Desnuda como un sándwich de carne

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ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Liliana Blum

The world is full of women
who’d tell me I should be ashamed of myself
if they had the chance. Quit dancing.
Get some self-respect and a day job.
Right. And minimum wage,
and varicose veins, just standing
in one place for eight hours
behind a glass counter
bundled up to the neck, instead of
naked as a meat sandwich.

Margaret Atwood, «Helen of Troy Does Countertop Dancing»

—No andes sola en la calle de noche —dijo mi madre al verme prepararme para salir de casa. Eran casi las diez. Yo le di un beso volado sobre la mejilla y esperé a que dibujara una bendición sobre mi frente. Siempre lo hace como si espantara algún bicho imaginario. Yo no creo en Dios, pero al igual que ella, no me puedo resistir a las rutinas. Ella sabía que iba a ver a «mi amante», como lo llama, y que además iría a pie porque me gusta caminar de noche—. Ay mija, no deberías… —comenzó sin terminar la frase. A veces creo que se ha rendido en cuanto a mí, pero se aferra a las formas, solo para poder evadir la culpa cuando las consecuencias de mis actos lleguen al fin. Entonces tendrá la satisfacción de decirme: Yo te lo dije, Paola.

En realidad, mi madre dice más cuando parece que va a decir algo, pero calla. Se restregó las manos justo como hacen las mujeres sufridas de las telenovelas que tanto la entretienen.

—Es que es peligroso —siguió.

—Todo es peligroso, mamá —dije acomodándome el cabello frente al espejo de la entrada. Mi madre me dedicó una mirada que reconocía su derrota en aquella batalla. Ella y yo nos comunicamos siguiendo un guion hecho de lugares comunes y de silencios pactados.

No la culpo: es solo una madre. Desde el principio de los tiempos, las madres siempre han dicho a sus hijas que la noche es peligrosa: lobos feroces que se disfrazan, ladrones de bolsas, asesinos misóginos. Los cuentos de hadas, la nota roja y las leyendas urbanas son nuestro imaginario colectivo. Pero de un tiempo acá lo que le preocupa a mi madre es diferente. Los levantones de personas que aparecen más tarde decapitadas o desmenuzadas en alguna carretera. Los tiroteos con metralletas de balas tan grandes que destapan cráneos, los colgados, las balas perdidas que encuentran sin querer algún transeúnte.

No quise prolongar su angustia. Cerré la puerta y supe sin ver que estaba en la ventana, su rostro angustiado que poco a poco iba curtiéndose con las huellas de los gestos que más le gustaba practicar. Estaba detrás de la cortina, despidiéndome hasta donde sus ojos pudieran alcanzarme, como si su verme por unos segundos más fuera un amuleto de protección. O quizás creía que me vería por última vez. Hay días que amanece más pesimista que otros. Deseé de todo corazón que volviera a la cocina, se preparara algo de beber, un té, una copa de vino, lo que fuera, y se perdiera en el mundo de la telenovela nocturna, para que dejara de pensar en mí.

Comencé a caminar sobre la banqueta, esquivando los autos que los vecinos estacionan arriba. Era una noche como cualquier otra en la ciudad. Por la avenida circulaban solo algunos vehículos y uno que otro camión del transporte público. Escuché en la lejanía las sirenas de las ambulancias y patrullas, aullando. Lejos, el ruido de disparos, solo por unos segundos, que me recordaron a una bolsa de palomitas explotando en el horno de microondas. No me inmuté: todo aquello se escuchaba a lo lejos. No tardaría en llegar el ejército y todo quedaría en calma por un tiempo. Yo, al igual que muchos otros en la ciudad, me manejaba por aquella lógica del rayo que no vuelve a caer dos veces en el mismo sitio. De acuerdo con eso, no había momento más seguro en la ciudad que al terminar una balacera. Pensé que tal vez Pablo me llevaría al cine si yo insistía lo suficiente. No era tan tarde: todavía era posible que alcanzáramos la última función.

