Ángel Di María, el ganador de finales que convirtió el carbón en oro

De Rosario a Doha, el Fideo hizo un camino espectacular con paradas épicas en Beijing, Rio de Janeiro y Londres. Un ídolo a la altura de los más grandes de la historia de la Selección argentina.

Por Gabriel Mazzeo

Foto: Instagram @angeldimaria.jm

«Es imposible explicar la sensación que uno tiene antes de una final de un Mundial, cuando todo lo que alguna vez soñaste se te pasa por delante de tus ojos». Esa frase es de un tal Ángel Di María, de un texto publicado en The Players Tribune en junio de 2018, cuatro años después de perder la final del Mundial 2014 con Alemania y cuatro años antes de ganar la Copa del Mundo con la Selección argentina ante Francia en Qatar 2022.

Es el Fideo. Angelito. El pibe de Rosario que se llenaba las manos de carbón para ayudar a su papá Miguel con su trabajo, y al que su mamá Diana llevaba en bicicleta a jugar a Rosario Central. Bajo la lluvia. En el frío. De noche. Como lo contaba él mismo, en carne propia, antes de lograr los títulos más importantes de la Selección argentina en casi cuatro décadas. 

Ángel Di María emociona hasta las lágrimas. Porque salió de abajo, con todas en contra a excepción del apoyo de su familia. Porque sin él, nada sería igual. Un fenómeno que la luchó y llegó a lugares soñados. De Rosario Central a Benfica en Portugal, Real Madrid en España, Manchester United en Inglaterra, Paris Saint-Germain en Francia y Juventus en Italia. Todos los gigantes de Europa se pelearon por tener al Fideo.

Es imposible no mencionar a Lionel Messi en esta historia, porque fue el capitán, goleador, figura máxima del título de Argentina en la Copa del Mundo. Pero por favor no te olvides de que Angelito fue determinante. Fue determinante con un golazo, picándola por encima del arquero para ganarle la final a Nigeria en los Juegos Olímpicos 2008, en Beijing, tras un pase de su amigo Leo. 

En el medio unas cuantas finales perdidas, porque hubo que sufrir: ¿vos podés creer que en las tres finales que perdió la Selección argentina en 2014, 2015 y 2016 Di María estaba lesionado? El Fideo volvió, no te equivoques. Pese a que muchos le pidieron que no volviera, que le dijeron que su carrera en el seleccionado estaba terminada, que no había más lugar para él. Y después de la eliminación en Rusia 2018, donde le hizo un golazo a Francia en un partidazo, parecía que entre los que no seguían estaba él. 

Y rompiéndola, justamente en Francia, fue que siguió con el privilegio de participar de las convocatorias. Luchó para jugar con la celeste y blanca, por esa bandera de la patria suya. Ya en el ciclo de Lionel Scaloni como entrenador, Angelito siguió adelante y, pese a que no se dio en Brasil en la Copa América 2019, el fútbol dio revancha. 

Porque él también quería ganar algo con la Selección argentina. Angelito fue ejemplo de amor. Amor por su familia, amor por sus amigos y amor por la Selección argentina. Un amor que, por fin, fue retribuido tanto tiempo después. Cuando Ángel Di María rompió la primera sequía, de 28 años sin títulos para las selecciones mayores, con un golazo, otra vez por encima del arquero, pero en el Maracaná, ante Brasil y en la final de una Copa América. Para que su amigo Lionel levantara un trofeo con la Albiceleste. Pero también por él, que la había luchado a muerte y lo había conseguido. Segunda final en la que era determinante, en dos en las que había podido participar a pleno. 

Y lo volvió a hacer poco después, ante Italia en la Finalissima en Wembley. Es que el camino de Di María tenía otra parada más en una final, y el Fideo volvía a rendir y a emocionar a todos los argentinos. Con su ya clásica definición por encima del arquero, como más le gusta, y su clásico festejo haciendo con los dedos la forma de un corazón. El corazón de Di María, que lo sacó adelante en las difíciles y ahora, en las buenas, también latía de orgullo. Fue el 2 a 0, en otra final, con otro título para la Selección argentina.

Y cuando quedaba la más difícil, la más linda, la más soñada, volvió a aparecer, con el fútbol, el talento y la magia que ese pibito de Rosario con las manos llenas de carbón llevaba y lleva en la sangre. Cómo explicás que un jugador que llegaba al Mundial de Qatar 2022 con una lesión recién curada ayude a su equipo a llegar a la final y ahí aparezca de nuevo como titular para hacer un desastre.

Ángel Di María apareció por izquierda para volver locos a Jules Koundé y Ousmane Dembélé. Le hicieron el penal del primer gol y definió en el segundo con una pincelada de esa zurda endiablada. Velocidad, gambeta y caño para un primer tiempo de lujo, 11 puntos como el número en su camiseta, determinante nuevamente y hasta el hartazgo en finales, en los momentos que más importan. 

Salió en el segundo tiempo ante Francia y se dio lo que tenía que darse. Se sufrió, claro, porque enfrente había un rival de temer, que quería defender su título. Pero la Selección argentina ganó la Copa del Mundo y en gran parte se lo debe a Ángel Di María. Después de lucharla tanto, de contar lo que le costó a nivel deportivo y personal, cuatro años antes de vivir el mejor momento de su vida, el Fideo pensaba que su camino había sido largo, y no sabía todo lo que le quedaba. Le quedaba lo más lindo, por suerte.

