde a Facundo Manes, emitió más de un comunicado para diferenciarse de la marcha de las negociaciones. “Que lo aplaudan los K me dice mucho”, dijo una radical del bando contrario. Se refería a los aplausos que recibió el neurocirujano cuando pronunció su discurso en el recinto. En la general, todos votaron a favor menos Manes y Pablo Juliano que lo hicieron en contra.

El abroquelamiento dialoguista en pos de “ayudar al oficialismo” fue llamativo. Nadie que peine canas en el Congreso recuerda semejante dedicación a un proyecto ajeno. Las explicaciones que daban eran varias. Entre algunas, que el temor a un 2001 a la vuelta de la esquina los llevó a salir del lugar “cómodo” de la oposición. Otros, en cambio, avizoraban que, de estallar por los aires la sesión –sensación que atravesó al Congreso en más de una oportunidad– el desprestigio de la política se seguiría acrecentando. El triunfo de Milei con su discurso anti-casta sigue resonando en los pasillos del Congreso. “Si fracasa la ley, fracasa la política”, sentenció uno de los diputados que podía recitar fragmentos de la ley prácticamente de memoria.   

Al mismo tiempo, algunos diputados lo tomaron como una batalla personal. Los intentos de Milei de erosionar al Congreso desde el día que juró como Presidente y habló de espaldas a la Asamblea Legislativa fueron el inicio de una contienda que perduró durante todo el tratamiento de la ley. Mientras los opositores la pulían para que llegara a destino, el libertario los acusó de coimeros, vivillos y delincuentes. Pero además, allanarle el camino a Milei para que tenga su deshilachada “ley de bases” es la carta que se guardaron para más adelante: ante una eventual crisis económica, el Presidente no podrá echarles la culpa de no haberle dado las herramientas para que gobierne. Y, de paso, recuerdan que la Ley Ómnibus no es un plan de estabilización económica. Si el plan de Milei falla, tendrán margen para despegarse. O, al menos, a eso apuntan.

Fotos: Telam

*Periodista. Acreditada en el Congreso de la Nación. Cipoleña.

Revista Anfibia