Bombas de racimo sobre el futuro de Europa

Por Beñat Zaldua

Las bombas de racimo son proyectiles que pueden lanzarse desde tierra, mar y aire. Son, en realidad, carcasas voladoras que albergan en su interior decenas o cientos de bombas más pequeñas. Antes de tocar suelo, el contenedor se abre y las bombas se dispersan en un amplio terreno, mayor que el de un campo de futbol en muchas ocasiones. Es la antítesis de una bomba de precisión, pues es imposible controlar dónde caen todos estos explosivos más pequeños. De ahí que cause muchas más víctimas civiles que otro tipo de munición más ordinaria. Entre uno y seis de cada 20 explosivos salidos del vientre de la bomba-madre no explotan, lo que los convierte, en la práctica, en minas antipersona, aguardando al mínimo movimiento para reventar, aunque sea años después de haberse lanzado.

En 2008, un centenar de países, entre éstos México y los miembros de la Unión Europea, firmaron un tratado para prohibir las bombas de racimo. No se adhirieron ni Estados Unidos ni Rusia. Y hoy, en julio de 2023, volvemos a hablar de éstas porque Washington acaba de anunciar que entregará este tipo de armamento a Ucrania.

En realidad, desde que Rusia atacara a su vecino hace ya más de un año, ambas partes se han acusado mutuamente de usar este tipo de bombas. Más allá de acusaciones cruzadas, de lo que cabe estar seguro es de que, efectivamente, ahora las emplearán, pues Moscú ya ha advertido de que utilizará sus bombas de racimo si las de Estados Unidos llegan a Kiev.

Así funciona una escalada militar, siempre de forma bilateral. Si uno sube la apuesta, el otro la iguala o la supera, en un bucle que sólo acaba cuando una de las partes no puede igualar a la otra y se ve forzada a negociar en mala posición. La teoría de juegos siempre es interesante sobre el papel, pero no está de más recordar que, en la práctica, hablamos de Rusia y Estados Unidos, principal valedor de Ucrania. Estos dos países concentran 90 por ciento del arsenal nuclear de todo el mundo, por lo que una escalada en este caso tiene un potencial devastador. Por cierto, según el último informe de la principal autoridad en la materia, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, los arsenales nucleares están siendo reforzados a lo largo y ancho del mundo.

Del perverso bucle de la escalada bélica también se puede salir cuando un agente externo obliga a las partes en conflicto a negociar y pactar. La plaza sigue vacante. La Unión Europea podía haber intentado ocuparla, quizá junto con China, para forzar a Moscú y Washington a frenar este enfrentamiento indirecto que desangra a un país que no es ni Rusia ni Estados Unidos. La ocasión era propicia para ensayar una política exterior autónoma inexistente desde hace 75 años, pero la pusilanimidad de los dirigentes europeos la ha echado al traste, dispersada cual bomba de racimo.

Igual que ante las informaciones sobre la autoría ucrania del sabotaje de los gasoductos Nord Stream, la respuesta de los países europeos ha sido terrible. Sólo el Estado español –al César lo que es del César– junto con Canadá y Reino Unido –que ya no forma parte de la Unión Europea– han protestado por el envío de un armamento prohibido en el continente. Alemania, Francia e Italia, los pesos pesados, se han limitado a señalar que no comparten la medida, pero que la comprenden. Quizás haya sido para compensar la negativa a Zelensky a entrar por la vía rápida en la OTAN, pero el resultado es nefasto.

Por último, el secretario general de la organización, Jens Stoltenberg, lo justificó señalando que este arsenal va a ser usado como defensa y no como ataque. El jefe de la alianza militar más poderosa del planeta no sabe qué es una bomba de racimo. O es un cínico, que cada quien elija.

El resumen es que nadie en la cumbre de la Alianza Atlántica en Vilnius, capital de Lituania, se ha despeinado frente el anuncio estadunidense. Hay noticias alarmantes y hay otras que, por no causar alarma, son todavía más alarmantes. Lo ha escrito recientemente el analista y experto en cuestiones de paz y armamento Jordi Armadans.

El paisaje es desolador a ambos lados del continente. El error de cálculo de Putin al lanzar la invasión de Ucrania fue descomunal. Está empantanado en una guerra que no puede perder ni ganar, mientras ve cómo la OTAN, su bestia negra, renace y se amplía con el pretexto del conflicto que, en su actual versión, él inició. En el frente interno, las consecuencias del amago de motín de los mercenarios de Wagner está todavía por esclarecer, pero es poco arriesgado aventurar que su liderazgo se ha visto reforzado.

Al otro lado, el futuro de la Unión Europea es sombrío. Veremos qué pasa la semana que viene en las elecciones españolas. Mientras tanto, la tercera economía del continente (Italia) está en manos de la extrema derecha, la segunda (Francia) está en llamas y socialmente fracturada en mil pedazos, y la primera (Alemania) en recesión, en buena medida por el alto precio de la energía, agravado notablemente por la guerra de Ucrania y el fin del suministro ruso. Y si sufre la industria germana, sufre el continente entero. Tiempo al tiempo.

La Jornada