Crueldad e injusticia histórica

Por Hugo Presman*

Foto: Lara Sartor / Télam

Rostros jóvenes desplazándose por la Avenida Corrientes. Mayoría de chicas. Son alrededor de mil quinientos. Cantan sus protestas. Muy atrás quedaron los aplausos y agradecimientos. Ya no son los héroes de los largos días cuando el COVID nos acorralaba y nos recluía. Son los médicos residentes, con sueldos por debajo de la línea de pobreza, los médicos concurrentes que no pudieron entrar en los cupos limitados y que trabajan y aprenden sin retribución. Son las enfermeras a las cuales no se les reconoce su condición profesional. Médicos que ganan por hora, casi la mitad de una trabajadora de casas particulares. En jornadas que los llevan a los siervos de la gleba, más de 80 horas mensuales y hacen entre cinco y doce guardias de 24 horas mensuales no remuneradas. Caminan en reclamo a un gobierno que invoca el diálogo en sus discursos y en los medios y declama su preocupación por la salud, pero lo niega en los hechos. El Ministro de Salud de la Ciudad de Buenos Aires Fernán Quirós, un hábil y moderado declarante durante la pandemia, los atendió después de seis semanas de paros y protestas, para discutir salarios y condiciones de trabajo. No los aplaudirá ni reconocerá como lo hacía televisivamente en medio de la pandemia, sino sólo será para hacerles una propuesta mezquina e insultante.

Ahora caminan hacia la sede del Jefe de Gobierno Horacio Rodriguez Larreta. En toda la ciudad las paredes proclaman «La transformación avanza». Al llegar no se escuchan los aplausos, ni tampoco se van a sentir incluidos en esa ilusoria transformación. Los esperan más de doscientos policías porteños, especialmente de la Guardia de Infantería, protegiendo la sede de gobierno. No se ven palomas, sólo halcones que se las han devorado. En este extraño relato, el garrote es sinónimo de diálogo. Se reproduce en salud lo que hace la Ministra de Educación Soledad Acuña en Educación con los estudiantes que protestan por la infraestructura, las ratas, la comida, las prácticas laborales obligatorias sin vinculación con lo que estudian. También ahí el discurso de la preocupación sobre las escuelas abiertas y la educación como prioridad, va por la escalera y la despreocupación real por el ascensor. Levantan como una bandera, su cruzada por la estigmatización de la militancia política de los Centros de Estudiantes.

Es un axioma que nunca falla: son fuertes con los débiles y genuflexos con los fuertes.

Los médicos protestan y los policías los rodean. Son los mismos que nos van a atender en una guardia, son la primera fila de la sanidad. Son los soldados de la salud cuya suerte parece hoy resultarle indiferente a la sociedad que ayer les agradecía. Esta crueldad no es nueva. La historia argentina está atravesada por la ingratitud de los contemporáneos. Seguramente dentro de ochenta o cien años, se levantará un monumento a los médicos y enfermeros que enfrentaron la pandemia arriesgando sus vidas, aquella que implicó la finalización real del siglo XX, como una reparación tardía de una crueldad tan injustificable como repetida.

CRUELDAD HISTÓRICA

Los soldados de Malvinas padecieron, como hoy los médicos y las médicas residentes, los concurrentes, las enfermeras y enfermeros, pasar como se dice popularmente de «la gloria a Devoto». Los argentinos nos enorgullecíamos de esos jóvenes que daban su vida por la recuperación del territorio irredento. Pero la derrota todo lo cambió. Al regreso no hubo homenajes, sólo soledad y ocultamientos. Los suicidados se acercaron con el correr de los años a los muertos en combate. De alguna forma esos jóvenes, muchos de ellos con los trastornos que dejan las guerras, eran el rostro de la derrota en que ninguna sociedad quiere verse reflejada. Subían a los medios de transportes vendiendo baratijas o acudiendo a la solidaridad. Hoy, muchas décadas después, cada 2 de abril hay homenajes, sin haber obtenido hasta ahora la suficiente reparación histórica y las pensiones dignas.

Es un país que fue el más igualitario de América Latina, a fines de los cuarenta y durante los cincuenta, con una movilidad social ascendente que me permitió escuchar de mis abuelos inmigrantes, eternamente agradecidos a esta tierra generosa que «Los colonos sembraban trigo y cosechaban doctores». País tan maravilloso como contradictorio que fue muy cruel con todas sus figuras realmente heroicas. Maltrató a quien Belgrano consideró «La Madre de la Patria», María Remedios del Valle, de origen africana, nacida en Buenos Aires en 1766. Realizó trabajos de enfermería durante las invasiones inglesas. Participó en distintas batallas y Belgrano, admirado por su compromiso y valentía, la nombró capitana. Perdió a su marido y sus dos hijos en las batallas. Tomada prisionera por los españoles en 1813, la azotaron durante nueve días por haber ayudado a huir a patriotas prisioneros. Cuando pudo fugarse se incorporó al ejército de Güemes. Murió en la indigencia, frecuentando los atrios de las iglesias ofreciendo pasteles y tortas fritas, mendigando o recibiendo las sobras de los alimentos provistos por los conventos.

