Anillos de marginalidad

Del bolsón linyera, el manicomio, la pobreza, la psicosis, la basura, los sin techo y otras ovejas del tigre

Por Osvaldo Baigorria

Capítulo 8 de Anarquismo trashumante. Crónicas de crotos y linyeras

«Nada hay más romántico que un joven vagabundo —y nada más reprobable que uno viejo.»
(Richard Miller, 1977)

Nos conocimos en la Cumbre de los Crotos, en Mar del Plata, primavera del 96. Durante ese evento convocado por la Agrupación Crotos Libres en la Biblioteca Juventud Moderna —fundada en 1911—, unos trescientos asistentes escucharon al escritor Hugo Nario, al «profesor de filosofía crota» Eugenio Rosalini, al militante anarquista Héctor Woollands (hijo de Luis Woollands o «Juan Crusao», autor de La Carta Gaucha, legendaria publicación de la editorial La Protesta) y a otros próceres de la trashumancia libertaria en la Argentina. Entretanto, otra cumbre se desarrolló en forma paralela y espontánea dentro de la casa de los organizadores Pedro Ribeiro y Ana María Ordóñez, donde paraban el mismísimo Bepo, Finamori, el payador Juan Carlos Rodríguez y el artesano Mario Alonso. Allí, cada mañana, los antiguos monarcas de las vías se reunían en una especie de ranchada bajo techo a tomar mate, recordar historias y discutir temas cruciales como saber de qué lado hay que poner la cabeza cuando uno se echa a la intemperie y empieza a soplar el viento. Por la tarde y noche asistían a conferencias y discusiones sobre «alimentación equilibrada», «conciencia ecológica», «bioética de la libertad» y «sueños de vida». De remate hubo una suelta de palomas para finalizar cerca de la estación de cargas del ferrocarril.

«Esto es como un rescate hippoide de los crotos históricos», recuerdo que me dijo Alfredo Moffatt (foto) antes de preguntar si había algún potrero por ahí cerca para pasar la noche. Yo me alojaba en casa de los organizadores, ya repleta de crotos visitantes; no pude darle indicaciones más útiles. Se fue desilusionado.

Ahora voy a verlo a la Escuela de Psicología Social que está sobre Rivadavia, a la altura de la estación Loria de la línea A de subterráneos. Moffatt, graduado en arquitectura y autodidacta en psicología, me recibe con un pelo y una barba más largos y tal vez más blancos que dos años atrás, con sus pequeños anteojos redondos y una media de hombre, de tela tipo toalla, colgada al cuello, en la cual guarda su teléfono celular.

La escuela es también su casa; vieja, inmensa, llena de recovecos, con pintura descascarada en las paredes. Moffatt me conduce hasta la habitación donde tiene su mesa de trabajo y su cama. Saca una escupidera de debajo del catre, la lleva al baño. Hay relojes, muñecos, papeles, estatuillas, objetos indescifrables por todas partes, dispuestos en un orden que escapa a mi comprensión.

—Cuando el loco no maneja los instrumentos necesarios para integrarse a la sociedad, se hace croto, aunque sea millonario —dictamina el dueño de casa, haciendo lugar para sus codos entre las migas y papeles que cubren la mesa—. Mirá el caso de Howard Hughes, que se volvió loco, seguramente con una fobia grave, y pasó los últimos años de su vida encerrado en un lugar en el que, si bien tenía la suficiente guita como para que lo cuidaran sus guardaespaldas, vivía sucio, desnudo, lleno de mierda. Lo que pasa es que, en general, te bañás y te vestís para el otro. Si el otro no está, si el otro está adentro tuyo, entonces no hace faltarse bañarse o vestirse. También se puede ser un loco bien vestido. Pero de pronto te ponés los pantalones, aunque sean muy finos, sobre la cabeza: en algo le errás. Porque el delirio tiene que ver con una organización distinta de la significación de los objetos.

El bolsón del linyera

Tres experiencias de vida y de trabajo convirtieron a Moffatt en un experto en la relación entre locura y marginalidad: la Peña Carlos Gardel, creada en los fondos del Hospital Borda en 1971; la mutual de ayuda psiquiátrica El Bancadero, en una vieja casa de Almagro en 1982; y poco después, entre el 84 y el 85, su trabajo como director de lo que en esos años se llamaba Asilo Municipal de Indigentes Félix Lora. En el medio, y un poco antes, vagabundeos que lo llevaron de la India a Bolivia, trabajos en neuropsiquiatría en el Brooklyn State Hospital, militancia en villas miseria… Pero antes, mucho antes, desde la infancia, una fascinación por los márgenes que comenzó, precisamente, alrededor de la figura del linyera.

