De la abulia a la acción

Cómo recuperarnos de la postración intelectual y política

Por Ricardo Aronskind

Imagen: En la Argentina, Biden sería catalogado de chorro, autoritario, corrupto, comunista y demagogo, tras su discurso del 7 de febrero.

El golpe económico como herramienta electoral

El 6 de febrero se conoció un documento consensuado por todos los referentes de Juntos por el Cambio. Su lectura rápidamente develó el carácter desestabilizador de esa declaración política, que apunta a generar un clima de desconfianza e inseguridad que se traduzca en comportamientos económicos suicidas. El sentido del mensaje apunta a promover que parte de los tenedores de la deuda pública en pesos no acepten renovar a su vencimiento los títulos que tienen en su poder, presos de pánico. Si eso ocurriera, desfinanciarían al Estado nacional, lo que obligaría al gobierno o a reducir drásticamente el gasto público, generando un fuerte impacto recesivo, o a emitir ese dinero para pagar, lo cual sería interpretado como un fuerte impulso a la remarcación de precios.

La ilusión de los economistas y políticos de Juntos por el Cambio es que esos fondos, ahora en manos de los bancos y del público en general, vayan a comprar dólares marginales, generando un violento salto en las expectativas devaluatorias e inflacionarias. Como sabemos, hace falta muy poco para crear estos climas en un país plagado de irresponsables y de alocadas fantasías de catástrofe, basadas en una absoluta incomprensión de hechos reales y traumáticos ocurridos en otros momentos de la historia nacional.

Sin embargo, en una reciente renovación de deuda pública, ese efecto no se notó, aunque debemos señalar que la situación es sumamente volátil en materia de expectativas, y que además está atravesada por acciones electorales, como la que acabamos de mencionar.

Lo que sí es claro es que no estamos frente a una oposición normal, democrática, sino a un grupo de aventureros a quienes les importa muy poco el país y hasta sus propios votantes, excepto que crean que su principal compromiso con sus adherentes consiste en hacer volar a un gobierno peronista por los aires.

Estamos en una situación de precariedad y de volatilidad económica no sólo por la herencia recibida –la cual no fue suficientemente denunciada– sino por la carencia, desde el comienzo de esta gestión, de una estrategia gubernamental para construir gobernabilidad económica popular. Esa gobernabilidad económica popular debió implicar que desde el Estado se pusiera énfasis en controlar cada vez con mayor eficacia un conjunto de precios y de operaciones económicas –en los mercados financieros, en el comercio exterior– que actualmente son manejadas por diversas fracciones privadas y que tienen capacidad suficiente como para desestabilizar la economía.

Se debió trabajar especialmente en lograr un amplio manejo en el precio de los bienes de primera necesidad, el costo de los servicios públicos y las operaciones –más que turbias– de comercio exterior, fortaleciendo las capacidades de control y de sanción del Estado y denunciando ante la sociedad a todos los factores que interfieren en el logro de mayor bienestar social y mayor respeto a los consumidores.

A diferencia de países normales, en los que los sectores dominantes están interesados en la estabilidad y previsibilidad económicas, en la Argentina varias fracciones han descubierto las suculentas ganancias –y transferencias de propiedad– que se pueden lograr con el expediente de la desestabilización macroeconómica.

Juntos por el Cambio refleja con exactitud el pensamiento y los intereses de esas fracciones, con el agregado de los propios cálculos miserables de su elenco de políticos profesionales: “Si les generamos un desastre económico en el último tramo de la gestión –que el público no va a notar porque se lo atribuiremos a la impericia de los populistas– también recogeremos las mieles de una mejor votación, más cargos y más poder para servir a las empresas que nos auspician y a los intereses globales que nos respaldan”.

Todas las fichas a la desestabilización macroeconómica.

Biden: ¿populista o comunista?

El 7 de febrero, el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Joe Biden, de 80 años, presentó ante el Congreso su visión sobre el estado de la Unión. Halcón en materia de política exterior, como era previsible, tuvo algunos momentos remarcables –en cambio– en relación con su política interior, especialmente en el área económica. Tiene sentido, en un momento en el que asume un alto grado de confrontación internacional contra la República Popular China y la Federación Rusa, que Estados Unidos refuerce su frente interno y busque una mayor cohesión para afrontar los combates para lo que se apresta. No fue distinto el papel de los demócratas en la década del ’60, cuando Lyndon Johnson lanzó un ambicioso programa socialdemócrata de “gran sociedad”, incluyendo la lucha por los derechos civiles de la población negra, al tiempo que enviaba 500.000 jóvenes norteamericanos a pelear en Vietnam y en todo el sudeste asiático “por la libertad”.

Vale la pena citar unos párrafos del discurso del Presidente norteamericano que nos impactan en el contexto del microclima reaccionario que vivimos en nuestro país, donde el campo de ideas políticas transformadoras en materia económica se ha acotado extraordinariamente. Dijo Biden: “Durante décadas, la clase media fue vaciada… Demasiados puestos de trabajo bien remunerados se trasladaron al extranjero. Las fábricas en el país cerraron. Ciudades y pueblos antaño prósperos, que muchos de ustedes representan, se convirtieron en sombras de lo que solían ser. Y por el camino se perdió algo más. El orgullo. El sentido de la autoestima (…) Durante muchas décadas importamos productos y exportamos empleos. Ahora, gracias a todo lo que han hecho ustedes (le habla al Congreso norteamericano), estamos exportando productos estadounidenses y creando empleos en Estados Unidos”.

