Algunos macaneos

Por Sara Gallardo

Macaneos*. Las columnas de Confirmado (1967-1972) da a conocer un corpus amplio, variado y representativo de las numerosas columnas que Sara Gallardo escribió para el semanario Confirmado desde mediados de los años 60 hasta principios de los 70. Los textos aquí reunidos por primera vez se encuentran entre sus mejores contribuciones y constituyen un material fundamental del periodismo argentino escrito de la segunda mitad del siglo XX. Profundas, llenas de humor y obstinadamente actuales, las columnas periodísticas compiladas en Macaneos iluminan una zona desconocida y extraordinaria de la producción de Sara Gallardo, cuyos libros ya son clásicos de la literatura argentina.

Un tango para Magoya, por favor

Por Sara Gallardo

(Año IV, Nº 173, 10 de octubre de 1968, p. 46)

Magoya me ha dejado pensando. El señor Erasmo, argentino en Bruselas, decía también en su carta sobre Magoya y Serrucho: «no se imagina cómo los extraño en Europa donde, por lo general, todo el mundo cumple con su cometido. Aquí los pobres se morirían de hambre». Y agregaba un recuerdo a nuestro siempre nombrado Seguro, «que no lo indultan ni para Navidad». Buen señor Erasmo, comprendo su nostalgia. Nostalgia irónica, que quizás oculta, si es argentino a fondo, un poco de nostalgia verdadera, escondida, por la tierra donde es posible decir: «y bueno, che», irse a dormir, y que… no pase nada. O casi nada.

Pasar, en verdad, pasa. He perdido la cuenta de las revoluciones que a partir del año
’30 aparecieron redoblando, proclamando: «Hay que empezar a hacer». Nadie lo dijo, pero fueron todas las revoluciones contra Magoya, rey invisible de la patria.

Sí, en Europa Magoya se moriría de hambre. Recuerdo a uno que volvió de Holanda en estado de delirio: «Visto desde el avión es un país de pura agua. Estos bárbaros han hecho los canales, se han transformado en una potencia, conquistaron colonias, mercados. ¡Ja! Si nos hubiera tocado semejante territorio andaríamos en balsa, de barba y melena, pescando con arpón. No tenemos remedio».

Ah, no. Eso no, caballero, como oí decir a una señora en el colectivo, dejando en todos la duda sobre un eventual sí, y la curiosidad respecto al eso. Eso no. El remedio contra el bueno de Magoya parecería justamente esconderse en los lugares problemáticos, donde la cosa es matar o morir. Magoya detesta esos lugares. Magoya se instala allí donde la consigna es ¿comer, dormir? Magoya, satisfecho, se ocupa de todo mientras uno dice: «Para empezar, tráigame unos ravioles con tuco. Y que vaya marchando un pollito al vino. Dígame: aquí donde se lee almendrado significa helado almendrado, ¿no? Ah, gracias». Magoya adora también el trópico. No es que en los trópicos sobre en general la comida, pero… hay otras cosas. En Cuba, por ejemplo, he visto que las varillas de los alambrados echan al poco tiempo ramas y hojas. Ramas y hojas que Magoya en persona riega.

Holandeses, tan luego. Claro que desconocen a Magoya. Imaginemos el Delta Plan. Kilómetros y kilómetros que el mar deshace y se come. Kilómetros y kilómetros que los holandeses limitan metro a metro, rellenan, siembran, plantan, habitan.

El mar se achica y Holanda crece. Formidable. Si sigue así, tal vez Holanda avance, avance por el mar, y si va derecho (con una gambetita para esquivar a Inglaterra) llegue, digamos, al Canadá. O si prefiere caminar hacia el sur tal vez llegue, con algunas ondulaciones, a Buenos Aires. Sería bárbaro. En vez de veranear en el Uruguay iríamos a Holanda. KLM se transformaría en una compañía de ómnibus. La Banda Oriental serían ellos. Aprenderíamos de una vez que Ámsterdam es una de las ciudades más divinas de Europas. Y ellos tendrían sol redondo en invierno y en verano, que buena falta les hace. En vez de pálidos hippies uruguayos tendríamos a los provos, tan sexy que son, y tan seguros de sí mismos. No digo que vendrían al bar Moderno de visita, no digo eso, pero podríamos llegarnos a la frontera y tirarles besitos. ¿Frontera? Descreo que haya frontera por mucho tiempo. Los pueblos amigos de Magoya suelen verse en figurillas cuando son vecinos de pueblos indiferentes a Magoya.

