Camelia, azucena, azucena, rosa

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Kelly Link

Querida Mary (si es así como te llamas):

Apuesto a que te sorprenderá saber de mí. Por cierto, efectivamente se trata de mí, aunque debo confesar que ahora mismo no sólo no consigo acertar con tu nombre, ¿Laura?, ¿Susie?, ¿Odile?, sino que parezco haber olvidado el mío propio. Mi plan es probar diferentes combinaciones: Joe ama a Lola, Willy ama a Suki; Henry te quiere, cielo, ¿Georgia?, dulce de mi vida, cariño. ¿Te encaja alguno?

Durante toda la semana pasada tuve la sensación de que algo iba a ocurrir, una especie de cosquilleo en la tripa. Algo tenía que pasar. Di mis clases, volví a casa y me acosté, y esperé toda la semana aquello que tenía que suceder. Y por fin el viernes fallecí.

Una de las cosas que parece que se me ha traspapelado es cómo, o quizá me refiero al porqué. Igual que lo de los nombres. Sé que durante nueve años vivimos juntos en una casa sobre una colina en una ciudad pequeña pero cómoda, que no teníamos hijos —excepto en una ocasión que casi tuvimos uno— y que eres una cocinera terrible, cariño mío, ¿Coraline?, ¿Coralee? Yo también lo era y, siempre que nos lo podíamos permitir, cenábamos fuera. Yo daba clases en una buena universidad. ¿Princeton? ¿Berkeley? ¿Notre Dame? Era buen profesor y mis alumnos me querían. Sin embargo, no recuerdo el nombre de nuestra calle, el autor del último libro que leí, tu apellido (que también era el mío) ni cómo morí. ¿No te parece gracioso? ¿Sarah? Los dos únicos nombres que sé con certeza que son reales son Looly Bellows, la niña que me dio una paliza en cuarto curso, y el de tu gato. Todavía no voy a confiar su nombre al papel.

Al bebé íbamos a llamarlo Beatrice. Acabo de acordarme. Íbamos a llamarla así por tu tía, aquella a la que no le caigo bien. No le caía bien. ¿Asistió al funeral?

Llevo aquí tres días y estoy intentando fingir que tan sólo se trata de unas vacaciones, como cuando fuimos a aquella isla en aquel país. ¿Santorini? ¿El Reino Unido? La que tenía todos aquellos acantilados. La del hotel con las literas y las pequeñas hojas de papel higiénico de color rosa, como pañuelos. En las ventanas había conchas, ¿verdad? ¿No eran transparentes como el cristal de las botellas? ¿Olían a lejía? Era una isla muy agradable. Sin árboles. Dijiste que tenías la esperanza de que, cuando murieras, el cielo fuera una isla como aquélla. Y ahora que yo he muerto, estoy aquí.

Esto también es una isla, creo. Hay una playa y allí hay un buzón donde voy a meter esta carta. Además de la playa y el buzón, está el edificio en el que ahora estoy sentado escribiéndote esta carta. Parece un hotel perfectamente agradable dentro de un complejo vacacional, aunque no hay ningún otro huésped ni recepcionista ni anfitrión ni organizador de acontecimientos ni botones. Sólo yo. En el vestíbulo hay un televisor muy anticuado. He estado toqueteando la antena un buen rato, pero no he conseguido que se viera nada, sólo nieve. Con ella he intentado formar imágenes y personas. Parecía que me saludaban.

Mi habitación está en el segundo piso y tiene vistas al mar. Todas las habitaciones tienen vistas al mar. Hay un escritorio y un buen surtido de hojas de papel blanco encerado y sobres dentro de uno de los cajones. ¿Laurel? ¿María? ¿Gertrude?

¿Lucille?, aún no he perdido el hotel de vista porque tengo miedo de que no esté aquí cuando yo regrese.

Siempre tuyo,
Ya sabes quién.

El hombre muerto se tumba en la cama del hotel; sus manos, inquietas y curiosas, acarician su cuerpo de arriba abajo como si en realidad no le perteneciera. Una mano sostiene los testículos y la otra tira con fuerza de su pene erecto. Empuja con los tobillos contra el colchón; tiene los ojos abiertos, igual que la boca. Está intentando decir el nombre de una persona.

