Davos 23: un camino de rosas

La reunión anual de Davos llevo este año por título “Cooperación en un mundo fragmentado”. Mientras empresarios y políticos se juntan en la exclusiva ciudad de Suiza, la desigualdad estructural del capitalismo del Siglo XXI, crece a un ritmo vertiginoso.

Por Michael Roberts

Esta semana, la crème de la crème de la élite más rica del mundo volvio a reunirse, tras el interregno del COVID-19, de manera presencial en el Foro Económico Mundial (WEF). Los principales líderes políticos y empresariales volaron con sus jets privados para debatir sobre el cambio climático y el calentamiento global, así como sobre la inminente recesión económica mundial, la crisis producto del aumento del costo de la vida y la guerra de Ucrania.

Aparentemente, su estado de ánimo es pesimista. Dos tercios de los economistas jefe encuestados por la propia WEF creen que es probable que se produzca una recesión mundial en 2023, mientras que casi uno de cada cinco afirma que es muy probable que ocurra. Los líderes empresariales también están preocupados: el 73% de los directores ejecutivos de todo el mundo consideran que el crecimiento económico mundial disminuirá en los próximos 12 meses. Se trata de la perspectiva más pesimista desde que se realizó la primera encuesta del WEF hace 12 años.

Justo antes de que comiece el Foro, en la nieve de las exclusivas estaciones de esquí de Davos (Suiza), el WEF publicó su Informe sobre Riesgos Mundiales. Donde se hace una estremecedora lectura de la situación del capitalismo mundial en la década de 2020.

El informe afirma que: “la próxima década se caracterizará por crisis medioambientales y sociales, impulsadas por tendencias geopolíticas y económicas subyacentes”. La crisis del costo de la vida se clasifica como el riesgo mundial más grave en los próximos dos años, alcanzando su punto álgido a corto plazo. La pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se consideran uno de los riesgos mundiales que más rápidamente avanzará en la próxima década, y los seis riesgos medioambientales figuran entre los diez principales riesgos para los próximos diez años.

El informe prosigue: “Una inflación continuada impulsada por la oferta podría conducir a una estanflación, cuyas consecuencias socioeconómicas podrían ser graves, dada una interacción sin precedentes con niveles históricamente altos de deuda pública. La fragmentación económica mundial, las tensiones geopolíticas y una reestructuración más rocosa podrían contribuir a una angustia generalizada por la deuda en los próximos 10 años“. Señala que “la tecnología exacerbará las desigualdades; mientras que los esfuerzos de mitigación y adaptación al clima están abocados a una arriesgada disyuntiva, a medida que la naturaleza se derrumba”. Y “las crisis de alimentos, combustible y costes exacerban la vulnerabilidad de la sociedad, mientras que la disminución de las inversiones en desarrollo humano erosiona la resiliencia futura”. Aparentemente, el riesgo de una “policrisis” se ha acelerado.

¿Qué piensan hacer los organizadores del WEF y sus participantes ante esta “policrisis”? Bueno, el WEF parte del supuesto de que el capitalismo debe sobrevivir, pero la mejor manera de lograrlo es “moldeando” el capitalismo para convertirlo en algo “inclusivo para todos”. A Klaus Schwab, cofundador del WEF, le gusta llamarlo “capitalismo de las partes interesadas”.

Schwab explica: “En términos generales, podemos elegir entre tres modelos. El primero es el “capitalismo de los accionistas” (“shareholders capitalism”), adoptado por la mayoría de las empresas occidentales, que sostiene que el objetivo primordial de una empresa debe ser maximizar sus beneficios. El segundo modelo es el “capitalismo de Estado” (“state capitalism”), que confía al gobierno la dirección de la economía y ha adquirido importancia en muchos mercados emergentes, como China. Pero, en comparación con estas dos opciones, la tercera es la que más tiene que recomendar. El “capitalismo de las partes interesadas” (“stakeholder capitalism”), un modelo que propuse por primera vez hace medio siglo, sitúa a las empresas privadas como fideicomisarias de la sociedad y es claramente la mejor respuesta a los retos sociales y medioambientales actuales”.