Magoya, Magoya. En la Argentina a veces tengo la impresión de que estamos algo menos magoyescos. Un poquito menos. Por ejemplo, podría decir, con letras mayúsculas: mirad El Chocón, aunque nunca he sabido bien qué es, y me lo confundo con San Nicolás y con el dique Cabra Corral en Salta. Bueno, confusión más o menos, son cosas antimagóyicas y además, todos esos señores que compran campos enormes y baratos en la pampa, que pronto, bajo el rocío vivificante de El Chocón, se volverán vergeles carísimos, no me parecen magóyicos tampoco.

Además, señoras y señores: los argentinos dejamos que Magoya haga las cosas porque sabemos que es el único modo de que salgan a escala humana. Si las hiciéramos nosotros en persona, tal vez serían demasiado maravillosas. Viene Graham Greene, por ejemplo, y los periodistas corren a entrevistarlo. Mientras sus anfitriones lo sujetan fuerte –«es mío, ¿eh?, ¿eh?»– los periodistas lo rodean; todos son mejores escritores que él, porque Magoya les escribió las obras maestras, y por eso el visitante debe explicarse, disculparse ante ellos, en primer lugar de su fama, y en segundo de haberse permitido últimamente escribir obras menos profundas: «A ver, señor usurpador, diga, arrodíllese, pida perdón».

Magoya por otra parte es alguien que nunca da disgustos a la ciudadanía. Cuando se colocaron los semáforos en Buenos Aires cuánta rabia, cuánta alharaca, cuánta rebelión, cuánto gemir y crujir de dientes. Cuando se ordenó la mano única en las avenidas, cuánto desgarrarse las vestiduras, cuánto apocalipsis urbano. Hoy, con la historia de las fuentes en la avenida 9 de julio, ay, ay, ay, fuente amada, fuente odiada, fuente ínclita, fuente pérfida, a qué moverte, a qué duplicarte, a qué exaltarte, a qué humillarte. Magoya en cambio nos acuna, nos mece, nos canta el arrorró. Es tan amoroso. Él no hubiera puesto semáforos, ni cambiado de manos, ni sacado las fuentes, ni ninguna canallada por el estilo, que nos hacen sufrir tanto, tanto, tanto.

Magoya querido, ¿por qué nadie te ha escrito un tango, por qué Nacha Guevara, deliciosa como es, no habla de vos en el teatro Regina, por qué Susana Rinaldi no te incluyó en su disco, por qué tanto silencio si sos como la vieja, servicial, calladito, y siempre dispuesto a poner una cataplasma sobre el pecho triste?

Los lunes quiero a Magoya con más amor que el resto de la semana. Los lunes me llama León Epsztein (ver staff en la página 13 o por ahí). León Epsztein me dice:

—¿Y, Sara? ¿Y la página?

—¿La página? ¿La página? ¿La pá…?

—Sí, la página. ¿Viene o no viene?

—La página… Ah… Sí, claro, claro, ya va.

Yo pienso: la página, que la haga Magoya. Y después de un rato me siento a la máquina. Porque al fin y al cabo Magoya será un genio, pero a veces parece un poco distraído.

[anuncio_b30 id=2]

Depresiones inmarcesibles

Por Sara Gallardo

(Año V, Nº 217, 14 de agosto de 1969, p. 40)

Un día del año pasado, un autobús lleno de turistas se detuvo delante del hotel de Alessandra, Via Veneto, Roma. Hirsutos, oblicuos, feroces, sus ocupantes empezaron a bajar.

–¿Quiénes son estos? –pregunté al portero.

–¡Eh! –dijo con inconmensurable pesadumbre–. ¿Questi…? Argentini…

Eran mexicanos, desde luego. Y no sin secreta satisfacción imaginé lo que hubieran sufrido de saber el error. O lo que hubiera debido sufrir el portero, que es más triste.

