Cuatro años de Trump

Por David Penchyna Grub

No, no hablo de los cuatro años en que Donald Trump sacudió al sistema democrático estadunidense, confrontó a la prensa, hizo del tema migratorio y antimexicano una bandera personal y de gobierno, se confrontó con China y consintió el ascenso del supremacismo blanco. No, no hablo de esos cuatro años, sino de los cuatro que vienen.

Si no ocurre algo extraordinario, Donald Trump volverá a ser presidente de Estados Unidos. Pocos mandatarios han tenido un interludio como el suyo, si acaso dos personajes más desde el siglo XVIII. Pero recobrar el poder después del triunfo demócrata de Joe Biden palidece frente a lo que puede ser su nueva administración, una que no tiene absolutamente nada que perder. Si en su primer periodo Trump se contuvo en algo (cuesta imaginar en qué) por cálculo político, esta vez el incentivo es totalmente diferente: radicalizarse, polarizar aún más a la sociedad estadunidense y tomar revancha de todos y cada uno de los que al final de su presidencia lo abandonaron.

Dicen que la prospectiva política no se hace para adivinar el futuro, sino para que éste no nos sorprenda. Trump no puede ni debe sorprendernos. Un segundo mandato estará «corrido a la derecha», con la migración ilegal en el centro del discurso. En algún mitin de campaña y refiriéndose a los inmigrantes, Trump utilizó el término «envenenan la sangre» de Estados Unidos. Jamás sabremos si lo citó de forma deliberada o no, pero «envenenar la sangre» es una frase de Mi lucha, que Hitler escribiera encarcelado tras su fallido golpe de Estado en los años 20 y que se convirtiera en la biblia del nazismo una vez en el poder. Esa es la dimensión del radicalismo, del peso que tiene hoy el tema migratorio en buena parte de la población estadunidense que está pavimentando el camino de regreso a Trump.

Biden va, en el mejor de los casos, seis puntos abajo en las encuestas. Una gestión gris y la percepción de su avanzada edad, aunque es un poco mayor que Trump, lo están sacando de la contienda aun antes de empezar. Inconcebible para muchos, si se recuerda aquel 6 de enero en el que, instigados por Trump, una turba quiso impedir el traspaso de poderes y con ello romper el orden constitucional. Lo cierto es que tal vez sobrevaloramos la estima que las personas tienen de las instituciones.

A juzgar por las encuestas, millones de personas siguen apreciando más este liderazgo alfa, bulleador de Trump y su cruzada por hacer grande a Estados Unidos otra vez.

«Make America great again» es una frase que llega al corazón de la generación de la posguerra y de sus descendientes, clase media blanca lentamente pauperizada, que se ha visto forzada a convivir con el inmigrante, lo que choca con el racismo más profundo y enraizado, y tal vez, el rasgo más negativo de la historia de ese país. Lo que en realidad dice ese eslogan de campaña es hacer un Estados Unidos blanco otra vez, un Estados Unidos con decisiones unilaterales en el mundo otra vez; un Estados Unidos donde la producción es doméstica, y un trabajo decente alcanza para lo que alcanzaba en los años 60. En otras palabras, Trump atrapa con la nostalgia, con momentos históricos encapsulados en la memoria de millones de estadunidenses, con un tiempo idílico, sin contrapesos, sin pluriculturalidad, y sin vergüenza alguna por pretenderlo.

Para imaginar el segundo gobierno de Trump hay que abrocharse el cinturón. Todo escenario es factible. A sus casi 80 años y sin posibilidad de relección, no tiene absolutamente nada que perder, y todo por consolidar su poder y legado. Que no extrañe si algún miembro de su familia es preparado para el pase de estafeta en 2028. No extrañe una escalada de violencia en el mundo, de sí atribulado. Que no nos extrañe un muro más alto, un discurso más antimexicano y una sociedad que parece dividida entre quienes apoyan la institucionalidad, la democracia y los derechos y quienes ven en los tres conceptos, lastres para el apogeo americano prometido.

El american dream parece partido en dos sueños irreconciliables, claramente marcados en el mapa azul y rojo, y pilares de algo que cada día se acerca más a una distopía.

La Jornada