Dónde nos queda la Patria

Por Sergio Kiernan

Para encontrar agua se usa una vara y una persona de las que sienten lo que los otros no aprendemos a sentir. Para encontrar la Patria hay que atender a esas otras personas especiales, los poetas, que dicen en claro lo que sentimos oscuramente. Leopoldo Marechal era de esos, y por algo la encontró en los campos lindos de Maipú, provincia de Buenos Aires, hace cosa de un siglo, a caballo ella y a caballo él, «bajo un cielo en pañales».

Marechal era porteño, hijo de un uruguayo descendiente de franceses y de una argentina hija de vascos. Pero la vida le quedó marcada por el campo de esta provincia, por las tareas de campo, por la admiración a sus sabios reseros y domadores. Fue poeta ya de pibe, algo que él sospechaba le despertaron los caballos o al menos coincidió con andar de acá para allá, de cojinillo. Marechal hizo el viaje iniciático de los artistas de la época, a una París todavía gastada por la primera guerra mundial, pero la Patria se le quedó en el campo.

Fue un poeta con su lugar en el mundo literario hasta que tomó una decisión fatal en su época, la de ser peronista y mucho, la de ser una pluma del pueblo, la que adaptaba Antígona a nuestros pagos. La Libertadora lo barrió con encono, tanto que con una mezcla de broma y dolor Marechal se definía como el Poeta Despuesto, seguidor hasta en eso de su líder.

En sus primeras obras hay odas a los domadores, personajes que reaparecen en el Adán Buenosayres como en su El banquete de Severo Arcángelo. El campo pervade al poeta y condiciona al novelista urbano, capaz de parar la acción para ofrecerle un rezo solidario a un caballo de botellero que pasa, cansado al final del día. Marechal describe a alguien en quien confiar como alguien de manos ásperas, «mirada gaucha» y hablar paisano, la antípoda de los malevos borgeanos de los que tanto y tan bien se burló (Borges nunca más le dirigió la palabra y décadas después fingía que no sabía quién era).

Pero de gustarte el campo a encontrarte la Patria en el pago de Maipú hay un tirón, y uno metafísico. Mucha gente recuerda a Marechal, correctamente, como un profundo católico, y a su escritura como una de «humorismo angélico», como le gustaba decir. Esto arrumba al clasicista, al cuidadoso estudioso de los griegos, al latinista y al erudito en filosofía. De muestra un botón: el primer capítulo del Adán Buenosayres es una miniatura de la Odisea, en la que el héroe despierta en la pensión de Villa Crespo, se alinea con la naturaleza y los hombres, y emprende un periplo del héroe bien de barrio. Para llegar al tranvía en la avenida Canning tiene que pasar por la tentadora Circe, la kiosquera coqueta, esquivar al cíclope carbonero y aguardar una batalla entre un gallego y un tano, azuzados por dos diosas griegas, pícaras e invisibles. Hasta resulta natural que las chicas se arremanguen las túnicas un poquito para ver la pelea desde el borde de una terraza porteña.

Con lo que el joven que nos encontró la Patria en los campos bonaerenses pone el tema en contexto filosófico. El viene de la Ciudad de la Yegua Tordilla, poblada por apisonadores de adoquines, especuladores en el Mercado de Lanas, arquitectos ensimismados y «frutales hombres de negocios». El poeta les habla, ellos no le dan bola, no lo entienden, no lo ven. No reciben el mensaje terrible que les trae: «La Patria es un dolor que aun no tiene bautismo». Y no es cosa de apilar ladrillos y hormigones, también hay que construirle a la patria «el costado de Arriba».

Es que Marechal se muestra como alguien que «venía del Sur en caballos e idilios», azorado por haber descubierto que «la Patria era una niña de voz y pie desnudos» que andaba taloneando frisones o llevando las riendas de carros cargados, «con las piernas al sol y el idioma en el aire». ¿Cuándo la encontró? Al amanecer «que abrían los reseros con la llave mugiente de sus tropas». ¿Cómo era esa Patria? «Niña, y trazando el orbe de sus juegos (…) dormida y con los pechos no brotados aún».

Ver esto no es gratis, avisa el poeta, que confiesa que «todavía me dura la marca» y manda una estrofa describiendo la carga:

Por eso no he logrado todavía
sacarme de los hombros este collar de frutas,
ni poner en olvido aquel piafante
cinturón de caballos
ni esta delicia en armas que recogí en Maipú.

Marechal escribió y reescribió esta idea, una obsesión de toda la vida, pero la completó en su libro Heptamerón, otra idea griega, publicado en 1966. El segundo «día» del libro es La patriótica y contiene dos largos poemas, Descubrimiento de la Patria y Didáctica de la Patria, un diálogo con su sobrino. La didáctica es lapidaria en su llamado a ser mejores, a sostener en alto la idea de que nuestra Patria es una obra a futuro, una tarea incompleta:

Conozco a los varones de mi tierra y de mi siglo,
inciertos en el mal y en la virtud,
son como yo, tienen la misma cara
sin dibujos de llanto
y el mismo corazón en arcilla mojada
que no tostó ni el fuego ni la gloria.

El poeta, didáctico, recuerda que la Patria es niña y que definitivamente no es ni por asomo lo que le dijeron en el colegio a su sobrino: «Nos enseñaron que la Patria era/ un no sé yo qué juicioso paraíso /de infalibles trigales y vacas repetidas». El resultado fue «una paz bovina: quemábamos incienso a nuestro dios en figura de Shorthorn». Para salir de esto hay que cambiar, y Marechal nos dice como. Primero, recordando que «el nombre de tu Patria viene de argentum (plata)» y que al recibir un nombre «se recibe un destino». Por eso, hay que hacerse de plata, espejear «el oro principal que se da en las alturas» para ser «verdaderamente un argentino».

Y la manera que asigna Marechal para lograr ser argentino es simple: tener la modestia firme del cimiento y del carozo, ser honesto, no creérsela y trabajar para los demás. Duro, tal vez, pero entendible porque 

La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.
Por eso, nunca más
hablaré de la Patria.

Hace más de un siglo, en los campos de Maipú, Leopoldo Marechal descubrió esta tarea que le llevó la vida, le hizo brotar una obra inolvidable y le costó tanto. Por algo, «La Patria es un dolor que aún no tiene nombre».

Buenos Aires/12