Berlusconi ha muerto, larga vida al berlusconismo

Por Miguel Urbán*

El 12 de junio fallecía en Milán, a los 86 años, el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, quizás la figura más importante de la política italiana de este corto siglo XXI. Una de las mayores fortunas de Italia, que ya a comienzos de los 90 controlaba las tres principales cadenas de la televisión del país, además del grupo editorial Mondadori, periódicos y revistas, estudios y salas de cine, la mayor cadena de grandes almacenes de Italia y un club de futbol (Milán), al que convirtió en campeón de Europa. Con este emporio empresarial como principal aval se lanzó a la arena política, consiguiendo ser en tres ocasiones premier de Italia (1994-95, 2001-06 y 2008-11).

El tono histriónico, teatral, hortera, machista, xenófobo e irrespetuoso de Berlusconi conectó a la perfección con el alto desprestigio de la política entre la sociedad italiana tras la ruptura del sistema de partidos que supuso el «tangentópolis» italiano. Pero más allá del personaje, el berlusconismo fue el intento de reconstrucción de un bloque de poder de la derecha capaz de gestionar la combinación de crisis institucional representativa del Estado, con la crisis económica del capitalismo tardío. Un empresario-político que construyó un partido-empresa al margen del régimen clásico de partidos nacido de la posguerra y sobre los escombros del partido de referencia de la burguesía italiana: la Democracia Cristiana, partido al que sustituye como eje sobre el que pivotarán las mayorías electorales de la derecha postangentópolis.

Una de las grandes aportaciones del berlusconismo a la política contemporánea es ser precursor en la transformación de los partidos de masas que tanta tradición habían tenido en Italia. Desde su nacimiento, Forza Italia es considerado «partido-empresa», a veces incluso coloquialmente como un «partido de plástico», con tres características genéticas que lo convierten en una forma de catch-all party (partido atrápalo-todo), partido light que estaría sustituyendo al modelo de partido de masas: 1) su aspecto patrimonial (un partido que pertenece a su fundador); 2) el carácter específico de una empresa (gran centralización, cooptación en lugar de elección de los dirigentes, libertad de maniobra de la dirección y orientación electoralista poco favorables a la construcción de un grupo dirigente), y 3) el carisma de su líder (https://rb.gy/ccfiv).

Aunque muchas veces se presenta a Italia como excepción europea, en realidad se asemeja más a un laboratorio político donde se experimentan procesos que luego se extienden al continente. Y Berlusconi fue un adelantado a su tiempo que cimentó su éxito en presentarse como «no-político», como empresario triunfador, gestor, reflejo de las aspiraciones sociales del italiano medio, que enlazaba perfectamente con la tradición del populismo protofascista del qualunquismo italiano. El berlusconismo fue el precursor de un modelo, estilo y discurso empresarial en la arena política que exaltaba al gestor por encima del político, apelando al sentimiento antiestablishment contra los partidos mientras defendía un populismo neoliberal de la prosperidad individual. Un modelo que ha terminado exportándose, con herederos tan dispares como Macron o Trump.

El modelo berlusconiano de «partido-empresa» como sustituto de la vieja democracia cristiana marcó el camino para muchas fuerzas políticas en Europa y contribuyó de manera decisiva a los cambios profundos que aún observamos hoy en la principal familia política de la unión: el Partido Popular Europeo (PPE). En su momento, la inclusión de Berlusconi en la familia del PPE no dejó de ser problemática, pero consiguió ampliar sus horizontes más allá de la Democracia Cristiana clásica, admitiendo en sus filas a formaciones hasta entonces fuera de los límites de lo aceptable por sus coqueteos con la extrema derecha.

Uno de los principales legados del berlusconismo es haber contribuido a la normalización de la extrema derecha. Su papel fue clave como artífice de la ruptura con el tabú heredado de la posguerra que hasta ese momento había aislado social, electoral e institucionalmente a la ultraderecha. Berlusconi tuvo muy claro desde el principio que, para construir el nuevo bloque de poder de la derecha en Italia, era necesario sumar a la extrema derecha.

Así, nunca mostró reparo en incorporar a sus gobiernos a los posfascistas de Alianza Nacional o a los ultraderechistas de la Liga Norte. Más tarde, propició la fusión de Forza Italia con Alianza Nacional, creando el Pueblo de la Libertad que incorporaba a la extrema derecha en un partido miembro del PPE. Sin ir más lejos, la propia Giorgia Meloni, actual premier italiana por los posfascistas de Hermanos de Italia, fue ministra de juventud con el gobierno de Berlusconi entre 2008 y 2011. En fin, en su últimos años de vida como eurodiputado, Berlusconi se convirtió en el adalid de la propuesta de abandonar la gran coalición entre populares y socialistas que ha cogobernado la política europea durante las últimas décadas, para intentar alcanzar una mayoría alternativa en la Eurocámara entre el Partido Popular Europeo y los grupos situados aún más a su derecha.

En estos momentos en Europa, donde se suceden los gobiernos entre la derecha y la extrema derecha, de Italia a Suecia, de Finlandia a España a nivel regional, es importante recordar al berlusconismo como precursor, con más de 20 años de antelación, de esta tendencia de recomponer un bloque de poder reaccionario incorporando a la extrema derecha. Hoy más que nunca vive ese berlusconismo como normalizador y legitimador de la extrema derecha. Hasta tal punto que el propio Caimán (como conocían sus detractores a Berlusconi) fue devorado por su propio legado, siendo superado electoralmente por la extrema derecha: primero por Salvini y luego Meloni. Marx solía decir que la historia siempre se repite dos veces: primero como tragedia y luego como farsa. Lo que no sabemos aún es si esta vez el berlusconismo terminará siendo más bien la farsa que precede a la tragedia del ascenso de la extrema derecha.

*Diputado de la izquierda en el Parlamento Europeo.

La Jornada