Fuera, el cielo parece excesivamente pesado y como hecho de algo grisáceo que sólo deja pasar la luz a regañadientes. El hombre muerto se ha dado cuenta de que nunca oscurece ni aclara, aunque a veces el aire parece más denso y entonces algo cae del cielo: pedazos del tamaño de un puño de una materia pastosa de color gris blancuzco. Cae hasta que la playa está cubierta e inmediatamente después empieza a disolverse. La primera vez que el cielo se desplomó, el hombre muerto estaba fuera. Ahora espera dentro hasta que la playa vuelve a estar despejada. A veces mira la televisión, aunque la recepción es muy mala.

El mar sube y baja por la playa, lamiendo y enrollándose alrededor del buzón durante la marea alta. Tiene algo que al hombre muerto no le acaba de gustar. No huele a sal como se supone que debe oler el mar. ¿Cara? ¿Jasmine? Huele a relleno de tapicería mojado, a pelaje chamuscado.

Querida ¿May? ¿Abril? ¿Ianthe?:

Mi habitación tiene una cama con sábanas finas y lisas, y un cuadro de algún pintor aficionado de una mujer sentada bajo un árbol. Tiene los pechos bonitos, pero su expresión es peculiar para ser una mujer en un cuadro en una habitación de hotel, incluso un hotel como éste. Parece contrariada.

Tengo un baño con agua corriente caliente y fría, toallas y un espejo. Me he mirado en él durante mucho rato, pero no me resulto familiar. Es la primera vez que me fi jo bien en una persona muerta. Tengo el pelo castaño, con entradas; los ojos marrones y buenos dientes; los tengo hasta blancos, aunque no demasiado grandes. En el hombro tengo una pequeña marca, ¿Celeste?, donde me mordiste mientras hacíamos el amor por última vez. ¿Te diste cuenta de que de alguna manera iba a ser la última vez que lo hacíamos? Tenías una expresión de tristeza y, creo acordarme, también de enfado. Ahora la recuerdo, ¿Eliza? Me clavaste los ojos sin pestañear y mientras te corrías dijiste mi nombre; y aunque no recuerdo mi nombre, sí me acuerdo de que lo dijiste como si me odiaras. No habíamos hecho el amor en mucho tiempo.

Calculo que mido aproximadamente metro ochenta y, aunque no soy feo, tengo una expresión de preocupación un tanto fija. Puede ser fruto de las circunstancias.

Me preguntaba si por casualidad mi nombre era Roger o Timothy o Charles. Cuando fuimos de vacaciones, recuerdo que hubo una confusión similar respecto a los nombres, sólo que no los nuestros. Intentábamos pensar en uno para ella, quiero decir, para Beatrice. ¿Petrucchia? ¿Solange? Los escribimos todos en la playa con un palo para ver qué aspecto tenían. Empezamos con los nombres más sencillos, como Jane y Susan y Laura. Probamos con nombres sensatos como Polly y Meredith y Hope, pero después nos pusimos extravagantes. Arrastramos los palos por la arena y produjimos familias enteras de niñitas de ceño fruncido llamadas Gudrun, Jezebel, Jerusalem, Zedeenya, Zerilla. «¿Qué te parece Looly?», te dije. Yo conocí a una niña que se llamaba Looly Bellows. Tú tenías el pelo enmarañado alrededor de la cara, tieso de la sal. Tenías tropecientas pecas. Te reíste tanto que tuviste que apoyarte en el palo. Dijiste que parecía un nombre inventado.

Con todo mi amor,
Ya sabes quién.

El hombre muerto intenta actuar como si realmente estuviera allí, en aquel lugar. Intenta mostrarse de manera normal, adecuada. Tanto como le es posible. Está intentando comportarse como un buen turista.
No ha conseguido dormir en la cama, a pesar de que ha puesto el cuadro de cara a la pared. No está seguro de que la cama sea una cama. Cuando cierra los ojos, no se lo parece. Duerme en el suelo, que se parece más al suelo que la cama a una cama. Se tumba allí sin taparse con nada y fi nge no estar muerto. Finge estar en la cama con su mujer, soñando. Se inventa un sueño muy bonito sobre una fiesta en la que se ha olvidado de los nombres de todos. Se toca. Entonces se levanta y ve que la materia blanca que ha caído del cielo se está disolviendo sobre la playa; alrededor del buzón hay apilados varios montoncitos, como si fuera espuma.

