Cacería

La tragedia insensata que sobrevuela el juicio a los rugbiers

Por Cristian Rodríguez*

En el juicio que se lleva adelante en la Ciudad de Dolores por el asesinato de Fernando Báez Sosa, sobrevuela esa sensación de tragedia insensata que hace recordar la expresión de Hannah Arendt, la “banalidad del mal”, pero es a su vez, en el impacto que tiene lo sucedido en la opinión pública, un episodio que eriza y toca una arista de lo cotidiano, de un modo inquietante del procedimiento social. Vinieron a mí, no sin espanto, las imágenes de la película de Carlos Saura, “La Caza”, en la que sólo queda un sobreviviente en la matanza del desenlace del film, un testigo solitario y aterrorizado. En ese lugar del testigo espeluznado parecemos quedar frente a cada uno de los días de las audiencias. ¿En qué lugar esa mirada nos conecta con la posición del objeto?, ¿qué es lo que despierta este sentimiento hórrido, ominoso, el de un asesinato que produce espanto?

¿Qué pasó aquí con la función del testigo? Frente a ese primer voto de silencio de los rugbiers, hubo un efecto de estupor y parálisis –propia de la proliferación de lo imaginario que se suelta a andar y produce todo tipo de tensiones en la relación con el semejante– y a la vez de cosa íntima, de profundo espanto familiar.

Para las violaciones grupales se ha venido utilizando la expresión “manada”, pero creo que es insuficiente para denotar el estilo de lo que allí se propone, incluso el sucedáneo natural en el que queda asociada la manada a la jauría. ¿Cuáles son las motivaciones y las pulsiones en juego para este asesinato que ya había tenido precuelas, que era un modo de acción social y de procedimiento, un cierto encuentro con lo real de la muerte pero en la escena pública?

La escena de este crimen se transformó en un coto de caza, un escenario que se ofreció a la mirada como un espectáculo macabro, hecho para ser visto. Se satisficieron no sólo las pulsiones mortíferas, reeditadas en sucesivos tiempos en los que se escalonó la cacería, sucesiones que ya tenían varios antecedentes en este grupo que salía a cazar: agitar los pastizales y las aguas, infundir terror, condicionar el territorio –hacerlo ajeno–, provocar una situación de conflicto, planificar los pasos del ataque, decidir a quién se atacaría, cazar, dar muerte, obtener la presa –cuestión que queda bien expresada en la serie de chats posteriores al asesinato–, volver a la escena una vez más a refrendar la realización de la matanza en el ritual totémico de la carne, hayan o no comido sus hamburguesas de Mc Donald’s.

Nos espanta por estar incrustado en el cotidiano de una cultura. Al mismo tiempo que se desarrolla este juicio, son hostigados, perseguidos y atacados en Mar del Plata, tres años después de este asesinato, los basquetbolistas de Racing por “demasiado altos”, “demasiado negros”. No sólo es el modo de barrer con las diferencias, sino que se vuelve un estilo del odiar proyectado, dándole a eso legitimidad abusiva. Una reducción del estar en la cultura a niveles de “cosa personal” –la tensión imaginaria ya señalada, entre a y a’ descripta por Lacan en el esquema Lambda–. Por allí pueden entrar diversos estilos de eliminación de la diferencia: odio racial, diferencias culturales y/o políticas, vecindades, convenciones impasibles de modificarse, etcétera.

Esto se desliza y se funde derritiéndose sobre cada lazo, cada estructura. Está presente, desde las maneras en que se confrontan los políticos unos contra otros, hasta el modo en que nos comportamos en la calle, cosificando la dimensión del otro como no humano. Por ejemplo en las hegemonías dominantes del hidrocarburo, el despotismo local de camiones y colectivos contra el automóvil, del automóvil contra el ciclista y el transeúnte, de la bicicleta contra el transeúnte, del transeúnte devolviendo su resentimiento afín, dirigido de manera recíproca en un espejo en el que cada quién ve su propio acto justiciero.

En la expresión freudiana “el inconsciente no niega”, hay también una cierta correlación de fuerzas a nivel del significante, cuestión con la que Freud volvió a tropezar –y nosotros los hablantes también–, en la consideración del “sentido antitético de las palabras primitivas”, no sólo signo de función de lo inconsciente sino también como función primaria psíquica. De hecho, los rugbiers expresan y escriben en uno de los chats: “ganamos contra unos chetos, los rompimos”, y en otro los señalan –a Fernando y a su grupo– de “negros”, recuperando aquella antigua oposición popular entre “ser –o comportarse como– un cheto y ser –o comportarse como– un pardo –un grasa, un oscuro, un negro–, pero no sólo a nivel de la estigmatización sino a nivel de la superposición. Esta función primaria es la de una etapa que Freud ubicaba –no sin cierto desprecio por la antropología estructural– como animismo infantil, dando lugar al “perverso polimorfo”, a todas las formas imaginables de la perversión, porque allí la castración –como operación simbólica– no establece el corte al deslizamiento metonímico del significante -una posible manera de entender la proposición del término “animismo”-

La cacería no es Fuenteovejuna. En Fuenteovejuna los vasallos se sublevan, subvierten el orden dando muerte al Comendador que los somete, al sojuzgador sistemático. Este asesinato se produce de un modo integrado y común: “Fuenteovejuna lo hizo”. El escarmiento brutal se hace bajo el imperio de la estructura de clan. Los barbijos con los que se presentaron el grupo de los rugbiers en las primeras jornadas del juicio fueron un intento –fallido– de validar este nivel de organización en la lógica del clan. Por el contrario, la cacería se hace por un disfrute mórbido que no guarda ninguna relación con la comunidad, salvo el de congelar al otro en el horror de lo que está sucediendo, es una eyección de la comunidad, que en todo caso confirma el paso del nivel de la horda al totemismo, como operación en ciernes, no resuelta aún. Mientras tanto se agitan los pastizales del boliche, se marcan las presas, se las persigue, se las mata. Lo que se pone en juego es del orden de un capricho individual que sólo se aplaca con el exterminio del otro. Como señala Eric Sadin[1], la del individuo disperso y dislocado que tiraniza lo que encuentra a su paso, más allá que de un modo circunstancial también se agrupen o se cohesionen para realizar su acto destructor.

*Cristian Rodríguez (Espacio Psicoanálisis Contemporáneo-EPC).

Nota: [1] “La era del individuo tirano. El fin de un mundo en común.” Caja negra.