Qué decir de la gigantesca Juana Azurduy que se destacó en la segunda expedición al Alto Perú conducida por Belgrano. Juana organizó un ejército de amazonas, mujeres guerreras de notable valentía. Con su marido Juan Asencio Padilla, con quien se casó en 1805, participaron en numerosos combates, tuvieron cinco hijos, cuatro de ellos muertos en la azarosa vida que protagonizaron. Perdieron su casa, sus tierras, y después de la batalla de Huaqui Juana cayó presa. Padilla logró rescatarla, por lo que pasó con sus hijos al campamento móvil de su esposo. José Manuel de Goyeneche, el vencedor, ofreció a Padilla un empleo público y el indulto para que se pasase a los realistas, pero este se negó y Juana lo increpó duramente al español. Padilla fue asesinado después de la batalla de La Laguna. Belgrano nombró teniente coronel a Juana Azurduy, que intentaba seguir sin su marido.

La magnitud de lo realizado por Juana Azurduy y su marido Padilla puede dimensionarse cuando en 1825, Simón Bolívar fue a verla a Chuquisaca, donde se había radicado con su única hija sobreviviente Luisa y su nieta Cesárea. El Libertador la abrazó y le dijo: «Esta república, en lugar de hacer referencia a mi apellido, debería llevar el de los Padilla». Bolívar le concedió una pensión vitalicia que luego Sucre aumentó pero que Juana cobraba cada tanto hasta que la burocracia la derrotó y dejó de cobrarla. Juana murió en la pobreza, la soledad y el olvido el 25 de mayo de 1862.

Dos ejemplos que se pueden extender a decenas y decenas de casos. Al ejército Libertador de San Martín, cuando regresó de Chile, en febrero de 1826, desarrapados y sin un peso, nadie los esperaba, no hubo ningún homenaje o recibimiento oficial. Escribió Felipe Pigna: «El flamante presidente Bernardino Rivadavia resolvió disolver el regimiento y pasar a los granaderos recién llegados a su custodia presidencial y a la del general Carlos María de Alvear. Así, los hombres que habían liberado medio continente pasaban al servicio de los dos máximos enemigos de José de San Martín, el que lo difamó, amenazó e hizo todo lo posible para que abandone su patria; y el que lo calumnió, llegando a publicar una biografía apócrifa y a organizar un atentado contra su vida.»

Para tener apenas una idea aproximada de los improperios a San Martín, la prensa adicta a Rivadavia lo califica de loco, borracho y corrupto, lo acusa de haberse «robado» un ejército y combatir de mercenario al servicio de Chile y Perú.

El Chacho Peñaloza fue fusilado después de rendirse, por Pablo Irrazábal uno de los coroneles de Mitre, los que exhibían una crueldad como los que contemporáneamente exhibieron los esbirros de la dictadura establishment militar. A su mujer, la luchadora Ana Victoria Romero, prisionera y torturada, el gobernador de San Juan Domingo Faustino Sarmiento la hizo barrer la plaza de San Juan, engrillada, al tiempo que la despojaba de sus bienes. Murió rodeada por la miseria.

La familia Dorrego, que tenía su casa frente a la actual Plaza Lavalle, cuando miraba por la ventana no podía evitar tener como visión el monumento erigido al fusilador. Una postal que es muy simbólica: la Corte Suprema de Justicia está frente a la plaza que lleva el nombre del fusilador y no del fusilado que fue un caudillo popular. Hasta de lo simbólico el Palacio de Tribunales tiene una pésima fuente de inspiración.

Ni hablar del destino de los que hoy son figuras indiscutibles: San Martín exiliado 28 años en Francia, Artigas exiliado 30 años en Paraguay, Rosas exiliado 25 años enInglaterra, Simón Bolívar que muere rumbo al exilio mientras lo acusan de traidor y dictador.

A esta reducida lista de la crueldad a la que la posteridad homenajea y recuerda hoy, hay que agregar algunos de los asesinados: Mariano Moreno, Bernardo de Monteagudo, Martín Miguel de Güemes, Antonio José de Sucre, Francisco «Pancho «Ramírez, entre tantos otros.

CRUELDAD E INJUSTICIA HISTÓRICA

Ahí van los médicos y médicas residentes y concurrentes. Las enfermeras, los enfermeros. Los que atenderán a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos. Lo hicieron siempre pero se notó mucho más cuando el coronavirus arrodilló al planeta. Cuando la salud pública demostró que es imprescindible y el Estado insustituible. Ahí van caminando una multitud de jóvenes a quienes las injusticias llevadas hasta la crueldad los encuentra tenaces y esperanzados. Ahí van. Tal vez no lo saben, tal vez no la ven pero «La Madre de la Patria» María Remedios del Valle, va con ellos. Hablan con Juana Azurduy. Ellas padecieron de la misma crueldad e injusticia que les toca hoy a ellos. Como la que padecieron y padecen los soldados de Malvinas.

Así es esta Argentina, tan querible como cruel. Tan generosa como injusta. Donde los reconocimientos y la justicia distributiva tardan en llegar. O cuando llega o se aproxima, viene el contragolpe para restablecer la injusticia como si fuera una ley de la naturaleza.

Tal vez, porque como decía EL CHE, «No se vive celebrando victorias, sino superando derrotas».

Buenos Aires, 2 de noviembre de 2022.

*Periodista. Co-conductor del programa radial EL TREN, con más de 19 años en el aire. Contador Público recibido en UBA. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma Universidad.

La Tecl@ Eñe. Revista Digital de Cultura y Política
http://lateclaenerevista.com

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