Querida ¿Elspeth? ¿Deborah? ¿Frederica?:
Las cosas se están poniendo peor. Sé que si consiguiera recordar tu nombre, todo mejoraría.
Te dije que estaba en una isla, pero ahora ya no estoy seguro. Tengo dudas sobre la cama y el hotel, y tampoco estoy contento con el mar ni con el cielo. Todas las cosas de cuyos nombres estoy convencido, no me parece que sean eso, no sé si me entiendes, ¿Mallory? Tampoco estoy seguro de continuar respirando. Cuando lo pienso, respiro; y solamente lo pienso porque cuando no lo hago hay demasiado silencio. ¿Alison?, ¿sabías que en la cima de aquellas montañas (¿las Berkshire?) la altitud es tal que a las personas reales, personas vivas, también se les olvida respirar? Eso de que se les olvide tiene un nombre, pero no me acuerdo de cuál es.

Pero si la cama no es la cama y la playa no es la playa, entonces, ¿qué son? Cuando miro al horizonte, casi parece tener esquinas. Cuando me tumbé, perdí las esquinas de la cama de vista, como un horizonte.

También está el problema del correo. Ayer simplemente metí la carta en un sobre sencillo y lo introduje sin dirección alguna en el buzón. Esta mañana la carta había desaparecido y, cuando metí la mano y después el brazo, el interior del buzón estaba húmedo y pegajoso. Inspeccioné la parte trasera y descubrí un panel abierto. Cuando la marea sube, el correo se va al mar. Así que no tengo ni idea de si tú, ¿Pamela?, o ya que estamos, cualquier otra persona, está leyendo esta carta.

He intentado arrastrar el buzón para apartarlo de la orilla. Las olas me bufaron; una me pasó por encima del pie: fría, peluda y negra; abandoné. Tendré que confi ar en el sistema de correos local.

En espera de que recibas esta carta pronto,
Ya sabes quién.

El hombre muerto sale a dar un paseo por la playa. El mar mantiene las distancias, pero el hotel le sigue de cerca. Se da cuenta de que si camina hacia la orilla, la marea se retira; eso está bien. No quiere mojarse los zapatos. Si se adentrara en el mar, ¿se dividirían sus aguas como con aquel tipo de la Biblia? ¿Onán?
Lleva su segundo mejor traje, el que se ponía para las entrevistas y las bodas. Supone que o bien murió con él puesto o bien es el traje con el que su esposa lo enterró. Lo lleva desde que se despertó y vio que estaba en la isla, despeinado y sudoroso, con la ropa arrugada como si la hubiera llevado puesta durante mucho tiempo. Sólo se quita el traje y los zapatos cuando está en la habitación. Vuelve a vestirse para salir. Va a dar un paseo por la playa. Lleva la bragueta abierta.

Las pequeñas olas azotan al hombre muerto. Debajo del agua ve dientes, dentro de los vítreos muros negros que son las olas más grandes, las que están mar adentro. Camina una buena distancia y se detiene con frecuencia para descansar. Se agota con facilidad. No se aleja de las dunas. Tiene los hombros caídos, la cabeza gacha. Cuando el cielo empieza a cambiar, se da media vuelta y el hotel está justo detrás de él. No parece sorprendido de verlo allí. Durante toda la caminata ha tenido la sensación de que alguien lo esperaba detrás de la siguiente duna. Tiene la esperanza de que sea su esposa, pero, por otro lado, si realmente fuera ella, también estaría muerta y él recordaría su nombre.

