El cien por cien de los perdedores

ZONA LITERTARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por: Fabrice Colin

Malmö, Suecia, un día de noviembre. Los cristales están blancos; una tormenta de nieve se abate sobre la ciudad.

Kirstin agita su imponente melena rubia y deja su gorro de lana encima de la mesa, al lado de su taza de chocolate caliente. Sus grandes ojos verdes brillan con una alegría juvenil.

—No he entendido muy bien para qué quiere verme, pero es genial haber venido.

La joven tiene diecinueve años y sus amigos y sus tres hermanas mayores la describen como «increíblemente simpática» y «siempre entusiasta». Pido un café y le muestro mi grabadora.

—Sospecho que no es la primera vez que la entrevistan.

—Bingo —contesta alzando su taza, feliz.

En nuestro primer contacto telefónico se ha mostrado muy dispuesta a colaborar.

Cualquier persona habría elegido el silencio, pero Kirstin es de otra pasta.

—Tengo la debilidad de creer que mi historia puede hacer que la gente cambie su forma de ver las cosas. Para algunos soy la chica más estúpida del universo. Este calificativo me va bien. El mundo es bastante razonable, ¿no le parece?

Ríe: pertenece a ese tipo de personas con las que uno se siente a gusto enseguida.

—No le he hecho venir aquí porque sí —continúa—. En este café es donde empezó todo. ¿Ve esa oficina de apuestas al otro lado de la calle? Bueno, no puede verla por la nieve, pero no importa. Ahí es donde sellé mi boleto.

—¿Puede hablarme en primer lugar de los números? ¿Qué fue lo que motivó su elección?

La joven asiente.

—Hacía seis meses que jugaba. ¿Cómo fui a parar allí dentro? Ni idea. En mi familia nadie juega. Yo apostaba siempre por los mismos números. En la Viking Lotto hay que elegir seis, del 1 a 50, más los complementarios. Lo hacía como todo el mundo: escogía símbolos, cifras de la suerte. Las fechas de nacimiento de mis tres hermanas, la fecha de boda de mis padres. Mi edad de entonces, 18. Y también el siete, el día en que había conocido a mi novio. Aunque ya no estemos juntos.

Vuelve a reír, carraspea.

—Los únicos números que jugaba al azar eran los complementarios. Los cambiaba cada vez, dependiendo de lo inspirada que estuviera. Ni siquiera me acuerdo de cuáles fueron los que escogí esa vez. De todas formas, no salieron. 4,7,17,18,24 y 30: esos eran los números.

Saboreo mi café. Nuestra joven estudiante de medicina se halla perdida en sus pensamientos. Detrás de nosotros, en lo alto, una pantalla de cristal líquido emite un videoclip. Kirstin lo señala con el dedo.

—Los resultados aparecieron allí arriba, en un rótulo. Yo había jugado diez minutos antes del cierre de las apuestas. Justo después regresé a la facultad, que se encuentra a dos pasos. Y volví aquí dos horas más tarde. En esa época solía instalarme en este café para trabajar, mi tía estaba pasando unos meses en nuestra casa y mis dos primas armaban mucho jaleo. En fin. Me senté en esta mesa para poder echar una ojeada a la pantalla. Lo hacía mecánicamente. Nunca pensé que pudiera ganar. Por mucho que sepas que en teoría es posible, nunca te lo llegas a creer. Aun así, cuando llegó el momento del sorteo alcé la cabeza, como siempre. Los resultados pasaban repetidamente. No até cabos enseguida. Recuerdo haber pensado: «Mira, esos son mis números». Pero realmente no caí. Solo cuando anunciaron la suma empecé a ser consciente.

—¿A cuánto ascendía?

—A 1.760.000 euros. Dieciocho millones de coronas suecas.

—Y usted era la única ganadora.

