¡Ah, si encontrara el camino de regreso!

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan José Saer

Los últimos dos meses, Gloria estuvo dándole demasiado trabajo a doña Margarita y a Cristina. Cuando hablaba en la pieza con la Visita, podía pasar. Su voz era un murmullo ronco y casi inaudible, un zumbido grave y monótono, atenuado por esas cuatro paredes entre las que se le estaba yendo la vida. Estaba bien ese zumbido monótono, podía pasar. Pero cuando se acostaba ebria —cosa que pasaba todas las noches— y soñaba con ese río negro del que recordaba oscuramente haber salido, bañada de agua negra, cuando soñaba con ese río negro que quería volver a tragársela, entonces empezaba a chillar sin parar, apretándose fuertemente las sienes con los dedos rígidos, y salía disparando de la habitación, dando gritos enloquecidos y furiosos, y Cristina y doña Margarita, pálidas y asustadas, la corrían por el vasto patio de mosaicos rojos de la pensión, hasta que echándosele encima lograban aplacarla y reducirla llevándola otra vez a la cama para que se volviera a dormir. Entonces Gloria se dormía y ellas dos se quedaban largo rato al pie de la cama, jadeantes y con la mano apoyada delicadamente en el pecho, para apaciguar y medir la intensidad de los latidos del corazón.

Pero no era solamente ese río negro, que parecía haberla engendrado, y que sin embargo ahora quería devorarla, sino esa confusa y múltiple claridad situada entre las dos orillas de sombra, claridad a la que Gloria llamaba su vida. Esa vida era la que trataba de aclarar el zumbido monótono de su terca conversación cuando la Visita estaba en su cuarto, del que Gloria no había salido más que a buscar bebida durante los últimos dos meses. Cristina y doña Margarita dejaban por un momento la costura o el bordado, o si estaban en la cocina, las sartenes y las soperas, y alzando la cabeza y afinando el oído percibían el murmullo grave que se filtraba por los ladrillos, retumbaba apagadamente en el patio y llegaba hasta ellas incomprensible pero lleno de sentido. Entonces les parecía que la Visita se había detenido un momento antes frente a la puerta alta y antigua de la pensión, había mirado hacia adentro brevemente para cerciorarse del lugar, había atravesado el largo zaguán cuyo viejo zócalo de azulejos obsidiana estaba cayéndose de a poco dejando ver en la pared unos cuadrados ásperos de un blanco sucio, y después había cruzado el vestíbulo cuyos muebles treinta años atrás habían sido quizá nuevos, pero nunca elegantes, observada por el severo y evanescente retrato del difunto marido de doña Margarita, enmarcado en un óvalo de caoba negra, y había salido al patio, nítida y lenta a la luz del atardecer que se filtraba por entre la intrincada glicina cuyo reguero lila las lluvias calientes y repentinas de enero esparcían por el patio. La Visita cruzaba después el patio y penetraba en la habitación de Gloria, la última de la hilera derecha. A la noche, cuando la Visita se retiraba, Gloria se dormía y soñaba con el río negro.