Querida ¿Matilda? ¿Ivy? ¿Alicia?:
Imagino mis cartas navegando hacia ti sobre las olas dentadas como diminutos barquitos blancos. Querida lectora ¿Beryl?, ¿Fern?, ¿te gustaría saber cómo estoy tan seguro de que te llegan las cartas? Recuerdo que siempre solía fastidiarte la manera en que yo daba las cosas por sentado. Sin embargo, estoy tan seguro de que estás leyendo esto como de que, a pesar de que todavía camino y respiro (cuando me acuerdo), estoy muerto. Creo que las cartas te llegan destrozadas y empapadas, pero legibles. De todos modos, si te llegaran de la forma habitual, probablemente no te creerías que son mías.

Hoy he recordado un nombre: Elvis Presley. Era aquel cantante, ¿verdad? Zapatos azules, labios gruesos y besucones, voz viscosa. Murió, ¿verdad? Como yo. Y Marilyn Monroe: un vestido blanco hinchado como una vela por el viento; Ghandi, Abraham Lincoln, Looly Bellows (¿te acuerdas de ella?), vivía en la casa de al lado cuando ambos teníamos once años. Durante todo el curso tuvo migrañas que la hacían ser desagradable con todos. Antes de saber que estaba enferma no le caía bien a nadie. Y después de saberlo, tampoco. Me rompió la nariz porque una vez le quité la peluca, alguien me había retado. Le sacaron un tumor de la cabeza del tamaño de un huevo de gallina, pero murió de todos modos.

Cuando le quité la peluca, no lloró. En el cuero cabelludo tenía algún mechón de pelo quebradizo, la cara hinchada por los fluidos como si le hubieran picado las abejas. Parecía vieja. Me dijo que cuando muriera volvería a rondarme, y tras su fallecimiento yo fingí que no sólo la veía a ella, sino grupos enteros de fantasmas pálidas, calvas y gordas que se escondían detrás de los árboles, hinchadas y zumbando como enjambres. Se trataba de un juego aterrador aunque divertido al que jugaba con mis amigos.

Llamábamos a las fantasmas «loolys» y nos inventamos reglas que nos mantenían a salvo de ellas: una manera determinada de caminar, una dieta a base de comida blanca: nubes de chuchería, bolitas de miga de pan blanco y arroz hervido. Cuando nos cansamos de las «loolys», acabamos con ellas decorando la tumba de Looly con los restos de las rosquillas glaseadas y el pan de molde que fi – nalmente nuestras madres, que sospechaban, se negaron a seguir comprando.

¿Has decorado tú —¿Felicity?, ¿Gay?— mi tumba? ¿Me has olvidado ya? ¿Tienes otro gato, otro amante… o sigues de luto por mí? Dios mío, te deseo tanto, ¿Camelia?, ¿Azucena?, ¿Azucena?, ¿Rosa? Supongo que se trata de lo contrario de la necrofilia: el hombre muerto que quiere follar una última vez con su mujer. Pero no estás aquí y, si lo estuvieras, ¿te acostarías conmigo?

Te escribo cartas con la mano derecha y con la izquierda hago aquello otro que solía hacer con la izquierda desde los catorce años, cuando no tenía nada mejor en que ocuparme. Creo recordar que cuando tenía catorce, no había nada mejor que hacer. Pienso en ti, pienso en tocarte, pienso en ti tocándome y te veo desnuda. Tú me miras fijamente y yo estoy a punto de gritar tu nombre. Entonces me corro y el nombre que acude a mis labios es el nombre de una persona muerta, uno completamente inventado.

¿Te molesta, Linda, Donna, Penthesilia? ¿Quieres saber qué es lo peor? Hace un minuto estaba embistiendo la almohada, sacudiéndola y empujando; fingía que eras tú, ¿Stacy?, que estabas debajo de mí. Joder, cómo me gustaba. Y cuando me corrí dije «Beatrice». Me acordé de cuando fui a recogerte al hospital después de que perdieras el bebé.

En ese momento quería decirte muchísimas cosas. A ver si me explico, que ninguno de los dos estaba realmente seguro de querer tener un bebé y, definitivamente, parte de mí sintió alivio por no tener que aprender a ser padre todavía. Pero aun así, hay cosas que me gustaría haberte dicho. Había muchísimas cosas que me gustaría haberte dicho.

Ya sabes quién.

