Cuando los liberales nos alambraron

Por Sergio Kiernan

Una vez al año, puntual, Ignacio bajaba a la ciudad para hacer trámites. Muy paisano, con la tonada suave de las sierras cordobesas, flaco flaquísimo, de ojos celestes y acuosos, era un típico producto argentino, genéticamente puro Sicilia y en todo un criollo. Se quedaba por la capital lo menos posible, porque se mareaba y no podía dormir del ruido. Autos, sirenas, gente que pasaba hablando abajo de su ventana… ¿cómo se puede dormir así? Pero siempre se estiraba hasta el tren del domingo a la noche para la ceremonia del mediodía, los ravioles en familia.

En esos años, los sábados a la tarde pasaban por la tele una dieta estable de películas viejas, clásicos dirían hoy, dobladas absurdamente al boricua. Casi fijo, una del Oeste, de cowboys, las únicas a las que Ignacio le prestaba atención. Algún comentario nos daba la pista. «Lindo bayo», se le escapaba. «Buen apero». «Le va a romper la boca», desaprobando. Si uno prestaba atención, veía otra película y terminaba admirando los pingos de los apaches, tan parecidos a nuestros petisos criollos.

Una vez, vaya a saber en qué película, el tema eran los peligros de llevar un arreo enorme de un rancho a un mercado con estación ferroviaria. A los arrieros les pasaba de todo, ataques, animales que se escapaban, ríos desbordados que había que cruzar. Ignacio miraba con atención profesional, de alguien que sabía en persona cómo se hacía eso. Y en una escena panorámica, con miles de vacas cornudas y puñados de cowboys gritones, se permitió una nostalgia.

«Miren, no había alambrados…»

Pibes de ciudad, para nosotros el campo tenía siempre alambrados y arboledas en línea, cosa que allá en Córdoba se alteraba un poco porque había hasta árboles que no habían sido plantados en fila. Pero el alambrado era parte del paisaje, lo que ordenaba esos espacios indescriptos, sin calles ni edificios. Lo que Ignacio no se molestó en explicar era que no siempre fue así, que él había nacido en una época donde todavía se podía subir alguna sierra sin buscar tranqueras.

Controlar el espacio en escalas continentales fue uno de los proyectos más ladinos y más grandes del viejo orden liberal. En su momento fue un nuevo orden mundial que alteró y disciplinó a millones de personas, destruyó formas de vida inmemoriales y creó clases sociales nuevas, marginadas. Es una paradoja, pero el objetivo era realmente medieval, el de fijar a los trabajadores en un lugar como siervos, quitarles movilidad y sacarse de encima a los que sobraran.

En las novelas de Jane Austen y en las de Patrick O’Brian aparece el conflicto en la Gran Bretaña de principios del 1800. Por ahí no había gauchos nómades, pero había un tejido de leyes tradicionales de la tierra que protegía a los más pobres. Existían bosques en los que el campesino libre podía juntar leña y hasta cortar árboles muertos, juntar hongos y poner trampas de conejos, aunque no cazar. Existían «commons», tierra que se podía usar para pastorear animales, y mercados en los pueblos donde no se pagaba por los puestos y el campesino vendía sus cosas.

Pero hacia 1810 comenzó un movimiento para cerrar los commons y prohibir la entrada a los bosques. Los dueños de la tierra señalaban que no existían ni leyes escritas ni escrituras, y al final todo era una tradición sin mayores bases. La tierra era para el que tenía capital para trabajarla y se había valorizado durante las guerras napoleónicas, con lo que había que maximizar la renta. Los campesinos no tenían derechos, como reclamaban, eran unos vagos que usaban cosas ajenas. Si no les gustaba, que se fueran a trabajar a alguna de las flamantes fábricas. Ahí iban a aprender disciplina…

El resto de la historia la cuenta Dickens mejor que nadie.

Por la escala de estas pampas, este modelo de control necesitó un avance tecnológico que no existía en 1810, la fabricación de alambre en rollos. El primer caso argentino fue en Chascomús, donde un chacarero inglés se hizo traer unas bobinas para cercar su jardín y su huerta, harto de que se los pisotearan los caballos y se los comieran las ovejas. Lo de este Richard Newton fue un gesto de modernidad, porque ese tipo de cercos era inmemorial. Con palos a pique, piedras o adobes, siempre hubo corrales, huertos cerrados y jardines privados.

El primero en alambrar en serio, como lo pensamos hoy, fue -nada casualmente- un prusiano, Franz Hallbach. En 1855, Hallbach era el cónsul del reino de Prusia y criaba ovejas en lo que hoy es el aeropuerto de Ezeiza, y alambró el perímetro completo de sus campos. La novedad prendió, fue un modelo para los estancieros, y ese mismo año ya se importaban casi 600 rollos de alambre y las herramientas para perforar los postes y ajustar los tiros. En 1857 ya se había hecho tan común que por primera vez aparece como un objeto legal, tasable, en la Ley de Aduanas.

Lo que se acababa de descubrir era una manera final de contener al ganado, evitar la mezcla con el del vecino, y proteger esa novedad de la época, el cultivo de granos a escala. Los campos quedaban fijados visualmente, ya no con las tradicionales marcas de cerros, arroyos o caminos reales, y se podían escriturar con latitud y longitud. Las estancias se tragaban formalmente a los caseríos y ranchos de gentes que habían vivido siempre ahí, sin papeles que de golpe hacían falta. Y el dueño podía sacarlos o dejarlos, a voluntad y capricho.

La explosión del alambre vino con el reparto de tierras indias en 1881, donde se alambró de a cientos de kilómetros y se creó el campo como lo vemos hoy. Y la paradoja de estar en un lugar abierto, puro cielo, y bloqueado por todas partes, donde para ir del punto A al punto B hay que hacer kilómetros y kilómetros por callejones de tierra rodeando propiedades privadas. El campo alambrado es eso, la propiedad de alguien y no el lugar donde vivimos.

Esto mató al gaucho, como mató al cowboy y a tantos campesinos de a pie. En las viejas polémicas por el alambrado hasta se lo recomendaba porque evitaba «el robo de leña» y «el paso de extraños», dos elementos fundamentales de un estilo de vida libre, gaucho. Con el alambrado se acababa el nomadismo, los que no tenían lugar en la nueva sociedad capitalista se corrían a terrenos marginales, como los indios sobrevivientes, y al habitante de la tierra le quedaban dos opciones, irse al pueblo a buscar conchabo o disciplinarse. Es la transformación del gaucho en peón, porque la libertad gaucha se basaba en el derecho a irse, a agarrar tus tres cosas y tus tres caballos y buscar otro horizonte.

El fin de este proceso coincide con el crecimiento de nuestras ciudades y la primera industrialización, que ni remotamente era toda gringa inmigrante. Quien ve las fotos de, por decir, tiempos de Irigoyen, verá caras gauchas, morenas, desplazadas y transformadas en laburantes bajo techo. La frase de Evita sobre los cabecitas negras es una observación, no un invento.

Alguna década después, el mismo proceso terminó en Perú, donde una cultura milenaria vio cambiar el mundo. Manuel Scorza reflejó ese momento en una serie de novelas mágicas, escritas con ojos indios. Menos mágicos, nosotros nos tenemos que conformar con Don Segundo Sombra, la elegía de un estanciero al gaucho obediente, hecho un peón en su propiedad privada.

Buenos Aires/12