Al avanzar, los olores de la calle iban mutando: orines al pasar junto a ciertas paredes, comida frita que salía de alguna casa. Lo único constante era el hedor de mangos pudriéndose que se levantaba de las banquetas. Una nube de mosquitas fruteras se dispersó para evitar mis pasos. Era una noche bochornosa como casi todas las noches en este puerto. Levanté los hombros y aspiré. Le llamé a Pablo para decirle que iba camino al departamento, que si podía escaparse un rato. Él vive con su esposa en una casa muy grande y bonita en una colonia «bien». Así lo diría mi madre si lo supiera. Tampoco es que el departamento sea una «casa chica» a donde lleva «cierto tipo de mujeres». Esa es también una frase materna, una que siempre dirige hacia otras mujeres con desdén: por eso se le atora tanto que su propia hija se haya vuelto una de esas. Ese departamento existía desde antes que yo y seguro estará después de mí. No soy de las que se hacen ilusiones de que el amante deje a la mujer e hijos. Es más: no me apetece ocupar el lugar de la esposa. Pensé en mi madre: las esposas tienen que encargarse no solo de las comidas, la ropa limpia y planchada, y mantenerse atractivas: también tienen que preocuparse por los devenires venéreos de sus cónyuges y los de sus hijas también. Demasiada presión.

Pablo contestó que él pasaba por mí, que no saliera sola. A mi madre le daría gusto oír aquello. Dijo que iría por mí en cuanto pudiera. No es que mi seguridad le quite el sueño, lo sé. Él es así, siempre llevando la contraria. Si alguien dice que el calor está insoportable, Pablo alegará que en realidad el clima está bastante agradable. Opera en el principio de la contrariedad a cualquier costo. Creo que más que un hábito, es un instinto. Pero conmigo cede. Es como esas bugambilias frondosas y desparpajadas que se rinden ante los alambres, los clavos de la pared y la poda constante, para dejar de ser arbustos y asumirse como enredadera.

—Sabes que a mi mamá no le gusta verte por su casa —le dije antes de colgar. No le quedaría más que esperarme.

Me detuve en la esquina para cruzar. Lo sentí antes de verlo: a través de una cerca de malla metálica, los dedos entreverados en los alambres y los ojos fijos en mis pechos. Cada vez que un hombre acecha me pregunto si ellos pueden percibir algo más, algo que yo misma paso por alto, como los perros que pueden escuchar frecuencias inaudibles para los humanos. Giré la cabeza en su dirección para que supiera que yo sabía que me observaba. Era un chico moreno, delgado, con tatuajes en los brazos desnudos. No quise encasillarlo en ningún estereotipo, pero no dejaba de seguirme con malicia, con una sonrisa privada, con un aire de superioridad que me punzaba la piel. Tuve miedo, pero no me permití demostrarlo. No era posible que sus ojos tuvieran ese efecto en mí, una mujer adulta y, en teoría, capaz de cuidarse a sí misma.

El tipo era la imagen misma de un violador, la encarnación del lugar común de los abusadores de mujeres. Atendí a mis instintos: enderecé la espalda, apreté todos mis músculos y, apurada, crucé la calle para alejarme de él. Él saltó la malla y cayó en la banqueta con un ruido seco. Algo dentro de mí se constriñó. Seguí caminando, pero podía sentirlo a unos cuantos metros tras de mí, haciendo una especie de eco con sus pasos. Su sombra se solapaba con la mía y quise aumentar la distancia entre nosotros. Mis piernas comenzaron a tensarse a medida que yo intentaba andar más rápido, pero él era más alto que yo y cada zancada suya lo acercaba más a mí. Me quité el sudor de la cara y apreté mi celular dentro del bolsillo del pantalón: seguí caminando, pero aquello ya podría haberse llamado trote. Mi corazón latía deprisa y me estaba costando mucho respirar.

—¿A dónde tan solita, güerita?

