Bienvenido, Mister Marshall

De los castellanos obligados a disfrazarse de andaluces a las pantomimas de la derecha argenta.

Por Sebastián Fernández

Imagen: El llanto de Macri en el Colón, meses antes del préstamo catastrófico del FMI que no le impidió fracasar en su intento de reelección.

Hace 70 años, en pleno franquismo, se estrenó en España Bienvenido, Mister Marshall, una comedia encantadora dirigida por Luis García Berlanga que se transformó con los años en un ícono del cine español. El argumento es simple: “Villar del Río, un pequeño pueblo español, es alertado sobre una visita inminente de diplomáticos estadounidenses. El pueblo comienza los preparativos para impresionar a los visitantes, con la esperanza de obtener beneficios bajo el Plan Marshall. Esperando demostrar el lado de la cultura española con el cual los visitantes estadounidenses están más acostumbrados, los ciudadanos visten trajes típicos andaluces (algo poco común), contratan un famoso intérprete de flamenco y redecoran el pueblo según el estilo andaluz”, una decisión extraña teniendo en cuenta que el pueblo está ubicado en Castilla.

Mientras los habitantes son alentados a disfrazarse de lo que el intérprete imagina que le gustará a la comitiva, también son invitados a pedir lo que necesiten ya que “los americanos son un gran pueblo que no vacila en ayudar a sus hermanos de más escasa fortuna”. En una de las mejores escenas de la película, el pueblo reunido en la plaza establece una larga lista con pedidos específicos como “dos mulos, tres gallinas, una bicicleta con timbre, veinte sacos de abono” o incluso “un clarinete”.

Al final de la película, la tan esperada comitiva estadounidense atraviesa el pueblo, sin detenerse en él: el Plan Marshall no incluía a Villar del Río.

El 30 de noviembre de 2018, Mauricio Macri lloró en el Teatro Colón al finalizar el espectáculo pensado para agasajar a Donald Trump, Vladimir Putin, Theresa May y Xi Jinping, entre otros mandatarios que asistieron a la cumbre del G20 –foro integrado por 19 países más la Unión Europea– organizada en Buenos Aires. Como le explicó al periodista Joaquín Morales Solá, el entonces Presidente lloró al ver la reacción de sus invitados. El espectáculo, que en algunos aspectos hacía recordar los esfuerzos de los habitantes de Villar del Río por responder a las supuestas expectativas de Mister Marshall y parecer andaluces, también entusiasmó al periodista Pablo Sirvén. En La Nación escribió “Lágrimas de Macri, catarsis nacional”, una columna emocionada referida tanto a las lágrimas presidenciales como al supuesto espaldarazo del mundo: “Sorprendieron sus lágrimas en un hombre habitualmente tan contenido en lo expresivo, pero resultaron pura catarsis no solo para él, sino también para buena parte del vasto público que lo vio en directo o en diferido. Tantas tensiones y malas noticias acumuladas por fin recibían un espaldarazo simbólico de enorme impacto”.

En realidad, las cumbres del G20 se celebran anualmente bajo el liderazgo de una presidencia rotativa y por lo tanto no representan un reconocimiento específico para el país anfitrión. Eso no impidió que los medios serios y el oficialismo de Cambiemos (dos colectivos que costaba diferenciar) transformaran ese hecho casi administrativo en un momento bisagra en nuestra historia, un apoyo “del mundo” a la gestión de Macri. Apoyo que, sin embargo, no alcanzó para evitarle una derrota en primera vuelta en las elecciones presidenciales del 2019.

Como antes lo hizo el gobierno de la Alianza, Cambiemos apostó todas sus cartas a un sistema de representación no político sino más bien teatral. Macri, como Fernando De la Rúa, defendía sus iniciativas no por creer que fueran buenas políticas que tendrían consecuencias benéficas para las mayorías, sino por considerar que eran buenas señales. De esa forma, el destino del país no dependía de lo que lográramos hacer, producir o distribuir, sino de lo que otros comprendieran nuestras pantomimas. El endeudamiento y su corolario, el ajuste permanente, eran parte de esas buenas señales que conseguirían el maná del cielo, es decir, la entelequia llamada lluvia de inversiones.

Gobernar a través de pantomimas no es un hábito exclusivo de la alianza de Juntos por el Cambio: los liberales imaginarios de La Libertad Avanza comparten la misma superstición, pese a que hasta ahora no hayan administrado ni una intendencia. Javier Milei explicó hace algunas semanas que encontraría los recursos para dolarizar la economía –su gran promesa de campaña– “a través de un préstamo con alguna entidad bancaria o de crédito internacional”, entidad que sería seducida por la seriedad de las propuestas del hombre que dialoga con sus perros fallecidos y propone incendiar el Banco Central.

Durante los gobiernos kirchneristas, a partir de la cancelación de la deuda con el FMI decidida por Néstor Kirchner, perdimos uno de las componentes más relevantes de la pantomima presidencial: las revisiones periódicas de aquel organismo, con técnicos adustos que determinaban el envío o no de fondos frescos. Es bueno recordar que entre 1982 y diciembre de 2001, la Argentina estuvo continuamente bajo los programas del FMI o procurando su aprobación. Una calamidad que volvimos a padecer a partir del préstamo solicitado por Mauricio Macri el mismo año en el que lloró en el Colón. Dicho préstamo representó el mayor aporte de campaña de la historia, como lo reconoció casi explícitamente Carlos Melconian, ex titular del Banco Nación durante la gestión de Cambiemos, pero también fue un cepo colosal al desarrollo, cuyas consecuencias catastróficas padecemos hoy.

Nuestra derecha y extrema derecha quieren transformar a la Argentina en Villar del Río. Macri, Patricia Bullrich –la ex Ministra Pum Pum– y el recién llegado Milei imitan a los pobres castellanos obligados a disfrazarse de andaluces. Apuestan todas sus cartas a lograr que la comitiva de Mister Marshall se detenga alguna vez, seducida por sus trabajosas pantomimas, y les entregue “dos mulos, tres gallinas, una bicicleta con timbre, veinte sacos de abono” o incluso “un clarinete”, es decir, eso que llaman lluvia de inversiones.

Puede parecer asombroso que después de tantas décadas de esperar en vano que la comitiva se detenga e impulse el desarrollo del pueblo, sigamos encontrando entusiastas de lo que a todas luces parece una quimera. Ocurre que, en nuestro Villar del Río, las pantomimas repetidas año tras año –es decir, las políticas de ajuste y endeudamiento– no empobrecen a todos: sólo a las mayorías.

El Cohete a la Luna