¡Si Gloria se hubiese conformado solamente con la copita de marsala acompañada de los pedazos de torta casera, triangulares y amarillos por el abundante huevo, que doña Margarita y Cristina tomaban al atardecer! Pero Gloria no se conformaba con eso, y cada siesta se iba hasta el almacén de la esquina a hacerse una provisión de vino tinto y de ginebra. Salía a la siesta enfundada en esos batones floreados demasiado llamativos, con los ojos todavía entorpecidos por el sueño matinal, porque desde la época del cabaret le había quedado la costumbre de levantarse después del mediodía. Esa costumbre y la inclinación a la bebida y el asco por los hombres y un montón de dinero le habían quedado de esa época como fragmentos podridos de una vida desaparecida adheridos a ese cuerpo fulgurante y blanco, ya ajado, de giganta, a esa ronca voz que sonaba jovial cuando Gloria estaba fresca. ¡Si se hubiese conformado con esa copita de marsala! Pero (y doña Margarita y Cristina juntaban con las yemas de los dedos las miguitas amarillas, dulzonas y pegajosas, y se las llevaban a la boca mientras parloteaban entre suspiros sobre el asunto, al atardecer) Gloria se había mandado ya por lo menos media botella de ginebra a esa hora, y estaba por lo tanto borracha. Era una lástima, murmuraba doña Margarita, frunciendo su ajada boca llena de estrías, paladeando los porosos átomos de masa dulzona, una verdadera lástima, una picardía, porque al llegar a la pensión, cinco años atrás, aunque ya tomaba y se emborrachaba de vez en cuando, Gloria no había sido ni la sombra de lo que era ahora. De otra manera ella y Cristina no le habrían tomado tanto cariño. Las flacas mejillas de Cristina rodeadas por esas mandíbulas huesudas, se contraían y se hundían todavía más por los efectos de la pena, al recordar lo compañeras que habían sido las tres durante los primeros dos años que Gloria pasó en la pensión. Gloria misma lo había confesado aquella noche en que festejando su resolución de retirarse de la vida nocturna, ellas dos le ofrecieron una cena íntima. Comieron una paleta de cordero al horno con papas doradas, y Gloria aportó un par de botellas de vino tres cuarto. Con las últimas migas marrones de la torta de chocolate y el último trago de la segunda copa de marsala, la voz ronca de Gloria tembló un poco al decir que había estado buscando toda su vida un hogar, y que por fin lo había encontrado. Doña Margarita simuló que iba a llevar unos platos sucios a la cocina, pero Cristina, que tenía un año más que su hermana y la conocía muy bien, sabía que doña Margarita había ido a la cocina a llorar. Para Cristina ese recuerdo era oro puro entre la ganga de su pasado de solterona, porque desde que había perdonado a su hermana por haberle arrebatado al único hombre que despertó en ella alguna vez el deseo fugaz de dejar por fin de ser una niña, desde que no había entre ellas más que soledad y perdón —apenas turbados a veces por la muerte—, toda su vida no había sido más que como uno de esos largos días de invierno en los que la llovizna pareciera borrar el mundo entre dos paréntesis de oscuridad: algo peor que algo imposible de ser visto; algo que no vale la pena mirar. Ni siquiera dolor ni odio: un simple renunciamiento gris y un retroceso leve e imperceptible que la convirtieron en una niña amarilla y reseca cuyos ojos intactos habían contemplado su propio despojamiento primero, y después la desaparición de lo que se le había quitado, y después cómo la vencedora ilusoria de ese combate ilusorio, su propia hermana, trataba penosamente de recuperar para sí misma esa inocencia que la había obligado a preservar. Por eso era siempre doña Margarita, y no Cristina, la que lloraba. Pero era Cristina la que hacía el recuento oscuro de aquellos momentos en los que sentían que valía la pena vivir, aunque doña Margarita hubiese dado la impresión de vivirlos más hondamente.

¡Y si Gloria se hubiese conformado con todo eso! Pero Gloria llevaba el exilio en el corazón, no podía por lo tanto encontrar un hogar. Gloria veía cada noche un río negro que se abría para devorarla y se ponía a correr enloquecida por el patio con el camisón transparente empapado en sudor y pegado a la espalda blanca. Cuántas ásperas manos masculinas debían haber acariciado esa espalda blanca, sabía pensar Cristina cuando por fin dejaban a Gloria dormida nuevamente en la cama, y a ella le quedaban en las yemas de los dedos y en la palma de la mano los rastros invisibles del contacto con aquel cuerpo formidable. Y cuando Gloria se despertaba al día siguiente, si estaba de buen humor, iba a visitar a las chicas al comedor y charlaba largamente con ellas, con su voz ronca y jovial y un cigarrillo colgando oblicuo de sus labios entreabiertos, antes de tomar un trago de nada.

