Alquitrán en los pies

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan Forn

Tres o cuatro años después Cecilia bajó de un tren que iba hasta Tigre, miró desorientada los dos extremos de la plataforma y terminó siguiendo con la más afectada naturalidad a los pocos pasajeros que bajaban por la escalera al fin del andén. En la parada de taxis subió al primer coche de la fila y se desplomó en el asiento. Ignoró las calles arboladas, la caída de las fichas y la mirada del chofer. Iba con la ventanilla abierta y los ojos cerrados detrás de los anteojos negros. Iba respirando con esfuerzo a causa del aire que le pegaba en la cara. Iba sin pensar en nada.

Bajó frente a una casona blanca que daba al río, y antes de entrar pareció preguntarse de nuevo si había elegido bien la ropa que llevaba puesta. Esos tres o cuatro años habían pasado también para ella, pero el aire de fatal adolescencia no terminaba todavía de borrarse de su piel. El taxi ya estaba lejos cuando ella tocó el timbre. Le abrió una enfermera que la hizo pasar a una salita. Cecilia se sentó, guardó los anteojos negros y no pudo evitar que su mano empezara a sacudir pelusas imaginarias de su minifalda negra.

Dos minutos después aspiró hondo, se pasó la mano por el pelo y fue a decirle a la enfermera que prefería esperar afuera. Había algo entre hermoso y patético en sus pómulos casi transparentes, un asomo de voluntad y de pavor al mismo tiempo. La enfermera le sugirió imperturbable que recorriese el jardín; Iván estaría allá enseguida.
Cecilia evitó los bancos de metal descascarados y caminó a la deriva por las zonas de exánime sol. Tenía la mano contra el pecho, sosteniendo una solapa de su sacón, y movía los labios como si cantara en playback. Iván apareció acompañado de un enfermero que la saludó con sequedad y se desvaneció. Quedaron solos en un rincón del jardín donde crecían unas florcitas silvestres que se confundían con el pasto. A Cecilia le costó desviar los ojos de los zapatos de él, unos mocasines toscos y deformados por el uso, rodeados de absurdos pimpollos amarillentos.

Iván la miraba con una sonrisa de muñeco. Tenía barba de varios días y el pelo muy corto. Ella estiró la mano, pareció quedar con la mente en blanco pero se las arregló para alcanzar a depositarla en la mano de él.

—Estás igual, Ceci —dijo Iván sin dejar de sonreír. A ella le pareció un comentario irónico. Estuvo a punto de justificarse, de explicarle que no tanto, de decir: A fin de cuentas pude venir, y sola. Hasta que se dio cuenta de que seguía sin hablar. Le soltó la mano, intentó ella también una sonrisa, sin mirarlo del todo.

—¿Cómo… cómo te tratan? —dijo al fin—. ¿Estás contento?

Él levantó apenas las cejas.

—Contento.

Sacudió la cabeza con un movimiento mecánico.

—Sí. Podría ser. ¿Parezco contento? No lo había pensado. Sí, sí. Estoy contento. Si obviamos los mosquitos.

La mirada acuosa de Cecilia, que apuntaba a algún lugar remoto entre el hombro y el cuello del suéter de él, ahora abarcó con un gesto el jardín lleno de hojas caídas. Su pelo se movió pesadamente y al rozarle un ojo la hizo parpadear.

—El lugar es lindísimo.

—Caminemos un rato. Vas a ver qué lugar de locos.

Ella enrojeció y quiso reírse, por cortesía, a su pesar, sin fuerza. En los bancos que había debajo de los árboles descansaban algunos internos; a Cecilia le parecieron objetos inánimes, casi una cínica humorada de los encargados del sanatorio. El jardín desembocaba en un cerco de madera que separaba la playita de la casa. Iván abrió el portón y esperó que ella pasara primero. Después se sacó los mocasines sin agacharse y siguió caminando. Cecilia lo imitó. Al incorporarse, recogió también los zapatos de él. El portón giraba sobre sus goznes oxidados. Iván miró sus mocasines, colgando incongruentes de la mano extendida de ella, y dijo:

—Ya sabía yo que iban a aparecer. ¿Dónde los había dejado? —Pero Cecilia no se rió. Con los mocasines uno contra el otro ya en la mano, él señaló la orilla—: La Playa De Tus Sueños. No es otro chiste. Le dicen así, acá.


