Democracia y crisis económica

Aislar la economía de la política, el peligroso mito reaccionario que suma adeptos

Por Enrique Aschieri

Imagen: Militantes de Revolución Federal arrojaron antorchas por arriba de la reja perimetral de la Casa Rosada en agosto de 2022.

La situación entretejida por la inflación rebelde; la mala distribución del ingreso en la que —por ahora y contando al alza— se deja afuera a la mitad de los argentinos; la brecha cambiaria y la devaluación mensual del peso; las famélicas reservas de divisas; el bajo nivel de desempleo; el arreglo poco o nada feliz alcanzado en el endeudamiento externo; el crecimiento que se desacelera (vía fuerte ajuste fiscal) pero crecimiento al fin y al cabo; la bienvenida menor tasa de mortalidad infantil en la historia del país; la moratoria previsional trabada en el Parlamento por la derecha reaccionaria, son un conjunto de hechos que, a modo de prolegómeno lleno de contradicciones, abren el año que hacia su finalización convoca a los argentinos a las urnas para elegir un nuevo Presidente.

La compulsa transpira ser parte del problema antes que el inicio de la solución. Es que la disputa en la superestructura política baila al ritmo de las ideas dominantes en el bloque histórico tanto en lo que respecta a lo que hay que hacer como en lo que no hay que hacer para enderezar una trayectoria que viene muy torcida. Estas ideas han sido las que nos trajeron a este estado de cosas, por lo tanto resulta imposible que empujen la palanca que mueva a la Argentina hacia un escenario de no crisis. Más bien lo contrario.

El tema de fondo es que si los estropicios en la vida material no encuentran el canal a recorrer para ser superados, el sistema —como para sobrevivir necesita seguir acumulando— hallará una salida política que se puede presumir intrínsecamente inestable y —por eso mismo— con el pago de la cuenta que pasa la historia a cargo de la democracia y —por cierto— con más argentinos excluidos. Las paupérrimas respuestas dadas al atentado contra Cristina y la prisión política de Milagro Sala son indicios de que los síntomas del deterioro de la vida democrática no encuentran obstáculos para avanzar. Como señaló con lucidez Antonio Gramsci: “La indiferencia es el peso muerto de la historia”.

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Son mucho más que dos

Dos piezas periodísticas de esta semana —una de Juan Carlos Torre, la otra de Marcelo Cavarozzi— expresan con bastante aproximación la media de las ideas que pululan entre los intelectuales orgánicos del orden establecido. Torre, el autopercibido cronista del infierno de la política económica, categoriza que “la vida política del país abandonó los marcos de la polarización competitiva para deslizarse hacia lo que se ha dado en llamar la polarización perniciosa. Con esta expresión se nombra a aquella polarización en la que el mundo político se divide en dos campos mutuamente excluyentes y estos a su vez descansan en dos identidades igualmente incompatibles, concebidas con frecuencia en términos morales, a un lado el pueblo digno y virtuoso y al otro las fuerzas del mal”. Luego de haber construido y plantado el espantapájaros, el cronista del infierno de la política económica observa: “Partiendo de este encuadre, creo que se puede coincidir con un dictamen: el clima de crispación política en el que estamos es el resultado de decisiones que han tomado líderes políticos. Para cancelarlo, el primer movimiento debe ser hecho por decisiones de otros tantos líderes políticos. La suerte de la estrategia de despolarización se juega, pues, en el vértice de los dos grandes bloques de la política argentina y depende de una tarea urgente y complicada: neutralizar a las corrientes más radicalizadas del Frente de Todos y Juntos por el Cambio (…) —y, por lo tanto, a sustraer de la competencia— políticas públicas que pongan freno al deterioro institucional y a la regresión social en curso”.

Al día siguiente el politólogo Marcelo Cavarozzi en el mismo diario publicó una columna en el que da otra vuelta de tuerca al esqueleto acuerdista de Torre. Cavarozzi entiende que hay dos peligros que acechan a la democracia argentina. El primero viene dado por “la anomalía de la democracia, es decir que la democracia, por su propia esencia, está condenada a aceptar el uso de sus instituciones con el objetivo reaccionario de abolirla (…). De todos modos, la democracia ha resistido y la soberanía popular expresada en el voto funciona a nivel nacional, mientras que también en la mayoría de las provincias se cumple otro requisito adicional que marcaron, entre otros, Adam Przeworski y Carlos Gervasoni: la vigencia efectiva de la posibilidad de alternancia en el poder”. Entonces, a partir de esa resistencia, “el segundo riesgo que la democracia enfrenta en la Argentina es más grave y tiene una historia más extensa. Es uno al cual se ha sucumbido en tiempos democráticos y autoritarios: la incapacidad para gobernar la economía denotada por la persistencia de la inflación”, consigna Cavarozzi, y moteja a ese síndrome como el “acuerdo inflacionario”. Recapitula Cavarozzi que “a partir de 1983 (…) la complicidad —explícita o no— de los funcionarios ha sido un requisito para la continuidad del “acuerdo”, que ha llevado incluso, como ocurrió en 1988, en 2001 y en la actualidad, a situaciones de debilidad extrema del gobierno y el traslado de todas las expectativas a la elección próxima”. Más allá de la curiosa asimilación de la inflación galopante de 1988 (y la actual) con la tortuosa deflación de 2001 —seguramente se tomó una licencia literaria—, Cavarozzi aboga para que “en el próximo turno los nuevos gobernantes y sus ‘cómplices’, es decir los actores relevantes en las pujas económicas, intenten superar el callejón sin salida en el que la Argentina se ha internado durante el último medio siglo. Ello requiere que se negocie y se induzca, con premios y castigos, a que esos actores se plieguen a un acuerdo anti inflacionario”. La vocación por el castigo es inequívoca en esta gente.