Angelito es una de las personas más felices del mundo, con su corazón gigante. Después de haber logrado los triunfos que los de 30 o menos nunca habían visto, y que él les regaló. Porque muchos crecieron con él y lo vieron sufrir, llorar, pasaron las malas y por fin llegaron las buenas.

Ángel Di María es un ídolo inolvidable de la Selección argentina y está para siempre entre los más grandes de la historia del fútbol nacional. Porque representa con honor los colores de la celeste y blanca. Porque fue determinante en todas las finales que jugó. Porque le dio alegrías interminables a todos los que viven, respiran y sueñan fútbol. El ganador de finales que convirtió el carbón en oro. Gracias, Angelito.

mdz

Paredes blancas, paredes negras

El conmovedor relato de Angel Di María sobre su infancia

Por Angelito Di María*

Las paredes de nuestra casa supuestamente eran blancas. Pero nunca me las acuerdo como blancas. Al principio, eran grises. Después se pusieron negras, por el polvillo del carbón. 

Mi papá era un trabajador del carbón, pero no de los que trabajan en una mina. ¿Alguna vez has visto hacer carbón? Las bolsitas que comprás en cualquier negocio para hacer el asado vienen de algún lugar, y la verdad es que la carbonería es un trabajo muy sucio. Mi viejo solía trabajar abajo de un techo de chapa en nuestro patio y después le tocaba embolsar todos los pedazos de carbón para poder venderlos en el mercado. Bueno, no era sólo él. Tenía sus pequeños ayudantes, eh. Antes del colegio, nos despertábamos con mi hermanita para ayudarlo. Teníamos 9 ó 10 años, que es la edad perfecta para embolsar carbón, porque lo podés transformar en un juego. Cuando llegaba el camión, teníamos que llevar las bolsas pasando por el living y después pasar por la puerta de entrada, así que en definitiva, toda nuestra casa quedaba totalmente negra.

Pero con eso comíamos, y de esa forma mi padre nos salvó de que nos sacaran la casa.

Durante un tiempo, cuando yo era un bebé, a mis padres les iba bien. Pero después mi papá trató de hacer una buena acción para alguien, y eso nos cambió la vida. Un amigo le pidió que le saliera de garante para su casa, y mi papá confió en él. Pero el tipo dejó de pagar y de un día para el otro, desapareció. Así que el banco fue directamente a buscar a mi viejo, que se encontró ahogado teniendo que pagar por dos casas y encima tener que alimentar a nuestra familia.

Su primer negocio no fue el carbón. Trató de convertir la parte del frente de nuestra casa en un pequeño negocio. Compraba bidones de lavandina, cloro, detergentes, todas cosas de limpieza; después los dividía en botellitas y los vendía en nuestro living. Si vivías en nuestro barrio, no tenías que ir a un negocio para comprar un envase de CIF. Era carísimo. Entonces venías a lo de los Di María y mi mamá te vendía un pote por un precio mucho más conveniente.

Todo andaba bastante bien hasta que un día, el varoncito les arruinó todo y por poco no se mató.

Sí, es verdad, ¡de chiquito yo era un hijo de puta!

No es que en verdad fuera «malo», es sólo que tenía demasiada energía. Era hiperactivo. Un día, mi mamá estaba vendiendo en nuestro «negocio» y yo estaba jugando en el andador. El portón de entrada estaba abierto, cosa de que los clientes pudieran pasar, mi mamá se distrajo, yo empecé a caminar… a caminar… seguí caminando…. ¡tenía ganas de explorar, viste!

Me fui directo a la mitad de la calle y mi mamá tuvo que correr como loca para salvarme de que me atropellara un auto. Por la manera en que ella lo cuenta, fue bastante dramático. Ese fue el último día del negocio de limpieza de Di María. Mi mamá le dijo a mi papá que era demasiado peligroso, y que teníamos que buscar algo distinto.

Ahí fue cuando él escuchó que había una persona que traía los barriles de carbón de Santiago del Estero. Pero lo gracioso es que ni siquiera teníamos la plata como para poder vender carbón. Mi viejo tuvo que convencer a esta persona para que le mandara los primeros cargamentos, cosa de que él los vendiera y así empezar a pagarle.

Así que cuando mi hermana o yo pedíamos por golosinas o cualquier cosa, mi papá nos decía: «¡Estoy pagando dos casas y encima un camión lleno de carbón!».

Me acuerdo de que un día estábamos embolsando el carbón con mi papá, y hacía mucho frío y llovía. Estábamos abajo del techo de chapa. Era durísimo estar ahí. Después de un rato, yo me iba al colegio, que estaba más calentito. Pero mi papá se quedaba embolsando ahí todo el día, sin pausa. Porque si no lograba vender el carbón ese día, nosotros no teníamos nada para comer, así de simple. Y yo pensaba, y de verdad lo creía: Va a llegar un momento en que todo cambie para bien.

Por eso, yo al fútbol le debo todo.

*Fragmento de un texto publicado en el sitio web The Play Tribune.  

Rosario/12