El sol daba de lleno en las mesas con manteles a cuadros del Club de Pescadores. Mucha gente había decidido almorzar en la terraza, y el sonido de la charla, el tintinear de platos y cubiertos y el rumor del río debajo se sumaron al alegre burbujeo que les produjo a los dos el vino blanco. Cualquiera habría dicho que eran felices, cualquiera habría dicho que eran tan conscientes de su juventud como del verano; tenían los ojos entrecerrados y las caras vueltas hacia el sol, y el sol de febrero parecía dispuesto a concederles cualquier deseo que pidieran.

Cecilia se apoyó contra el respaldo de la silla y casi gritó con la voz grave que le salía cuando estaba borracha o eufórica, mientras se tocaba la barriga y miraba al cielo ciegamente.

—Un Pujolito… ¿te das cuenta de lo que me espera?

Algunas de las caras de las otras mesas se dieron vuelta, más o menos disimuladamente: unas sonrientes, otras aburridas o escandalizadas, otras ávidas de más información. Pero Cecilia ya había retomado la posición anterior, Iván levantaba su copa con etílica solemnidad y la manera en que se miraban los dos dejaba definitivamente al margen al resto del mundo.


Con los zapatos en la mano caminaron hacia la orilla. Pasaron la zona de pastos duros y ralos que cercaba la franja de arena. El cielo estaba plomizo y no corría nada de aire.

—¿Lloverá? —dijo ella.

—Llover es poco. Van a caer soretes de punta… Perdón, perdón —dijo él ampulosamente, sin el menor remordimiento.
Pero no esperaba que Cecilia dijera:

—No hables así, por favor.
Y tampoco que fuese capaz de preguntarle, como si no estuviesen en donde estaban, como si no fuesen lo que eran:

—¿Te llegaron mis cartas? Te escribí.

—Claro —dijo él, porque no supo, o no pudo mentir—. Nada el primer año, nada el segundo. Una cartita el tercero —enumeró, como si llevara la cuenta con la mano que tenía sumergida en el bolsillo del pantalón—. Y la tarjeta de Navidad, por supuesto.

—Sí, la tarjeta antes que la carta. Se me ocurrió hacerlas yo misma y pensé que, a lo mejor… Qué sé yo.

—Al principio me pareció de esos pintores sin manos.

—Mentiroso, no estaban nada mal, para ser la primera vez. Me lo dijo todo el mundo. Pero supongo que las hiciera yo misma no te importó.

—No creas. ¿Alguna vez recibiste una tarjeta naïf con aplicaciones de jean en un manicomio? Es algo, cómo podría decirte…

Cecilia siguió caminando sin mirarlo.

Iván se había frenado. Cuando ella se dio cuenta y giró hacia él, lo vio mirando el agua. Más allá empezaban los camalotes; a lo lejos pasaba una draga. El río estaba marrón y espumoso. Los dos seguían descalzos, aunque la arena tenía alquitrán.

—Te puedo contar algo de mí en estos años —dijo ella con la mirada baja.

Él seguía mirando el horizonte, sin ganas, sin moverse. Cecilia igual empezó a hablar. Al rato, Iván se sentó sobre la arena húmeda y dejó los mocasines a un costado. Ella los fue acomodando con el pie y se sentó encima, cuidándose de no apoyar la mínima falda negra contra la arena. Hizo todo eso sin dejar de hablar. Su voz iba contagiándose de un ritmo parecido al de la draga, que no terminaba de perderse en la línea del horizonte. Cuando se calló, finalmente, tenía un gesto de leve satisfacción en la cara, como si de pronto hubiese descubierto que todo lo dicho era cierto y que no le había pasado a otra persona sino a ella. Él la miró de reojo, con la cabeza apenas inclinada.

—Todo inmejorablemente bien, en suma —dijo.

Y Cecilia se echó a llorar.


Estaba esperándola en el café desde hacía más de media hora. Cecilia llegó agitada, dejó caer el bolso sobre la silla que quedaba libre y le dio un beso fugaz debajo de la oreja. Tenía la cara helada y respiraba sonoramente.