También la noche que habían salido a comer afuera era parte del breve inventario de vida que Cristina se repetía continuamente a sí misma. Gloria las había invitado el día anterior, y ellas dos estuvieron preparándose durante todo el día. Habían sacado del fondo del ropero los viejos vestidos de salida, pasados de moda en el momento mismo de ser confeccionados, muchos años atrás, e incluso en el momento de haber sido soñados y concebidos por las mismas interesadas. Los limpiaron, sacudiéndoles el polvo, borrándoles con un trapo impregnado de bencina las antiguas manchas polvorientas, los recortaron y los volvieron a hilvanar y coser, y se los probaron varias veces frente al gran espejo oval del ropero. Ya a las siete de la tarde estuvieron listas, bañadas, peinadas y discretamente pintadas en los ojos y en las mejillas, Cristina delgada, reseca y rígida, como si la vida estuviese filtrándose hacia afuera como aire por entre los pliegues de su vieja carne, y doña Margarita obesa y ávida, llena de blandas redondeces decrépitas, como si fuese ella la destinataria de esa vida evanescente y frágil que estaba de un modo continuo escapándose de su intacta hermana. Esperaron que Gloria estuviese lista sentadas en el comedor, tomando la copa de marsala del atardecer, impacientes y nerviosas como no lo habían estado nunca en su vida, pero tan cohibidas que se sintieron incapaces de ir a buscar a Gloria temerosas de que ésta se hubiese olvidado o arrepentido de la invitación. No se atrevieron siquiera a mirarse a la cara por temor de encontrar en el rostro de la otra la confirmación de ese miedo secreto. Por fin Gloria apareció, desenvuelta y espléndida, y ellas oyeron antes que nada el ruido seco y resonante de sus tacos atravesando el vasto patio de mosaicos rojos protegido en la altura por la techumbre apretada y lila de la glicina. La huesuda mandíbula de Cristina colgó como sin vida, y su huesuda mano infantil subió instintivamente hasta la mejilla, el meñique rozando apenas los labios separados, impulsada por el súbito asombro y la sorprendida admiración que se parecían más que nada al pavor: la espléndida figura de Gloria, blanca y ceñida por ese maravilloso vestido amarillo, locamente escotado, tanto que permitía ver los blancos senos ya nacidos encimados uno sobre el otro, ese vestido de organdí con un calado de flores cuyos pétalos estaban bordados en un hilo color oro, ese vestido del que Gloria emergía rodeada de un olor perfumado, agudo, limpio e inolvidable. Como era verano fueron a un patio llamado El Rincón Español, cuyo piso era de polvo rojo de ladrillo, fresco y regado, y en una de cuyas paredes celestes alguien había pintado la figura de un torero, con su traje de luces y su capa plegada sobre el brazo, firme y erguido, alzando majestuosamente el brazo libre por encima de la cabeza. ¡Todo era tan limpio, festivo, y reluciente! Tomaron dos botellas de vino blanco, que el mozo trajo dentro de un baldecito plateado lleno de hielo. Al final de la comida, Gloria fijó sus ojos demasiado pintados en algún punto de la mesa, y haciendo girar con distracción su copa vacía, mientras Cristina devoraba con su intacta mirada el vasto cuerpo blanco, habló largamente, y como para sí misma, de un pueblito cercano a Rosario que tenía una plaza por la que las chicas paseaban los domingos tomadas del brazo, y en cuyas esquinas los muchachos se congregaban a fumar y a reír hasta que llegaba la noche. Habló de una casa de ladrillos sin revocar ni pintar, situada en las afueras del pueblo, en el que una chica de diecisiete años soñaba cada noche que un hombre estaba sobre ella, inmóvil o muerto, y que era un hombre distinto cada noche. Habló de una mañana tan luminosa que el cielo parecía una cúpula de oro, y de una humilde valija hecha rápidamente, dejando la mitad de las cosas —incluso ese sueño del hombre muerto que la vejaba con su sola presencia y era distinto cada noche—, y de un ómnibus tomado furtivamente en las afueras del pueblo, y de un asiento reservado junto a ella para un hombre que debía subir al ómnibus un pueblo más adelante, y que no estaba en la parada del ómnibus, y que por lo tanto nunca subió. Después habló de una, dos, tres, mil ciudades. Después hizo un largo silencio durante el que doña Margarita y Cristina la contemplaban aterrorizadas y expectantes, y ella hacía unas muecas fugaces de perplejidad y extrañamiento antes de empezar a hablar otra vez y preguntarse implacablemente a sí misma, con ronca voz, quién era ella, cuál era el camino que había recorrido hasta entonces, si es que había habido algún camino, y si es que había hecho algo que pudiera nombrarse con la palabra recorrer, y si era así por qué lo había recorrido. No había reproche, pena o desesperación en su voz, sino simple extrañamiento. Y Cristina y doña Margarita contenían la respiración viendo cómo el hermoso cabello negro se sacudía silencioso y turbulento a cada movimiento de cabeza. Cuando volvieron a la pensión, Gloria estaba borracha, y esa noche apareció en sus sueños por primera vez el río negro que la había tal vez engendrado, bañada en agua negra, emergiendo de entre misteriosos remolinos oscuros, y que ahora quería devorarla. Esa noche no gritó; se despertó extrañada y con miedo, creyendo que el sudor que humedecía su cuerpo era un rastro repugnante de ese líquido negro, pero después volvió a dormirse, según le contó ella misma a Cristina al día siguiente en el comedor, a la hora de la siesta.

