Culo o suerte

El capitalismo darwiniano desenfrenado siempre conduce a la inestabilidad social

Por Enrique Aschieri

Imagen: Jugada de taba en una pulpería, óleo sobre cartón que reproduce la famosa obra del pintor oriental Juan Manuel Blanes, anónima.

El rotundo triunfo comicial en el Reino de España de los ultramontanos de derecha en las municipales del domingo pasado tuvo una deserción muy importante del votante de izquierda, que no fue a sufragar. Había 35 millones de empadronados. Fueron a votar alrededor de la mitad, como —algo más, algo menos— viene sucediendo. La derecha (sumada) recibió el 39 % de los votos, la izquierda (sumada) no más del 30 %. Por el cimbronazo, el Presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), tras cinco años en el cargo, anunció el adelanto de las elecciones generales de diciembre para el 23 de julio. El 1 de julio comienza el semestre de presidencia española del Consejo de la Unión Europea. Sánchez preside actualmente la Internacional Socialista. La campaña electoral de la derecha fue una intoxicación de mentiras sobre la izquierda, sin que esta lograra desenmascararla.

A raíz de cómo se baraja el naipe de la vida promedio en nuestro país y en Occidente, la desagradable derechización española puede ser inscripta en la generación del sentimiento de desamparo que se lleva adentro. Por las zonas compartidas en la idiosincrasia, la hipótesis provoca olfatear ciertas posibles conexiones de cara a nuestras elecciones —en particular— y la inopia de la situación política y económica en general. Por ejemplo, qué tipo de relación se establece —si es que hay alguna— entre, por un lado, que en nuestro país, más allá del castigo inmediato de la inflación y la horrible distribución del ingreso, el acceso a la vivienda se vea cada vez más lejano y, por el otro, la renuencia a no ver la ineficacia de ciertos diagnósticos poco felices de los intelectuales orgánicos de tinte progresista. En principio, con temas que parecen estar muy alejados unos de otros, trenzar las hebras del hilo de Ariadna y desovillarlo, más que una tarea ímproba, luce fútil. Ahora, sin ser un asunto friable, si los torzales finalmente aparecen y su trenzado resulta pertinente, garantiza que no zafamos del garrón de entreverarnos en el laberinto, pero el hilván promete que en su punta hay una salida.

Por algo más que por cuestiones de urbanidad, en la edición del domingo pasado de El Cohete, María Eva Koutsovitis y Jonatan Baldiviezo, por una parte, y Fernando Latrille, por la otra, abordaron desde el cuadro de situación y el de una vía de enmienda, respectivamente, el problema cada vez más difícil para los argentinos del acceso a la vivienda propia. Koutsovitis y Baldiviezo, con datos de la situación habitacional de las familias argentinas provenientes del censo 2022 y anteriores, exponen que «desde el año 2020, cada diez años se incrementan aproximadamente un 10 % los hogares inquilinos en la ciudad y un 4 % a nivel nacional» y manifiestan que «este proceso no está en el debate público ni aparece como una preocupación de la comunidad, lo cual llama en extremo la atención».

La muy improbable «taza, taza, cada cual para su casa» hace que la vivienda propia devengue en una utopía. En reversa, Latrille relata la puesta en marcha de un proyecto de desarrollo urbanístico, ambiental, sanitario y educativo en Tandil, acordado entre el municipio, la gobernación y el Estado nacional, en el que se proyecta la construcción de 416 viviendas. La importancia del botón de muestra la dan también los datos del censo, según los cuales alrededor del 58 % de los lugareños de Tandil no son propietarios de su vivienda, municipio que entre los 135 distritos bonaerenses encabeza el ranking de esa nada deseable parvedad. Lo de Tandil es la excepción que confirma la regla de Koutsovitis y Baldiviezo.

