Cómo engañar a los indios

Por Sergio Kiernan

Todos recordamos la historia medio que sin detalles, como si fueran objetos en fila. Uno vino antes, el otro después, y al final viene aquel otro. Es un sistema práctico que nos orienta pero va dejando fases perdidas, hilachas se diría. Por ejemplo, que primero vino el tal Colón en sus carabelas, que luego vino la Conquista y después la Colonia. Es práctico, pero deja hilachas como en qué momento se terminó lo de conquistar y arrancó lo de colonizar. Por estos sures tomó un buen rato, hasta que los españoles se convencieron de que no podían con los mapuches.

La fecha clave para esta colonia perdida es 1662, cuando se firmó el primer tratado marcando límites y buscando convivencia con las Primeras Naciones, aguerridas ellas. El contexto imperial era claro, pero otra cosa deshilachada entre nosotros: de lo que hoy es Argentina, Chaco, Formosa, un buen pedazo de Santa Fe y Salta, y casi casi Misiones eran territorio indio. El resto se cortaba en una línea casi casi recta entre Buenos Aires, San Luis y Mendoza. Chiquita, la colonia, y con fronteras problemáticas como la de los territorios portugueses, que disputaban la Banda Oriental y querían el Paraguay.

Con lo que en Lima decidieron que ya estaba, que el espacio donde España podía conquistar, disciplinar o exterminar estaba completo y que el sur era, de todos modos, demasiado al sur. El español era un imperio tropical, como mucho subtropical… ¿quién vio un conquistador en la nieve?

Buenos Aires tenía apenas más de ochenta años de refundada y ni tres generaciones desde la última expedición poblacional, la que trajo tercios de Flandes y emigrantes con oficios, la que limpió las cárceles de Andalucía y nos dejó por siempre jamás la incapacidad de pronunciar una S antes de una C, como en Pasco, que nos sale Pajco. La ciudad puerto tenía un objetivo y sólo uno, el de disputarle el río de la Plata a los portugueses. El resto era optativo.

El tratado con las Primeras Naciones de 1662 fue el primero de casi cien, con los españoles firmando en nombre del rey unos cuarenta y pocos, y los ya argentinos firmando por las Provincias Unidas, la Confederación y la Nación más de cincuenta. Los expertos en el tema, como el antropólogo Carlos Martínez Sarasola, el historiador Alberto Levaggi o el padre Hux, encontraron alguno que otro que se cumplió, al menos por un tiempo. Pero el resto fue quebrado siempre por los blancos y siempre por las mismas razones: comerse la tierra ajena. La saga de los tratados es una Conquista en cámara lenta, con escribanos y negociaciones de mala fe.

Sarasola destaca algo muy importante en esta tira de mentiras, que las naciones indígenas siempre mostraron voluntad de convivencia y paz, y esperaron una propuesta de integración al nuevo país que nunca les llegó. Los españoles cumplieron un poco más por la simple razón de que no pensaban expandirse para ese lado. Los argentinos sí querían expandirse y nunca tuvieron un plan que no fuera desaparecer a las naciones originarias y quedarse con la tierra. Cada tratado caía cuando las estancias avanzaban…

El primer tratado «patrio» de importancia lo firma el gobernador Martín Rodríguez el 7 de marzo de 1820 «para cortar de raíz las presentes desavenencias» con los caciques Ancafilú, Tacuman y Trirnin, que representaban a otros trece que los delegaban. Los tratantes, definidos simplemente como «pampas», venían de las tolderías del arroyo de Chapagleofú. Lo que buscaba la negociación era restaurar «la paz y la buena vecindad que de tiempo inmemorial ha reinado entre ambos territorios».

El artículo cuatro va directo al centro de la cuestión, que es el avance de los hacendados que hizo reaccionar a los caciques, y es una promesa que resultará vacía: «Se declara por línea divisoria de ambas jurisdicciones el terreno que ocupan en esta frontera los hacendados, sin que en adelante pueda ningún habitante de la provincia de Buenos Aires internarse más al territorio de los indios». Lo que busca Martín Rodríguez es congelar el problema, porque él tampoco tiene soluciones de fondo.

El tratado obliga a los indios a devolver el ganado maloneado y a los hacendados a dejarlos pasar y asistirlos cuando iban a cazar nutrias, un negocio más que importante en la época. El gobierno se compromete en el artículo 7 a «recomendar a sus súbditos la mejor comportación con los indios en sus tránsitos comerciales», y las partes a respetarse la propiedad mutuamente, a ambos lados de la frontera. El artículo noveno es el primer ejemplo de un clásico, el pedido a las tolderías que devuelvan desertores y malandras refugiados, que se repetirá por medio siglo casi textual.