El hombre muerto se dispone a cruzar la isla. En un momento dado, después de la primera expedición, el hotel volvió en silencio a su ubicación original, con el hombre muerto en su habitación, mirándose al espejo con expresión resuelta y el tronco inclinados hacia los frescos azulejos. Su carne está muerta, no debería ascender. Pero asciende. Ahora el hotel vuelve a estar junto al buzón y cuando el hombre muerto baja a mirar si hay correo, está vacío.

El centro de la isla es pedregoso y yermo. El hombre muerto se da cuenta con cierto alivio de que allí no hay árboles. Camina una distancia corta —calcula que menos de dos millas— antes de plantarse en la orilla opuesta. Frente a él hay una extensión llana de agua y el cielo plegado sobre el horizonte. Cuando el hombre muerto se da media vuelta, ve el hotel, que tiene un aspecto triste y abandonado. Pero si fuerza la mirada, las sombras del porche trasero tiemblan y se convierten en un grupo de gente que lo mira.

Tiene las manos dentro de los pantalones, se está tocando. Saca las manos y le da la espalda al porche sombrío.

Camina por la orilla. Se agacha detrás de una duna y, más tarde, detrás de una larga colina. Va a regresar haciendo un círculo. Quiere intentar acercarse al hotel a hurtadillas, pero es difícil sorprender a algo que siempre parece estar intentando sorprenderte a ti. Anda un rato y encuentra un círculo de piedras vidriosas en la playa, alejado de la orilla; dentro hay una pequeña pila de maderos de los que trae la marea, calcinados y ennegrecidos. Alrededor del fuego la arena está pisoteada, como si un grupo de gente hubiera estado allí, esperando y caminando con impaciencia de un lado a otro. En un espetón en el centro del fuego hay algo que ha quedado hecho jirones y piel, más o menos del tamaño de un gato. El hombre muerto no lo mira con demasiada atención.

Rodea el fuego. Descubre las huellas que indican hacia dónde fueron las personas que estuvieron allí, las que miraban cómo se asaba el gato. Sería difícil no ver en qué dirección han ido. La gente se ha marchado al mismo tiempo, formando una pequeña estampida duna arriba, descalzos y pesados; las marcas que han dejado con la parte delantera del pie son profundas, mientras que los talones apenas tocan la arena. Se dirigen de regreso hacia el hotel. Sigue las huellas y ve las que dejó él de camino hacia el fuego. Más arriba, en línea paralela a su expedición y al mar, se ve por dónde ha avanzado el grupo de gente, aunque él no los había visto. Ahora caminan con más cuidado, se los imagina andando en silencio.

Sus propias huellas se acaban. Ahí está el buzón y allí el lugar donde se quedó el hotel, que no ha dejado ninguna marca. El resto de huellas continúan hacia donde está ahora; con la distancia parece pequeño. Cuando el hombre muerto regresa al hotel, el suelo del vestíbulo está cubierto de arena y la televisión está encendida; la recepción es ligeramente mejor. Por mucho que busque en las habitaciones, allí no hay nadie. Cuando sale al porche y mira hacia el interior de la isla, imagina que ve un grupo de personas que lo saluda junto a la otra orilla. El cielo se desploma.

Querida ¿Araminta? ¿Kiki?:
¿Lolita? Sigue sin sonar bien, ¿no crees? ¿Sukie? ¿Ludmilla? ¿Winifred?

He vuelto a tener ese no-sueño sobre la fiesta de la facultad. Ella estaba allí, sólo que esta vez eras tú quien la reconocía y yo intentaba adivinar su nombre, quién era. ¿Era la rubia alta de buen culo o la rubia bajita de pelo corto que tenía la boca entreabierta como si estuviera todo el rato sonriendo? Aquélla parecía saber algo de lo que yo me quería enterar, igual que tú. ¿No te parece gracioso? Nunca te dije quién era y ahora ya no consigo recordarlo. De todos modos, es probable que lo supieras desde el principio, aunque ni siquiera tú te dieras cuenta. Estoy bastante seguro de que me preguntaste por aquella rubita, cuando aún me hacías preguntas.