Ciertamente, ocurrió en el contexto de la globalización neoliberal, impulsada por los propios Estados Unidos a nivel mundial, y cuyo principal beneficiario fueron las corporaciones multinacionales. El escenario social y humano que describe es también el argentino, con la diferencia de que, a nuestro país, la política de apertura importadora y la desindustrialización le fueron impuestas por una dictadura cívico-militar criminal, y también por los norteamericanos y sus diversos organismos colaterales. Estados Unidos está volviendo de esa práctica anti-industrial ruinosa. Empezó a volver con Donald Trump, y lo profundiza con Biden.

La Argentina, en cambio, está pensando en exportar materias primas en bruto, urgida por los pagos de su deuda externa y por el bombardeo intelectual subdesarrollante de la publicidad neoliberal.

“Solíamos tener el primer puesto del mundo en infraestructuras, y luego caímos al puesto 13°. Los Estados Unidos de América en el puesto 13° del mundo en lo que se refiere a infraestructura, infraestructura moderna. Ahora mejoraremos porque nos unimos para aprobar la ley bipartidista de infraestructuras, la mayor inversión en infraestructuras desde el Sistema de Autopistas Interestatales del Presidente (Dwight) Eisenhower. (…) Estos proyectos pondrán a trabajar a cientos de miles de personas en la reconstrucción de nuestras autopistas, puentes, ferrocarriles, túneles, puertos y aeropuertos, agua potable e Internet de alta velocidad en todo Estados Unidos. Urbano, suburbano, rural (…) Y cuando hagamos estos proyectos –y de nuevo me critican por esto, pero no me excuso por ello–, vamos a comprar lo que esté hecho en Estados Unidos. Vamos a comprar lo que esté hecho en Estados Unidos. Es totalmente congruente con las reglas del comercio internacional. Comprar lo que esté hecho en Estados Unidos ha sido ley en el país desde 1933. Pero durante demasiado tiempo, las administraciones anteriores, demócratas y republicanas, han encontrado formas de eludirla. Ahora ya no. Esta noche también anuncio nuevas normas para exigir que todos los materiales de construcción utilizados en los proyectos federales de infraestructuras sean fabricados en Estados Unidos. Hechos en Estados Unidos. Lo digo en serio. Madera, vidrio, paneles de yeso y cables de fibra óptica. Y durante mi mandato, las carreteras, puentes y autopistas estadounidenses se construirán con productos estadounidenses también”, enfatizó Biden.

Habría que poner en un avión a todos los economistas de la derecha argentina y a una buena delegación de grandes empresarios para que viajen de urgencia a Estados Unidos a explicarles a los confundidos norteamericanos que ese camino los aleja de los mercados, de la competencia y del progreso que gozamos en América Latina aplicando las políticas neoliberales del Consenso de Washington. Que por ese camino desalientan la inversión y que los capitales se fugarán hacia otros paraísos de la libertad económica.

Nuestro problema es que la mitología neoliberal ha calado demasiado hondo y ha impregnado a parte de los sectores que deberían tener una comprensión más profunda de los hechos económicos, y sobre todo de los determinantes del desarrollo.

El discurso de Biden es esperanzador para los norteamericanos, protector de sus trabajadores y de su población en general, y fuertemente estimulante para los productores de bienes y servicios locales. ¿Quién está dispuesto/a a encarnar ese discurso productivista y esperanzador en la Argentina? ¿Quién es capaz de proponer, con convicción y entusiasmo, un camino decidido de progreso para nuestro país, opuesto a la alienante publicidad económica neoliberal?

Continuó Biden: “Con la Ley para la Reducción de la Inflación que he promulgado, nos enfrentamos a poderosos intereses para reducir los costes sanitarios y que ustedes puedan dormir mejor por la noche y más seguros. Saben, pagamos más por los medicamentos recetados que cualquier otro país del mundo. Permítanme decirlo de nuevo: pagamos más por los medicamentos recetados que cualquier otro país principal del planeta. Por ejemplo, uno de cada diez estadounidenses tiene diabetes. Muchos de ustedes en esta Cámara y en el público. Cada día, millones de personas necesitan insulina para controlar su diabetes y literalmente seguir con vida. La insulina existe desde hace más de 100 años. El hombre que la inventó ni siquiera la patentó porque quería que estuviera a disposición de todo el mundo. La fabricación de la insulina sólo cuesta alrededor de 10 dólares por ampolla a las empresas farmacéuticas. Con el paquete y lo demás, quizá llegue a 13 dólares. Pero, las grandes empresas farmacéuticas han estado cobrando injustamente a la gente cientos de dólares, de 400 a 500 dólares al mes, obteniendo beneficios récord. Ahora ya no. Limitamos el coste de la insulina a 35 dólares al mes para las personas mayores con Medicare (cobertura de seguridad social a cargo del Estado norteamericano). Hay millones de estadounidenses que no tienen Medicare, entre ellos 200.000 jóvenes con diabetes de tipo I que necesitan insulina para salvar sus vidas, que necesitan esta insulina para estar vivos. Acabemos el trabajo esta vez. Limitemos el coste de la insulina a 35 dólares al mes para todo el mundo”.