—Perdoname, pero te viniste a elegir un lugar tan lejos…

Iván pidió dos cafés. Después prendió un cigarrillo y pitó varias veces, sin dejar de mirarla.

—Me encanta cuando fumas así. ¿Hace mucho que llegaste?

Él hizo una mueca. Al rato dijo con voz glacial:

—Qué pasó.

Cecilia se miró las manos, jugueteó con un terrón de azúcar. El pelo se le sacudía siguiendo los movimientos del terrón entre sus dedos.

—Hablé —dijo. Y con una voz que quería ser más convincente—: Iván, era una locura. Sí, es cierto, una locura encantadora. Al principio. Pero es que la madre voy a ser yo. Te das cuenta: ¿yo, madre? O en algún momento se te cruzó por la… Perdoná, ya sé que me estoy yendo del tema. Qué estoy diciendo, qué estoy diciendo.

Cerró los ojos, suspiró y levantó la cabeza.

—Iván, Iván, ¿no entendés? Tengo que volver con mi marido. Tiene que ser así.

A lo lejos sonaban las sirenas de los barcos, en la dársena. Alguien abrió la puerta del bar y se filtró una corriente de aire helado que pareció incitar a Cecilia a seguir hablando.

—Me dijo que está bien, que es lo mejor. Él tiene razón, él puede analizar todo con más… Es su responsabilidad. Eso fue lo que dijo, y yo creo que tiene razón. Si hay algo que no tenemos derecho a decir es que no haya sido comprensivo. Entiende perfectamente que nosotros aclaremos las cosas, lo entiende perfectamente. Pero sin hacer locuras, claro.

—Locuras —dijo él—. Qué clase de locuras.

—Iván, yo estuve pensando mucho, sabés. Hay cosas que nunca te dije y que… No porque no quisiera decírtelas, no. Yo tampoco las sabía, en realidad, y…

—Decilas. Decilas ahora —murmuró él. Tenía el puño apretado sobre la mesa. Los nudillos estaban blancos.

—Que a veces me das… No sé qué —dijo ella perpleja, con los ojos muy abiertos—. Sé bueno, por favor. Entendeme. Sé tan divino como hasta ahora, ¿sí?

La mano de él se aflojó un poco, la uña del dedo índice frotó la cutícula del pulgar hasta sacar sangre. Cecilia revolvió en el bolso hasta encontrar el paquete de cigarrillos. Con cautela, levantó el encendedor que había sobre la mesa.

—Cuándo decidiste todo esto. Si se puede saber —dijo él.

—Pero Iván, qué querías que hiciéramos. Yo estuve pensando mucho. Y te juro que no íbamos a poder. Te lo digo con todo el dolor de mi alma. ¿O te parece que a mí no me duele todo esto?

Ella había corrido las tazas de café a un costado y ahora apoyó las manos en la mesa con suavidad inusitada. No podía, sabía que no debía mirar la boca de él, la mueca. Hizo foco en la mesa, sin parpadear, como si estuviera acumulando lágrimas en los ojos.

—No suspires —dijo él.

—¡No seas así, entonces! Me estás tratando como una… Me estás haciendo sufrir.

—¿Qué dijiste?

Cecilia se echó hacia atrás instintivamente. Ahora sí al borde del llanto, dijo con voz temblorosa:

—¿Me vas a pegar?

Pero él se levantó y fue hasta el mostrador, sin decir una palabra. Cuando el mozo le dio el vuelto pareció desorientado por un instante. Después siguió hasta el fondo y se metió en el baño de hombres.

Cecilia se secó las lágrimas en la manga del tapado. Esperó un rato que él volviese, mirando su saco sobre la silla vacía, revolviendo distraída el resto de café y cigarrillo apagado en la taza. De pronto pensó que él podía estar esperando que ella se fuese para volver del baño. Se levantó con brusquedad, se colgó el bolso al hombro pero dudó un segundo antes de salir al frío de la calle.


Primero sopló un viento débil y caliente. Después terminó de encapotarse el cielo y cayeron las primeras gotas. Cecilia se levantó antes que él y lo hizo correr a ciegas por la arena hasta el portón y después por un caminito entre los arbustos que iba directamente a la galería. Tiraron los zapatos junto a una columna, Cecilia se miró los pies y trató de limpiarse las manchas de alquitrán. Después fue a sentarse en los escalones de la galería, al lado de Iván. El alero los protegía de la lluvia pero dejaba ver el cielo brumoso, plateado cada tanto por los relámpagos.