Las grandes empresas deberían ser los “fideicomisarios de la sociedad” y la principal fuerza para resolver “los retos sociales y medioambientales de hoy en día”. Pero hay que sustituir el “capitalismo de accionistas”, en el que “el único objetivo son los beneficios, de modo que el capitalismo se desconecta cada vez más de la economía real”. Según Schwab, “esta forma de capitalismo ya no es sostenible”. Por el contrario, las grandes empresas, junto con los gobiernos y las organizaciones multilaterales, pueden desarrollar en su lugar el “capitalismo de las partes interesadas”, que, según Schwab, puede “acercar al mundo a la consecución de objetivos compartidos”.

Todos los años, Oxfam publica su informe anual sobre la desigualdad coincidiendo con la reunión del WEF, con el fin de denunciar la hipocresía del “capitalismo de las partes interesadas”. El informe de este año relataba el aumento de la desigualdad de riqueza e ingresos desde la pandemia. “En los dos últimos años, el 1% de los más ricos del mundo ha ganado casi el doble de riqueza que el 99% restante”, afirma Oxfam.

Aunque hay casi 8.000 millones de personas en el mundo, poco más de 3.000 son multimillonarios a fecha de noviembre de 2022. Este minúsculo grupo de personas posee una fortuna de 11,8 billones de dólares, lo que supone aproximadamente el 11,8% del PIB mundial. Mientras tanto, al menos 1.700 millones de trabajadores viven en países donde la inflación supera el crecimiento de sus salarios, incluso cuando las fortunas de los multimillonarios aumentan en 2.700 millones de dólares (2.500 millones de euros) al día.

El informe anual sobre la riqueza mundial de Credit Suisse es el análisis más completo de la riqueza personal mundial y su distribución. El informe de 2022 reveló que, a finales de 2021, la riqueza mundial total había alcanzado los 463,6 billones de dólares, es decir, más de 4,5 veces la producción anual mundial. La riqueza mundial aumentó un 9,8% en 2021, muy por encima de la media anual del 6,6% registrada desde principios de siglo. Si se excluye el movimiento de las divisas, la riqueza mundial agregada creció un 12,7%, lo que la convierte en la tasa anual más rápida jamás registrada.

Este aumento vertiginoso se debió a dos factores: la fuerte subida de los precios inmobiliarios y el auge del mercado bursátil impulsado por el crédito. Así pues, casi todo este aumento de la riqueza fue a parar a manos de los más ricos del mundo. De hecho, en 2020, el 1% de todos los adultos (56 millones) del mundo poseía el 45,8% de toda la riqueza personal del mundo, mientras que 2.900 millones sólo poseían el 1,3%. En 2021, esa desigualdad empeoró. En 2021, el 1% más rico poseía el 47,8% de toda la riqueza personal, mientras que 2.800 millones sólo poseían el 1,1%. Y el 13% más rico posee el 86% de toda la riqueza.

“Aunque hay casi 8.000 millones de personas en el mundo, poco más de 3.000 son multimillonarios. Este minúsculo grupo de personas posee una fortuna de casi 11,8 billones de dólares, lo que supone aproximadamente el 11,8% del PIB mundial”

El informe de Oxfam señala que: por cada dólar recaudado en impuestos, sólo cuatro céntimos proceden de impuestos sobre la riqueza. El fracaso a la hora de gravar la riqueza es más pronunciado en los países de renta baja y media, donde la desigualdad es mayor. Dos tercios de los países no tienen ningún tipo de impuesto de sucesiones sobre la riqueza y los bienes transmitidos a los descendientes directos. La mitad de los multimillonarios del mundo viven actualmente en países que carecen de este impuesto, lo que significa que 5 billones de dólares pasarán libres de impuestos a la siguiente generación, una suma superior al PIB de África.

Los tipos máximos del impuesto sobre la renta son cada vez más bajos y menos progresivos: el tipo impositivo medio para los más ricos ha pasado del 58% en 1980 al 42% más recientemente en los países de la OCDE. En 100 países, el tipo medio es aún más bajo, siendo tan solo del 31%. Los tipos impositivos sobre las rentas del capital – en la mayoría de los países la fuente de ingresos más importante para el 1% más rico – son sólo del 18% de media en más de 100 países. Sólo tres países gravan más las rentas del capital que las del trabajo.