Es casi imposible pensar que algún político encumbrado de la Argentina sea capaz de decir estas palabras. El dominio de las empresas monopólicas sobre la vida nacional y el pensamiento de la dirigencia es grave. Por supuesto, alguien puede advertir, como podría decirlo en su momento el Presidente Arturo Illia, que meterse con las grandes empresas medicinales, particularmente si son norteamericanas, puede ser peligroso. Son poderosas, como lo demostró Juntos por el Cambio cuando se constituyó en el representante político de los intereses de Pfizer en la Argentina durante la pandemia. Pero hay algo tan claro, tan fuerte en el discurso de Biden, que debería tener impacto en nuestro país. Aquí también, productos medicinales cuyo costo es 10, se venden a 1.000. ¿Alguien es capaz de conectar estos abusos monopólicos con el bienestar de la mayoría? ¿Piensan que la mayoría no estaría en condiciones de entender y apoyar este tipo de medidas de justicia elemental?

Y la última cita de Biden: “El plan que les voy a mostrar reducirá el déficit (del gobierno federal) en dos billones de dólares y no recortará ni una sola prestación del seguro social o de Medicare.

(…) No aumentaré los impuestos a nadie que gane menos de 400.000 dólares al año. Y pagaré por las ideas de las que he hablado esta noche haciendo que los ricos y las grandes empresas empiecen a pagar lo que les corresponde. Miren, este es el asunto. Las grandes corporaciones no sólo se aprovechan del código fiscal. Se están aprovechando de ustedes, los consumidores estadounidenses (…) Miren, el capitalismo sin competencia no es capitalismo. Es extorsión. Es explotación”.

Vale la pena retener esta cita porque es exactamente lo que pasa en la Argentina, donde el nivel de vida de la mayoría de la población es considerablemente menor del que podría ser porque el Estado es incapaz de regular y controlar los comportamientos de los monopolios y grandes empresas altamente concentradas. Ni siquiera hay liberalismo serio en la Argentina: las ideas anti-monopólicas murieron.

Claro, lo que le falta decir a Biden es que allí donde impera la extorsión y la explotación, es el Estado el único actor capaz de modificar esa situación: el “mercado” resultaron ser los monopolios. No lo dijo, pero la legislación protectora y otras medidas regulatorias que anunció van exactamente en esa dirección: el Estado y el sistema político empeñan su peso para impedir las múltiples maniobras abusivas por parte de empresas privadas que Biden enumeró en el discurso.

Muchas de esas mismas prácticas son conocidas en nuestro país y están completamente naturalizadas por el sistema político y los medios –también monopólicos– de comunicación.

No sorprende la complicidad con las prácticas abusivas en el caso de Juntos por el Cambio, asumido representante de los intereses corporativos. Pero la inacción del gobierno del Frente de Todos no parece reflejar las necesidades de sus representados, que no son sólo los pobres, sino amplios sectores poblacionales cuyos ingresos son sistemáticamente esmerilados por todo tipo de abusos empresariales.

¿Cómo sería catalogado Biden de actuar en nuestro país y proponer lo mismo que anunció frente al Congreso estadounidense? ¿Chorro, autoritario, corrupto, comunista, demagogo? En ese pozo de oscurantismo estamos. Y de ahí hay que salir.

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Para las elecciones y más allá

Tenemos que tomar nota de que hoy el horizonte de las políticas públicas en la Argentina está a la derecha de la visión del moderado Presidente norteamericano. Hay que pensar cómo llegamos a esta distorsión grotesca y cómo nos recuperamos de esta postración intelectual y política.

Es un error pensar que con bajar la inflación –que no es lo mismo que bajar los precios– o con mejorar un poquito la distribución del ingreso se ganan las elecciones. No va a haber milagros antes de las elecciones en ese sentido. Afortunadamente, la suerte electoral no depende exclusivamente de datos económicos. Hay otros factores también muy importantes.

Desde una perspectiva popular, las elecciones se pueden ganar generando un clima político-social de expectativa de mejora, de progreso, de porvenir, de entusiasmo. No se ganará sólo alertando sobre lo horrible de los planes de la derecha, que gracias a la invalorable colaboración literaria de Mauricio Macri se deben difundir y mostrar ampliamente. Hace falta politizar a la población, tener un discurso claro y potente y ofrecer esperanzas, basadas en planes claros, realistas y cumplibles. No es una cuestión que se resuelve entre dirigentes, sino que es fundamental promover y estimular el debate y la organización en la sociedad. Debe haber un programa sencillo, identificado con los intereses populares y sostenido por figuras genuinas, que crean profundamente que una transformación es posible en nuestro país.

El Cohete a la Luna