Sigo pensando en el aspecto que tenías la primera noche que pasamos juntos. Yo te había dado un beso de verdad en las escaleras de casa de tu madre y entonces, antes de entrar, te giraste y me miraste. Nadie me había mirado así. No hizo falta que dijeras nada. Esperé hasta que tu madre apagó todas las luces de la planta baja y después salté la valla, trepé el árbol del jardín trasero y entré por tu ventana. Tú estabas asomada, mirando cómo subía, y te quitaste la camisa para que pudiera verte los pechos. Casi me caigo del árbol. Entonces te quitaste los vaqueros y tus braguitas tenían bordado el nombre de un día de la semana, ¿era «Día festivo»? También te las quitaste. Te habías teñido el pelo de la cabeza de amarillo con mechas rojas, pero tu vello púbico era negro y suave al tacto.

Nos tumbamos en la cama y, cuando estuve dentro de ti, volviste a mirarme de aquella manera. No fruncías el ceño, pero casi; como si esperaras algo distinto o intentaras entender algo bien. Entonces sonreíste, suspiraste y te retorciste debajo de mí. Te elevaste suavemente, con fuerza, como si fueras a levitar. Yo me elevé contigo como si tú me transportaras y casi te dejo embarazada por primera vez. El control de la natalidad nunca fue lo nuestro, ¿verdad, Eliane? ¿Rosemary? Entonces escuché a tu madre gritar en el jardín «¡Árbol! ¡Árbol!», justo debajo del olmo por el que yo acababa de trepar.

Pensé que me había visto escalar el árbol. Me asomé a la ventana y la vi justo debajo con los brazos en jarras; lo primero de lo que me percaté fue de sus senos: regordetes e iluminados por la luz de la luna, bien sujetos bajo el camisón, más grandes que los tuyos y casi tan apetecibles. Fue una sensación muy extraña, la de darme cuenta de que era la clase de hombre que podría enamorarse de alguien después de bastante poco tiempo, real, verdadera y profundamente enamorado, para siempre, ya lo sabía, y aun así no dejar de percibir las tetas de aquella mujer de mediana edad. Las tetas de tu madre. Eso fue lo segundo que aprendí. Lo tercero fue que no era a mí a quien miraba. «¡Árbol!», gritó una vez más con aire bastante malhumorado.

Así que, vale, pensé que estaba loca. Lo último, lo que no aprendí, fueron los nombres. Me ha costado un tiempo darme cuenta de eso. Todavía no estoy seguro de qué fue lo que no aprendí, ¿Aina? ¿Jewel? ¿Kathleen? Pero al menos estoy dispuesto a hacerlo. Quiero decir que aún estoy aquí, ¿no?
Ojalá estuvieras aquí.

Ya sabes quién.

Más tarde, el hombre muerto se acerca al buzón. Hoy el agua parece especialmente diferente del agua. Tiene una especie de vello aterciopelado, pelo que se eriza creando formas prácticamente perceptibles. Sigue teniendo miedo del hombre muerto, pero lo odia, lo odia, lo odia. Nunca le cayó bien, jamás. «Miedica, gato miedica», dice burlándose del agua.

Cuando regresa al hotel, las «loolys» están allí; viendo la televisión en el vestíbulo. Son mucho más grandes de lo que él recordaba.

Querida Cindy, Cynthia, Cenfenilla:

Ahora aquí hay más gente. No estoy seguro de si estoy en su casa —si este sitio es de ellos— o si los traje yo, como si fueran equipaje. Puede que sea un poco de lo primero y otro poco de lo segundo. Son personas, o mejor dicho una persona que conocía cuando era pequeño. Creo que han estado vigilándome un tiempo, pero son tímidas. No hablan mucho.

Es difícil presentarse cuando uno ha olvidado su propio nombre. Cuando las vi me quedé atónito. Me senté en el suelo del vestíbulo. Tenía las piernas como de agua. Me sobrevino una oleada de emociones tan fuerte que no la supe reconocer. Quizá fuera pena o dolor. O quizá alivio. Pero creo que era reconocimiento. Se acercaron y se congregaron a mi alrededor, mirando hacia el suelo. «Os conozco —les dije—. Sois “loolys”.»