—Estoy empapada.

—Despeinada, nomás —dijo él.

Ella levantó la mano automáticamente hacia el pelo, se lo sacudió un poco, se avergonzó.

—No —dijo—, es así: sauvage. Qué tormenta.

—Va a durar poco. Es un chaparrón, nomás.

Cecilia tenía las piernas juntas, el mentón contra las rodillas y el pelo caído sobre la cara.

Él miraba la nada con la espalda apoyada contra los escalones. De vez en cuando oían pasos por la galería. Cecilia abrió su bolso y sacó un paquete de cigarrillos. Le ofreció uno y le dio fuego. Él lo dejó consumir casi sin probarlo; había dejado de fumar en la clínica.

Tiró el cigarrillo al pasto mojado y estiró el brazo con la palma de la mano hacia arriba, para ver si seguía lloviendo. Fue un movimiento banal. Pero Cecilia pudo ver unas cicatrices blancuzcas en la piel de la muñeca.

—Yo también podría contarte un par de cosas —dijo él, después de un silencio considerable. Cecilia se había abrazado las piernas y movía apenas los dedos de los pies—. ¿Querés?

Ella cerró los ojos y negó con la cabeza sin mirarlo.


Iván entró en el baño de hombres acompañado por el ruido que hizo la puerta vaivén al cerrarse. Avanzó en la penumbra hasta el espejo que había sobre el lavatorio y miró su cara en la mala luz: tenía el mismo gesto crispado con que se levantó de la mesa.

—Qué pasa con vos. Qué ibas a hacer, animal —susurró al espejo sucio. Un leve temblor le impedía estar del todo erguido, y la suela de goma de sus zapatos se adhería al piso pegajoso. Tenía las manos atenazadas al borde del lavatorio. Hablaba con las mandíbulas tensas y los dientes apretados—. Ibas a pegarle, a la pobre chica.

Esas palabras parecieron hacerle tomar conciencia de lo teatral de la situación. Parpadeó y bajó la cabeza. El baño no tenía ventana y apestaba a pis.

—Terminó el romance y ahora cada uno vuelve a lo suyo. Así de simple es. Entendelo.

De a poco sus manos fueron aflojando la presión contra el borde del lavatorio. Cuando las mandíbulas cedieron, un escalofrío en los hombros terminó de disolver la furia. Abrió las canillas y se enjuagó una y otra vez la cara, el pelo, la nuca. El agua salía fría y sin fuerza. Le dolía todo el cuerpo y tuvo unas ganas insensatas de reírse cuando volvió a mirarse en el espejo.

Soltó el lavatorio y fue a sentarse en uno de los inodoros. Dejó la puertita abierta. El agua le corría por la espalda y le ponía la piel de gallina. Tenía las manos flojas, colgando a los costados del cuerpo, rozando el piso, y la nuca contra la pared.

De pronto tocó una superficie fría, un objeto metálico que levantó del piso casi sin darse cuenta. Era una medalla con la imagen de Don Bosco de un lado y, en el reverso, la inscripción: «El Señor protege a los niños». El eslabón estaba roto; seguramente había sido parte de un llavero. La frotó con los dedos hasta entibiarla. Después apoyó la nuca contra la pared, dijo:

—Un día de éstos, Don Bosco, me voy a mandar una que Tu Señor Celestial no va a poder creer. —Y abrió la mano y dejó caer alegremente la medalla en el inodoro.


El atardecer pasaba casi inadvertido en el cielo nublado. Ellos ya se habían puesto los zapatos y estaban sentados en unos sillones blancos de mimbre, en la galería. Un enfermero se acercó a avisar a Cecilia que el horario de visitas estaba terminando. Sin mirarlo, ella movió la cabeza dándose por enterada y se enderezó en la silla.

—Puntualidad prusiana —dijo Iván—. Los horarios y las dietas son los cimientos de esta institución.

Ella no pareció registrar el comentario. El enfermero se había esfumado. Adentro prendieron las luces y empezaron los preparativos para la cena.

