El círculo de tiza de Jerusalén

Por Pedro Salmerón Sanginés /I

La brutal violencia colonial que ejerce el Estado de Is­rael contra los palestinos no es muy distinta de la que ejercieron otros es­tados coloniales en sus momentos fundacionales o su consolidación como estados. Slavoj Zizek escribió que cada vez que viaja a Israel se avergüenza un poco de entrar «a un territorio prohibido donde impera la violencia ilegítima. ¿Significa esto que soy (no tan) secretamente antisemita? Pero ¿y si lo que me perturba es precisamente que me encuentro en un Estado que todavía no ha borrado la violencia de sus orígenes ilegítimos, reprimiéndolos en un pasado inmemorial? En este sentido, a lo que nos enfrenta el Estado de Israel es al pasado borrado de todo poder estatal».

¿Por qué somos tan sensibles ante esa violencia de Estado en Israel, olvidando las demás? Porque Israel sigue perpetrando abiertamente lo que otros estados colonialistas dejaron de hacer (abiertamente) hace tiempo, y porque nuestra percepción sobre la ética se ha transformado y «los estados soberanos no están ya exentos de valoración moral, sino que son tratados como agentes morales que pueden ser castigados por sus crímenes».

Porque los orígenes «ilegítimos» del Estado de Israel aún no han sido escondidos, como los de tantos otros estados (y no sólo los imperios: para consolidarse, el Estado mexicano trituró en el último tercio del siglo XIX a yaquis, mayas, apaches, comanches, coras, otomíes… pueblos y comunidades) y entrando al tema del «terrorismo» parafrasea a Bertolt Brecht «¿qué es un acto de terrorismo frente a un poder estatal que hace la guerra contra el terror?» Imaginemos, dice Zizej, cómo reaccionarían hoy los medios dominantes ante una declaración como ésta: «Mis valerosos amigos… los palestinos de Estados Unidos están con vosotros. Sois sus héroes. Sois la sonrisa que llevan impresa en el rostro. Sois la pluma de sus sombreros. Sois la primera respuesta que da sentido al Nuevo Mundo. Cada vez que explotáis un arsenal israelí o destrozáis una cárcel israelí o saltáis por los aires una línea férrea israelí o asaltáis un banco israelí o pasáis por las armas a los traidores israelíes e invasores de vuestra madre patria, los palestinos de Estados Unidos tienen un breve descanso en sus corazones».

En realidad, esta carta la escribió en 1948 un famoso guionista de Hollywood y lo que hace Zizek es remplazar «judíos» por «palestinos» y «británicos» por «israelíes». La posición intransigente fue expresada por el premier israelí David Ben-Gurion en los albores de ese Estado: «¡No hay solución! Aquí se abre un abismo y nada puede unir ambos lados… Nosotros queremos esta tierra para nuestro pueblo; los árabes quieren que esta tierra sea para su pueblo».

Sin embargo, en contra de los Ben-Gurion o los Netanyahu (o del otro lado, quienes quieren «erradicar» al Estado de Israel y a los «judíos») sí hay solución, como citamos hace 15 días del mismo autor: «El gran misterio del conflicto palestino-israelí es por qué ha persistido durante tanto tiempo cuando todo el mundo conoce la única solución viable: la retirada de los israelíes de Cisjordania y Gaza, el establecimiento de un Estado palestino, así como algún tipo de compromiso respecto a Jerusalén».

Por supuesto que no es tan fácil y de ahí que tantas veces haya fracasado el intento de acuerdo que se hunde en una paradoja:

«Israel, que representa oficialmente la modernidad liberal occidental en la zona, se legitima en términos de su identidad étnico-religiosa, mientras los palestinos, tildados de fundamentalistas premodernos, legitiman sus exigencias en los términos de la ciudadanía secular… Así llegamos a la paradoja del Estado de Israel, esa isla de la supuesta modernidad democrático-liberal en Oriente Próximo, que contrarresta ls exigencias árabes con una afirmación étnico-religiosa más fundamentalista de su tierra sagrada. La ironía ulterior es que, según algunas encuestas, los israelíes son la nación más atea del mundo: alrededor de 70 por ciento no creen en ningún dios».

Hay otra paradoja en el origen del Estado de Israel: en su fundación confluyeron «el auge de los grandes proyectos revolucionarios, tanto comunistas como socialistas… (con) el colonialismo, la conquista brutal de un pueblo… Israel es una extraordinaria mezcla de revolución y reacción, de emancipación y opresión» (Alan Badiou, citado por Zizej). Pero la verdad es que en 21 años (1948-1967) «la versión oficial y dominante de esa ideología liberadora y revolucionaria se había convertido en la justificación de un nuevo colonialismo imperialista… de una ocupación inhumana y brutal», es decir, la paradoja se había resuelto hacia el colonialismo y la opresión (Enzo Traverso sigue puntualmente los pasos –históricos e ideológicos– de ese giro conservador, que simboliza con Trotsky en 1917 y Kissinger en 1973: https://acortar.link/8VuCGq).

Entonces, ¿no hay solución, como decía David Ben-Gurion? Issac Rabin cambió esas coordenadas cuando reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina e inició los diálogos con Yasser Arafat, que habrían resultado en la solución del conflicto, si no fuera por una razón central: en las actuales condiciones, Israel es clave en la geopolítica de Estados Unidos, es su vanguardia.

La solución que imagina Zizek pasa por otra paradoja…

(Slavoj Zizek, Sobre la violencia, Paidós, 2009.)

La Jornada