Asintieron. Algunas sonrieron. Están tan pálidas… ¡tan gordas! Cuando sonríen sus ojos desaparecen entre los pliegues de carne. Sin embargo, sus pies son diminutos, suaves, descalzos. Como pies de niño. «Eres el hombre muerto», me dijo una de ellas. Su voz era suave y minúscula. Entonces hablamos un rato, pero la mitad de las cosas que dijeron no tenían sentido. No saben cómo llegué aquí. No se acuerdan de Looly Bellows. No recuerdan haber muerto. Al principio me tenían miedo, pero también sentían curiosidad.

Querían saber mi nombre. Como no tengo, intentaron encontrar uno que me quedara bien. Propusieron Walter y después lo descartaron. No soy muy Walter. Samuel, también Milo, y Rupert. Alphonse les gustaba a bastantes de ellas, pero yo no sentí ningún tipo de afi nidad con Alphonse. «Árbol», dijo una de las «loolys».

A Árbol nunca le caí bien. Recuerdo a tu madre de pie bajo las hojas verdes de las ramas inclinadas que se arrastraban por el suelo como faldones. Oh, ¡menudo árbol era ése! El más bonito que he visto en mi vida. A media altura y mirándome con desprecio, había un gato negro y gordo con bigotes blancos y un lustroso y elegante babero. Me apartaste de la ventana. Te habías puesto una camiseta, te asomaste. «Ya lo cojo yo», le dijiste a la mujer de debajo del árbol. «Vuelve a la cama, mamá. Ven aquí, Árbol.»
Árbol recorrió la rama hasta la ventana, la misma rama gruesa que me llevó hasta ti. Tú, ¿Ariadna?, ¿Tomasina?, lo recogiste del alféizar y cerraste la ventana. Cuando lo posaste sobre la cama, él se hizo una bola a los pies y empezó a ronronear. Pero cuando más tarde me desperté soñando que me ahogaba, estaba agazapado sobre mi cara y su tripa era pesada como un paño de seda sobre mi boca.

Siempre pensé que Árbol era un nombre muy estúpido para un gato. Cuando se hizo viejo y dormía en el jardín, seguía sin parecer uno. Parecía un gato. Salió corriendo delante del coche, yo lo vi, tú me viste verlo; me di cuenta de que iba a ser la gota que colmara el vaso —un aborto natural, tu marido se acuesta con una estudiante de posgrado y después atropella al gato—, así que intenté dar un volantazo para no llevármelo por delante. Algo me dice que me lo llevé. No era mi intención, corazón mío, mi amor, ¿Pearl? ¿Patsy? ¿Portia?

Ya sabes quién.

El hombre muerto ve la televisión con las «loolys». Culebrones. Ellas saben cómo doblar la antena para que la imagen sea decente, aunque el sonido no llega. Una de ellas se queda junto al televisor para sujetar la antena. El culebrón parece extrañamente anticuado, la ropa está pasada de moda, como la que él se imagina que solían llevar sus abuelos. Las mujeres llevan casquetes y los ojos muy maquillados.

Hay una boda. También hay un funeral, aunque al hombre muerto que lo está viendo no le queda claro quién ha muerto. Entonces los personajes caminan por una playa. La mujer lleva un traje de baño de rayas blancas y negras que la cubre modestamente desde el cuello hasta la mitad del muslo. El hombre lleva la bragueta abierta. No caminan de la mano. Se oye un rumor de comentarios que viene de las «loolys». «Demasiado oscura», dice una de ellas respecto de la mujer. «Viva», dice otra.

«Demasiado delgado —dice otra señalando al hombre—. Debería comer más. Se lo va a llevar el viento.»
«Hacia el mar.»

«Hacia un árbol.» Las «looly» miran al hombre muerto y él se va a su habitación. Cierra la puerta con llave. Su pene se levanta, duro como un tronco. Tira del hombre muerto hacia la cama. El hombre está muerto, pero su cuerpo aún no lo sabe. Su cuerpo aún cree que está vivo. Empieza a decir en voz alta los nombres que conoce: nombres bonitos, nombres estúpidos, nombres improbables. Las «loolys» se acercan sigilosamente por el pasillo. Se quedan frente a su puerta y escuchan la retahíla de nombres.

Querida ¿Bobbie? ¿Billie?:
Ojalá contestaras a mis cartas.