Local y global

Estas desventuras habitacionales argentinas tienen su correlato en el mundo desarrollado, por las mismas razones. La desvalorización de la fuerza de trabajo del centro —por efecto de la innecesaria localización del capital multinacional en la periferia, particularmente en China, operado a distintos ritmos en las últimas tres décadas— también sesgó a la baja la de la periferia. Eso se hace sentir en el mercado de viviendas familiares —y en gran forma— en las dos zonas en que se plasma el desarrollo desigual. Por supuesto, más en la periferia que en el centro. En el centro, la crisis de las hipotecas —de hace década y media— se desencadenó cuando dejaron de pagarse, pero los deudores no fueron imprudentes. O tomaban crédito para comprar la vivienda o se iban debajo del puente. Y eso que el envejecimiento (lo que supone además la baja del promedio de hijos por mujer en edad fértil) está jugando a favor de quitarle presión al mercado de viviendas familiares. Asimismo, la demanda se ve disminuida por el efecto Peter Pan, la propensión de los millennials y la generación que les sucedió de vivir bastante más tiempo que sus antecesores en la casa de los padres.

El newsletter Insider Today (25/05/2023) entiende que se está atravesando «la edad de hielo del mercado inmobiliario» norteamericano de viviendas familiares en el que, «si aún no se posee vivienda, se estará jodido en los próximos años». Esto se debe al entorno de tasas de interés altas que está excluyendo a muchos posibles compradores primerizos (los más jóvenes). Simplemente, no es asequible a estos niveles para ellos, dados sus ingresos, de acuerdo con la opinión predominante y única del mercado. Aun para los compradores que están calificados, que incluso tienen el efectivo disponible, resulta frustrante que el stock de viviendas esté muy limitado, de manera que hasta pudiendo comprar, les cuesta encontrar una propiedad disponible. Posiblemente haya colaborado para esta escasez el gran movimiento poblacional del interior norteamericano a las costas, operado en los últimos tres lustros.

En la centenaria revista inglesa The New Statesman (17/05/2023), una de sus principales escribas, Sarah Manavis, alerta que se están edificando «siniestras ciudades corporativas», por lo que se debería «tener mucho cuidado con los súper-ricos que construyen ‘utopías’ para sus trabajadores». Así comenzaron ahora las corporaciones a responderle a las serias dificultades de sus trabajadores para acceder a la vivienda propia. Manavis cuenta que «en el siglo XIX, después de que las prácticas laborales feudales fueran prohibidas o desaparecidas en la mayor parte del mundo, los industriales adinerados crearon una solución aparentemente benévola: la ciudad empresarial. En los Estados Unidos y el Reino Unido, los trabajadores vivían en pequeñas aldeas propiedad de la empresa (desarrollos construidos especialmente que rodeaban el lugar de trabajo) y se ganaban la vida con vales de la empresa, una moneda de curso legal que servía como reemplazo del efectivo, que luego solo podía usarse en las tiendas de la empresa, también in situ, donde los empleados se veían obligados a realizar la mayor parte de sus compras».

Para Manavis, esa iniciativa actuaba «como un nuevo sistema feudal paternalista, en el que los trabajadores se endeudaron cada vez más con las empresas que se beneficiaban de su trabajo, que mantenían cerca a su personal y podían ajustar sus ‘salarios’ con el flujo y reflujo de los negocios». Pero las ciudades de empresa han regresado y según Manavis «es una de las muchas innovaciones laborales que podrían manipularse fácilmente, pero que las corporaciones y los directores ejecutivos de hoy en día califican como el ideal del trabajo moderno (…). Podríamos suponer que los trabajadores del siglo XXI son más inteligentes y más escépticos de estos esquemas. Pero ese marketing siempre es efectivo en tiempos económicos precarios. Cuando el costo y la calidad de vida están tan agravados, los empleadores que ofrecen lo que parece una estabilidad utópica son más atractivos. ¿Quién puede resistirse a una forma de vida mejor y más sencilla?» Previene Manavis que «debemos tener mucho cuidado con los millonarios y multimillonarios que predican su benevolencia mientras construyen comunidades cerradas a su imagen», porque en realidad «sería una repetición de la jugarreta que observamos en el pasado».