—Cuando yo era chico, el croto era un trashumante que venía a contar algo de lo que pasaba en otros lados. El criollo le tenía una cierta admiración, por las fantasías de libertad que se hacía; cuando la familia lo controlaba, o la mujer lo retaba, siempre estaba la posibilidad de hacerse croto. Por otra parte, mi vieja, que era de origen alemán, me hablaba de que allá en su país se estilaba que los jóvenes se fueran de la casa a caminar por ahí: le decían wandering. Mi viejo era todo lo contrario: aunque tenía un gran respeto por lo criollo, lo chacarero, era muy controlador y formal, como de una clase media prolija. Le espantaban los locos, los borrachos. Así que yo me dediqué a lo anormal, a los locos, a los borrachos y a los linyeras, con quienes me iba a conversar desde chico. Todo eso era más entretenido que la corrección. Fijate que todos los juegos más excitantes, en el sexo, por ejemplo, tienen que ver con el fondo de los terrenos, los desvanes, los sótanos, los lugares donde hay cosas viejas, ocultas entre las sombras. Y el fondo del neuropsiquiátrico es así: te metés en el fondo del Borda y es como si te fueras a un lugar muy pobre de la Patagonia. Por eso el hospicio siempre me erotizaba, me calentaba, me excitaba.

Moffatt se levanta y me muestra una pava improvisada con una lata de metal y un alambre, toda cubierta de hollín, que le regalaron los habitantes del «bolsón linyera» del fondo del Borda: un baldío en el cual se reprodujeron las ranchadas, las mateadas y los ritos propios de la cultura del croto rural.

—Esto no pasa en las salas del hospital, por supuesto, ahí no los dejan hacer mate porque ensucian. Pero en el fondo, como están abandonados, resurge la cultura linyera, con los fueguitos, las pavas irreconocibles, el bagayo con las ropas que trasladan de un lugar a otro, la sociabilidad criolla, la comunicación reflexiva, con tiempo. Eso permite la organización desde mundos culturales que no son psicóticos.

El Borda era, a principios de los 70, un mundo vasto, de doce manzanas, muy abandonado, cuyo fondo parecía un territorio salvaje que necesitaba guías para la exploración. La Peña Carlos Gardel funcionó como una comunidad popular que utilizaba el teatro, el baile, la pintada de murales y otras actividades para recuperar el sentido de identidad personal de los internos. La rueda del mate en torno del fogón como psicoterapiade grupo, el teatro «Lasánimas», el cine, el Diario Mural de la Peña, la cooperativa de trabajo (pintura, refacciones), fueron maneras de reivindicar esa cultura criolla que hasta entonces había permanecido negada.

—Pero fue una actividad absolutamente linyerona, todo hecho con trapos, con harapos, como todo ese tea tro pobre de las guerras. Hacíamos Juan Moreira y por ahí a éste le daban electroshocks y entonces venía la madre y decía que había un hombre que curaba con la palabra: era Pancho Sierra. Ahí aparecía yo, con una barba hecha con algodón Estrella, y decía que el daño no estaba en el cuerpo sino en el alma y largaba algo de Freud y ahí el sincretismo era muy interesante, como una especie de psicoanálisis gaucho.

Años después se organizó El Bancadero, una comunidad autogestiva que alquiló una casa antigua y que con técnicas de laborterapia la fue refaccionando para organizar una mutual de ayuda terapéutica destinada a desesperanzados que necesitaban tratamiento y no tenían con qué pagarlo. En sus quince años de existencia, pasaron por El Bancadero veinticinco mil pacientes.

—Hoy sólo soy el presidente honorario—comenta Moffatt—. Aparezco cuando hay lío o cuando se muere alguien. Voy, hablo de la muerte y se tranquilizan. Les digo que es verdad que la muerte existe y que sabemos que no es algo inesperado, que es algo razonable, que de vez en cuando sucede o viene aunque no avise antes. Entonces la gente se queda tranquila.

En el Asilo de Indigentes, en San Telmo, Moffatt trabajó con un promedio de doscientos internos diarios durante dos años.