Electoralismo extremista suicida

Se podría sospechar que los moderados de la derecha reaccionaria se estaban anticipando defensivamente al comunicado de mediados de semana de la conducción nacional de Juntos por el Cambio, en el que propenden a volver inevitable para el próximo gobierno enfrentar una súper devaluación del peso al nivel de cerrar la brecha cambiaria. El gobierno no tiene problemas para pagar esa acreencia, pero la creación artificial del problema que impulsa Juntos por el Cambio mediante la amenaza concreta de patear muy para adelante la deuda en pesos que el gobierno mantiene con el sistema financiero haría que el mercado devalué de manera muy caótica, dejando por un tiempo considerable a la economía con la cadena de pagos rota. Nada más y nada menos.

Ese electoralismo extremista suicida, sin embargo, boya sobre una coincidencia de fondo entre una buena parte del oficialismo y los opositores que es la de terminar con la brecha cambiaria devaluando el peso desde su menor valor oficial hasta su cotización informal, atajando las demandas salariales por medio del acuerdo político al solo efecto de que —en esta visión de las cosas— la Argentina se ordene ganando competitividad a la espera de que la promesa de una ampliada oferta exportadora aumentada por materias primas minerales obre el milagro de alejar la restricción externa. La política económica oficial basa su cualunque estrategia anti-inflacionaria en la brecha cambiaria —conforme le dijo el ministro Sergio Massa al director del Cohete en el reportaje de enero—, permitiendo comprar dólares a precio oficial a aquellos sectores que se comprometen a no soliviantar los precios. Es la reversa de comprarles dólares por arriba del oficial a los sectores que acuerdan liquidar divisas a ese mayor precio. Todo sea por aguantar hasta las elecciones y así fortalecidos —se esperanzan—, encarar la bruta devaluación respaldados por el acuerdo político y la bendición del FMI. ¿Por qué no la hicieron antes si a lo sumo en dos trimestres las aguas se calmarían? Porque —objetivamente— no están dispuestos a mejorar el poder de compra de los salarios.

En esta coalición transversal de almas no muy bellas no faltan los que se entusiasman con el crecimiento exportador de la manufactura industrial argumentando que es mucho más sencillo que sustituir importaciones. El horno mundial no está para bollos y no solo porque la OMC está en el limbo. Justo a la mitad de enero trece economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) publicaron un paper titulado «Fragmentación geoeconómica y el futuro del multilateralismo», en el que exploran las posibles ramificaciones económicas de una reversión de la integración económica global, que va desde menos comercio a menos inversión externa y menos inmigrantes. Un primer cálculo arroja que el desacoplamiento en marcha de la economía mundial costará hasta 12 % del producto mundial. Para la misma fecha, el Foro Económico Mundial de Davos abrió con un panel integrado por los reconocidos intelectuales públicos: Péter Szijjártó, Niall Ferguson, Ngaire Woods, Ian Bremmer, Adam Tooze, con la sugerente apelación de «¿Desglobalización o reglobalización?» Durante el transcurso en los Alpes del concilio laico de las más grandes corporaciones, el runrún era que había que tomarse muy en serio la decisión norteamericana de relanzar su propia economía impidiendo la sangría inversora extramuros y frenando a China. El martes 7 de febrero, el “potus” Joe Biden en su discurso anual ante el Congreso del Estado de la Unión (entre insultos y chanzas de unos cuantos guarangos legisladores republicanos) dijo: «Mi plan económico se trata de invertir en lugares y personas que han sido olvidadas (…). No me voy a disculpar por estar invirtiendo para que los Estados Unidos sean fuertes. Invertir en innovación estadounidense, en industrias que definirán el futuro, y que el gobierno de China tiene la intención de dominar (…). Estoy comprometido a trabajar con China, donde puede avanzar con los intereses estadounidenses y beneficiar al mundo (…). Pero no se equivoquen… Si China amenaza nuestra soberanía, actuaremos para proteger a nuestro país».

