Alemania (una vez más) desgarrada

Por Ilán Semo

Imagen: El líder de AfD Joerg Meuthen saluda a simpatizantes en un mitin de campaña en Pforzheim, Alemania. (Reuters)

El 23 de noviembre del año pasado, dirigentes de AfD (Alternativa por Alemania), la formación más extrema de la derecha actual, se reunieron en Potsdam en la mansión Adlon (muy cerca de Wansee, donde en 1940 fueron planeados los campos de exterminio) con líderes de la Unión Demócrata Cristiana y algunos empresarios notables. Martin Sellner, el líder del Movimiento Identitario de Austria, presentó ahí un plan para deportar a varios millones de migrantes y alemanes con origen migrante a «algún país africano». Las razones: «Degeneran el valor del obrero alemán, no están calificados, hacen mal uso de las prevenciones sociales y orientalizan el paisaje». Hace un par de años, el dramaturgo austriaco Hermann Holtz describió a Sellner como «el escalón más bajo y peligroso del espíritu de la fobia racial y la espada». Supuestamente, la reunión en Adlon debía ser secreta. Sin embargo, Korrectiv, un colectivo de periodistas democráticos, reveló los detalles del encuentro. El plan de Sellner preveía una estrategia de campañas de propaganda en la opinión pública y las redes sociales para sensibilizar a la población de la necesidad de una política de «remigración» (léase: deportación).

En las siguientes semanas de enero, convocados por la socialdemocracia, el partido Die Linke (La Izquierda) y ONG de defensa de los migrantes, millones de manifestantes en las principales ciudades Alemania se lanzaron a exigir la ilegalización –es decir, la prohibición oficial– de AfD. Dado el singular pasado alemán, que entre 1929 asistió al ascenso del nazismo al cénit del poder del Estado, una fuerza que usó los canales de la democracia para finalmente abolir el régimen democrático, desde 1945 todas las constituciones alemanas contienen un apartado que prevé la posibilidad de prohibir a formaciones políticas que, llamándose democráticas, atenten contra el orden republicano.

La masiva respuesta de los principales partidos de la izquierda alemana no fue casual. En las encuestas más recientes, AfD se ha colocado ya como la segunda fuerza nacional tan sólo después de la Unión Democrática Cristiana (UDC), el partido de centro derecha de Angela Merkel, dejando muy atrás a la socialdemocracia que hoy gobierna el país y a La Izquierda, que apenas reúne 5 por ciento en las encuestas.

Esta historia puede aún empeorar. En verano habrá elecciones en las provincias de Turingia, Sajonia y Brandeburgo. El neofascismo podría obtener ahí mayorías absolutas y pasar a gobernar tres regiones claves situadas en el este del país. Una amenaza al «código sanitario» que hoy domina a la política nacional. Es el peculiar término que los partidos representados en el Congreso acuñaron para definir el acuerdo de que ninguno establecería alianzas con AfD. Alianzas que podrían ser necesarias para formar gobiernos locales.

El escándalo del cónclave del 23 de noviembre reside no sólo en la extensión electoral que podría obtener la ultraderecha, sino (sobre todo) en la participación de líderes destacados de la UDC, así como de algunos empresarios notables. Ese sería precisamente el camino para que quienes hoy abrazan la idea de imponer un régimen de exclusión racial, ingresen a los primeros peldaños del poder nacional. ¿Qué explica el súbito ascenso del neonazismo en una nación que se creía liberada de ese fantasma?

AfD nació en 2013 bajo la sombra del antieuropeísmo. Ya en aquel entonces, promovía el Deuxit (la salida de Alemania de la Unión Europea). En 2017 perdió la votación, al igual que en 2021. El ascenso de la economía alemana y la destreza de la canciller lograron apagar el efecto sorpresa. Pero en 2022 volvió a tomar auge, ahora con mucho mayor intensidad. Las razones están a la mano.

En primer lugar, la indecisión del canciller Olaf Scholtz frente a la guerra de Ucrania. Al igual que en España, Francia e Italia, la ultra alemana fue apoyada y cultivada desde sus orígenes por Vladimir Putin. El cese de las importaciones del gas ruso y el sometimiento a Washington trajeron consigo inflación, desabastecimiento y reducción de las inversiones. Por primera vez desde 2008 la economía entró en una severa crisis, ahora atribuida a la ineptitud de Scholtz. Como nunca, Alemania se ha revelado como vulnerable frente a la Casa Blanca. AfD capitalizó un sentimiento nacionalista que se creía sepultado, sólo que bajo una nueva orientación: el ­ antiamericanismo.

En segundo lugar, un discurso racista contra la emigración en una población que hoy reúne a una extensa franja racista. El delirio de esta narrativa está basada en la teoría del «gran reemplazo» confeccionada por el francés Renaud Camus: el orden liberal para beneficiar a las élites empresariales estaría dispuesto a reemplazar a la clase obrera alemana por migrantes provenientes del Magreb.

Hoy más que nunca, AfD insiste en retirar a Alemania del acuerdo del euro. La diferencia es que hoy se encuentra en camino de hacer factible esta posibilidad, al igual que lo hizo el partido conservador en Inglaterra. Sólo que sin Alemania, la UE no perduraría ni un solo día.

La Jornada