—Caían linyeras, mendigos, prófugos, delincuentes por dos o tres meses. Traté de convertirlo en una comunidad terapéutica, con asambleas y grupos de mateadas. Hasta le hicimos la guerra a las chinches y todo mejoró mucho. Pero la Municipalidad era muy siniestra. Yo mismo, como director, no podía hacer muchas cosas. Quise una vez sancionar a una enfermera que le había gritado a un linyera, a un compañero, y vino a verme uno de esos siniestros personajes, como de la UOM; tuve que quitar la sanción… Una mierda. Una vez hice una joda para Navidad. Se pusieron todos en pedo; esa noche durmieron todos esos prófugos completamente alcoholizados pero hermanados. Hicimos tanto quilombo que hubo una queja del restaurante Viejo Almacén, que estaba ahí enfrente, con todos sus turistas americanos… No se podía hacer nada.

Moffatt recuerda a algunos personajes del asilo, como «Curdelo», un linyera especializado en Shakesperare y Dostoievsky que venía de vivir en el centro de Plaza Flores, donde se había hecho un hogar entre matorrales; allí se reunían travestis, chicos de la calle, crotos, en una especie de comunidad que juntaba multitudes a su alrededor, especialmente para las fiestas de Navidad y Año Nuevo, y también para Carnaval, cuando todos iban a ver el corso de Flores.

Otro era «Pajarito», que estuvo un par de días en el Félix Lora y después voló.

—Lo que me impresionó es que éste tenía el aspecto de hombre de campo, de puestero que nunca viaja a ningún lugar: el pelo para arriba, flaco, quemado por el sol, la cara altiva y ladeada, con su bagayito al hombro pero vestido correctamente, con alpargatas. ¿A usted lo llaman «Pajarito»?, le pregunté. ¿Es porque anda, digamos, siempre volando… porque no se posa nunca, porque hace nido en cualquier lugar? Y él me contestó: No. Porque soy como el viento. Ah… Por eso lo llamaban «Pajarito». Porque era como el viento: más abstracto y volátil que un pajarito. Como el viento que pasa y no deja huella.

Enre la asura y la psicosis

Cada tanto, la conversación se interrumpe por algún llamado telefónico. Moffatt —que anda detrás de una beca que le permita pagar el alquiler, además de la sempiterna tarea de buscar alumnos para su escuela— descuelga el celular de la media que lleva al cuello y atiende. Apago el grabador de nuevo. Y pienso en mi próxima pregunta:

¿Qué relación hay entre el croto que andaba por las vías y el que se las arregla hoy en algún rincón de la ciudad?

—Una es el lenguaje: muy educado, especialmente en aquellos que guardan la tradición linyera: siempre tratan de «usted» a los demás —responde rápidamente Moffatt mientras vuelve a guardar su teléfono en la media—. Otra son los ideales: muchos linyeras son herederos de la tradición anarquista. Hay costumbres gauchescas como la ranchada, la rueda matera, una actitud contemplativa y reflexiva, que los emparentan a los crotos históricos. Lo que pasa es que a éstos los fueron encerrando cada vez más. Primero los alambrados los hicieron andar por la vía, que era lo único que no estaba cercado. Ahora ni vía hay. El linyera que vemos por ahí es el descendiente, el nieto empobrecido y degradado de Martín Fierro. Porque en la ciudad se transforma en algo muy psicótico. Recuerdo que en el asilo cada tanto caía alguien muy raro, un linyera de campo, como un anarquista traspapelado, que te hablaba de la libertad. Pero claro que si te habla de la libertad y está en condiciones de mendicidad, me parece más un psicótico, porque no hay ninguna libertad en pasarse todo el día trabajando, esforzándose para conseguir un lugar donde dormir.

Sólo unos pocos consiguen mantener su dignidad.

Como «El Filósofo» que vivía en Plaza España, frente al Palacio Pizzurno, y andaba siempre rodeado de seguidores y discípulos interesados en su discurso. Parece que un día se sintió asfixiado entre tanta gente y decidió partir.