Con el tiempo, Gloria empezó a emborracharse cada vez más seguido, y después apareció la Visita. De las largas conversaciones que mantenía con ella, doña Margarita y Cristina oían solamente la voz monocorde de Gloria, respondiendo a las frases silenciosas que, con desconcertante ubicuidad, desde algún lugar remoto, la Visita debía estar mandándole por telepatía, para que nadie más que Gloria pudiese escucharlas. Miraba un momento el frente de la casa, atravesaba el zaguán y el vestíbulo, cruzaba el patio bajo la glicina, y después, invisible, penetraba en la habitación de Gloria. Solamente Gloria podía verla, con esos ojos que se le habían achicado tanto que parecían dos heridas a medio cicatrizar, y durante los últimos dos meses en los que Gloria les dio tanto trabajo, la Visita parecía haberse instalado de un modo definitivo en la habitación, porque el murmullo ronco y monótono no paraba nunca, salvo cuando Gloria se dormía a la madrugada y se despertaba dando gritos y corriendo enloquecida por el patio con las manos crispadas apretándose las sienes y toda bañada en sudor. Por culpa de esas carreras y esos gritos doña Margarita y Cristina habían ido perdiendo uno a uno todos los pensionistas, y si no hubiese sido por la pensión por Ernesto que doña Margarita seguía cobrando del gobierno y el aporte mensual que hacía Gloria, no hubiesen tenido con qué vivir.
Pero ellas dos seguían tomando su copa de marsala al atardecer, sin embargo, y hablando de Gloria mientras la voz de ésta zumbaba incansablemente cuando hablaba con la Visita en la última habitación de la hilera derecha. Gloria era el último tema de conversación que les quedaba ya para la hora del marsala, porque desde el día siguiente de la muerte de Ernesto, después de ese relámpago negro que le partió en dos el corazón, cuando la causa de la soledad y del perdón había sido borrada para siempre de la faz de la tierra, ya no les había quedado nada de qué hablar. Tiempo antes de los últimos dos meses, Gloria prometía cada día que al siguiente iba a dejar de tomar y eso daba entre las hermanas lugar no solamente a la conversación, sino también a la esperanza. Por eso la tarde en que el zumbido ronco se detuvo de golpe, mientras las dos hermanas conversaban en voz baja mordisqueando delicadamente sus respectivos trozos de pan de España, el silencio se hizo tan súbito y pesado que las indujo a ellas mismas a callarse, y a permanecer con la boca abierta, el movimiento de masticación detenido, y la mano con el pedazo de pan de España que iba a ser depositado en el plato, inmóvil a mitad de camino. Les pareció sentir que la Visita salía de la habitación, cruzaba el patio, el vestíbulo y el zaguán y abandonaba la casa para siempre. Después no oyeron más nada, salvo el sonido de sus voces gastadas, y recién a la mañana siguiente, cerca del mediodía, empujaron con un horror incapaz de ser alterado por el más mínimo destello de esperanza la puerta de la habitación, y vieron el cuerpo blanco y desnudo, más blanco y rígido todavía por obra del veneno, y más desnudo todavía por obra de la muerte, el cuerpo cuyas manos yacían una sobre la otra en el amplio vientre ya muerto y cuyos ojos muertos no despertaban en quien los contemplaba sino un sentimiento de paz.

Fue doña Margarita la que lloró, como de costumbre, y no Cristina, que miró largamente y más con admiración que con miedo la abarrotada habitación, la nota en la que Gloria se despedía de ellas y les legaba todas sus pertenencias, y el largo cuerpo vencido. Pero fueron las dos las que la velaron todo el día y toda la noche y las que la acompañaron a la mañana siguiente al cementerio y ahí la dejaron. Exactamente un año después, el redondo cuerpo de doña Margarita fue haciéndose cada vez más magro, de un color parecido al papel de molde que guardaba en su propio costurero. Murió lentamente y mal, llena de dolores, invocando a Dios, sentada en la cama contra las sucias almohadas, y mirando fijamente algo por encima del hombro de Cristina.

Cristina le cerró los ojos y al día siguiente la llevó a enterrar. El olor de las tortas caseras y del marsala se ha borrado para siempre de la casa, no viene nunca una Visita, y los azulejos verdes del zaguán caen uno tras otro todos los días, dejando un áspero cuadrado de un blanco sucio en la pared; pero en la alta noche una mujer delgada y reseca se prueba frente al espejo oval del ropero un vestido amarillo lleno de unas flores bordadas en hilo de oro, un vestido demasiado grande para su cuerpo intacto que ella se ciñe con esperanza y orgullo aferrándolo por detrás con una gris y huesuda mano infantil.

(De: Cuentos completos, Seix Barral)