Muchos de los hombres más ricos del planeta apenas pagan impuestos. Por ejemplo, se ha demostrado que uno de los hombres más ricos de la historia, Elon Musk, paga un “tipo impositivo real” del 3,2%, mientras que otro de los multimillonarios más ricos, Jeff Bezos, paga menos del 1%.

La respuesta política de Oxfam es gravar a los ricos. Oxfam pide un impuesto de hasta el 5% a los multimillonarios y multimillonarios del mundo que podría recaudar 1,7 billones de dólares al año “suficiente para sacar a 2.000 millones de personas de la pobreza y financiar un plan mundial para acabar con el hambre”. “El objetivo final debería ser ir más allá y abolir por completo a los multimillonarios, como parte de una distribución más justa y racional de la riqueza mundial”.

La pregunta que naturalmente se planteará es hasta qué punto es realista esperar que los gobiernos que apoyan el “capitalismo de las partes interesadas” introduzcan impuestos más elevados sobre la riqueza y los ingresos, por no hablar de abolir a todos los multimillonarios mediante impuestos. Eso va a requerir una lucha de masas para llevar al poder a gobiernos de trabajadores que trabajen coordinadamente a nivel mundial. En ese caso, ¿por qué limitarse a gravar a los ricos, sino aspirar a acabar con todo el capitalismo?

Es la misma historia con el cambio climático. La COP 27 y la COP 15 fueron un completo fracaso a la hora de intentar cumplir incluso el objetivo de la COP de París de limitar la temperatura media mundial a 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales. Según el programa de observación de la Tierra de la UE, el año pasado fue el quinto más cálido jamás registrado, con una temperatura media mundial de casi 1,2 ºC por encima de los niveles preindustriales.

El año estuvo marcado por 12 meses de extremos climáticos, con Europa registrando su verano más caluroso jamás registrado a pesar de la presencia por tercer año consecutivo del fenómeno de La Niña, que tiene un efecto refrescante, según constató el Servicio de Cambio Climático de Copernicus en su resumen anual del clima terrestre. Al mismo tiempo, las emisiones de gases de efecto invernadero de EE.UU. volvieron a aumentar en 2022, lo que sitúa al país aún más lejos de sus objetivos en el marco del acuerdo climático de París, a pesar de la aprobación de una amplia legislación sobre energía limpia el año pasado.

Las emisiones mundiales de dióxido de carbono procedentes de combustibles fósiles y cemento aumentaron un 1,0% en 2022, alcanzando un nuevo récord de 36.600 millones de toneladas de CO2 (GtCO2). Las emisiones “son aproximadamente constantes desde 2015” debido a un modesto descenso de las emisiones procedentes del uso de la tierra que equilibra los modestos aumentos de CO2 fósil. Pero recuerde que unos niveles de emisión estables no bastan para impedir que el mundo siga calentándose por encima de los objetivos oficiales. Se necesita, como mínimo, una reducción del 50% de las emisiones para finales de esta década y cero emisiones para finales de siglo.

En cambio, las emisiones estadounidenses aumentaron un 1,3% el año pasado, según las estimaciones preliminares de la consultora medioambiental Rhodium Group, lideradas por los fuertes incrementos de los edificios, la industria y el transporte del país. “Con el ligero aumento de las emisiones en 2022, Estados Unidos sigue rezagado en sus esfuerzos por cumplir el objetivo fijado en el Acuerdo de París de reducir para 2030 las emisiones de GEI entre un 50% y un 52% por debajo de los niveles de 2005”, señalan los autores. El año pasado, las emisiones estadounidenses se situaron sólo un 15,5% por debajo de los niveles de 2005.

Pero no se preocupen, el portavoz estadounidense sobre el clima, John Kerry, estuvo esta semana en Davos para quejarse de la lentitud de los progresos. Y el ex gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, ahora organizador entre los bancos internacionales de un fondo de financiación para el clima, también estuvo allí para quejarse de la lentitud de los avances. Estoy seguro de que eso llevará a la acción.

“Las emisiones mundiales de dióxido de carbono procedentes de combustibles fósiles y cemento aumentaron un 1,0% en 2022, alcanzando un nuevo récord de 36.600 millones de toneladas de CO2 (GtCO2)”

Y luego está el estado de la propia economía mundial. Justo antes de Davos, la directora del FMI, Kristalina Georgieva, advirtió de que un tercio de la economía mundial sufrirá una recesión este año. El FMI calcula que el crecimiento real del PIB mundial será sólo del 2,7% en 2023. Oficialmente, esto no es una recesión en 2023, “pero se sentirá como tal”. Y el FMI se dispone a rebajar de nuevo sus previsiones a finales de este mes. “Los riesgos para las perspectivas siguen siendo inusualmente grandes y a la baja”.

