Argentina 1985 (ficción y realidad)

Por José Steinsleger

Uno. Decía Bertold Brecht que «la función» del arte es entretener. Obviamente, no se refería a entretener para estupidizar. El arte verdadero conmueve, concientiza, ilumina, devela y moviliza eso que, genéricamente, llamamos «condición humana».

Dos. En los siglos XVII y XVIII, el teatro isabelino inglés y del Siglo de Oro español convocaban a públicos que gritaban, silbaban, mentaban y arrojaban verdurazos a los actores. Y en ocasiones el mensaje de las obras los impulsaba a subir al escenario, en defensa de «buenos» o «malos». ¡Aquello sí era «arte participativo»!

Tres. Poco a poco, los hábitos del honorable público se morigeraron, encauzando sus catarsis en soledad, o con quienes a su lado reían, lloraban, opinaban. Los niños son extraordinarmente receptivos al arte. Recuerdo, por ejemplo, haber llorado viendo una película en la que los malos daban una paliza al cowboy bueno, protagonizado por Ronald Reagan.

Cuatro. Desde el «cine mudo», los formatos de Hollywood son inalterables. Por sobre todo, el «héroe individual» que cumple con su deber moral, librando batallas de toda índole contra la adversidad y que en el epílogo termina consagrado por un público que ha observado los acontecimientos, sin poder interferir en ellos.

Cinco. En la plataforma de Amazon (o sea, en soledad), acabo de ver Argentina 1985 (Santiago Mitre, 2022), filme que yuxtapone ficción y realidad. Excelente dirección y edición, conmovedor guión, impecable realización, actuaciones formidables y «mensaje» (lo siento) ajustado a las necesidades del mercado hollywodense, que exige el «héroe individual».

Seis. La película de Mitre narra las consecuencias del terrorismo de Estado que entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983 padeció la sociedad argentina. Así como el histórico juicio a los comandantes de la dictadura cívico/eclesiástica/militar (1985). Hecho sin precedente en los anales de la «justicia universal» y que en el filme deja la sensación de que la justicia es posible.

Siete. Argentina 1985 nos presenta a un «héroe» real y ficticio a la vez: el fiscal Julio César Strassera (1933-2015), quien en vísperas del golpe genocida fue nombrado fiscal federal por los militares, y en 1981 promovido como juez federal de sentencia. Pero, durante su gestión, Strassera jamás dio lugar a los miles de habeas corpus interpuestos por los familiares de los ciudadanos que «desaparecían» o morían en la mesa de tortura.

Ocho. ¿Cómo tomar, entonces, las propias palabras de Strassera, cuando en el alegato final del juicio habló de «perversión moral», condenando a los genocidas a perpetuas y largas sentencias y haciendo llorar con su vibrante «Nunca más»?

Nueve. ¿Héroe o canalla? Si el primer calificativo fuera válido, el general Milton Eisenhower sería el gran justiciero de la Segunda Guerra Mundial. Y esto pasa cuando por razones de mercado, el «héroe individual» ficticio se superpone al «héroe colectivo» real. Por ejemplo, la desdibujada aparición en el filme de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que posibilitaron la derrota de la dictadura, y la tenaz presión política para juzgar a los militares en ­democracia.

Diez. En 1998, los organismos de derechos humanos obligaron al presidente peronista Carlos Menem a dictar un decreto disponiendo que los establecimientos educativos dedicaran el 24 de marzo al análisis crítico del golpe. En 2002, durante la presidencia del peronista Eduardo Duhalde, una ley estableció la conmemoración oficial bajo la denominación de Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Y en 2006, durante el mandato del también peronista Néstor Kirchner, otra ley estableció la condición de feriado de la fecha.

Once. Pese a ello, el presidente Mauricio Macri (jefe de jefes de las mafias políticas argentinas) dictó en 2017 un decreto estableciendo la movilidad del feriado. Que poco después fue dejado sin efecto, debido al rechazo del peronismo y los organismos de derechos humanos.

Doce. Argentina 1985 es un filme que llega en un momento crucial en la vida democrática del país sudamericano. Formalmente, en Argentina hay «independencia de poderes», pero con un Poder Judicial usurpado por una banda de jueces y fiscales mafiosos que responden a Macri, y los expertos en lawfare (persecución político-judicial) del Departamento de Estado y la embajada de Washington en Buenos Aires.

Trece. Cuando el cine o el teatro incursionan en política, suele aclararse, por si las moscas, que se trata de una «ficción». Algo parecido acontece con las non-fiction novels. No obstante, convengamos en que no es igual contar una historia terrible que aconteció hace dos siglos, a la de tan sólo 40 o 50 años. La memoria está fresca y, por sobre todo, la de los activistas y organismos de derechos humanos, que no dejan pasar gato por liebre.

La Jornada

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