Carta al compañero Rodolfo Walsh

Por Carlos Aznarez*

A 46 años de tu caída en combate, querido Rodolfo, tengo muchas ganas de hablar con vos. De contarte cómo están las cosas por aquí, y cuánta vigencia tienen hoy tus palabras sobre tantos temas que nos siguen importando. Como cuando dijiste: “El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza”.
Argentina. Carta al compañero Rodolfo Walsh

En ese sentido, decirte que, como siempre, el país está encadenado de pies y manos al dichoso Fondo Monetario Internacional, ese que por su sigla, tantas veces mencionaste con desprecio. El que desde 1956 sirvió para empobrecer a nuestros compañeres de los barrios sumergidos, a las y los trabajadores, arrojándolos una vez más a la exclusión, pero también es quien golpea a una clase media que no da pie con bola a la hora de comprender quienes son sus verdaderos enemigos, y en la búsqueda de salidas generalmente opta huir por derecha.

Estas ataduras de ahora a un organismo multinacional que está acostumbrado a provocar asfixia, no vino por casualidad. Aunque a vos no te sorprenda, ya que siempre fuiste crítico con los conversos y los de ideología difusa, esta vez el acuerdo lo firmó un gobierno “nacional y popular”, sostenedor del capitalismo. Mandato que en su momento despertó cierta esperanza a millones de personas que se aferraron a él como un náufrago a un tablón en medio del océano, y muy pronto mostró la hilacha. Y lo hizo de manera tan malévola, que acudió para reforzar la complicidad en la entrega a un Parlamento que, salvo muy poquitas excepciones, baila al compás de posiciones entreguistas. De esta manera se legalizó el robo a mano armada cometido por Mauricio Macri, discípulo, a pesar del tiempo transcurrido, de ese Martínez de Hoz que tan bien definiste en la Carta a la Dictadura Militar.

Por lo demás, compañero, informarte que nuestra clase política sigue sumando puntos en la tabla de mentiras y mediocridades, tratando de seducir y conducir, como aquel Flautista de Hamelín, al precipicio electoral como única salida. Mientras tanto, el pueblo llano, esos millones de hombres y mujeres, por los que vos diste tu vida con la ilusión de que todo cambiara radicalmente, está cien veces peor que hace 47 años, cuando todos nosotros y nosotras persistíamos en soñar con una patria socialista, luchando para lograrla por todas las vías posibles, incluidas las más duras. Te hablo de que en los barrios se come una comida diaria, que no hay leche para los pibes, que el pan y las verduras son artículos de lujo. Ni qué hablar de nuestros jubilados cobrando monedas frente a una inflación de más del 100 por ciento, mientras todos cantan loas a cuatro décadas de democracia tutelada. Además, Rodolfo, si vieras el estado en que están nuestros pueblos originarios, estallarías en rabia como lo hacías en tus gloriosos tiempos del diario de la CGT de los Argentinos.

Cuánta razón tenías al decir: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”. Así es nomás, por eso la dictadura y esta democracia dependiente apuntó a destruir los lazos sociales, para desmovilizarnos y que no se pueda responder rápidamente a las políticas de despojo.

Capítulo aparte, el de los “intelectuales”. Ese sector que tan bien marcaste a fuego cuando la milicada fascista te (nos) arrancó a la inolvidable Vicky montonera, que eligió morir por su propia mano antes que los verdugos la asesinaran. Hoy como ayer, hay varios, sucesores de aquellos que en nuestra época decían que nunca “era el momento” para la acción directa, siguen predicando desde el púlpito, temerosos de que las luchas se radicalicen de tal manera que se los lleve puestos, dando consejos sobre lo que hay que hacer, pero siempre bien lejos de las calles, donde cada tanto afloran las rebeldías necesarias para que la dignidad no sea una palabra en desuso.

Me acuerdo cuando escribiste: “El campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra”. Letra a letra surgían de tu práctica de militante comprometido con la lucha de clases. Aplicando el riquísimo conocimiento que adquiriste en esas largas noches y madrugadas de charlas con el Che y Jorge Ricardo Masetti, en las oficinas de Prensa Latina, en Cuba. Y que más tarde reiteraste en tu recorrido revolucionario en las FAP y Montoneros.