—Sí. Miré mi boleto, miré la pantalla, miré mi boleto, etc. Rechazaba la evidencia. Aquello no podía ser tan simple. Recuerdo haberme levantado y haber ido al baño. Recuerdo haberme quedado delante del espejo. El reflejo que me contemplaba no era yo, era una chica estupefacta que trataba de sonreírme. Salí. Tenía que compartirlo con alguien. Con mis padres, con mis hermanas. Sentía que no tenía derecho a creérmelo. Dejé cien coronas para el café y, una vez fuera, llamé a un taxi. Normalmente no cojo taxis. Paró uno. Me subí a él como un autómata y di mi dirección. El taxista puso la radio. Era Satie, reconocí el fragmento. Me centré en mi respiración. Dieciocho millones de coronas. Con esa cantidad podría holgazanear toda la vida. ¿Era eso lo que yo quería? No, por supuesto que no. ¿Poner a cubierto a los míos? Tanto mi padre como mi madre son ingenieros, se ganan bien la vida. En cuanto a mis hermanas, sabía que se negarían. ¿Entonces qué? ¿Viajar? Sí, viajaría. Pero no porque sí. Ayudaría a la gente. La suerte no se presenta sin ningún motivo.

El dueño del café se detiene junto a nosotros, nos pregunta si hemos acabado. Kirstin pide otra taza de chocolate y se rasca la cabeza. Su mirada no deja de brillar.

—En menos de diez minutos, elaboré un plan de acción. Iría a Sierra Leona, el país más pobre del mundo, devastado, me había enterado hacía poco, por una década de guerra civil, y construiría una escuela. Bueno, no lo haría completamente sola, digamos que financiaría el proyecto. Después de eso, iría a Camboya. No tenía una idea concreta de lo que haría en ese país, pero estaba segura de que algo se me ocurriría cuando estuviera allí. Miré instintivamente por la ventanilla. Todo me parecía bonito, fácil, natural. Introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta para coger mi billete.

—Y ya no estaba.

—En efecto, ya no estaba. Busqué en el otro bolsillo. Busqué en los bolsillos de mis vaqueros. Di la vuelta a la chaqueta. Vacié el contenido de mi bolso en el asiento. Volví a rebuscar en mi chaqueta. En mis vaqueros. Y en los forros del bolso. Y en la chaqueta. Me estaba volviendo loca. Me paré a reflexionar. Pasé revista a todas las posibilidades. Reconstruí diez veces el trayecto para mis adentros, tratando de recordar cada paso, cada segundo. No entendía nada. Y de pronto… recordé algo. Algo terrible y definitivo. Me mordí los labios. Sí, había sacado mi billetera cuando el taxi me había parado con el fin de comprobar que tenía bastante dinero. Pues bien, la billetera la llevaba en el mismo bolsillo de la chaqueta que el billete. El billete se me había debido de caer en ese momento, esa era la única explicación. Por un momento pensé que iba a vomitar. Pedí al taxista que diera media vuelta.

—¿Regresó al lugar?

—Sí. Por si fuera poco, nevaba mucho, más que hoy. En el fondo sabía que no encontraría el billete, que nadie lo encontraría jamás. Pero allí estaba, de rodillas en la nieve, arrastrándome por la acera, introduciendo mis brazos en las alcantarillas, incapaz de detenerme. Tardé más de una hora en admitir que el billete estaba perdido. Entonces, solo entonces, monté en cólera. Contra mí misma.

—¿Y el taxista?

—Le pagué y volví a casa a pie. No estaba desesperada. Era peor que eso. Titubeaba, farfullaba, sollozaba. No se imagina los pensamientos que cruzaron por mi mente.

—¿Qué clase de pensamientos?

—Locuras. Morir. Robar ese dinero. Retirarme del mundo. Me había vuelto loca de atar. ¿Qué les diría a los míos? ¿Cómo no contarles lo que había pasado? Me eché a reír yo sola.

—Estaba fatal.

—Me había convertido en una zombi. Caminé durante dos horas, quizá tres, en medio de una tormenta de nieve. Ya no me enteraba de nada.

—Y justo antes de regresar a casa, se topó con ese hombre…

—Sí. Un pobre tipo de apenas treinta años. Estaba sentado en la nieve con un perro, sobre unos cartones empapados.

Se lleva la taza a los labios y me observa sin pestañear, como para juzgar el efecto producido por su relato.

Yo ya conocía una parte de la continuación. Los periódicos suecos, que un amigo me había traducido en su momento, hicieron su agosto con esta historia durante un tiempo. La multimillonaria desafortunada. La despistada increíble. Un tema de diversión nacional. Pero la gente no rio durante mucho tiempo. A veces las historias dan un giro de ciento ochenta grados en lo que a los personajes se refiere.