—Si no querés no me contestes —dijo él al rato—, pero me gustaría saber a qué se debe esta inesperada visita.

Las manos de ella seguían encontrando pelusas imaginarias en la minifalda. Con un esfuerzo Cecilia consiguió dejarlas quietas, un esfuerzo que le impidió desviar los ojos del farol que había al fondo del jardín, cuando habló.

—Sí, claro —dijo—. Vine a decirte algo. Algo que… Hace una semana que quería venir. Pero no podía, no sé: no podía.
—Su sonrisa no había llegado a materializarse del todo cuando se desvaneció. Cecilia bajó la cabeza y el pelo le tapó la cara. Sus palabras salieron como del fondo de una caverna—: Marcos… mi hijo. Hace diez días que está internado.
Inconsciente. Tiene meningitis. —Y le temblaron los labios y su voz también falló cuando dijo—: Los médicos no pueden hacer nada. Dan explicaciones que yo no entiendo y dicen que sólo queda esperar. Pero yo estoy desesperada. Yo ya no sé qué hacer, Iván.

Él estuvo callado un minuto entero. Después preguntó si el chico se podía salvar, sin nombrarlo y sin mirarla.

—¡Pero también se puede morir! Y qué voy a hacer yo si se muere, qué voy a hacer sin Marcos, me querés decir. Qué voy a hacer sin mi Marcos.

Había empezado a soplar un viento que alejaría los restos de la tormenta. El cuerpo de Iván estaba absolutamente inmóvil. Sintió que le zumbaban los oídos. Desde lejos oyó su propia voz, que decía:

—Marcos.

Y la de ella, que contestaba entre sollozos:

—Sí. Marcos.

Y después de una pausa:

—No sos el padre, si me estás preguntando eso.

Él trató de tragar y sintió en la boca el sabor agrio del cigarrillo. Algo rodaba, algo subía a los tumbos desde su estómago o, más precisamente, desde los costados de su estómago. Era absurdo, pero rodaba hacia arriba, hacia su garganta. Con un esfuerzo tensó los músculos del cuello y esperó los primeros temblores. Entonces se oyó de nuevo la voz del enfermero, a escasos metros, llamando a otro interno, y se prendieron las luces de la galería. Con una torpeza casi marcial Iván se puso de pie. Cecilia había alzado la cabeza y lo miraba como una autómata, sacudida todavía por los espasmos del llanto. La súbita luz daba un aire impúdico a la galería. Iván desvió los ojos de ella y llamó al enfermero.

—Acompañá a la señora, por favor. Ya se iba y no conoce el camino.

Pero Cecilia dijo, urgida por algo que pareció un último reflejo de dignidad femenina:

—No, no hace falta; puedo sola. Un minuto más y me voy.

Su cabeza colgaba casi ajena al cuello y a los hombros y en sus ojos enrojecidos no había la menor determinación. Sin embargo, sólo necesitó secarse las lágrimas y pasarse la mano abierta por el pelo mientras respiraba hondo para recuperar una sorprendente dosis de compostura. Entonces se levantó, despacio y con precaria firmeza, y dijo:

—Tenés razón. También se puede salvar.

Él no contestó. Cecilia se colgó la cartera al hombro, retrocedió un par de metros y lo miró, muy brevemente, antes de girar y alejarse paso a paso y para siempre de esos dos sillones blancos de mimbre. El enfermero hizo tintinear su manojo de llaves.

—Sí, voy —dijo Iván, pero no se movía.

Ella desapareció por la puerta que daba al hall. Iván miró entonces al enfermero y su voz tuvo una vehemencia que no se le había notado en toda la tarde.

—¿Sabés qué? —dijo—. Yo también tuve meningitis de chico.

—Adentro, Pujol, que tengo que cerrar.

—Un montón de gente tuvo meningitis de chica. Incluso algunos que ni se lo acuerdan. ¿Vos no tuviste? ¿O no te acordás?

—Los zapatos —dijo el enfermero.

—Sí, claro. Qué comemos hoy.

—Entrá y lo averiguás solo.

—Como si fuese tan fácil. Hay cosas que uno no puede averiguar solo, ¿sabías? Hay cosas que nunca vamos a averiguar. ¿Y me podés decir qué hace uno con eso? ¿Eh?

(De: Nadar de noche, 1991)