Insolidaridad internacional entre trabajadores

Los trabajadores del centro comenzaron a revertir la derrota que les infligió la globalización sacándose de encima a los cagones de la socialdemocracia que ven una corporación y se hacen pis encima, tras olvidarse olímpicamente del criterio señero —políticamente clave— del «poder compensador» acuñado por John Kenneth Galbraith. A la concentración económica se la equilibra con otro monopolio: el de la fuerza de trabajo organizada. Sin ese elemento en juego, por caso, cualquier secretario de Comercio argentino es una hoja al viento.

Los únicos que reaccionaron con cierta urgencia y declararon el final del Consenso de Washington fueron los demócratas norteamericanos, con el actual primer mandatario Joe Biden a la cabeza. El resto sigue orejeando las cartas, mientras avanza la derecha. Y lo más probable es que dada la tradición del centro y el escenario político que se ha configurado, frente al aumento del costo de vida, se profundice la pelea muy fuerte por los ingresos que se está dando. Si la ganan los trabajadores, en vista del intercambio desigual y considerando el bajo nivel político de la periferia, la previsible succión del excedente no retribuido irá sentando las bases de enormes y endémicos despelotes políticos y sociales en la parte pobre del planeta.

No hay que perder de vista que la distribución del ingreso en términos de beneficios y salarios es inmediata y directamente asunto nacional. Es indirectamente que deviene en un asunto internacional. Si los beneficios están sujetos a la igualación a escala internacional, la única cantidad que le queda por determinar a la lucha social nacional por la distribución es el salario nacional en términos absolutos. Cada uno de esos salarios nacionales refleja la singular relación de fuerzas sociales enmarcadas en el cuadro nacional. Como tal, son independientes unos de otros y no pueden estar funcionando en combinación, salvo ciertas similitudes acendradas de la cultura.

No existe alguna razón concebible por la cual un aumento de los salarios en los países del G7, a continuación de circunstancias político-sociales favorables propias de las clases trabajadoras de esas naciones, influya en sentido positivo sobre los salarios monetarios en África o en América Latina. Si ese aumento afecta alguna cosa es la de llevar a la baja el ingreso real de los obreros africanos y latinoamericanos, en la medida dada por las importaciones que consuman provenientes del G7. Esta situación, lejos de impulsar la solidaridad, entraña una antinomia de intereses entre los dos grupos.

Mirar la paja en el ojo ajeno

Los datos anteriores pueden ir alcanzando una identidad común conforme lo sugerido en un posteo reciente de Branko Milanovic (04/05/2023), en el que reseña en su blog el nuevo ensayo del historiador Krishnan Nayar: Liberal Capitalist Democracy: The God that Failed (Democracia del capitalismo liberal: el Dios que fracasó). Uno de los puntos que destaca Milanovic es que «Nayar argumenta que el capitalismo darwiniano desenfrenado siempre conduce a la inestabilidad social y la anomia, y que la inestabilidad social empodera a los partidos de derecha. Por lo tanto, argumenta que el ascenso de Hitler al poder fue posible, o incluso causado, por la Depresión de 1928-32, y no como piensan algunos historiadores por el miedo al comunismo».

Si nada de eso sucedió durante el periodo de la «Edad de Oro» del capitalismo (los treinta gloriosos: 1945-1975), la etapa de mayor éxito del sistema fue por una dinámica que contrarió las tendencias capitalistas normales. Fue una anomalía. No se habría producido sin la presión socialista y el miedo a las revueltas y las nacionalizaciones de la mano de los fuertes partidos de izquierda vinculados a los sindicatos en los principales países europeos. Pero con el auge de la economía neoliberal después de 1980, el capitalismo volvió fácilmente a sus versiones originales del siglo XIX y principios del XX, que producen regularmente inestabilidad y conflictos sociales.