En realidad, los latinoamericanos somos iguales a los ocupantes de un mismo conventillo, hostiles, irreparablemente enemigos:

–Perdón –diría la señora pía con un canasto de vituallas en el brazo–. Aquel muchacho alcoholista, desocupado, marido de la señora prostituta desocupada, y padre de los niñitos leprosos, ¿vive aquí?

–¡Puaj!, no; vive al lado y ojalá reviente. Aquí somos leprosos los padres, y desocupados los niños.

Sí, los sentimientos mutuos de los latinoamericanos son fascinantes.

Llega el uruguayo, pálido aún por el traslado en aliscafo, alisándose el pelo con mano todavía temblorosa y, con mirada distraída, pregunta:

–¿Vieron Teorema, che?

Hay dos respuestas que dar.

–No. Por suerte la prohibieron. Son films para la mersa. O:

–Sí che: con Pasolini, en Roma, en el preestreno. ¡Qué antigüedad!

No han pasado diez minutos cuando, siempre con mirada distraída, larga:

–No puedo comprender cómo alguna vez pudo construirse un teatro tan ridículo como el Colón. Qué mal gusto, che.

Y uno:

–Claro. Un habitué del Sodre no puede entender esas cosas. Y después, siempre sobre el whisky fraternal, dice uno:

–¡Qué bárbaros los tupamaros, che! ¡Qué eficacia! Y etcétera.

Viajemos a Chile. Brazos abiertos, la cordillera no nos separa, nos une, San Martín y O’Higgins, brindis. No demasiados, por favor. Consumidos los vinos, todo será ojos inyectados de sangre: «¡Lo que es ustedes, nos han dejado el fleco del poncho!». Mejor buscar el planeo olímpico de los intelectuales. «Buenos Aires es muy agradable, tan enorme, tan llena de posibilidades de sorpresa –dice con calma el escritor barbado–. Lo que no entiendo es la tristeza de los argentinos. Cada vez que iba de visita a alguna casa, la gente parecía a punto de hundirse en el suelo: se derretían, se desmayaban…»

Como es de esperar, los congresos latinoamericanos prosperan. Dos años atrás se reunió en Santiago uno del Iari, Instituto Latinoamericano de no recuerdo qué. Contentos, los delegados de Bolivia anunciaron haber descubierto un boliche simpático para empinar el codo. Al día siguiente, ojos en compota. Lacónicos, informaron:

«Discutimos. Antofagasta».

Los argentinos, entretanto, lanzan sus deportes de invierno. Aspiran a atraer turismo externo. «Barilochéese, no deje de barilochearse, etcétera». Entusiasmados, los brasileños llegan en julio. Son simpáticos, gritan al ver la nieve, se revuelcan en ella, visten de colores, bailan como los dioses y traen dinero. Los argentinos los torean. Vaya y pase que paguen más que nadie por los bifes, por el whisky, por todo. Además, soportan agresividades, desaires, y cuando la elección de la Reina de la Nieve, un estribillo elegantemente coreado por los muchachos en masa: «Argenti-na, Argenti-na».

Claro, después uno va a jugar al fútbol en Bolivia y… ¡zas! «¿Cómo? ¡Nosotros que les regalamos escuelitas! ¡Así nos pagan!». La verdad es que los aymarás y afines son gente de acción, que en Bolivia un campesino no es un señor gordo sentado en un tractor, ni un jefe sindical otro señor gordo sentado en un Cadillac, y que las cosas se ponen bravas con facilidad. Por eso, de pronto, en lugar de dos o tres patadas en salva sea la parte, que hubieran tenido lugar digamos en Brasil, uno puede encontrarse con los guardianes del orden, metiéndole los revólveres en el estómago. «¡Y nosotros que les regalamos escueli…!»

Honduras y El Salvador, ya hemos visto. Y uno que siempre creyó que eran cosa similar, como dos cascos de una mandarina… En Asunción me han contado que las delegaciones argentinas enviadas por Relaciones Exteriores cantan, bailotean y recitan en un estadio repleto que en ningún momento olvida la guerra de la Triple Alianza. No sería justo criticarlos. Y hablando de Asunción, Paraguay y Bolivia están a punto de agarrarse otra vez de los pelos de las fronteras.

