China en un mundo cambiante en torbellinos

Por Zoilo Ramírez*

Imagen: Alberto Fernández en China, febrero 2022, Casa Rosada.

Una nueva Meca le ha sido revelada a los políticos europeos, tan mundanos de tiempo acá. Desde que el 4 de noviembre pasado – hace sólo cinco meses– Olaf Scholz (Alemania) hizo su peregrinar hasta Pekín (el centro espiritual recién descubierto), con su raída túnica liberal; le han seguido Pedro Sánchez (España), a finales de marzo, Emmanuel Macron (Francia) del 5 al 7 de este abril y ya tienen fecha reservada Anna Bearbock (Relaciones Exteriores de Alemania) y el lamentable Josep Borrell quien de seguro tendrá que sujetarse de la germana para no extraviar su largo recorrido, podría llegar quién sabe Dios a dónde. Bueno, es tal el fervor religioso que hasta la belicosa monaguilla de los gringos Ursula von der Leyen se coló al recorrido devoto de Macron.

Quienes conocen la íntima vida espiritual de estas personas aseguran que, en realidad, no es tan grande su misticismo; que más bien es la presión de sus patrocinadores la que los obliga a su peregrinación, arrebatándolos (al menos de momento) de la pecadora carnalidad a la que los obliga Estados Unidos. Esta sería la explicación de que en sus túnicas de peregrinos lleven tal cantidad de logos de Daimler, BMW, Renault, Vuitton, Siemens, Iberdrola, Michelin, Carrefour, Télécom y tantos otros, lo que le hace parecer más bien baratas adquisiciones de la UEFA Champions League que responsables de tareas realizadas, en otros tiempos, por personajes conocidos como estadistas. Las decenas de empresarios que acompañan a los presidentes de estos países pueden reforzar la presencia divina del dios único y verdadero, el que orienta las manos de estas personas hacia las fuentes sagradas que lo producen.

Sin embargo, muy lejos de que sólo esta clase de personas reconozcan que desde Pekín nacen nuevas formas de comprender y transformar la realidad internacional. Lee Hsien Loong (Singapur), Alberto Fernández (Argentina), Anwar Ibrahim (Malasia), Ebrahim Raisi (Irán), Georgieva (FMI), Patrick Achi (Costa de Marfil), funcionarios de Arabia Saudita, de Omán, Irak y una muy larga lista de países viajan también a China con fines de lo más variado. En zonas de conflictos tan profundos como Medio Oriente, la participación de China es reconocida como «factor de paz y estabilidad».

Es inevitable la conclusión: en la actual etapa del tránsito del viejo orden hegemonizado por EU hacia el nuevo orden mundial, China es el factor más importante. Es el pilar del BRICS, de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés, el mayor mercado mundial), de la Asean, de la Organización de Cooperación de Shanghái y otras; es la economía líder en desarrollo científico y tecnológico, es el mayor contribuyente a la elevación del PIB mundial. Con su incursión en la diplomacia internacional ha hecho –en breve tiempo– contribuciones a la paz y al cambio en la forma de ver el desarrollo de las relaciones entre países y naciones.

Las explicaciones de este nuevo fenómeno son numerosas; ignorando las necedades de mayor superficialidad, es de señalar el error frecuente de suponer que el impacto chino sólo es fruto de su tamaño, que no hay diferencia esencial entre los principios liberales del viejo orden hegemónico y las concepciones de la dirigencia china. Si así fuera, sería falso el compromiso de esta dirigencia con un nuevo orden mundial; el gobierno de este país es dirigido por un partido marxista y su base teórica son categorías opuestas a las liberales; rechaza y denuncia las apariencias de «democracia» que disfrazan los sistemas oligárquicos imperantes en los países ricos del mundo, de EU a Japón y un puñado de ­europeos. Denuncia y combate la evidente injusticia con que se trata a los pueblos de las naciones atrasadas por el colonialismo y por la sujeción imperialista.

Si todo fuera reducible al desplazamiento de una superpotencia por otra, los cambios por venir («más profundos que los vistos en 100 años») no serían para nada el nacimiento de un nuevo orden mundial; sería un mero relevo de hegemonías parecido al que intentaron los países del eje a finales de la década de 1930 y del relevo auténtico que Estados Unidos logró sobre la destrucción que produjo el fracaso nazi en esa ocasión.

La razón por la cual el mundo liberal camina hacia su ruina, sin encontrarle solución, es porque los principios de «construir una comunidad de futuro compartido» y «establecer relaciones de colaboración entre los países, con independencia de su tamaño, para cooperar en el apoyo mutuo», son principios opuestos a la confrontación sistemática derivada del principio de que «mi libertad termina donde comienza la tuya», es decir, los diversos intereses son, esencialmente, contrapuestos, excluyentes el uno del ajeno.

Hay en el mundo una nueva forma de ver los fenómenos sociales. EU, cabeza del orden caduco, está preparando la guerra como su recurso de segunda instancia; forma parte de las nuevas fuerzas sociales, del mundo entero, cerrar el paso a esa mentalidad troglodita, para que pueda reducirse el sufrimiento que hoy, todavía, aqueja de forma extrema a más de mil millones de habitantes de nuestro planeta, pero podrían ser más si la guerra generalizada o el desastre climático devastan a nuestro género humano.

  • Físico, profesor universitario

La Jornada