Brasil: ¿qué país es éste?

Por Eric Nepomuceno

Jair Messias Bolsonaro nació el 21 de marzo de 1955. Se presenta como capitán (retirado) del ejército y a lo largo de todo su tiempo como diputado nacional enalteció de manera incesante su formación militar y sus vínculos con colegas de uniforme. Fue electo presidente en 2018, derrotando a Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores.

Haddad remplazaba a Lula da Silva como candidato. El ex presidente estaba detenido a raíz de la condena impuesta por el juez venal y manipulador Sergio Moro.

Fue una victoria arrolladora en la segunda vuelta, con 55 por ciento de los votos válidos frente a 45 por ciento de Haddad. Y fue también la consecuencia del intenso proceso de demonización de la política tradicional, iniciada por el mismo juez Moro, que se tornaría ministro de Justicia del presidente que ayudó a elegir al detener a Lula, con pleno respaldo de los medios de comunicación, del empresariado y contando con la omisión cómplice del Supremo Tribunal Federal.

Bolsonaro, vale reiterar, insiste en mencionar su formación de militar y en insinuar sus lazos con el ejército. Se olvida de un detalle esencial: sí pasó en el ejército 11 años, pero entre su elección como concejal en Río de Janeiro y sus sucesivas relecciones como diputado nacional han sido nada menos que 27 años. Casi el triple de tiempo como político profesional que como militar indisciplinado, que cumplió penas de detención en el ejército.

A lo largo de todos sus años como diputado nacional presentó 169 proyectos de ley. Uno –y solamente uno– fue aprobado. Si hoy está en su noveno partido político, en sus tiempos de diputado pasó por ocho. Aunque ese tránsito entre partidos sea uno de los absurdos permitidos por la legislación brasileña, son poquísimos los que transitaron tanto como Bolsonaro.

Considerado un congresista de bajísimo nivel, se hizo conocido entre sus colegas por su agresividad, su misoginia y su grosería. Una breve selección de frases dichas por él, en sus tiempos de Cámara, revelan mucho sobre su personalidad y su manera de ver la vida.

Consultado en cierta ocasión sobre cómo reaccionaría si uno de sus cuatro hijos se enamorase de una mujer negra, contestó: No existe ese peligro, mis hijos fueron bien educados.

Cuando le preguntaron cómo reaccionaría si uno de sus hijos fuese homosexual, dijo: Prefiero un hijo muerto a un hijo maricón.

En una discusión con la entonces diputada y ex ministra María do Rosario, del Partido de los Trabajadores, disparó la frase no te estupro porque no lo mereces.

En una conferencia de prensa, cuando quisieron saber la razón de cobrar el auxilio de vivienda de la Cámara, pese a ser propietario de un piso en Brasilia, explicó: Uso el dinero para coger gente. La frase, además de admitir desvío de recursos públicos, era un choque frontal con el hombre que se declara ultracatólico y conservador. El gran defensor de la familia tiene tanto aprecio por la institución familiar que se casó tres veces.

En sus tiempos de diputado se especializó –y luego entrenó a los hijos en esa práctica– en contratar funcionarios fantasmas con recursos de la Cámara. Eran en general parientes de su segunda esposa o de milicianos, como se llama a los sicarios en Brasil, que se quedaban a lo sumo con 10 por ciento de sus sueldos y entregaban el restante 90 por ciento a Bolsonaro.

También utilizó la tribuna de la Cámara para elogiar incesantemente a la dictadura militar que cubrió el país de tinieblas y víctimas de la brutalidad descomunal del régimen entre 1964 y 1985.

Defensor incansable de la figura del coronel Brilhante Ustra, notorio torturador y violador, cierta vez admitió que la tortura había sido una equivocación. Y aclaró: En lugar de haber torturado a unos cuantos, el gobierno debería haber fusilado a unos 30 mil, empezando por Fernando Henrique Cardoso.

Cardoso, exiliado en tiempos de dictadura, era el presidente en aquel momento.

Hay una larga, larguísima lista de actos y actitudes extremamente absurdas y abyectas de parte de Bolsonaro. Una vez instaurado en la presidencia, hizo el peor gobierno de la historia de la República, afectando duramente o destrozando todos –absolutamente todos– los sectores de la vida brasileña.

Que haya llegado a este 2 de octubre ostentando, en su intento de relección, alrededor de 34 por ciento de intención de votos acorde a los sondeos, no hace más que reforzar una duda: ¿qué país es éste?

¿Hasta qué punto la ignorancia tradicional, muy fomentada por la dictadura, impide que parte sustancial de los electores vea con claridad la aberración absurda que es la figura que intenta permanecer en el poder por la vía del voto popular?

La Jornada