Brasil elige

Por Enrique Lacolla*

Imagen: Bolsonaro y Lula.

La elección brasileña difícilmente vaya a despejar un panorama latinoamericano especialmente difícil, pero debe disputarse como si pudiera hacerlo, como primer paso para conformar un frente resistente a la reacción.

El domingo se realiza el balotaje en Brasil. La elección tiene en suspenso a los sectores nacional populares que comprenden el rol fundamental que juega el gigante brasileño en los destinos de Latinoamérica. El influjo psicológico que el resultado de la elección brasileña puede tener sobre nuestros asuntos, por ejemplo, no es desdeñable e imanta las esperanzas de nuestra progresía, que sueña con que se reediten las condiciones del surgimiento latinoamericanista de veinte años atrás, cuando Néstor Kirchner, Lula da Silva y Hugo Chávez le daban una patada al ALCA y parecían estar en condiciones de abrir el paso a una ruta unitaria que vertebrase al subcontinente.

Conviene sin embargo no hacerse muchas ilusiones. Las condiciones del mundo son hoy distintas. El conflicto en Ucrania abre perspectivas de una confrontación global que implicará una cada vez más complicada pelea entre el modelo neoliberal y globalizador encabezado por Estados Unidos, y las potencias “revisionistas” -China y Rusia- por las zonas de influencia. Esto exacerbará la vigilancia de Washington sobre lo que la jefa del Comando Sur denomina ahora “nuestro vecindario”, eufemismo para soslayar la despectiva denominación de “patio trasero” con la que el Norte agració al Sur durante tanto tiempo.

El barrido neoliberal practicado en Brasil por Jair Bolsonaro y antes en Argentina por Mauricio Macri, más la regresión impulsada por Lenín Moreno en Ecuador y continuada por su sucesor Guillermo Lasso, más el pálido desempeño de Alberto Fernández en nuestro país, a lo que ha venido a sumarse el referéndum negativo a la reforma constitucional en Chile, con la consiguiente deflación del presunto abanderado del cambio Gabriel Boric, pintan un panorama complicado. Aún en la eventualidad de que Lula gane el balotaje del domingo, como pronostican las encuestas, la partida que tendrá por delante será muy complicada. La segunda vuelta define el mandato presidencial, pero las representaciones parlamentarias ya quedaron fijadas en la primera y resultaron adversas al centro-izquierda que Lula ha conseguido agrupar en torno a sí. Salvo en el nordeste y en Minas Geraes, el bolsonarismo obtuvo mayoría, lo que conformará un congreso que se puede descontar será una caja de sorpresas –desagradables en su mayor parte. A esto se añade el hecho de que la mayoría de los gobernadores provinciales serán aliados del actual presidente.

Es evidente que en Brasil se ha consolidado una base social que se balancea entre la derecha y la ultra derecha. No se trata, como hemos dicho, de un fenómeno aislado: el impacto de la crisis, la aculturación política de las masas y la inoperancia y dispersión del mensaje de lo que genéricamente se denomina como izquierdas, están produciendo una oleada que reacciona contra las manifestaciones del desorden y la decadencia sin interrogarse sobre las causas de ellas, expandiéndose en vastas regiones de Latinoamérica. Estas condiciones adversas no van a pasar de un día para el otro, en especial si se toma en cuenta el papel deletéreo que juegan los oligopolios de la comunicación, expresivos de la concentración del sistema y especialistas en desinformar y sembrar la confusión.

La comprensión de esta realidad no exime sin embargo de la necesidad de confrontarla. Cuánto más rápido se entienda que la realidad no es sencilla y que requiere de paciencia, firmeza y de claridad de miras para sobrellevarla y actuar con sentido positivo, más pronto nos encontraremos en condiciones de resistir y contraatacar. El envite contra la razón y la proclamación, por los personeros de la reacción, de programas que no disimulan en nada su contenido antipopular y regresivo, sino que más bien se jactan de él, está poniendo de manifiesto que sienten que no tienen frente a sí a un enemigo capaz de pararles los pies sino más bien a un conglomerado de gente sin norte, que ha perdido los instrumentos ideológicos para enfrentarse al sistema e incluso la noción de que tal sistema existe.

Gane o pierda Lula, el campo que se extiende frente a él y al conjunto de los pueblos latinoamericanos estará sembrado de obstáculos. Recuperar una ideología militante, en el sentido de que esté provista de un corpus doctrinario claramente orientado a romperle el espinazo al capitalismo extractivista y financiero, es esencial para ponerse en condiciones de disputar el futuro. Y ello sin estupideces como pedir la construcción de barricadas o declamar el culto a la metralleta, sino por el expediente de librar una batalla obstinada por arrancar una parte de la renta que perciben a las oligarquías “compradoras”, volcándola después al desarrollo estructural de la sociedad. Este es el núcleo del problema. Es una cosa evidente y justa, cuya validez cae por su peso. Sin embargo, las banderías políticas o mejor dicho los grandes partidos de masas que han solido representar a los intereses populares –entre nosotros, peronistas y radicales- pasan en puntas de pie sobre este tema, o cuando mucho lo postergan hasta que “se modifique la correlación de fuerzas”. Como si dicha correlación se fuera a modificar si no se actúa precisamente en contra de esa concentración desmedidamente ávida de la riqueza. Los partidos populares que propongan seriamente un cambio, deberán martillar sonoramente en torno al asunto, hasta que se integre a una conciencia pública distraída por el ruido mediático y absorbida por la atomización de los problemas que la hostigan un día tras otro.

En fin, sólo nos resta elevar nuestras preces para que el triunfo de Lula (si es que vence, como creemos) sea lo suficientemente amplio como para permitirle iniciar su nuevo mandato con una buena reserva de oxígeno.

  • Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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