Allí estaban las palabras que nunca quise escuchar de un extraño por la noche. Su tono era coqueto y arcaico, casi cómico, como de Cantinflas en una de sus películas. No me sentí Caperucita Roja, sino Caperuza Estúpida por no hacer caso a los consejos maternos ni aceptar la protección del amante; en un segundo me vinieron a la cabeza las notas recientes en los periódicos. Mi garganta ardió al tragar mis lágrimas. Siempre pensé que en una situación de peligro sabría qué hacer y haría lo correcto, lo que procede, lo necesario para salir ilesa. Pero ante sus palabras, todo mi ser pareció congelarse. Tal vez siempre le adjudiqué demasiada importancia a las palabras, tanto que mi realidad dependía de ellas. Si uno enunciaba las palabras, aquello que uno decía se volvería verdad. Por eso yo pensaba que el amor nacía de las palabras: uno las enunciaba las veces que fueran necesarias, las nombraba todos los días, y las aventaba al otro, a su tierra húmeda, como semillas, y el amor brotaba irremediable del corazón, y permanecía intacto al tiempo que las palabras siguieran fluyendo, como agua. Ese hombre había sugerido acompañarme y ahora estaba a mi lado. ¿Cómo hacer para que se desdijera?

Se emparejó conmigo y se ajustó a mi paso que se hizo más lento: ya no tenía sentido tratar de huir, y yo necesitaba recuperar el aliento. Parecía joven, de unos veintitantos quizás. Era muy alto y de su camiseta sin mangas asomaban unos brazos largos y musculosos. Desde lejos había notado que tenía tatuajes, pero ahora veía que eran dragones, calaveras, cuchillos y cicatrices falsas que salían por debajo de la ropa y trepaban por su cuello hasta llegar a un cráneo rapado. Me volví a él intentando leer sus intenciones, pero lo que vi fueron unos ojos que me helaron una sonrisa asimétrica y socarrona. No era feo en realidad: me recordó a uno de esos raperos norteamericanos que siempre están en problemas con la ley y salen con las mujeres más guapas. Había algo en su manera de caminar, como si tuviera ya medida la violencia del mundo y la suya propia: estaba en control.

—Voy a mi casa con mi esposo —contesté esperando que el invocar un estado civil pudiera protegerme de algún modo.

—No tienes cara de casada —su tono era burlón.

Vi que en su cuello y en la cara tenía varios lunares oscuros, abultados, como garrapatas bien alimentadas. Pensé en Pablo allá en su casa, con su esposa y sus hijos, tratando de sacarse una excusa de la manga para salir a esa hora y verse conmigo. Su mujer estaría cocinando, con ese cuerpo arruinado por la maternidad y su rostro lleno de ojeras. Supongo que no siempre fue fea; no la culpo por eso. Él me ha contado que su vida sexual está muerta: ella no le perdona a su cuerpo los defectos de la edad y para fines prácticos, ya se jubiló de todo eso. Igual, ella no debería culparme por ser el amor de su marido: él me necesita. A veces me sorprende saber cuánto me ama. No es solo que yo sea quince años más joven, siempre dispuesta a todo, o que sea bonita. Hay miles de chicas así y él es un hombre bien parecido que podría tener a quien sea; sin embargo, me pertenece a mí. Quizá tengo algo especial a sus ojos, o bien algo que me hace falta, y por eso les gusto a él y otros hombres. Junto a Pablo me siento fuerte, capaz de todo, como un dios todopoderoso que sostiene un puñado de gente en la mano y que podría aplastarlos si quisiera. Pero ahora él no está aquí.

Llegamos hasta un hospital. Un doctor joven se quitó la bata antes de cruzar la calle. De un tiempo acá los narcos levantan doctores afuera de los centros de salud para obligarlos a curar a sus heridos. Mala suerte para los que usan batas blancas y no pueden coser heridas o sacar balas. El médico pasó junto a mí y al hombre que me seguía sin dar señal de habernos visto. Al poco se perdió en la oscuridad y el mal alumbrado de la calle.

Yo podría haber pedido ayuda, pero no lo hice. Supongo que el doctor habría corrido por su vida. Que cada quien se rasque con sus propias uñas. La humillación de ser rechazada en mi necesidad era algo con lo que no podría lidiar entonces. Saqué mi celular y apreté el botón para llamar al último número marcado. Pero mi seguidor fue más rápido y lo arrebató de mis manos. Alcancé a escuchar la voz de Pablo diciendo mi nombre un par de veces, en tono inquisitivo, antes de que el aparato se estrellara contra el pavimento. No iba a robarme entonces: mi celular era nuevo, un regalo de Pablo, y podría haberse vendido muy bien. Había tenido todo el tiempo del mundo para quitarme la bolsa e huir, y no lo había hecho. Una culebra de sudor frío bajó por mi columna vertebral. Estaba viviendo una pesadilla, pero no podía despertarme y correr al cuarto de mis padres en busca de refugio y consuelo.