Los idealistas

Las expresiones de Torre y Cavarozzi son una muestra del idealismo que campea generalizado en la actual crisis argentina —particularmente en el acuerdo por ahora tácito entre moderados del oficialismo y la oposición— y que impide y dificulta seriamente encontrarle la punta al ovillo. El filósofo idealista prusiano Immanuel Kant (1724-1894) les escribió el libreto al establecer que “si alguna vez se encuentran defectos en la constitución del Estado (…) que no se han podido evitar, es un deber, particularmente para los gobernantes, el estar atentos a que se corrijan lo más pronto posible y de acuerdo con el derecho natural, tal como se nos presenta en la idea de la razón, sacrificando incluso su egoísmos”. Lo que vale es la idea de la razón y si esa idea es que hay que aceptar la pobreza para frenar la inflación (no hacerlo sería egoísmo), adelante con los faroles. De la lucha de clases: bien gracias, ni hablemos. Bastaría con alejar a los extremistas, aunque en el campo oficial cuesta encontrar en qué influyen. Qué pedo importante que tiene toda esta gente. No por casualidad del primero al último de este entongue sueñan con que el acuerdo con que se entusiasman separe taxativamente la economía de la política porque la economía tiene razones que el corazón político malogra. La escuela austríaca del neoliberalismo (Hayek, Mises, etc.) nació tras el desmoronamiento del Imperio de los Habsburgo de 1918 para inmunizar a la economía de la democracia y así convertirla en la vara que disciplina la vida social. La herramienta del orden que aleja la anarquía. Los liberales entraron en las variantes autoritarias cantando el Himno a la Alegría. Por la misma época, Lenin se movía pensando que la economía era política concentrada.

Ese es el sentido de reflexionar en la mala hora actual de la democracia argentina sobre la experiencia fascista que comenzó hace un siglo, cuando todo ha cambiado menos el sendero de las respuestas inadecuadas para el mal funcionamiento de la base material de la sociedad; esto es cómo finalmente con las mejores intenciones acuerdistas (en crudo: embocar a los trabajadores) se recurre a la violencia política para restaurar el orden cuando las riendas inevitablemente se les van de las manos y se crea una situación desastrosa. El filósofo norteamericano Thomas Nagel (The New Statesman, 30/09/2022) refiere que su colega también estadounidense “Richard Rorty murió en 2007, pero en 2016 logró un tipo diferente de celebridad por haber previsto la elección de Donald Trump. En un libro llamado Achieving Our Country (Lograr nuestro país), publicado en 1998, había escrito que la creciente desigualdad y el empobrecimiento de la clase trabajadora como resultado de la globalización llevaría al electorado con esa base a ‘comenzar a buscar a un hombre fuerte para votar, alguien dispuesto a asegurarles que, una vez que sea elegido, los burócratas presumidos, los abogados complicados, los negociantes de bonos que cobran una enormidad y los profesores posmodernos ya no serán los que marcan el paso… Encontrará como canalizarse todo el resentimiento que los estadounidenses menos educados sienten acerca de que los graduados universitarios les dicten como deben comportarse».

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En todo tiempo y lugar la canción es la misma: lo más probable es que el liderazgo fuerte es todo lo que tiene para ofrecer por ahora el acuerdismo idealista y fútil de los moderados, cuyo destino manifiesto es la inefectividad. Ante el espectáculo absolutamente desagradable de la Alemania de los ‘30, nos cuenta Günter Grass en su novela El tambor de lata que el pequeño Oskar Matzerath decidió a sus 10 años dejar de crecer. Cuando una situación lo desbordaba tocaba su tambor de lata y gritaba. Una actitud muy infantil. El mundo adulto que veía lo descomponía. En un encuentro en una feria ambulante con un liliputiense ya adulto de nombre Bebra, este le dice: “Estimado Oskar, puede creer a un colega experimentado. La gente como nosotros no debe ser nunca espectadora. La gente como nosotros debe estar en el escenario, bajar a la arena. La gente como nosotros debe llevar la voz cantante y dirigir el espectáculo, porque de otro modo nos manejarán ellos. ¡Y les gusta mucho jugarnos malas pasadas! (…) Metiéndose casi en mi oído, me susurró con sus ojos antiquísimos:

“—¡Ya llegan! ¡Se apoderarán de todas las salas de fiestas! ¡Organizarán desfiles con antorchas! Levantarán tribunas, las ocuparán y predicarán desde ellas nuestro hundimiento. ¡Esté atento, amiguito, a lo que pase en las tribunas! ¡Trate de estar siempre sentado en una y nunca de pie ante ella! (…) Para los pequeños como nosotros hay siempre algún lugarcito, hasta en las tribunas más abarrotadas. Y, si no en la tribuna, entonces debajo de ella, pero nunca delante de la tribuna (…).

“Los acontecimientos políticos de los años que siguieron dieron la razón a Bebra: había comenzado la época de los desfiles con antorchas y las concentraciones ante las tribunas”.

Hay que trabajar para que esta vez la historia que no se repite tenga la bondad de rimar lo menos posible. Y el que crea que se están cargando por demás las tintas, que esto acá no puede pasar, debería explicar por qué no es un terrible infantilismo político la causa de la desproporcionada intención de voto que recogen los ultras de derecha según lo informan las encuestas.

El Cohete a la Luna