En la ciudad el linyera pierde perfil, se confunde entre la masa de los sin techo. Jubilados, desocupados, cartoneros, alcohólicos y enfermos de diversas dolencias se mezclan con chicos de la calle y con familias enteras de emigrados del interior que se quedaron sin casa o que vinieron a visitar a algún pariente internado en un hospital. Miles de personas deambulan entre los distintos comedores dispuestos por el Ejército de Salvación, la Casa Salesiana, el Servicio Interparroquial de Ayuda Mutua, entre otros organismos de la ciudad de Buenos Aires. Algunos caminan más de cuarenta kilómetros por día, desde lugares remotos para el que anda a pie, como Quilmes, Avellaneda o San Miguel, para acercarse a tomar mate cocido y pan con los salesianos del barrio de San Telmo o conseguir un plato de sopa del Ejército de Salvación, a la medianoche, en las estaciones ferroviarias de Retiro, Once y Constitución. Las cifras del gobierno de la ciudad son habitualmente avaras: poco más de un millar de linyeras «auténticos». El Servicio Interparroquial de Ayuda Mutua cree que en el centro porteño viven cerca de diez mil, y que entre Mataderos, Liniers, el Bajo Flores, los alrededores de las iglesias San Cayetano y San José de Flores deambulan otros tantos.

Por supuesto que siempre hubo linyeras en zonas de difícil registro. Como la Reserva Ecológica de Costanera Sur donde, según las épocas, han vivido centenares de personas en construcciones precarias.

«No se acepta trabajo sin seña», decía el cartel de una tapera en la que se había establecido temporalmente uno de estos personajes.

También solía encontrárselos en las orillas del río cercanas a Ciudad Universitaria: la famosa Aldea Gay, que pese a su nombre llegó a contar con varias familias heterosexuales entre sus doscientos habitantes; sedentarios, y dedicados en buena medida al cirujeo, la mayoría de ellos nunca pudieron ser encuadrados estrictamente dentro de la tradición linyera.

Como es lógico, los espacios verdes —parques, plazas, baldíos— son los más frecuentados por los vagabundos para pasar la noche cuando no hace frío. Los siguen las estaciones ferroviarias y de ómnibus, donde pueden encontrar chapas y cajones de madera para improvisar un techo. Después vienen templos e iglesias, hospitales, estaciones de subterráneo, puentes y autopistas. Algunos prefieren las plazas que tienen mayor número de palomas, alimento básico —y al alcance de cualquier mano hábil— del que no quiere o no puede caminar hasta algún comedor de caridad.

—En la ciudad el linyera quedó cagado —Moffatt se entristece—. Tuvo que vivir en la calle, que es literalmente muy dura. Fijate que el principal problema no es la comida ni la ropa, es el frío. En invierno, de noche, es muy difícil dormir. No sólo hace frío; encima puede llover. De día uno más o menos se la rebusca, pero de noche, al dormirse, el cuerpo se enfría. Si además están alcoholizados y baja la temperatura, hacen una hipotermia y se mueren. En cambio, los pobres en el campo son más dignos, pueden tener una visión, digamos, ecológica. En la ciudad el pobre está en contacto con la basura. Se basuriza: él mismo se convierte en basura. Y encima, pierde la existencia, la visibilidad, porque al mismo tiempo está y no está. Queda en soledad, es invisible ante el resto de la gente. Una vez, creo que en la calle Santa Fe, había un croto de esos psicóticos, con un saco y una camisa muy rotos, sin pantalones. Estaba en bolas, sucio, flaco, con pinta de esquizofrénico. Plena calla Santa Fe. Y de golpe veo venir a una señora muy fina, de Barrio Norte, con una niña adolescente, y dije: acá se arma la podrida… Pero no: pasaron al lado de ese hombre casi desnudo como si no existiera. Ahí esos huevos no existían.

Algunos psicólogos y asistentes sociales que salen a la calle en unidades móviles cada tanto toman contacto con los vagabundos y les sugieren alojarse por un tiempo en hogares de tránsito. Según los distintos programas implementados, en algunos casos se los ha derivado al Félix Lora, al Centro de Noche Costanera y al Hogar Monteagudo; también al Hogar 26 de Julio, que atiende a mujeres solas o con hijos menores. En otros casos, a hoteles transitorios subsididados para albergarlos y a paradores que ofrecen el servicio de pernocte, cena, desayuno y duchas, como el parador Azucena Villaflor, para mujeres con y sin hijos, y otros para hombres solos, como los paradores Retiro y Bepo Ghezzi, este último bautizado en memoria del linyera estrella.

Al mismo tiempo en que se les ofrece alojamiento, se los invita a «reintegrarse a la sociedad»: se los entrevista para determinar cómo pueden conseguir trabajo, etc. etc. Los programas siempre fueron, naturalmente, optativos. A veces participan familias enteras que viven a la intemperie; otras, individuos solos, perdidos para siempre por sus parientes cercanos. La mayoría de estos últimos —herederos del croto clásico— vuelven a la calle después de bañarse, afeitarse y pasar alguna noche de hotel gratis.