Y la previsión del FMI es la más optimista. La OCDE calcula que el crecimiento mundial se ralentizará hasta el 2,2% el año que viene. “La economía mundial se enfrenta a retos importantes. El crecimiento ha perdido impulso, la elevada inflación se ha extendido por países y productos, y está resultando persistente. Los riesgos están sesgados a la baja”. Por su parte, la UNCTAD, en su último informe sobre Comercio y Desarrollo, también prevé que el crecimiento económico mundial descienda al 2,2% en 2023. “La desaceleración global dejaría el PIB real aún por debajo de su tendencia prepandémica, costando al mundo más de 17 billones de dólares – cerca del 20% de la renta mundial”.

El último informe de Perspectivas Económicas Mundiales del Banco Mundial es aún más pesimista. El BM calcula que el crecimiento mundial se ralentizará hasta alcanzar su tercer ritmo más débil en casi tres décadas, sólo eclipsado por las recesiones mundiales de 2009 y 2020. Será una desaceleración brusca y duradera, con un descenso del crecimiento mundial hasta el 1,7% en 2023, y con un deterioro generalizado: en prácticamente todas las regiones del mundo, el crecimiento de la renta per cápita será más lento que durante la década anterior a la COVID-19. Y esa fue la década de lo que yo llamo la Larga Depresión. A finales de 2024, los niveles del PIB en las economías en desarrollo estarán aproximadamente un 6% por debajo del nivel previsto en vísperas de la pandemia.

Luego están las crecientes tensiones geopolíticas. – No sólo el conflicto entre Rusia y Ucrania, sino la creciente “fragmentación” de la economía mundial. La hegemonía estadounidense, construida en torno a la “globalización” y la Gran Moderación de los años ochenta hasta la década de 2000, ha llegado a su fin.

Georgieva está especialmente preocupada. En su mensaje previo a Davos, se quejaba: “Nos enfrentamos al espectro de una nueva Guerra Fría que podría fragmentar el mundo en bloques económicos rivales”. Los beneficios de la globalización podrían “dilapidarse”. Pero otro mito es que la “globalización” benefició a la mayoría. Georgieva afirma que “desde el final de la Guerra Fría, el tamaño de la economía mundial prácticamente se triplicó, y casi 1.500 millones de personas salieron de la pobreza extrema”. Pero la mejora de la producción mundial y del nivel de vida que se ha logrado se ha limitado principalmente a China y Asia Oriental. El crecimiento económico mundial se ha ralentizado desde la década de 1990 y no se ha reducido la pobreza de unos 4.000 millones de personas en el planeta, al tiempo que ha aumentado la desigualdad (como se ha revelado anteriormente).

Georgieva quiere invertir la oleada de nuevas restricciones comerciales, que es “una peligrosa pendiente resbaladiza hacia una fragmentación geoeconómica galopante”. Calcula que el coste a largo plazo de la fragmentación del comercio podría oscilar entre el 0,2% de la producción mundial en un escenario de “fragmentación limitada” y casi el 7% en un “escenario grave”, lo que equivaldría a la producción anual combinada de Alemania y Japón. Si a esto se añade la disociación tecnológica, algunos países podrían sufrir pérdidas de hasta el 12% del PIB. La globalización aumentó las desigualdades y no consiguió reducir la pobreza; es probable que la fragmentación intensifique estos resultados.

¿Cuál es la respuesta de Georgieva a todo esto? En primer lugar, reforzar el sistema de comercio internacional. En segundo lugar, ayudar a los países vulnerables a hacer frente a la deuda. Tercero, intensificar la acción por el clima. Resumió: “Los debates de Davos serán una señal esperanzadora de que podemos avanzar en la dirección correcta y fomentar una integración económica que traiga paz y prosperidad a todos”. Algo de esperanza. Davos quiere “dar forma” al capitalismo, pero en lugar de eso todo es un camino de rosas.

Agencia Latinoamericana de Información

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