Carajo

Por María Teresa Andruetto

En las naves antiguas había en lo alto del mástil un canasto llamado carajo  al que los marineros debían subir para divisar otros barcos o la distancia a tierra. Era un lugar no deseado, porque allá arriba arreciaban los vientos y el frío. Como nadie quería ir, cuando alguno estaba castigado, lo mandaban al carajo.

Carajo remite al miembro sexual masculino, aunque, entre nosotros, ningún varón dice me duele el carajo,  se me infectó el carajo ni cosas por el estilo. Como sustantivo se utilizan otras variantes, algunas de uso sanitario como ‘pene’, o psicoanalítico como ‘falo’; en la intimidad hay muchas que me eximo de nombrar, a excepción de la palabra pingo, que tanto sirve para nombrar al ‘pene’ como a un ‘caballo ágil, brioso, lleno de energía’.

Carajo es una voz de las lenguas romances hispánicas .  Según Corominas su etimología es borrosa y aparece en nuestra lengua por vez primera en el Cancionero de Baena, hacia 1400, pero seguro que hacía mucho que existía en el habla. El uso de carajo como nombre propio para describir el miembro sexual masculino, presente por largo tiempo en la documentación oficial, acaba durante la Contrarreforma, cuando pasa a ser considerado obsceno.

No obstante, la palabra se mantuvo viva, increíblemente viva, aunque haya ido deslizando su sentido original hacia múltiples sentidos diferentes para expresar diversas emociones, sentimientos, alabanzas o agresiones. El poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa (Montevideo, 1791-1862), autor del Himno Nacional del Uruguay y el del Paraguay, logró meter setenta y tres significados diferentes de carajo en un poema que se titula Apología y nomenclatura del carajo, y Camilo José Cela le dedica a esa palabra una extensa serie en su Diccionario secreto, en el apartado referido a los nombres del pene.

Hay quienes dicen que el verbo lunfardo rajar (‘salir corriendo’, ‘irse a las apuradas de un lugar para escapar de una cuestión problemática’), en su forma me rajo ( ¡mejor me rajo! ) tan común en Argentina, podría ser una contracción de me voy al carajo, por lo que la famosa frase rajá, turrito rajá que Roberto Arlt hace que le digan al atormentado Erdosain en Los siete locos, sería una manera de mandar a otro al carajo.

Probablemente venga del latín vulgar characulus (diminutivo de charax < gr. kharax, palo), que en su sonoridad nos manda a un lugar parecido al de carajo.  Como dijimos, este que fue uno de los nombres vulgares del pene, ha perdido entre nosotros ese significado y se ha fijado en otros, es la palabra que se dice cuando estamos enojados, insulto que sube a la boca si arreglando una silla me martillo el dedo, por ejemplo. O ‘expresión de disgusto, rechazo, desprecio usada para mostrar malhumor o enojo o furia, y para protestar o quejarse’.

También es sinónimo de lo que no vale nada o poco vale o ha dejado de importarnos, reemplazando ya definitivamente a pepino, rábano o rabanito o culo: me importa un carajo.

Y expresión de lo que se echó a perder: aquí todo se fue al carajo.

Y sinónimo de desprecio,   tal como  mandar a alguien a la mierda, o a otros lugares del cuerpo de las mujeres (especialmente del cuerpo de la madre o de la hermana) que el machismo instaló.

Y decimos eso mismo cuando un artista, un deportista u otros hacen una manifestación mayúscula de destreza o vuelo: se fue al carajo, por decir que se fue por las nubes, hacia algo sublime.

Y cuando algo es bueno, muy bueno, más que bueno (yo misma tengo en mi computadora una carpeta de cuentos elegidos de la literatura universal, cuentos que me resultan excepcionales y que archivé bajo el título ‘Cuentos del carajo’).

 Carajo (ka’ɾaxo) ya no se usa por estas tierras como sustantivo, sino como interjección, expresión de enojo o de rechazo, una forma de insulto, lo que por aquí llamamos una puteada:  ¡Al carajo con esto!  O: ¡Ya basta, carajo!  O simplemente: ¡Carajo!

O como complemento circunstancial de lugar: Todo lo que quería se fue al carajo. ¿Por qué no te vas al carajo? Me hartó y lo mandé al carajo.