Ciudad Clocharde

Según cuentas de distintos gobiernos de la ciudad de Buenos Aires, siempre hubo una marcada mayoría de varones entre los vagabundos crónicos: en promedio, un 85 por ciento contra un 15 por ciento de mujeres. Para ellas, por cierto, la calle es un sitio más peligroso. Se lo observo a Moffatt, que coincide: el linyera se inserta dentro de la tradición gauchesca, centrada fundamentalmente en el varón. «Casi puede decirse que es una cultura homosexual (o unisexual), en el sentido de que los vínculos emotivos más fuertes son lealtades entre dos amigos», especula Moffatt en su libro Socioterapia para sectores marginados, título con el que se hicieron reediciones del clásico setentista Psicoterapia del oprimido.

Los ancestros del croto, afirma, no son Juana ni Azucena sino Martín Fierro, el Sargento Cruz, el Viejo Vizcacha, el Negro y el Indio.

—Claro que siempre hay algunas linyeras; pero son pocas. Porque así como el varón, siempre que sea joven, tiene el recurso del robo, para la mujer el oficio alternativo es la prostitución. A veces también se quedan dentro de alguna casa, solteras, abandonadas. La solterona es una especie de linyera interior, que se queda sola en un caserón, rodeada de sus santos y estatuas. Y las que van a la calle o a la plaza tienen la costumbre de armar sus casas de cartón, trapos viejos, latas; al revés de los hombres, que andan más a la intemperie, ellas levantan un hogar en cualquier parte.

«Sobre un fondo indescifrable donde se acumularían camisones pegados a la piel, blusas regaladas y algún corpiño capaz de contener unos senos ominosos, se iban sumando, dos, tres, quizá cuatro vestidos, el guardarropas completo, y por encima un saco de hombre con una manga casi arrancada, una bufanda sostenida por un broche de latón con una piedra verde y otra roja, y en el pelo increíblemente teñido de rubio una especie de vincha verde de gasa, colgando de un lado». Cortázar, en Rayuela, describe a Emannuele, clocharde de París, pero podría estar hablando de cualquier mujer linyera.

Una de ellas va en una silla de ruedas, a la cual ha atado sus propios tobillos; un perro la sigue. Otra mujer, negra, tan flaca que parece recién salida de una sequía etíope, increpa a los pasajeros del subterráneo: «Yo nací en un cementerio!», grita. «Yo nací en un lugar donde los pájaros se caen muertos del cielo!». Un vagabundo medio borracho, vacilante, sobre el cordón de la vereda, se detiene cuando el semáforo cambia del verde al amarillo y los vehículos ocupan la calle.

«Demasiado tarde, ya no llego», murmura. Tal vez se refiere a su vida entera.

Claro que desde el centro es difícil observar con precisión lo que ocurre en los márgenes. Es posible que aquel vagabundo que parece no tener fuerzas para alzar la mano no quiera pedir; que piense que mendigar es, precisamente, quebrarse. Y que prefiera acurrucarse en un rincón bajo sus papeles y cartones.

Moffatt desarrolló una teoría para entender la relación de los diversos grupos marginales entre sí, y del vínculo que éstos establecen con el resto de la sociedad. Los anillos de la marginalidad es un concepto que implica observar tres círculos concéntricos: un centro (la norma), una primer periferia (la transgresión) y un anillo exterior (la marginación).

—Normalidad, transgresión y marginación son definiciones del poder —aclara Moffatt—. El poder dice: es normal todo lo que es igual a mí; lo distinto es, en primer término, transgresor; si es muy distinto, y no respeta en absoluto mis reglas, lo pongo fuera del sistema y lo convierto en objeto, en cosa descartable, pasible de eliminación.

De modo que en el centro están los normales (aquellos que tienen trabajo o se ubican cerca del poder); en el siguiente anillo, los desocupados, las prostitutas, los artistas, todos aquellos que tienen comercio o algún tipo de intercambio con el centro, a través de un límite permeable, que les permite cierta posibilidad de ida y vuelta; y en el tercer anillo, los que pasaron un límite impermeable: chicos de la calle, mendigos, presos, grupos de alto riesgo, psicóticos, sin techo, parias de todo tipo y pelaje.