—Me agaché frente a él —continúa Kirstin—. Hacía un frío polar. Ese hombre corría un gran peligro. Quería ofrecerle mi ayuda. Él me observaba con sus pestañas cubiertas de escarcha, y el perro gruñía. Le hablé; no respondió. Quise tocarle el cuello para comprobar que seguía respirando, pero retiré la mano de inmediato: su piel desprendía un calor intenso. Me puse de pie, temblorosa. Por unos segundos había olvidado la lotería y todo lo demás. El hombre no se movía. Me alejé caminando hacia atrás, después me di la vuelta y corrí como alma que lleva el diablo.

—¿Estaba muerto?

—Es curioso emplear ese verbo en pasado —observa.

Una vez en casa, Kirstin contó lo que le había sucedido, sin mencionar al vagabundo. Sus padres la escuchan sin pestañear. Cinco minutos más tarde, todo el mundo está en la calle. Dirección: la parada de taxis.

—Mi padre estaba mudo —recuerda la joven—, pero su silencio lo decía todo. Sentía vergüenza: vergüenza de mi tontería y vergüenza del sentimiento de vergüenza que yo le inspiraba. Todos estábamos a cuatro patas en la nieve. Concentrados en buscar el maldito billete. «No me lo puedo creer —repetía mi madre—. Ni siquiera os pido que me pellizquéis». Mi tía y mis primas también estaban. Escudriñamos la zona con ellas hasta las dos de la madrugada: ¡un auténtico batallón de traperos! En la calle no había nadie, estábamos empapados. «¡Cuando pienso —rugía mi padre— que un imbécil de servicio se topará con el gordo!». Pero sus temores eran infundados: suponiendo que alguien lo encontrara, nadie relacionaría mi billete completamente mojado con los dieciocho millones de coronas. A menos que… A las dos en punto, mi padre se puso de pie y nos propuso tirar la toalla. Todos nos sentimos más o menos aliviados. Lo cual no quiere decir que yo pegara ojo aquella noche. Ni las sucesivas. A la mañana siguiente encendimos la radio. En ninguna emisora hablaban de que alguien hubiera encontrado un billete de lotería. Llamé a la centralita de la lotería en cuanto abrieron. Les expuse el problema con toda la tranquilidad y mesura que pude. La señora que me respondió fue muy poco amable. Me explicó que recibía una decena de llamadas de teléfono como la mía diariamente, y cinco veces más cuando los premios eran superiores a diez millones. Sin embargo, podía suceder que un ganador nunca diera señales de vida. En ese caso, el dinero se acumulaba en un superbote. Cerré los ojos. Cuando hubo terminado, le pregunté qué opciones tenía. «¿Tiene usted una prueba tangible de lo que dice, señorita?». Ninguna, pensé, al sorprender la mirada de mi padre. Colgué. No había nada que hacer.

Unas horas más tarde, mientras camina cabizbaja, Kirstin vio al vagabundo de la víspera: según sus propias palabras, lo había olvidado por completo. Un pálido sol se había levantado sobre Malmö. Era otra calle, pero la posición del hombre era completamente idéntica a la de la víspera. La joven se agacha de nuevo. El perro espera con la lengua fuera. «Señor…».

Kirstin hace girar la taza entre sus manos.

—Quería volver a encontrar ese calor. Acerqué mi mano de nuevo. Esta vez sin llegar a tocarlo. Algo me lo impedía. No sé el qué. El hombre estaba inmóvil. Yo veía que una ráfaga habría podido barrer la acera y llevárselo como un montón de ceniza.

Mira para otro lado. Inútil preguntarle más a fondo. Ciertos episodios de nuestra existencia, ciertos suspiros, no tienen explicación.

La joven continúa hablando.

—Estaba tan cansada, tan disgustada conmigo misma… Me levanté. El perro hizo lo mismo. Finalmente, justo cuando había decidido ir a la facultad, di media vuelta y regresé a casa.

Kirstin ha cambiado: sus padres lo notan en cuanto cruza el umbral de la puerta. Llama a la dirección de Viking Loto, le confirman lo que ya sabía. Y después, sin más, llama a los principales medios de comunicación del país.

Expone su historia. Cita a testigos. Más tarde, el hombre que le vendió el billete lo confirmará todo: sí, se acuerda muy bien de ella, incluso hablaron de los números que había jugado. Y también los clientes de la cafetería. Son categóricos. Los puños cerrados de Kirstin. «Cuando acabaron de decir los números —contó una joven—, pensé que se iba a desmayar».