Otro tema que te desvelaría es el fraccionamiento en que estamos sumergidos a nivel de la militancia, surcados por posiciones que van desde el edulcoramiento a otras que siguen encerradas en dogmatismos sectarios. Discusiones inimaginables en aquellos años donde arañábamos los cielos que queríamos tomar por asalto. Hablar de Revolución hoy, compañero Rodolfo, suena tan lejano, que a veces, en nuestros entornos más cercanos se duda sobre la posibilidad de hacerla, y eso no es culpa solo de nuestros enemigos de toda la vida, sino de la derrota ideológica en la que tanto han colaborado ciertos segmentos autodenominados “de izquierda”. Eso ocurre con una nueva especie, surgida de un pensamiento reformista o neodesarrolista o socialdemócrata o de “centro-izquierda”, que es el progresismo. Doctrina que se basa en seductores discursos sobre “cambios profundos” a realizar cuando se arribe por vía electoral al Gobierno, y luego que eso ocurre, no cambiar nada. Más aún, a poco de llegar tuercen el rumbo y terminan como perritos falderos de los gringos o sus socios. Esos, querido Rodolfo, son los que se alegran de abrazarse con Biden, hablan de la “democracia israelí” (vos que conociste de cerca la lucha del pueblo palestino, los escupirías en el rostro), condenan a Rusia por denazificar Ucrania o dejan entrar las multinacionales. Sí, querido Walsh, te hablo de Monsanto, Chevron, Barrick Gold y similares, a las que miman y premian, para que nos sigan expoliando. No solo eso, son tan genuflexos que criminalizan la protesta, judicializan a luchadores y luchadoras, mantienen en prisión a cuatro comuneras mapuche y sus nueve hijos, y no diferenciándose un ápice de la derecha más extrema, arremeten en nombre del “peronismo” (si Evita viviera, los haría fusilar) contra piqueteros y piqueteras (hay una tal Tolosa Paz a la que seguramente le dedicarías una reflexión ácida en algunos de los artículos que escribías), mantienen en sus cargos a quienes fueron autores ideológicos del asesinato de Darío y Maxi, dejan moverse con impunidad a empresarios saqueadores como Vicentín, Joe Lewis, Benetton, y como si no les alcanzara la desvergüenza, le ponen alfombra roja a la empresa estatal sionista de agua Mekorot. Todo esto, en el marco de usurpar una historia de lucha a la que abonaron con su sangre los 30.000 compañeres que recordamos este pasado 24. O como vos planteabas: “De los políticos solo podíamos esperar el engaño, la única revolución definitiva es la que hace el pueblo y dirigen los trabajadores”.

Por último, decirte que a pesar de tantas iniquidades, muchos y muchas seguimos en pie, no hemos arriado las banderas de la rebeldía, las del 17 de octubre, del Cordobazo o el Argentinazo. Estamos convencidos de que estos males de ahora son solo ciclos que debemos superar, esforzándonos como lo hicimos siempre, pero preparándonos para la gran batalla: sacudirnos de encima este capitalismo que solo genera muerte.

Estamos seguros que siempre habrá jóvenes que cargarán en sus mochilas tu legado y el de tantos compañeres, y que inevitablemente pensarán en clave de salvar a la Pachamama, desintoxicar el medioambiente y seguir creyendo en la Revolución y el Socialismo. Sabiendo que estas dos circunstancias siguen siendo posibles, pero que no se hará simplemente con elaboración de proclamas o comunicados.

Tenemos en claro, compañero Rodolfo, que como ocurrió siempre a lo largo de nuestra historia, el enemigo que enfrentamos es brutal en sus acciones, pero también sibilino a la hora de la cooptación. Te hubiera sonado conocido -evocando a Vandor, Alonso o Kloosterman- si hubieras visto y oído las lisonjas que ciertos “dirigentes populares” le dedican al embajador yanqui de turno, o la alegría presidencial por poder ponerse de rodillas ante el representante del Tío Sam.

Recuerdo tus charlas, cuando en las reuniones de la agrupación de prensa o en la Agencia ANCLA que compartimos, insistías en lo importante de dar la batalla cultural informativa para contrarrestar el envenenamiento masivo a través de los medios. Hoy esas palabras siguen sonando a música frente a lo que nos toca enfrentar. De allí que con vos, a 46 años de aquel momento en que la patota de la Marina quiso cazarte con vida y los venciste con una pequeña arma en la mano, repetimos: “No podemos, ni queremos, ni debemos renunciar a un sentimiento básico: la indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato”.

*Periodista argentino en medios de prensa escrita y digital, radio y TV. Escritor de varios libros de temas de política internacional. Director del periódico Resumen Latinoamericano. Coordinador de Cátedras Bolivarianas, ámbito de reflexión y debate sobre América Latina y el Tercer Mundo-

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