Aventuras y desventuras capitalistas

El palo y la zanahoria

Por Ricardo Aronskind

Hace unos días, luego del triunfo electoral del actual Presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en el ballotage que lo consagró para continuar en el cargo un nuevo mandato, el Presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, lo llamó para felicitarlo. Ante el reclamo del flamante Presidente electo por una compra turca de material bélico norteamericano que está trabada, el Presidente estadounidense le sugirió que si Turquía levantaba su veto a la entrada de Suecia a la OTAN, el trámite se podría agilizar.

Probablemente, a las autoridades argentinas les esté ocurriendo algo similar con los Estados Unidos, en un nivel claramente más angustiante debido al estado de fragilidad nacional. Desde el Ministerio de Economía se ha solicitado al FMI que se adelanten más de 10.000 millones de dólares que debe desembolsar el organismo en este año, para poder colocarlos en las reservas como elemento disuasorio frente a especulaciones devaluatorias. Ello también contribuiría a reducir los espasmos de remarcaciones precautorias cada vez que se altera el dólar blue.

Al mismo tiempo, el ministro Massa viajó a la República Popular China para realizar una serie de trámites vinculados, fundamentalmente, con destrabar líneas de crédito y recursos varios que también sirvan para reforzar reservas o reducir importantes erogaciones en divisas a futuro, al menos, mientras pasa la emergencia cambiaria.

El problema del tratamiento de la emergencia es característico de la actual gestión. El gobierno no ha querido declarar, como tampoco hacer notar el impacto de la gravísima sequía que azotó a la producción agropecuaria este año. El Ejecutivo oculta incomprensiblemente estos problemas, no los explicita ni los explica, como si fueran responsabilidad y culpa propia. En eso parece un calco simétrico del desleal e irresponsable discurso opositor, para el cual nunca existió ninguna pandemia, ni guerra en Ucrania, ni sequía: todo es culpa de peronismo, por supuesto.

El dilema diplomático argentino está dado por la interacción entre la dinámica de la relación global entre Estados Unidos-China, y la división del espectro político argentino entre un espacio político abiertamente pro norteamericano, como Juntos por el Cambio, y un espacio que tiende un poco más a una apuesta multipolar, basada en la tradición de la «tercera posición».

La República Popular China le ha ofrecido hace ya tiempo a la Argentina un conjunto concreto de proyectos de desarrollo: producción de energía hidroeléctrica, producción de energía atómica, producción de fertilizantes, producción masiva de carne porcina, desarrollo de redes de comunicación de punta, construcción de redes ferroviarias vitales para la interconexión territorial y otras obras de infraestructura. Se podría decir que la zanahoria que ofrece China es grande y apetitosa, si lo que se busca es dar un impulso fuerte al desarrollo de las fuerzas productivas y al aprovechamiento de nuestros recursos para resolver varios problemas pendientes.

Sin embargo, y hay que decirlo con claridad, entre el gobierno macrista y el actual, los proyectos con participación china no han avanzado en forma significativa. Todo el tiempo hay «ruidos» en diversas áreas del Estado que entorpecen el avance constructivo.

En realidad se trata de la poderosa influencia norteamericana en nuestro sistema político, que ha vetado el aprovechamiento de buena parte de estos proyectos, dado que consolidan el avance regional chino, hoy considerado el archi-enemigo económico y estratégico de los Estados Unidos. No es un «privilegio» nuestro el estado de sinofobia de la diplomacia norteamericana, sino que se extiende a la totalidad de amigos, aliados y enemigos de la potencia del norte.

El problema es que Estados Unidos no propone nada parecido a la oferta china. Ofrece poco y nada concreto. Se limita en la actualidad a suministrar algunos parches para nuestra precariedad financiera. Esta precariedad es un resultado directo de lo que otras administraciones norteamericanas han favorecido: la llegada al poder del macrismo (presidencia Obama), el endeudamiento irresponsable que realizó ese gobierno a altísima velocidad, sumado al crédito ilegal y desproporcionado que le concedió el FMI a instancias del Presidente Trump.

