EE.UU./Israel: ¿ahora, Irán?

Por Carlos Fazio

Mientras la maquinaria de propaganda masiva del lobby judío y pro Israel en ­Washington sirvió para justificar la complicidad del presidente Joe Biden y el Estado profundo ( deep state) con el etnocidio en Gaza −asimilando la estrategia de «tierra quemada» y la brutal carnicería y destrucción de infraestructura edilicia provocada por la aviación y la artillería israelí sobre la población gazatí argumentando legítima defensa−, persisten las interrogantes acerca de si la Operación Diluvio de Al-Aqsa, protagonizada por Hamas y otros grupos de la resistencia palestina «sorprendió» a los servicios de inteligencia israelíes, el Mosad, el Shin Beit (contraespionaje) y el AMAN (inteligencia militar).

La «propaganda de la atrocidad» de Israel y EU resaltó los crímenes cometidos por algunos de los atacantes, pero omitió la actitud respetuosa de los demás. La historia de los «40 bebés decapitados», amplificada por Biden, resultó falsa y tampoco hay pruebas de decapitaciones de soldados y civiles israelíes, ni de tortura o violaciones masivas. Incluso una octogenaria liberada sorprendió a los medios cuando dijo que había sido tratada «muy humanamente» por los milicianos. A su vez, sitios web como Swiss Policy Research y el judío-estadunidense Mondoweiss, reportaron que un número sustancial de muertes de militares y civiles no fueron causadas por Hamas, sino por fuego amigo durante el contrataque de Israel.

Con independencia de lo anterior –o de si se trató de una operación de «bandera falsa» planificada durante años por la inteligencia militar israelí junto con la CIA, el Pentágono y la OTAN (de la que Israel es miembro de facto desde 2004), como sostiene Michel Chossudovsky−, los hechos del 7 de octubre marcan un punto de inflexión en el conflicto generado por la ONU al crear un país de diseño: el Estado sionista, en 1948, en la Palestina histórica.

Ya nada volverá a ser igual. La política expansionista y racista de colonización ilegal de los supremacistas judíos que integran la coalición de Benjamin Netanyahu (en particular su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y el de Finanzas, Bezalel Smotrich), parece pasar a una nueva fase: ya no se basará en la política de apartheid que creó una frontera de 3 mil kilómetros que, a la manera de un ‘cinturón sanitario’, rodea cada una de las ciudades y pueblos palestinos (y donde, como dijo Moshe Dayan, la «solución» para la población era seguir viviendo como «perros»), sino consiste en la exclusión total del pueblo palestino de su patria.

Fiel a la ideología de su padre, Benzion Netanyahu (y del mentor de éste, Zeev Jabotinski), el premier israelí señaló en enero pasado que «el pueblo judío tiene un derecho exclusivo e incuestionable a todas las áreas de la tierra de Israel», y que promovería asentamientos en Galilea, el Néguev, el Golán, Judea y Samaria. Liderada por el partido Likud, la ultraderecha israelí ha perseguido durante años el objetivo de un gran Israel, que abarque toda la Palestina bajo mandato británico entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, incluidas Gaza y Cisjordania. Lo que refrendó Netanyahu en su discurso ante la Asamblea General de la ONU días antes de la operación de Hamas. A eso respondió el plan de reubicación forzosa de un millón de palestinos de Gaza en Egipto, que garantizaría, como dijo cínicamente un funcionario israelí, que «al menos no toda la gente sea asesinada». El plan fue una copia de manual del Programa Estratégico Hamlet aplicado por EU en Vietnam, pero fracasó.

La ralentización de la operación terrestre israelí –lanzada el 28 de octubre y definida en términos orwellianos por Netanyahu como una guerra del «humanismo contra la barbarie»−, pudo tener que ver con «los tiempos» de Washington. Biden dio apoyo irrestricto a Israel y lo definió como una «inversión inteligente» que brindará «dividendos». Ergo, igual que en Ucrania, Israel pondrá los muertos (la limpieza étnica y el genocidio de palestinos sale sobrando), para que EU alcance sus objetivos geopolíticos en la zona. El retraso de la operación terrestre tendría que ver con el envío de una docena de sistemas de defensa aéreo Cúpula de hierro, para proteger a las tropas de Israel y EU de misiles y cohetes enemigos en caso de que se desate una conflagración regional.

Según Michael Hudson, ante el rápido colapso del «orden basado en reglas» y el progreso de un mundo multipolar y una Eurasia interconectada con Rusia, China e Irán liderando el proceso –lo que desafía la hegemonía imperial−, la respuesta de los halcones neocons es la militarización de la política estadunidense. Para Hudson, la lucha nominal entre el pueblo palestino e Israel enmascara el intento de EU de atacar a Siria e Irán (y aun Líbano). Dice que EU necesita el petróleo iraní para mantener la supervivencia del sistema. Y agrega: «Todos los economistas saben que el PIB de un país se basa fundamentalmente en petróleo, gas y electricidad», y que detrás de cada guerra contra los países productores de energía, «es­tán los intereses del capital estadunidense».

Israel vuelve a ser un peón de EU. Hace 50 años el Pentágono definió a Israel como el portaviones (terrestre) de EU en Medio Oriente. Lo repitió Alexander Haig, secretario de Estado de Ronald Reagan, argumentando que se trata de una zona «crítica» para la seguridad nacional de EU. Y en 2007, el general Wesley Clark, comandante supremo de la OTAN durante la guerra de Kosovo, reveló que el 20 de septiembre de 2001 (a escasos días de los atentados contra las Torres Gemelas), conoció un memorando avalado por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el Estado Mayor Conjunto, que describía cómo eliminar siete países en cinco años, comenzando por Irak, y luego Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán y, terminando, Irán.

¿Es el turno de Irán? Porque no se envía una armada entera, incluidos dos portaviones, y vuelos cargados de proyectiles de defensa aérea (THAAD y Patriot) a sus siete bases en Israel (y a las de Jordania y Chipre), para atacar a un puñado de milicianos con cohetes artesanales. “Sin Irán no hay Hamas y no hay Hezbolá […] Ese es el eje del mal contra el mundo libre y la civilización occidental”, dijo el corrupto y genocida Netanyahu.

La Jornada