Pero no son cosas de Latinoamérica solamente. Cuántas veces decimos a algún señor oscuro y de gran nariz: «Ah, usted es turco entonces…». «¡Nuestros peores enemigos!

¡Masacraron a nuestra población entera!» «Ah, disculpe…»

A veces uno tiene sus sorpresas. Tuve una amiga llamada Ester que cambió su nombre por el de Pilar cuando su padre fue embajador en un país árabe. «No sabes lo que puede pasarte allí con un nombre judío», murmuró temblando. Con no menor temblor recordé su frase una mañana en la ciudad de Damasco. «¿Cuál es su nombre?», me preguntó, mi pasaporte en mano, un arabón de cejas renegridas. «Y… –balbuceé, dispuesta a morir, mártir con injusticia– Sara…» Una sonrisa extática iluminó las facciones del arabón: «Un nombre árabe, señora; la esposa del patriarca Abraham; un nombre que veneramos».

Y es que este asunto de las patrias es terriblemente engorroso. En uno de los films más sosos de la historia, Elvira Madigan, tedio vuelto imagen, la bella protagonista recita, mostrando las líneas de su mano: «Estas líneas son las fronteras de los países.

¿Qué importancia tienen? Es mi mano la que importa».

Una imagen bonita. Pero anatómicamente mal elegida. Pues las líneas de la mano, según todos sabemos, marcan zonas de vida y de muerte, de amor, de odio o fracaso bastante tradicionales. Y sumamente deprimentes.

Biblioteca Nacional de la República Argentina – Catálogo de la Muestra Sara Gallardo. La poética del espacio (2018). Clic en la imagen para ver o descargar.

¿Por qué no se van todos un poquitito?

Por Sara Gallardo

(Año V, Nº 222, 17 de septiembre de 1969, p. 46)

Lo bueno que tienen las peluquerías es que uno puede enterarse en ellas de que Violeta Rivas y Néstor Fabián están en una encrucijada, que Alfredo Alcón guarda un celoso secreto y que Raphael no puede olvidar un amor de infancia. Mientras la imagen de una guardia civil cruza fugazmente el cerebro, uno da vuelta la página. A veces estas informaciones se terminan, o las tiene las del secador de al lado, y es posible enterarse de otras cosas, no menos fascinantes. De los recuerdos de alguien que fue secretaria de Jacqueline, pongo por caso. Resumidos, podrían expresarse así: «Era tan elegante y gentil, claro. Cuando su madre comprendió que nunca podría hablarle directamente me pidió le señalara la brevedad de sus vestidos: al inclinarse se le veía el portaligas. Nunca me hubiera atrevido a hacerlo. Claro, ha nacido para ser una reina. Tenía cocinera, chofer, mucama, niñera y secretaria. Siempre lamenté que el senador tomara el desayuno solo en la planta baja. Su hijita que apenas caminaba entraba a hacerle compañía. No hay mujeres como ella, tan excepcional. Al revés de los Kennedy, detestaba la política. Yo contestaba su correspondencia y a su pedido aprendí a imitar su firma. A veces aceptó dar lo que llamaba Tés para la Prensa. Fue cuando comprendí su papel. No me permitía salir en las fotos. Cuando abrí Life casi caigo de espaldas: “Jackie atiende personalmente a sus hijos; no tiene niñera; contesta toda la correspondencia por su mano”. Cuando los cameramen empezaban a actuar, ella sola aparecía. Entonces supe qué se esperaba de mí».

En una palabra, créase o no, la secretaria quería salir en Life y en los noticiosos. Quería ser por lo menos tan popular como su patrona. Nunca perdonará. Uno se pregunta: ¿Resentimiento?

Escritor triunfante en París: «De mi primer libro, en mi patria, se vendieron solo treinta y cuatro ejemplares». Sentido de la declaración: «Nadie me comprendió; para que vean que yo era un genio, cretinos. Admírenme ahora, que ya no me tienen». Resentimiento.

Escritor triunfante en la patria natal: «Ochocientos mil ejemplares vendidos, ¡y sin necesidad de ir a París a hacerme una aureola!». Sentido de la declaración: Obvio. Motivo: Resentimiento.