Apenas seis años después, los ranqueles firman con los representantes del presidente Bernardino Rivadavia otro tratado, a orillas del arroyo Epecuén. Lo primero que piden los huincas, literalmente el comienzo del tratado, es que las Primeras Naciones reconozcan «por único gobierno de todas las provincias al Soberano Congreso», que hagan la paz con todas las provincias y que si «algún cacique» decide una invasión, los firmantes deben frenarlo y atacarlo. Si una toldería ataca una provincia, todas las provincias se van a considerar en guerra contra todas las tolderías.

Es un apriete desde la debilidad, con lo que en el artículo cuarto asoma algo más práctico que también es un clásico, el tema de los cautivos. Este artículo es evidentemente fruto de una larga, larga negociación, ya que de una se acepta devolver a los solteros de ambos sexos, pero se alarga en el tema de los casados, en particular de las cautivas con familia. «Están casadas y cada una tiene dos o tres hijos», se expica, por lo que no pueden irse y listo, ya que la ley de las Primeras Naciones no les permitiría llevarse a los chicos. Lo que se pacta es que los padres y hermanos blancos pueden visitarlas en paz, «que ellos reconocen ahora a sus padres por suegros y por cuñados a sus hermanos». Y para más claridad, les ofrecen pagarles las dotes que son su costumbre… «y de este modo será la paz más permanente por estar enlazados con los cristianos».

Otro tratado relevante es el de 1872, firmado por el general José Arredondo en nombre del presidente Domingo F. Sarmiento y los jefes Mariano Rosas y Manuel Baigorria, que es el famoso Baigorrita y no el coronel puntano. A apenas seis años de la expedición de Roca, los huincas le garantizan a los «ranquelinos» que «existirá paz y amistad entre los pueblos cristianos de la República y las tribus». Los indios tienen que jurar fidelidad al gobierno y a la Nación, y a cambio recibirán «protección paternal».

Siguen varios artículos detallando salarios para los jefes, capitanejos y lenguaraces, lo que deja en claro que ser traductor pagaba bastante bien. Luego se crea el uso de pasaporte, tanto para los «cristianos» que vayan «tierra adentro» como para los indios que, lindo giro de frase, «vengan de tierra adentro». Al que entre sin papeles, los indios le pueden sacar «las mercaderías, prendas o caballos» y entregarlo a los milicos. Los blancos simplemente arrestan a los indios indocumentados.

El artículo 14 es bien comercial y le prohíbe vender ganado a los indios excepto en los fortines y «con intervención de autoridad militar». Como nadie se engañaba del precio que conseguías en un fortín y apuntado por los milicos, se avisa que «para las demás compras o ventas de cualquier género que sean, los indios podrán pasar la línea de frontera llegando hasta donde puedan vender con más provecho». Con una excepción: caballos, mulas y yeguas que traigan marcas a fuego no se pueden vender «más que a sus dueños».

El último tratado es trágico, firmado en junio de 1873, a menos de cinco años de la ofensiva final y todavía bajo Sarmiento. Vicente Catrunao Pincén -por primera y única vez, y sólo a ver si le devolvían la mujer y los hijos-, Nahuel Payún y el coronel Francisco Borges, abuelo del escritorazo, se sientan a bolacearse. En el primerísimo artículo, el gobierno argentino «se compromete a proteger y amparar la residencia tranquila y permanente de dichos caciques, capitanejos y sus tribus en los campos que actualmente ocupan». Se ve que no le creían, porque en el cuarto artículo el tratado repite la promesa y agrega que el gobierno se compromete «a no invadirlos nunca y a que puedan vivir tranquilamente bajo el amparo del Gobierno». Y en el séptimo va de nuevo, a cambio de que «caciques y capitanejos» reconozcan «la soberanía del Gobierno Argentino».

«A no invadirlos nunca…»

En 1878, todos los lonkos involucrados eran prisioneros, mil hombres de lanza estaban muertos y casi catorce mil almas presas en las condiciones más miserables. Cientos fueron repartidos como peones esclavizados en campos, ingenios y algodoneras. Decenas fueron «regaladas» como sirvientas en la Capital. Y fue por la tierra.

01/03/24 P/12