La calle estaba sola por demás y calculé las cuadras que faltaban para llegar al departamento. ¿Cinco, seis? El tipo se detuvo también y escuché su respiración: podía sentirlo la presencia de su cuerpo muy cerca. Creo que disfrutaba con mi angustia y mi terror. Pensé en los sueños en los que necesito correr y mis piernas se quedan paralizadas. Me acordé que mi abuela decía que las mujeres que usan ropa sexy están buscando sonsacar a los hombres y deben atenerse a las consecuencias. Es que ellos no pueden evitarlo. Yo me arreglé para Pablo, que adora mi cuerpo y que dice que su mujer se ha descuidado mucho. Juro que no era mi intención provocar a este hombre, ni a nadie. Lo juro, de verdad.

Recé para que él no se lo esperara y de pronto comencé a correr en dirección al lugar donde Pablo me estaría esperando preocupado porque no podía localizarme por teléfono. Corrí tan rápido como mis pulmones y músculos me lo permitieron. No sé cuántas cuadras fueron en total: no tenía pensamientos, solo sensaciones. Pero él arrancó a perseguirme: yo era la cebra más lenta de la manada y él un león que se tomaba su tiempo para alcanzarme; no tuvo problemas para lograrlo. Me tumbó y mi cara golpeó contra el pavimento al mismo tiempo que mi torso.

Cuando desperté, él estaba moviéndose arriba de mí, empujando mi cuerpo contra el suelo. El dolor se extendía por todos mis nervios. Sentí piedras inscrustradas en mi espalda: abrí los brazos en cruz buscando algo, cualquier objeto para defenderme, pero solo toqué tierra y malezas. A pesar de la oscuridad pude darme cuenta de que me había llevado a un terreno baldío. Cargué los puños de tierra e intenté lanzársela a la cara, como vi alguna vez en una serie de televisión, pero él fue más rápido y me golpeó la cara. Mis manos se abrieron y se posaron en mi rostro: sentí la sangre resbalar caliente por las mejillas y mis palmas pegajosas de sangre y polvo.

Estaba desnuda y él tenía los pantalones abajo. Me sentí diminuta, me sentí nada: él puso una de sus manos enormes alrededor de mi cuello y con la otra sujetó las mías contra el suelo. Grité y en seguida sus dedos apretaron con fuerza mi garganta. No tuvo que decirme nada: me callé, cerré los ojos y me quedé percibiendo sus movimientos frenéticos, cómo entraba y salía de mi cuerpo lastimándome cada vez. Me sentía reducida, apenas presente en la escena. Aquella mala suerte, aquella maldad, aquella indefensión mía, me volvieron nada, nada más grueso que mi blusa rota y sucia.

Yo no había conocido hasta esa vez el poder que se ejerce a través de la fuerza, que no necesita de las palabras. Como aquella primera vez que mi mamá me llevó al mar. Nacida entre la sierra y el desierto, no tenía idea del terror y de la fascinación que el océano provoca, hasta ese día en que lo sentí lamiéndome los pies. Dicen que ahogarse es doloroso: aquel hombre me estaba ahogando y yo quise morir pronto, que eso acabara, como fuera, pero que no siguiera.

Él dio un pujido quedo, como si aquello no hubiera sido importante, y se detuvo. Se despegó de mí y subió sus pantalones. Al abrocharse, me di cuenta de parecía reír con una broma privada.

Me quedé hipnotizada por esa sonrisa idiota: comprobé que todos los hombres la tienen al terminar de eyacular, no importa si es por amor o por rutina o por la fuerza. Si tuviera un cuchillo cortaría su cuerpo como si fuera un melón y le sacaría rebanadas. Partirlo y probarlo y tenerlo para mí y hacerle mucho daño. Pero se fue y se perdió en la oscuridad.

Yo me quedé tendida allí, desnuda como un sándwich de carne que alguien ya no quiso.

(De: Tristeza de los cítricos)