No cabe duda de que en manos del país del norte hay una serie de resortes muy significativos para amenazar a la Argentina. Cualquier declaración negativa por parte de las autoridades del norte, cualquier gesto hostil, cualquier denegación de alguna ayuda —por más mezquina que sea— puede detonar en el mercado argentino una situación de incertidumbre, una campaña de rumores que altere las afiebradas mentes locales, y detonar una eventual corrida cambiaria.

Estados Unidos tiene, a diferencia de China, no una gran zanahoria, sino el gran palo de las represalias que puede accionar en múltiples niveles con el cual condicionar el comportamiento de los gobiernos argentinos.

Es síntesis: se presentan la zanahoria y el palo en manos de dos jugadores distintos, con intereses contrapuestos. Si prescindimos de China —y de los BRICS, de los bancos de desarrollo asiáticos y de los grandes mercados capaces de apalancar exportaciones argentinas—, nos alejamos de la parte dinámica de la economía mundial, que nos puede ofrecer herramientas potentes de crecimiento y de mejora rápida de las condiciones de vida.

Si nos alejamos de los norteamericanos, pueden esperarse desestabilizaciones, boicots y campañas internacionales de desprestigio, además del sabotaje económico del lobby local pro norteamericano.

Si nos alineamos obedientemente en la órbita estadounidense, zafaremos de los hostigamientos y de las desestabilizaciones de ese origen, pero poco podremos esperar en materia de avance hacia el progreso. Sin ir más lejos, la semana pasada el Estado argentino debió presentarse ante la Organización Mundial de Comercio, para presentar una queja por el caso de la empresa Techint, que se ve perjudicada por las medidas proteccionistas que toman los norteamericanos contra sus exportaciones siderúrgicas a ese destino. Cabe recordar que el empresario Paolo Rocca ha realizado declaraciones fuertemente anti chinas y pro occidentales. Sin embargo, ese es el trato que recibe de sus amigos. Macri debió rogar ante su amigo Trump para poder destrabar una modesta partida de limones en dirección al mercado del norte. Durante esa gestión, Trump castigó arancelariamente al acero y al aluminio argentino. En cambio, ayudó a Macri a híper-endeudarnos.

Dejando de lado la cuestión estructural mundial, y olvidándonos por un instante de la coyuntura electoral, nuestra macroeconomía sigue frágil y en estado de incertidumbre. Afortunadamente la corrida de hace unas semana finalizó, pero impactó nuevamente en el sistema de precios, que reflejan en algunos casos exageradamente los movimientos del dólar.

Vota la gente o elige el mercado

Lo cierto es que estamos metidos en una situación cambiaria —y por lo tanto el alza de precios— que se mantiene en suspenso, y para la cual el anuncio del ingreso o ahorro de divisas por 20.000 ó 30.000 millones de dólares sería fundamental para aquietar las aguas especulativas y atravesar lo que queda del año en un contexto más previsible.

Es mejor que haya reservas en el Banco Central aminorando fantasías apocalípticas, porque si la situación objetivamente es precaria, el agregado del componente político sólo sumará volatilidad.

Hay una parte de esta situación que tiene que ver con la normalidad de la dinámica política ante cualquier elección: poco se sabe de quienes van a ser los candidatos, quién puede ganar, y qué podría hacer en las condiciones en que logre el triunfo.

Y este último en un punto central. La derecha local, según lo que vienen anunciando sus diversos candidatxs, presenta un programa que saben que es anti popular, y que apuesta a imponer una serie de cambios institucionales a favor de distintas fracciones del capital, sin estrategia nacional alguna. No les importa la mayoría de la sociedad.

No es lo mismo, para esa derecha, ganar las elecciones 52 a 48, que ganarlas 68 a 32, por ejemplo.