Para hacer mejor la cosa, a veces, lo decimos al vesrre: Joraca / me hartó y lo mandé al joraca,   etc.

Carajo: sustantivo masculino malsonante

En fin, que irse al carajo podría reemplazarse por irse al cuerno, pero sería como hablar con los guantes puestos, como dice Cortázar en el capítulo 68 de Rayuela:

Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te l ama nunca por tu nombre, dice l’enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l’enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsil os y dice que sos tan bueno y tan bonito (…).

O como irse al traste, forma deplorable a medio camino entre lo bien hablado y las mejillas coloradas o como decir en la salvaje intimidad lo que en el salón se diría irse ahora antes que sea demasiado tarde o esto se arruinó sin remedio  o  esto ya no me interesa o…

Mandar al carajo a alguien podría también reemplazarse por mandar a paseo (muy antiguo, muy de señorita de otro tiempo) o mandar a freír buñuelos o a planchar mondongo, ambas formas ya en desuso porque casi nadie hace buñuelos en las tardes de lluvia y el mondongo en estas tierras, cuando se consigue, se compra limpio y precocido.

Carajo es muchas veces sinónimo de mierda, cuando se pide algo que el otro —un jefe insensible, por ejemplo— no quiere dar y entonces responde algo así como: ¡pero qué aumento de sueldo ni qué carajo!, reemplazando a lo que antes se decía: ¡qué aumento de sueldo ni qué ocho cuartos! , aunque nadie supiera que era eso de los ocho cuartos.

Por supuesto que también se usa como respuesta a una pregunta que hinca donde más duele: ¿Así que te dejó tu mujer, fulanito?

¡Anda al carajo!  O la más elaborada respuesta: ¿Por qué no te vas un poquito al carajo?

A propósito de mandar a algo o a alguien al carajo, hace unos trece años, la frase adquirió entre nosotros contundente sentido político, un sentido profundamente latinoamericano, cuando los entonces presidentes Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner, derrotaron al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) en la IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata, una hazaña histórica que desbarató algunas pretensiones imperialistas de Estados Unidos. Fue, se podría decir, en cierto modo, una rebelión que sucedió en el plano de la lengua y que tomó cuerpo en boca de Chávez: ¡ALCA, ALCA, Al Carajo! , le dijo al entonces presidente Bush en su intervención en busca de una alianza latinoamericana.

La palabra en cuestión se presta de modo perfecto para servir de válvula de escape en los momentos de tensión, rabia, desesperación. Carajo fue, según cuenta Luis Perú de Lacroix en su Diario de Bucaramanga,   la expresión favorita de Simón Bolívar. Dice que al referirse a ciertas personas que consideraba culpables de la disolución de la Gran Colombia, Bolívar decía: ¡Esos carajos!  Y cuando sentía que todo lo hecho había sido en vano, caminaba cabeza baja con las manos a la espalda, repitiendo: ¡Carajo!

¿Qué se gana y qué se pierde con el uso del idioma vernáculo?, se pregunta el artista Luis Camnitzer y cuenta:

Yo tendría tres o cuatro años cuando en la casa de unos amigos de mis padres, donde había oído la palabra por primera vez, dije carajo. Todo el mundo se escandalizó y se me dijo que esa palabra era mala y que no había que decirla… Yo no tenía idea del significado de la palabra, y durante más de medio siglo seguí sin saber qué quería decir. Me di cuenta además que nadie en mi entorno conocía su significado, pero que todo el mundo estaba de acuerdo en que era una palabra inmencionable…

 Ese consenso aplicado a una palabra y que hace que sea intraducible, me parece un buen ejemplo de la importancia de la localidad y del empobrecimiento del arte cuando pretende ser un lenguaje internacional. No es que se quiebre la comunicación…, pero no llega a ser una comunicación total porque siempre entra la otredad para disminuirla. Si traduzco carajo utilizando su significado de ‘canasto en la punta del mástil central de un galeón’, se pierde algo de su sabor porque ese significado no es coherente con la violencia de la cáscara sonora que lo envuelve. Es el sabor completo el que mantiene al arte como un aglutinador de la comunidad elegida como público y como un generador de nuevos significados basados en los acuerdos tácitos que definen a esa comunidad.

(Tomado de: «Lo uno y lo diverso«, Instituto Cervantes, 2021)