Escritor que no vende en ninguna patria: «La masa, hato de bestias ignorantes ¿a quién le importa?». Resentimiento.

Científico pensativo, de traje algo lustroso, va a una entrevista por televisión. La estrella centelleante pasa y recibe una mirada amistosa pero distraída. Estrella:

–Doctor X, ahora lo van a recibir.

–Bueno, señorita; gracias.

–Dígame ¿usted sabe cuánto gano?

–No tengo idea, señorita.

–Un millón doscientos treinta y dos con diez centavos cada vez que sonrío.

–…

–Pero tengo tantos gastos… No me alcanza. La ropa, ¿sabe?

–Caramba.

Escena enigmática, auténtica además. Mecanismo de la estrella centelleante: «Este chusmete no se ha emocionado al verme como se emociona todo el país; ignora que soy célebre, y además es pobre. Es posible que la ciencia sea superior a mí, pero ya verá para qué sirve la ciencia; aprenderá quién soy». Motor del mecanismo: Resentimiento. Origen (invariable) del motor:
Sospecha (fundada) de inferioridad.

Emilio Pettoruti visita la Argentina. «Desde su último viaje a Buenos Aires, a comienzos de 1968, numerosos acontecimientos de importancia se produjeron en Europa en relación con su obra y Pettoruti reprocha un poco a la Argentina que no se les haya dado la suficiente difusión.» Resentimiento.

Hay un cuento de hadas más o menos famoso. En un pueblo, unos gnomos vendían los martes una bebida y los viernes unos bollos. La población hacía cola para comprar; se angustiaba; gastaba todo lo que tenía; no era capaz de dejar de comer los bollos y beber la bebida. Un duende descubrió por qué. Los gnomos tenían una fórmula según la cual quien comía los bollos deseaba desesperadamente la bebida, y quien la bebía se moría por comer bollos. Roto el hechizo, los gnomos son echados del pueblo. Nadie los defiende. Nadie echa de menos sus productos. Alegría general.

Semanalmente, como los habitantes de aquel poblado, los porteños lectores compran también sus raciones de bollos y bebida con receta mágica. El secreto para que compren sin pausa es simple: mayor venta. Menor dosis, menor venta. Un día, una eventualidad, un duende, cortan el hechizo. Y uno espera las reacciones. Los comentarios de dolor privado, las habituales listas en los diarios, las firmas de ciudadanos que dicen amar la libertad. Y nada. Solo silencio. Solo una especie de alivio. Alivio de viciosos, que agradecen la mano que les impide reincidir. Cosas que recuerdan el final de La Celestina. Mientras la vieja fue útil para solucionar necesidades más o menos furtivas, todos la soportaron. Cuando muere por la espada nadie la compadece. Solo insultos para su memoria.

Pero si un demonio compasivo la volviera a la vida y repusiera a los gnomos en el mostrador de su tienda, las sonrisas y los regalos volverían a rodearla, y las colas de compradores se extenderían por cuadras. Librarse de un vicio es agradable. Pero reincidir, divino.

Un fotógrafo hace una exposición de instantáneas. Apoteosis. La bella envejece, el genio pone cara de idiota, el banquero se hurga la nariz, el famoso actor está calvo. Sentimiento aparente del público: ¡Qué piola este fotógrafo! Sustrato invisible: qué tanto admirarlos, ¿no ves cómo ellos también son una porquería? Una vez más: Resentimiento.

Los nuevos ricos juveniles: «Me gusta andar roñoso y descalzo junto al chofer de mi Rolls Royce». Resentimiento. Los papás quejosos: «Di mi juventud, mis desvelos, mis mejores años para que él tuviera una educación. ¿Cómo me paga?». Resentimiento (pásele la cuenta, caballero: a lo mejor se arrepiente y lo manda al asilo de ancianos). Los hijos up to date: «Yo no les pedí que me trajeran al mundo». Resentimiento, Nietzsche-cristianismo, resentimiento, rebelión a los feos y baldados; Sócrates, ídem, rebelión de los débiles contra los de vida apolínea.

Sara: ¿Por qué no se van todos un poco allí a donde saben?

*De: Macaneos. Las columnas de Confirmado (1967-1972), compilado por Lucía De Leone, 2015).