Evidentemente, hablar de pruebas sería muy exagerado, y los dueños de Viking Loto no se conformarían con unas simples alegaciones. Eso no quita que la historia de Kirstin sea plausible. Varios periódicos se interesan por ella. Una cadena de televisión la llama. Una semana más tarde, ante de cientos de miles de telespectadores, la joven cuenta su historia, con sencillez y una enorme honestidad.

—Al principio —reconoce su madre—, yo no tenía ni idea de lo que estaba maquinando. Para ser sincera, me parecía que todo ese circo no le pegaba nada. Cuando el presentador le preguntó qué habría hecho con el premio de no haber perdido el billete, Kirstin miró directamente a la cámara y dijo: «Habría viajado. Con dieciocho millones de coronas, habría intentado cambiar el mundo». El otro no parecía saber cómo interpretar esa respuesta. Se limitó a asentir con la cabeza y continuó: «¿Y ahora qué hará?». Mi hija entonces se encogió de hombros y respondió: «Intentaré cambiarlo de todas formas».

En las tres semanas siguientes a su paso por la televisión, Kirstin recibió por correo postal más de ciento cincuenta mil coronas de donaciones en cheques y efectivo.

Esa noche, en el ordenador de mi hotel, veo rápidamente el vídeo de su intervención, y la recepcionista, que se ha ofrecido a ayudarme a traducirlo, confirma que la joven en ningún momento pide dinero.

—¿Cómo se explica la reacción de los donantes?

Kirstin tiene una idea.

—Es lo que se llama «ley de los grandes números» —asegura—. Entre la enorme masa de telespectadores, algunos comprendieron el significado de mi iniciativa incluso antes que yo. Cuando descubrí el primer cheque en mi buzón, quise romperlo. Mi madre me disuadió, me aconsejó esperar. A la segunda donación, mi punto de vista cambió. Algo hizo clic en mi cabeza; comprendí que solo había una forma de sacar provecho de la situación.

Mes y medio después de estos sucesos, Kirstin vuela a África. Ha prometido ayudar a una joven maestra de Eritrea cuya escuela ha quedado anegada por una crecida: hay que reconstruirla por completo.

—Una vez descontado el coste de los materiales y del equipamiento interior —me dice Kirstin—, me di cuenta de que apenas me quedaba dinero para el billete de vuelta. Los muros los construimos entre las dos con nuestras propias manos. Pero no era suficiente. De modo que negocié un préstamo de cien mil coronas con un banco de Estocolmo, que devolví al año siguiente trabajando a tiempo parcial. Me habría cortado una mano si me lo hubieran pedido. Me quedé dos meses en África. Me habría gustado hacer otras muchas cosas. Para corresponder a esa gente, para corresponder a la Providencia. Al regresar a Suecia, escribí personalmente a cada una de las personas que me habían ayudado y les adjunté fotografías de la escuela reconstruida. Algunas me volvieron a mandar dinero, otras me ofrecieron su ayuda directa. El año que viene viajaremos un grupo de seis a Bangladés. Participaremos en la renovación de un sistema de irrigación. He encontrado un patrocinador: un grupo agroalimentario local. Esto es solo un comienzo, soy muy consciente. Pero hay que lanzarse. Confiar en nuestra buena estrella.

El bar cierra sus puertas. Nos levantamos, Kirstin se pone el gorro.

—¿Qué ocurre? —me pregunta al sorprender mi sonrisa—. Parezco un duende de Santa Claus, ¿verdad?

—Solo por detrás.

En la acera brillante de nieve nos damos un abrazo. La joven me estrecha contra ella.

—Me gustaría que hablara del vagabundo en su libro.

—Lo haré.

—Aparte de eso —me dice—, no hace falta añadir nada más. Soy lo contrario de una heroína. ¿Sabe lo que pienso? Pienso que si hubiera ganado ese dinero no habría ido a África ni a ningún otro sitio. Habría encontrado una excusa. Me habría vuelto, ¿cómo decirlo?, razonable, racional, tremendamente seria. Lo bueno es que lo que me ha pasado no tiene nada de serio. Ser feliz es algo que se aprende sin reflexionar.

(De: Vidas extraordinarias de gente corriente, 2010. Traducción: Mercedes Corral, 2019)