Para Milanovic, «la lección que se debe aprender de Nayar es, en cierto modo, simple. El capitalismo, si no está inserto en la sociedad y no acepta límites sobre lo que puede ser mercantilizado, tiene que pasar por depresiones y prosperidades recurrentes. Pero estos dos fenómenos no pueden verse simplemente como un más y un menos que se anulan entre sí. Sus efectos políticos son muy diferentes. Y aquí es donde Nayar critica a muchos economistas que vieron la Depresión de la década de 1920 como un período de limpieza del capitalismo que eventualmente resultaría en un auge. El punto es que aquí tratamos con personas reales y no con meros números: muchos no están dispuestos a esperar hasta que llegue el auge; es posible que ni siquiera estén vivos cuando llega. Así, votan por soluciones autoritarias o salen a la calle».

«La pregunta que todo el mundo se hace tras leer el libro de Nayar es: ‘¿Y ahora qué?’ Porque si el capitalismo continúa en la trayectoria actual que Nayar cree casi predestinada, deberá volver a producir inestabilidad y rechazo. Y eso —una vez más— haría el juego a los movimientos de derecha. Podríamos estar repitiendo un siglo después la misma historia que se desarrolló en Europa en la década de 1920. La historia rara vez se repite al pie de la letra: probablemente no veremos los movimientos de camisas negras o uniformes de distintos colores que inundaron Europa en los años ’20, pero podríamos ver, como ya ocurre, a partidos de movimientos nacionalistas o casi fascistas volver al poder y deshacer la globalización, luchar contra los inmigrantes, celebrar el nacionalismo, cortar el acceso a las prestaciones sociales a quienes no son lo suficientemente ‘nativos’. ¿Es eso fascismo? ¿Una ligera variante? Esa es la melancólica conclusión que puede extraerse del amplio estudio de la evolución política y económica de Occidente en los dos últimos siglos», consigna Milanovic.

Nosotros y los miedos

Un medio porteño publicó el fin de semana pasado un buen reportaje al economista coreano Ha-Joon Chang. De visita en la Argentina, fue presentado como «el economista heterodoxo joven más destacado del mundo, especializado en la economía del desarrollo; sus postulados han tenido un gran impacto en la discusión económica global». Posiblemente ello se deba a que, en el reportaje, el asiático postuló todas las taras del ofertismo cualunque. Además, Chang no reniega de la ventaja comparativa de David Ricardo, la pospone, dejando al descubierto una aproximación muy rudimentaria a la naturaleza del proteccionismo. Y por cierto, se olvidó de las inversiones de las multinacionales norteamericanas en Corea, hipotetizando que el despegue se debió al sentido calvinista —modo asiático— de los coreanos. Su prédica fue recibida con gran aquiescencia por sectores importantes del oficialismo.

Eso pone en evidencia que hay que tener muy en cuenta las prevenciones de Krishnan Nayar, dado que siguen pensando que acelerando la acumulación es como se mejora —a posteriori— la distribución del ingreso. El chamuyo de un derrame progresista. Y eso es lo común entre España y la Argentina y tutti quanti. Es de suponer que es lo que deben haber descubierto los publicistas de la derecha española, que intoxicaron con embustes al electorado. Como el ciudadano promedio no cree que le puedan solucionar la percepción de bajos ingresos, que los de la izquierda ni siquiera se lo proponen, para alegría de la derecha que dice que eso no se puede hacer, entonces la derecha le promete que al menos el orden existencial, que desafía lo que se guarda bajo el séptimo sello, y que lo aterroriza si aflora, permanecerá ahí, en tanto no vote a los tarados de la izquierda que están siniestramente conspirando para desatar el mal.

Si no se habla de plata, se habla de la poesía cruel de la pulsión de muerte. De momento, para nosotros la taba está en el aire. España incluida, está todo para que caiga de culo. Gracias a Dios, la probabilidad de suerte no es nula. Y pinta imponerse, cuando al César lo que es del César.

El Cohete a la Luna