Cuando vino Ella

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Anibal Ford

Apenas un poco de sol entraba por la ventana que daba a la calle Viamonte. Si Enrique hubiera estado vivo en ese momento tal vez se hubiera asomado, igual que otros atardeceres, para ver cómo el cielo del oeste caía enrojecido sobre la ciudad. Pero la luz se alejó y el balcón permaneció vacío mientras en el fondo de la calle el Río de la Plata comenzaba a mezclarse con la noche.

Alguien golpeó con fuerza y se quedó esperando detrás de la puerta. Adentro, en la penumbra, en el brazo caído de Enrique, el reloj marcaba las seis y cinco. Apenas podía verse el cuerpo inmóvil, sentado frente al escritorio, la cabeza acostada sobre un cuaderno de tapas negras, los brazos perpendiculares al piso, como vencidos. Los golpes se repitieron varias veces. Después nada. Mientras las agujas del reloj avanzaban trabajosamente y en el departamento las cosas se confundían, el silencio sólo fue roto, de vez en cuando, por el ruido del ascensor o por el sonido sordo y lejano de alguna puerta que se cerraba. El viento de la noche comenzó a agitar las cortinas y algunos papeles que estaban sobre el escritorio cayeron al piso planeando lentamente.

Cerca de las nueve se oyó el ascensor, luego unos pasos por el pasillo y alguien que se paraba frente a la puerta. Una llave giró dentro de la cerradura.

Cuando ella entró, un rectángulo de luz iluminó el piso, una parte de la biblioteca y la puerta entreabierta de la cocina. Luego la luz desapareció y volvió el silencio. Ella se quedó parada unos minutos esperando que en la oscuridad comenzaran a delinearse algunas sombras. Después dio unos pasos hacia adelante y se detuvo muy cerca de Enrique con los ojos fijos en el claro cielo de verano que se abría sobre la manzana del convento de las Catalinas.

El teléfono sonó a las diez y veinte. Ella levantó el tubo y sin hacer un gesto escuchó la voz apagada que le decía: y ahora, ¿qué querés? Dos veces oyó la pregunta y ninguna de las dos veces contestó. Después, lentamente, colgó el tubo y al hacerlo sus ojos se detuvieron un instante en la nuca de Enrique apenas iluminada por la noche.

Entonces alguien prendió la luz. Ella no hizo ningún movimiento. De pie, cerca del teléfono, se quedó mirando hacia el lado de la ventana y después, aprovechando la luz, comenzó a observar el departamento con atención, como si no lo hubiera visto nunca, como si sus ojos, sus manos, su cuerpo, no conocieran esa cama, ese sillón, esa alfombra, ese balcón alto y angosto, esa cocina oscurecida por el humo. Luego se acercó al escritorio y se puso a revisar cuidadosamente cada una de las carpetas, de los ficheros, de los cuadernos que Enrique había amontonado sin ningún orden. A veces se detenía para leer con mayor atención o fijaba la mirada en el vacío como si estuviera pensando intensamente en algo. Luego, con calma, continuaba la búsqueda.

En la cocina alguien corrió una silla. Se oyeron pasos y después algunos ruidos apagados como si el que los producía se esforzara para que no notaran sus movimientos. Pasaron unos instantes y los ruidos cesaron. Entonces, en el silencio del departamento, sólo se oyó el suave silbido de la llama de gas.

Ella se inclinó para recoger los papeles que el viento había dispersado por el suelo y después de agruparlos los colocó sobre el escritorio. Prendió un cigarrillo y se puso a hojearlos. Eran notas sueltas, cosas que a Enrique se le ocurrían de pronto y que anotaba con su letra grande y desprolija en papeles de diverso tamaño. Ella las iba descifrando con lentitud. A veces separaba alguna de las hojas y la colocaba a su izquierda, cerca de la cabeza de él.