Ya sabes quién.

Cuando el cielo cambia, las «loolys» salen. El hombre muerto observa cómo recogen la cosa de la playa. Se lo comen metódicamente, masticándolo hasta que se convierte en una pasta. Tragan y cogen un poco más. El hombre muerto sale. Coge un poco de aquello. ¿Bizcocho de ángeles? ¿Maná? Lo huele. Huele como las flores: como las camelias, azucenas, como las azucenas, como las rosas. Se lo mete en la boca, pero no sabe a nada en absoluto. El hombre muerto le da una patada al buzón.
Querida ¿Daphne? ¿Proserpine? ¿Rapunzel?:

¿No hay un cuento de hadas en el que un hombre intenta hacer precisamente eso? ¿Adivinar el nombre de una mujer? He estado inventándome historias sobre mi muerte. En una de las que me he imaginado estoy bajando las escaleras del metro y viene una ráfaga de aire. La escultura móvil que hay junto al metro, la que gira con el aire, sale despedida y cae sobre mí. En otra muerte estamos tú y yo, y volamos hacia otro país, ¿Canadá? El vuelo está atestado y tú te sientas una fila por delante. De pronto se oye un «¡crac!» y el avión se parte por la mitad como una brizna de paja. Tu mitad se eleva y la mía cae. Tú te giras y me miras, y yo tiendo los brazos hacia ti. Copas de vino, periódicos y jirones de ropa vuelan por el aire. El cielo se incendia. Creo que es posible que me pusiera delante de un tren. Iba en bicicleta y alguien abrió la puerta del coche. Iba en barco y se hundió.

Eso es lo que sé. Iba a alguna parte. Ésa es la historia que más me convence. Tú y yo hicimos el amor, y después te levantaste de la cama y te quedaste mirándome. Pensaba que me habías perdonado, que íbamos a continuar con nuestras vidas tal como habían sido antes. «¿Bernice? —dijiste—. ¿Gloria? ¿Patricia? ¿Jane? ¿Rosemary? ¿Laura? ¿Laura? ¿Harriet? ¿Jocelyn? ¿Nora? ¿Rowena? ¿Anthea?»

Me levanté, me vestí y salí de la habitación. Tú me seguiste. «¿Marly? ¿Genevieve? ¿Karla? ¿Kitty? ¿Soibhan? ¿Marnie? ¿Lynley? ¿Theresa?» Decías los nombres en staccato, uno tras otro, como puñaladas. No te miré, cogí las llaves y me marché de casa. Tú te quedaste junto a la puerta y miraste cómo me metía en el coche. Tus labios se movían, pero no pude oírte.

Árbol estaba delante del coche y, cuando lo vi, di un volantazo. Antes de llegar a la carretera ya iba demasiado deprisa. Empotré al gato contra el buzón y después el coche chocó contra el lilo. Llovieron pétalos blancos y tú chillaste. No recuerdo qué ocurrió después.

No sé si es así como fallecí. Quizá muriera más de una vez y por fin ésta fue la defi nitiva. Aquí estoy. Creo que esto no es una isla. Creo que soy un hombre muerto metido en una caja. Cuando estoy en silencio casi puedo escuchar al resto de hombres muertos arañando el interior de sus cajas.

O puede que sea un fantasma. Puede que las olas, que parecen estar hechas de pelaje, sean pelaje, y puede que el agua que me bufa sea en realidad un gato y que el gato también sea un fantasma.

Quizá esté aquí para aprender algo, para hacer penitencia. Las «loolys» me han perdonado y a lo mejor tú también lo harás. Cuando el mar se acerque a mi mano, cuando me ronronee, sabré que me has perdonado por lo que hice. Por dejarte después de haberlo hecho.

O puede que sea un turista, atrapado en esta isla con las «loolys» hasta que llegue el momento de volver a casa o hasta que vengas a buscarme, ¿Poppy? ¿Irene? ¿Delores? Y por eso espero que recibas esta carta.

Ya sabes quién.

Publicado originalmente en Fence, volumen 1, número 2 (Albany, Nueva York, 1998).

(De: Magia para lectores, Seix Barral, 2011. Traductora: Maia Figueroa Evans)