Derechas y gobiernos progresistas

Por José Blanco

Con la elección de AMLO se inició en 2018 el segundo ciclo de gobiernos progresistas de América Latina (AL). Como en el caso del primer ciclo, quizá con la excepción de Hugo Chávez en Venezuela, los gobiernos del segundo ciclo han adherido, cada uno a su modo, a ese componente de la política de AL resumido en la idea de lo nacional-popular. Una idea nacida de la experiencia histórica. Con esa directriz, y durante tiempos acotados, los pueblos del subcontinente han prosperado ampliando derechos sociales y aminorando injusticias sociales, todo con alcance exiguo: la pobreza extrema se ha mantenido y la desigualdad desmedida ha sido la norma. Para las derechas ese avance de los pueblos es un exceso que combatir, producto de gobiernos «populistas», irresponsables e ignorantes. Para los pueblos sus conquistas han sido, además, enseñanzas históricas para el futuro.

Después de AMLO llegaron: 2019, Alberto Fernández en Argentina; 2021, Pedro Castillo en Perú, derrocado por un golpe de Estado en curso. En 2022 llegaron: Gabriel Boric en Chile; Luis Arce Catacora en Bolivia; Xiomara Castro en Honduras; Gustavo Petro en Colombia; y Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil.

El segundo ciclo está naciendo, pero ya ha sido inmediata la respuesta-venganza de las derechas furibundas. Especialmente racista en Perú. Bolivia proviene del primer ciclo y ha extendido su presencia en el segundo, en medio de una conflictividad social también cargada de racismo sobre clasismo.

En Argentina los conflictos internos en la coalición gobernante Frente de Todos, de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, dimanan de la estructura productiva del país, de la que derivan sus problemas históricos con la balanza de pagos, la deuda externa y el tipo de cambio. No hay acuerdo en el frente sobre el modo de encarar en el corto plazo esos problemas; la derecha ha sido totalmente irresponsable y corrupta frente a los mismos (acompañada por el FMI), pero mantiene una muy real fuerza política gravitando encima de la coalición con el lawfare. La continuidad del frente parece por demás incierta.

En Chile el balance de fuerzas entre las izquierdas y las derechas no es claro. La derechas actuales son menos trogloditas que Pinochet. Aunque la fuerza popular parece mantenerse, el gobierno de centroizquierda va desvaneciendo su lado izquierdo e incursiona en medidas propias de la derecha. Por encima de todo es visible la «justicia» de la ley contra los mapuches.

En Brasil la derecha no es Bolsonaro. Este ex capitán de bajas entendederas es parte de ella y ha sido su instrumento, pero es desechable. Lula parece haber contenido la primera arremetida, pero esa derecha ya ha demostrado ser capaz de actos de la peor calaña.

No hay recetas políticas para nadie. Las derechas no pueden ya recurrir al golpe de Estado militar, pero harán todo lo que esté a su alcance para regresar por sus fueros.

Los países del capitalismo periférico, como en todo, llegaron tarde a la democracia electoral representativa. Ésta se basa en la ficción de la igualdad frente a la ley de los desiguales en la realidad. Hasta el siglo XX esa ficción jugaba más o menos su papel en los países desarrollados: funcionaba. Pero cuando los polos de la desigualdad social real se alejan al grado alcanzado en la actualidad, la ficción decae. Es un drama para los beneficiarios del capitalismo actual, los propietarios del capital. Su hegemonía se comba, sus rollos se van a pique: los de abajo no se los tragan. La igualdad legal queda desnuda. La sociedad, sin embargo, debe ser regida por alguna ley, que, sin remedio, está imposibilitada de darle otro estatus a los miembros de esa otra ficción: los ciudadanos: tienen que ser «iguales»: la sociedad, por tanto, ya se ha metido en un berenjenal infranqueable; sin escape vivirá en un conflicto que ya no puede ser sorteado por la hegemonía, porque ese recurso está cuestionado de fondo. No hay forma humana de superar ese problema que no sea la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Y es el caso que no existe fuerza de izquierda en el mundo capaz de soportar en sus hombros tamaño proyecto. El conflicto social, por tanto, no hará sino crecer y traducirse en formas de violencia inédita. En ese camino la izquierda encontrará un día una salida.

El brete es más grande en los países periféricos, porque la desigualdad social histórica ha sido aquí mucho mayor que en los centrales. Los pueblos de AL no tienen más instrumento al alcance que organizar la sociedad, históricamente nacional y surgida de movimientos de independencia, mediante proyectos como los inspirados en la idea de lo nacional-popular. Apenas para atemperar la saña con que los pueblos son maltratados por el statu quo del capitalismo periférico.

Los gobiernos del segundo ciclo, en medio de la avalancha de las derechas, están obligados a desplegar políticas de suma firmeza, sin dar cuartel a las guerras y los personajes, tan deshumanizados, del flanco derecho.

La Jornada

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