Columbrando el futuro

Por José Blanco

Imagen: Diego Rivera – Portrait of América, 1934 (detalle).

Una indicación de método, de Marx, en el prólogo a su Crítica de la economía política (el «hilo conductor»), impulsó el «marxismo» soviético y su visión economicista de los procesos sociales e históricos: el desarrollo de las fuerzas productivas hallaría un límite en las relaciones de producción, que han sido, históricamente, relaciones de explotación de unas clases por otras. De esa indicación nacería, por un lastimoso error, la visión automatista de la sucesión de los modos de producción.

En el espacio del marxismo ha sido tortuoso el proceso para incorporar la dimensión propiamente política en el devenir histórico de las sociedades. El refinado rol de Antonio Gramsci en ese proceso fue fundamental. Sin la conciencia y sin la organización de los explotados en su lucha por deshacerse de esas relaciones, no habrá cambio sustantivo. Esa realidad exige largos procesos de maduración en los explotados. Más aún si, como ocurrió, los avatares históricos produjeron la pérdida de la centralidad que la clase obrera poseyera durante gran parte del siglo XX.

La caída de los índices de productividad, padecida por los centros del sistema capitalista por un tiempo ya tan prolongado, es clara muestra de que las relaciones de explotación capitalistas se han convertido en nuestro siglo en una camisa de fuerza para el desarrollo de unas fuerzas productivas capaces de satisfacer las necesidades de vida del conjunto de la población del mundo.

El capitalismo ha dado ya lo que podía aportar: ha llegado la hora de inaugurar nuevas sendas sociales. Las actuales fuerzas productivas del planeta, tan profundamente interrelacionadas, con tan vastos desarrollos de la ciencia y la tecnología aplicables a la producción y a la organización de las sociedades para su salud, su educación y su desarrollo cultural y humano en general, pueden ser la base de partida para una nueva aventura de la humanidad. En El capital Marx escribió: el capitalista «está fanáticamente empeñado en la valorización del valor; por consiguiente, obliga despiadadamente a la raza humana a que produzca por el bien de la producción. De esa manera impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y la creación de aquellas condiciones materiales de la producción que son las únicas que pueden formar la base real de una forma superior de sociedad, una sociedad en la cual el principio de desarrollo libre y completo de cada individuo forma el principio rector».

El mundo ha alcanzado una base material suficiente, pero estamos aún lejos de esa posibilidad histórica y política, al tiempo que en el sistema capitalista todo es deterioro. Vivimos una crisis de largo plazo con múltiples dimensiones. Es financiera, con amenazas continuas de colapsos derivados de unas instituciones organizadas para la especulación permanente y la ganancia máxima en el plazo más breve. Es también una crisis energética y climática, producto de una industria que derrocha recursos no renovables, con alta polución y consumo exacerbado de los ricos. Vivimos una crisis en el mundo laboral, donde el despido de trabajadores es fulminante a la voz del amo capitalista, con bajísimos índices de sindicación y salarios. Es de gobiernos, que sin establecer mínimos de satisfacción para los más, van decantándose por fuerzas de derecha y ultraderecha en cada vez más países. Es alimentaria con más de un tercio de la humanidad amenazada por el hambre. Es política en el sentido de la presencia de partidos que no representan a la población. Es migratoria, con la muerte o el aplastamiento de los migrantes y sus derechos…

Es en ese contexto que las masas han de realizar su aprendizaje para superar esta sociedad grotesca que no tiene nada que ofrecer para nadie, que no sea el consumismo enloquecido del 1%. Es indispensable recuperar una política de clase que debe ser el punto de partida para la izquierda anticapitalista y socialista. La clase obrera está aquí, nunca se ha ido. Es imprescindible un nuevo comienzo, como aquel que enfrentaron los artesanos y los obreros que pusieron los primeros cimientos del proletariado moderno. Pese a su fragilidad, diversidad y falta de claridad política, ellos sentaron las bases de lo que años después fueron partidos de masas y revoluciones obreras que definieron un siglo entero. Ahora tenemos un nuevo movimiento obrero, esta vez multifacético, feminizado, racializado, migrante, precarizado, que debe rencontrarse con el socialismo, con instituciones propias para luchar por sus condiciones de vida cada día, y otras para la lucha por el poder del Estado, y para ir creando las condiciones del advenimiento de una etapa propicia a un cambio radical del sistema capitalista, tan rapaz e inhumano.

El nuevo movimiento obrero debe poder vincular el carácter objetivo de la explotación con el conflicto social cotidiano reconocido por las fuerzas anticapitalistas. Es menester la lucha económica cotidiana, pero también, con ahínco creciente, la lucha por el poder del Estado.

La Jornada