—Por ejemplo, dentro del primer anillo hay una persona que tiene trabajo. Si lo pierde, pasa al segundo; como desocupado, puede empobrecerse cada vez más y entonces podría derivar hacia el tercer anillo: pierde la familia, la pensión, la casa, queda en la calle, se deprime y aparece el alcohol, en un camino que lo lleva hacia la autodestrucción y en el cual hay cada vez menos posibilidades de volver. Se le rompe la ropa, le crece la barba, ya no tiene domicilio fijo y en esas condiciones le es cada vez más difícil pedir trabajo.

Las ovejas del tigre

En esa selva los marginales se cruzan, se rozan, se evitan o se mixturan. En principio, los chicos, los linyeras y los mendigos pueden tenerse miedo y mirarse con desconfianza, pero también suelen percibir aquellos elementos que los unen.

—Al chico de la calle le duele mucho la mirada de las señoras buenas, que los basurizan, los ven como si fueran basura —dice Moffatt—. Y entonces crean un lente en donde sólo ven a otros marginales como ellos. Y todos ven, por supuesto, al gran depredador de la marginalidad en la calle que es la policía: chorros, travestis, chicos y linyeras son las ovejas del tigre.

Por eso resulta tan difícil hablar con la mayoría de ellos; han sido tan marginados que tienen fobia, temores… Los únicos que les hablan son los policías. Que a veces ni se llevan a los linyeras por miedo a que les vomiten, a que les ensucien el patrullero.

Por otra parte, los vagabundos y los chicos de la calle cultivan distintas costumbres y pertenecen a diferentes tradiciones. Los primeros tienen al vino, los segundos a la cerveza.

—El linyera es como un poeta, un reflexivo, un ser pacífico. Para el chico de la calle, la cerveza ya es un pasaje, un tránsito hacia otras formas, y más aún cuando viene acompañada por un cóctel de drogas de farmacia. Ahí ya aparece un personaje completamente distinto, extranjero, originado en la tecnología norteamericana, que es el patotero-falopero. Un personaje agresivo, que está más animalizado, que actúa sin pensar. El linyera, aun cuando sea psicótico, es un personaje más poético.

«Nosotros no estamos mal de la cabeza, director», le había dicho uno de ellos a Moffatt cuando estaba en el Asilo de Indigentes Félix Lora. «Somos locos del bolsillo». Víctimas no de un brote de locura sino de un brote de pobreza. Un traspié, un desliz, un roce con el borde, un tropezón en la frontera entre trabajo y ocio, familia y nomadismo, normalidad y anormalidad… y de pronto todos somos —o podemos ser— crotos.

«Camina todo el día», describe Moffatt al indigente urbano en un artículo del diario Clarín. «Padece hambre. Se moja cuando llueve. Se le rompen los zapatos y sufre un edema de piel. Sucio, barbudo, casi harapiento y con los pies lastimados… Con esa apariencia es imposible conseguir trabajo ni nada del resto de la sociedad».

«Qué me anda pasando si hace un invierno / no sabía bien donde dormía / dormía / pero era otro… / Ya soy un croto», cantaba León Gieco.

—En ese anillo hay más riqueza y dramaticidad existencial —se entusiasma Moffatt—. El folklore de todos los pueblos salió de allí. El tango no surgió en los salones sino en los piringundines. El centro está muerto, porque se burocratiza y no tiene creatividad: el normal es nadie precisamente porque coincide con la norma.

Antes de despedirme le hablo a Moffatt sobre este trabajo, los testimonios que he reunido, mis propias incursiones en el tema. Y le señalo que cierta errancia de los años 60 y 70 —ésa que tenía «los dedos superadheridos de tanto esperar a ese hombre que me lleve por las rutas argentinas»— puso en movimiento a alguna gente del centro hacia los márgenes. Claro que la mayoría de esa generación no pasó del segundo anillo. Pero desde ahí se puede entender que en los años 90 haya ocurrido un «rescate hippoide» de la historia del croto.

—Mirá lo que yo quiero ser cuando sea grande —él me interrumpe y me lleva del brazo hacia otra habitación, en donde tiene una serie de fotos ampliadas de sus viajes por el mundo. Señala la imagen de un vagabundo de la India que anda en harapos, llevando sobre los hombros una caña atravesada, con dos bolsitos en cada extremo. Tiene barba blanca y pequeños anteojos redondos.

—¿No se me parece? —pregunta Moffatt, con sonrisa de niño. La verdad que sí.

(De: Osvaldo Baigorria – Anarquismo Trashumante – Cronicas de crotos y linyeras)