Se oyó un leve repiqueteo. En la cocina algo estaba hirviendo. De nuevo se sucedieron los mismos ruidos apagados. Después la puerta se cerró y apenas se oyeron los sonidos de la silla arrastrada sobre las baldosas y del líquido que comenzó a caer.

Ella apagó el cigarrillo en el mismo cenicero donde todavía estaban los cigarrillos fumados por Enrique esta tarde. Se acercó a él y le levantó la cabeza con la mano izquierda mientras retiraba con la otra el cuaderno de tapas negras. Fue hacia el sillón, se sentó y miró la hora. Eran las doce y media.

La despertó el teléfono. La puerta de la cocina estaba ahora un poco abierta y la luz prendida. Ella se dirigió hacia la mesita y levantó el tubo. La misma voz del llamado anterior, pero esta vez más apagada y triste, le susurró: ¿todavía estás ahí? ¿no te das cuenta de que todo es inútil? Ella volvió a colgar sin contestar. Hacía frío. Cuando fue hacia la ventana para cerrarla sintió ganas de asomarse. Adivinó el río más allá, detrás del Alea, y recorrió con los ojos la calle que se perdía hacia el oeste. La brisa fresca la despertó. A veces pasaba algún auto. El teléfono volvió a sonar. No le hizo caso. Sus ojos, como otras veces, trataban de encontrar en el pedazo de río que surgía en el fondo de la calle las luces de algún barco. El teléfono dejó de sonar. Ella siguió arrastrando la mirada por el río, adivinando en la noche los techos cuadrados, grises y monótonos de Buenos Aires, acompañando los pasos de alguien que se perdía solo por la calle. Así se quedó en el balcón, mirando, un largo rato. Sobraba tiempo.

Ella no se dio cuenta cuando al volver al sillón rozó con su cadera uno de los hombros de Enrique. El cuaderno de tapas negras estaba ahí, esperándola. Volvió a sentarse y prendió un cigarrillo. Eran las tres y cuarto de la mañana.

El cuerpo de Enrique había girado un poco hacia un costado y ahora su cara, iluminada, mostraba los ojos abiertos y un gesto indefinido y lejano, casi triste. Ella lo observó con indiferencia, como se mira a un desconocido, pero sin saber por qué recordó un sueño que él le había contado riendo una mañana de sol en las veredas, cuando iban caminando por Alem, hacia Retiro. De pronto en el sueño se le había aparecido Dios avanzando a gran velocidad y haciendo el mismo ruido ensordecedor que hacen los aviones a reacción. Dios era una enorme figura plana y horizontal que cubría casi todo el cielo con su cuerpo y Enrique lo veía pasar por arriba suyo y estaba otra vez en aquel desfile del nueve de julio cuando siendo todavía un chico había visto por primera vez a los Gloster Meteors. En la ancha avenida la gente se quedaba parada, corría o se dispersaba temerosa. La visión de ese dios de rostro amargo y largas vestiduras que avanzaba cubriendo todo el cielo y haciendo ese ruido estremecedor con sus turbinas lo había hecho despertarse disperso, perdido en una angustia fría y aplastante, en un miedo que era como una estación de trenes solitaria y extendida.

Ya hacía rato que el cuaderno de tapas negras estaba en el suelo y la luz de la cocina se había apagado.

Ella a veces detenía sus ojos en alguna de las fotografías que se habían sacado juntos y que estaban clavadas con chinches a un costado de la cama. Volvió a sentir sueño. Recorrió otra vez la habitación con la vista y entre las cosas en las cuales se detuvo estaba Enrique. Cuando se dirigía hacia la puerta sonó el teléfono. Ella no le prestó atención. Apagó la luz y con cuidado cerró la puerta. Se oyeron pasos en el pasillo y luego el ruido del ascensor.

Enrique, tal vez, se hubiera asomado al balcón para verla perderse con paso seguro y rápido por Viamonte, hacia el bajo.

1967

(De: Sumbosa, Jorge Alvarez, 1967)

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