Cerrando el cerco a Bolsonaro en Brasil

Por Eric Nepomuceno

El país vive días tensos e intensos, llenos de curiosidades. Por ejemplo, el censo divulgado indica que Brasil tiene más templos religiosos de las más distintas tendencias que la suma de hospitales y escuelas de todos los niveles.

Nada, sin embargo, ha sido capaz de superar la sorpresa de las acciones de la Policía Federal, al mando de un integrante de la instancia máxima de Justicia, Alexandre de Moraes, que tuvieron como blanco a Carlos Bolsonaro, hijo número dos del desequilibrado ultraderechista Jair, que presidió el país entre 2019 y 2022.

Hubo incursiones en su casa de Río de Janeiro, su departamento en Brasilia –que está alquilado– y su despacho en la Cámara de Concejales, además de la casa de su padre en Angra dos Reis, reducto de ricos muy ricos en el litoral sur del estado, donde estaba hospedado.

En total fueron incautados al menos nueve teléfonos móviles y tres computadoras, además de cuadernos con apuntes.

De la casa de Bolsonaro en Angra sustrajeron un teléfono móvil del ex mandatario, pero por determinación del mismo Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, fue devuelto. Ya un cuaderno con apuntes del desequilibrado ultraderechista fue llevado.

Concejal en Río de Janeiro, Carlos Bolsonaro fue el creador del llamado «despacho del odio» en Brasilia, cuya función era esparcir críticas y mentiras contra adversarios del padre. Pasaba tanto tiempo lejos de la Cámara en Río que fue llamado de «concejal nacional». Ahora es blanco de investigaciones que lo llevarían a perder el mandato y ser conducido a la celda de una cárcel.

No tuvo, durante la presidencia del padre, ningún puesto o cargo públicos, pero sí demostró fuerza e influencia suficientes para fabricar crisis en secuencia y hasta para alejar a ministros y amigos de la familia.

No ha sido la única mala noticia para el clan encabezado por Jair Bolsonaro. El actual diputado nacional por Río de Janeiro Alexandre Ramagem, y que durante el gobierno del ultraderechista comandó la ABIN, la Agencia Brasileña de Inteligencia, una versión local de la FBI de Estados Unidos, creó una especie de «servicio paralelo» destinado a espiar no sólo a adversarios, sino también a amigos y allegados a Bolsonaro, buscando señales de traición. Y la principal función de esa «ABIN paralela» sería proveer material para Carlos Bolsonaro y su «despacho del odio».

No obstante, las investigaciones de la Policía Federal indican que Bolsonaro y su pandilla familiar fueron más lejos: capturaron toda la Agencia Nacional de Inteligencia. Ahora la instancia máxima de Justicia, el Supremo Tribunal Federal, menciona con todas las letras la manipulación impuesta sobre la agencia. En lugar de producir inteligencia para el Estado, lo hizo directamente para el clan presidencial, con énfasis en obstruir investigaciones relacionadas con los hijos de Bolsonaro.

Además de congresistas, al menos dos integrantes del Supremo Tribunal Federal han sido espiados por agentes de la ABIN. Y la Policía Federal dice no tener dudas de que Carlos integraba el «núcleo político» de la pandilla de espías. El jefe máximo de la ABIN era el ultraderechista general reformado Augusto Heleno, que declarará en la Policía Federal esta semana.

Hay convicción tanto en los medios de comunicación como en el mismo Congreso Nacional de que Carlos Bolsonaro nunca hizo algo para sí mismo y que todas sus acciones tuvieron siempre como objetivo ayudar a su padre. Por eso no son pocos los que creen que dentro de poco tiempo los investigadores golpearán la puerta de la casa de su papá. Que, a propósito, no se cansa de esparcir por las redes sociales que ya es víctima de una «persecución implacable». Él sabe lo que le espera.

La Jornada