En el primer caso sabrá que su famoso plan maximalista encontrará fuerte resistencia social, incluso de parte de quienes la votaron engañados, y que eso requerirá efectivamente el uso de la represión masiva que vienen anunciando, casi con ilusión y sensación de «estadistas». Para la gobernabilidad pretendida por la derecha ese no es un escenario promisorio, porque los famosos «inversores internacionales» demandan un panorama político y socialmente ordenado para colocar sus dólares en regiones inciertas.

En cambio, ganar por el 68 % de los votos, permitiría avanzar con mucha mayor fluidez, apoyándose en un «consenso» que se supondría que dieron las urnas a un nuevo experimento neoliberal.

Hoy en nuestro país no existe posibilidad alguna de que la derecha cambiemita gane por el 68 % de los votos, pero… falta tiempo para las elecciones, y la fluidez de la situación económica no permite establecer con precisión en qué contexto estaremos votando.

Y es aquí donde la derecha, si tuviera proyecciones electorales poco satisfactorias, puede apelar a jugar la «carta económica».

Se trataría de incidir en el voto popular no sólo a través de la argumentación política más o menos efectiva o de la propaganda indirecta, pero constante, de los medios «independientes», sino también propiciando un escenario económico «objetivo» muy angustiante que incremente la desorientación y la desesperanza de los votantes.

Las filtraciones de actitudes boicoteadoras de economistas de Juntos por el Cambio dan pie a pensar en esta dirección, en la tradición inaugurada por Domingo Cavallo en los ’80. La derecha, que tiene mejor memoria que las mayorías, recuerda aquella gloriosa desestabilización cambiaria que le hicieron a Raúl Alfonsín, que no sólo logró desalojarlo del poder, sino que llevó al candidato peronista a cambiar dramáticamente la orientación de su gobierno, en favor del poder económico local y de los acreedores externos.

Menem no debió reprimir para sacar la Ley de Reforma del Estado ni para implantar las reformas estructurales que debilitaron y sub desarrollaron el país. Luego sí, por supuesto, se debió reprimir a los cientos de miles de argentinos que sufrían las consecuencias inevitables de las reformas neoliberales, pero estas ya estaban implantadas. El consumismo y el individualismo permitieron prolongar la indiferencia social hacia los agredidos por el modelo hasta el 2001.

Por lo tanto, es muy tentador para la derecha buscar un escenario crítico hacia las elecciones generales, como forma de ampliar sus márgenes de discrecionalidad si es que llegan al Estado.

No sabemos en qué se está pensando en el gobierno nacional, ni en la cúpula del Frente de Todos. Pero lo único que no puede hacerse frente a estos escenarios es mantenerse pasivos y sin planes de contingencia frente a cada situación.

Confusiones sobre el capitalismo

Recientemente existieron en el ámbito de la política sorprendentes alusiones al capitalismo como sistema —como si fuera un tema a la orden del día— que merecen ser puestas en contexto.

Cristina Fernández de Kirchner, en una presentación académico-política, señaló que «el capitalismo se ha demostrado como el sistema más eficiente y eficaz para la producción de bienes y servicios que necesita la humanidad», en el contexto de señalar logros productivos, tecnológicos y sociales de la trayectoria de la República Popular China, a la que consideró una economía capitalista.

Como siempre, las generalizaciones no son buenas, ya que el ascenso económico y social notable de China se hizo en el contexto de la globalización, proceso en el cual miles de empresas del planeta trasladaron allí sus instalaciones industriales, reduciendo actividad y puestos de trabajo en otras regiones. Los países más desarrollados lograron reemplazar parcialmente las actividades y puestos de trabajo que migraron a Asia por el desarrollo de nuevas ramas productoras de servicios; pero eso no ocurrió en numerosos países periféricos, donde el resultado neto de la globalización fue francamente negativo en términos sociales.

