Cosas que nos pasan por no haber nacido en 1870

Por Sara Gallardo

Publicado en Confirmado (Año V, Nº 239, 14 de enero de 1970, p. 44)

Por lo visto, este año flamante resulta ser de especie disparadora, igual o tal vez más que sus predecesores, dotados también de patas veloces. Fíjense, ya pasó la mitad del primer mes. Hay que hacer algo. Si seguimos así, estaremos pasado mañana brindando de nuevo con cohetes y todas esas cosas horribles como el calor y el turrón pegado en el papel, y quizá comiendo helados putrefactos –último deporte porteño– y muriendo como moscas en el hospital, y todo lo que nos da por hacer a fin de año. Y por eso digo que hay que hacer algo, porque alegrías similares se aguantan apenas una vez más cada trescientosesentaicinco días, siempre que pasen con el debido ritmo y recato, y no es posible estar saludando con sonrisa kolynos la llegada de uno que un minuto después está detrás de nosotros despidiéndose con una patada en la nuca. Y por eso vuelvo a decir que hay que hacer algo. Háganlo por favor, ya que están.

Sin embargo, este treinta y uno hubo una cosa que fue linda. Y es que los barcos que coincidieron en el puerto tenían voces hermosas, graves, y sobre todo que armonizaban entre sí. Y entonces, cuando empezaron a sonar a medianoche, la ciudad pareció entonar un canto majestuoso, serio y bello. Y los ciudadanos, que estábamos unos tratando de dormir y otros tratando de parecer despiertos, nos vimos libres de ese alarido ondulante y angustioso que cada año parece clamar: «¡Soocoorroo! ¿Qué hago, mamita? ¡Ya rajó uno… Ya se viene el otro! ¡Auxiiliio!». Y los pobres ciudadanos, con el terror ancestral de aquellos que vivían en aldeas flageladas por la vecindad de un dragón, cuyos resoplidos de fuego y voces hambrientas oirían de cuando en cuando, nos incorporábamos con inquietud mortal. Porque bastante tenemos con nuestras sirenas interiores. Y, o bien nos poníamos algodón en los oídos con sonrisa circunspecta, o bien corríamos a los patios y azoteas en un impulso frenético para acallar con comentarios de pólvora los bramidos del dragón asustado. Pero así como, gracias al cielo y a la Policía Federal, tales comentarios han sido prohibidos, gracias también al cielo la ululación espectral no se oyó este año. Benedicamus Domine.

Y todo el mundo, déle cumplir un siglo. Y todos, déle felicitaciones. Cumplen La Nación y La Prensa, y también una cantidad de instituciones más. Con lo cual se ve que 1870 fue un año excelente, dispensador de energías y de inspiraciones, al menos en Buenos Aires. Con toda seguridad que fue un año de paso mesurado y ritmo señorial, que dio tiempo a imaginar cosas y a hacerlas, y no uno como estos últimos que nos han tocado, disparadores, histéricos, que empiezan y ya se van como fuegos fatuos. Porque, ¿no es cierto?, si nos hubieran tocado años de otro tipo, tipo digamos 1870, todos nosotros hubiésemos creado cosas inmarcesibles y campanudas, todos seríamos próceres a la final, todos hubiéramos demostrado públicamente lo que privadamente somos: genios. Y por eso digo que hay que hacer algo. Háganlo, por favor.

Ahora, hablando de ambos matutinos venerables, diré que, como muchas personas venerables, hacen cosas que uno soñaría con hacer y no se atreve. Por ejemplo, todos estos meses, La Nación pone: «felicitaciones por su centenario recibieron La Prensa y LA NACIÓN». Y La Prensa: «Felicitaciones por su centenario recibieron LA PRENSA y La Nación». ¡Cómo me gustaría poner en esta columna, digamos, «han aparecido en este año novelas de martha lynch y SARA GALLARDO»! Pero qué vamos a poner nosotros, cómo obedecer a tan íntimos impulsos sin el respaldo insigne de haber nacido en 1870, un año que, como ya he dicho, fue un señor año. Nada. Somos de ahora, y por lo tanto, pequeños. Ya les dije, hagan algo.

Hablando de periodismo, tema de tan inagotable interés para (¿quién?), vengo a ver que la ronda, cadena o como se llame de cerebros semanales y cotidianos interconectados e intercopiados se ha vuelto en contra, unánimemente, cómo dudarlo, por favor, de Leonardo Favio. Qué edificante resulta la independencia de criterio con que todos y cada uno durante el auge de Favio, callaron el hecho de que Favio canta mal, y aquietaron en sus corazoncitos el rechazo que inspiran una actitud demagógica, una expresión fría y aparentemente cruel, un exhibicionismo increíble que, sin embargo, ya está tan generalizado que es casi obligatorio. Con la misma independencia de criterio, todos y cada uno dedicaron sus tapas y sus notas especiales y sus láminas en colores y sus reportajes y sus diálogos íntimos y sus interpretaciones psíquicas a Leonardo Favio. Y nosotros, almas cándidas, lloramos al compás de ellos cada día por el niño delincuente regenerado, por el solitario que reencontró el amor, por el suicida que amó la vida; todos nos desmayamos cuando, en el extremo de la fatiga, el ídolo se desmayó en público; ninguno de nosotros, almas cándidas, leyó un juicio musical, un comentario razonable a un fenómeno irrazonado. Todos lloramos, y nada más. Pero de pronto, la gran noticia: ya no es popular. Y entonces: ¡A él, muchachos! Ya nadie se siente obligado a recordar al joven que demostró talento y coraje haciendo cine, nadie se siente obligado a recordar que alguna vez le dio la mano jactándose de hacerlo ante cincuenta fans aullantes. Hay un solo ritual que celebrar, un solo aquelarre: «¡¡¡Ya no es popular!!! ¡Llenémoslo de barro, que se muerda la lengua, que trague el polvo de la derrota quien se atrevió a ganar millones en un año, quien tuvo al país entero a sus pies! Está en el suelo; bailemos sobre su cabeza».

Yo no sé si Leonardo Favio ya no es popular. No son cosas tan interesantes para mí. Pero reconozco una grandeza de destino en quien un día toca la gloria y al otro, de pronto, pierde el apoyo de todos. Y pienso que mal amado o mal odiado, un solitario, aunque eventualmente privado de nobleza, vale más que la muchedumbre seguramente innoble que lo husmea.

Pero estas son cosas que nos pasan ahora. Si fuéramos de 1870 nada de esto sería. Por eso digo: hay que hacer algo. Háganlo ustedes, ya que están.

(De: Macaneos: las columnas de Confirmado (1967-1972) / Sara Gallardo; compilado por Lucía De Leone, 1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Winograd, 2015)

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