Se podría decir sin posibilidad de equivocarse: el capitalismo es exitoso donde es exitoso y es un fracaso donde es un fracaso. Pero resulta que el capitalismo es un sistema mundial, planetario, interconectado, que todos los días muestra su incapacidad para extender a toda la humanidad los beneficios del progreso científico-técnico. Cualquier fantasía de extender al conjunto del planeta los niveles de consumo de las sociedades «modelo» de Occidente es un auto-engaño, o un suicidio, porque ecológicamente es imposible sostener el «estilo de vida americano» en todo el planeta. Un gran economista latinoamericano, Celso Furtado, ya lo señaló hace 50 años.

Que Cristina tenga que dar fe de que no pretende instaurar el socialismo en nuestro país es absolutamente ridículo, pero lamentablemente justificado por el entorno ideológicamente enfermizo de la Argentina. Para desgracia colectiva, una parte de la elite parece convencida de que fuera del capitalismo rentístico y anómico en el que habitan, cualquier otra variedad de capitalismo, más competitivo, más inclusivo o más regulado, caería en la categoría de socialismo.

No es sólo Milei el representante de los delirios ideológicos en la política, sino que existe un núcleo retrógrado que habita en el poder económico local, que pretende poner a la sociedad frente al falso dilema «o nuestros intereses —que son el capitalismo— o el comunismo».

También Horacio Rosatti, presidente de la Corte Suprema, sintió la necesidad de referirse al capitalismo. Señaló: «El modelo que expresa la Constitución es el capitalismo, quien quiera otro modelo para la Argentina, o tendrá que hacer una revolución o tendrá que reformar la Constitución, con el proceso que se tiene que cumplir para hacerlo». ¿En qué consiste el capitalismo para Rosatti? Como él mismo señaló, «respeto a la propiedad privada, a la iniciativa de los particulares y competencia».

No hacen falta demasiados estudios, sino un poquito de inquietud intelectual para observar el panorama planetario y ver que en casi todos los países capitalistas del mundo imperan principios abstractos similares, pero que las trayectorias nacionales son completamente disímiles.

A esta altura del conocimiento histórico y social, se pueden observar algunos casos de países que han logrado dentro del capitalismo superar el atraso y generar buenos niveles de vida, y muchos otros que viven malamente –muchos en América Latina— y que poseen exactamente esas mismas reglas capitalistas vagas a las que se refiere Rosatti como si fueran una brújula precisa.

Es evidente que ni el respeto a la propiedad privada, ni la iniciativa privada, ni la competencia, por sí solas, garantizan nada en materia de progreso, como se puede observar aquí mismo.

Sería mejor que Rosatti oriente sus inquietudes a ver en qué países los capitalistas y/o las empresas públicas invierten fuerte y en forma sistemática; dónde hay aparatos estatales que funcionan eficientemente y orientan estratégicamente la producción; y dónde hay elites desarrollistas, tanto bajo la forma de burguesías dinámicas, tecno-burocracias inteligentes (civiles, militares), o partidos comunistas o nacionalistas, que conducen procesos espectaculares de transformación productiva y social, más allá de lo que opinen los centros de poder globales.

Capítulo aparte es la referencia de Rosatti a la «defensa del valor de la moneda», otra superchería para llevar agua al molino del vetusto monetarismo, que se presenta desvinculada del análisis de los procesos históricos y de la responsabilidad de los actores reales en el debilitamiento y destrucción del Estado nacional y su autoridad social para sostener la institución monetaria.

Es triste que la Corte Suprema, que es incapaz de cumplir con su deber primordial de suministrar Justicia, se dedique a repetir tonterías de los dueños del capital, sector que sigue insistiendo en que si se los respeta a ellos —con su particular interpretación de que el respeto consiste en la subordinación absoluta— invertirán y nos harán ricos a todos.

Lo importante para el movimiento popular es no dejarse educar en estos mitos y leyendas conservadoras y observar con detenimiento las experiencias históricas que en nuestro país, en la región y en el mundo, garantizaron el trabajo productivo y la igualdad social.

El Cohete a la Luna