El destinatario

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Samanta Schweblin

El barco, que se había inclinado, permaneció inmóvil. Desde la escotilla adiviné el muelle, pequeño en la noche que escondía la selva bajo una sola forma. Nos habíamos detenido en tantos pueblos, en tantos muelles, y todos tan oscuros, tan silenciosos y escondidos, que yo había perdido la ansiedad y permanecía en mi recámara para disfrutar en las noches de descanso el silencio de la embarcación deshabitada.

Imaginé los hechos aún antes de que sucedieran, como si Flishvein me fuese dictando los pasos: El capitán que me mira y señala el pueblo, mis manos que toman el sobre y lo guardan en el bolsillo, la tripulación que abandona el barco. Ese era el lugar.

Había pasado tanto tiempo que pensar en Flishvein muriendo en su habitación, ordenándome que entregara el sobre, no parecía razón suficiente para encontrarme en un sitio como aquel. Tanto que, al releer el destinatario, tuve la sensación de no haberlo hecho nunca, de ver por primera vez el nombre de «Xhul Acher».

El muelle desembocaba en una ancha calle de tierra, apenas cinco cuadras que sin rastro terminaban frente al paredón oscuro de una selva que lo envolvía todo. Me sorprendió el silencio, la tranquilidad de un pueblo escaso en el que hacía sólo segundos había anclado mía tripulación de más de treinta hombres. Sin embargo encontraba las calles vacías, las puertas cerradas, algún farol amarillento que sacudido por la brisa golpeaba la pared. En otros pueblos había visto a los hombres desembarcar nerviosos, escabullirse en grupo por tabernas y prostíbulos y aprovechar frenéticos las pocas horas de la noche en tierra. Pero allí sólo un letrero aclaraba «bar» colgado del umbral de una construcción pequeña. Dentro, una mujer fregaba nerviosa las copas en desuso, ni rastro de los hombres. Entré y pregunté por Xhul Acher. Ella me hizo repetir el nombre un par de veces y al fin hizo un gesto de negación. «Si no lo conozco, no es del pueblo: debe ser del desfile.» Depositó sobre la barra un nuevo juego de copas oscuras y comenzó a lustrar la primera de ellas. Dije que había llegado en el barco, que partiríamos pronto, que no había tiempo para esperar. Preguntó qué barco y señalé hacia el puerto, como si ella pudiera ver el mar a través de la pared. «No sé de ningún barco», dijo, dejó la copa brillante del otro lado de la barra y tomó una nueva copa, «de todos modos sucede en cualquier momento» agregó. Pedí un trago y elegí una mesa, debería esperar.

Cuando, más tarde, pagué la cuenta y salí a la calle, aún me costaba imaginar un desfile en un pueblo vacío, en cinco cuadras oscuras atrapadas entre el mar y la selva. Para apurar el paso del tiempo decidí caminar, recorrer varias veces la misma calle. La inmovilidad resaltaba los mínimos cambios: una luz que se apaga, una rata que cruza la calle de lado a lado, peces en el agua. Desde la última cuadra estudié la selva. Por curiosidad, o quizá porque no había nada más que hacer, calculé por dónde entraría el desfile. No desde la selva, eso era imposible, y tampoco llegaría por mar, porque de ser así ya se verían las luces de la embarcación. Quizás el mismo pueblo saliera de sus casas, todos vestidos de fiesta, para bailar o festejar algún hecho memorable. Pero cualquier opción me parecía ridicula, y también era ridículo permanecer allí solo, a kilómetros de distancia de un hogar que había abandonado hacía tiempo. Entonces escuché los primeros ruidos.

El principio fue confuso. Recuerdo las acciones apresuradas, la alarmante rapidez con que los pobladores cerraron las ventanas, trabaron las puertas y apagaron las luces. En pocos segundos sólo quedaba en la calle la escasa claridad de la noche. Y, fragmentados, indescifrables al principio, los ruidos que antes parecían lejanos ahora anticipaban su cercanía. Acometían desde el mar, desde la selva. De los sonidos se desprendían tambores, aplausos, el ruido del inexorable paso de una multitud. Carretas, gritos, olor a carne ahumada y también a alcohol, todo me envolvía, todo me advertía que no debía permanecer allí, solo, el único hombre en toda la calle.

Con la cercanía pude precisar cuántos tambores eran, cuánta gente. Un resplandor amarillento revelaba las sombras, figuras negras que, asomadas tras las casas, crecían gigantescas sobre la angosta línea de tierra que separaba las construcciones de la oscura muralla de la selva. Sostenidas por palos largos, vi máscaras como banderas asomarse entre los techos de las casas transversales. Máscaras que brillaban, dibujos que sonreían adornados con largas tiras de tela sacudidas por el baile y avanzaban hacia mí.

Aún conservo la imagen de la multitud que entraba al pueblo. Hombres morenos, blancos, altos, bajos, niños, mujeres. Un paso monótono guiaba las primeras filas. Detrás, todo se desordenaba en bailes, fuego, gritos, el fuerte aliento del alcohol. Alguien me empujó, o algo, y otra vez, y otra. Me vi obligado a avanzar entre la multitud, hacia el río. No alcanzaba a verlo, pero sabía que seguíamos esa dirección. Una mujer de manos frías tomó mis manos y me guio por entre un grupo que bailaba. Luego, cuando perdí las manos de la mujer, alguien me colocó una máscara. Alguien, después, me sacó esa máscara y me colocó otra. Un niño se acercó hacia mí, reía, y sin dejar de mirarme bailó a mi alrededor. Pensé que ya habíamos avanzado mucho, que ya deberíamos llegar al muelle, pero el desfile continuaba. Me rodeaban carros, gente que no dejaba de bailar, hombres que insistían en ofrecerme carne ahumada.

Nuevas manos tomaron las mías y me condujeron a otros sectores donde también se bailaba. Más hombres reían, hombres enmascarados. Tambores, trompetas, instrumentos desconocidos para mí. Una máscara que me pareció haber visto antes volvió a acercarse para volver a perderse. Me asombró comprobar lo fuertes que eran esos cuerpos. En mi intento por seguir la marcha apenas lograba mantenerme en pie. Ellos, en cambio, avanzaban o retrocedían según pautas que me eran ajenas, gritando y ofreciendo al cielo sus máscaras gigantes. Recordé el sobre y con el sobre lo que dijo la nuijer de la taberna: Acher debía estar aquí, en el desfile. Miré a los lados, intenté imaginar los rostros bajo las máscaras, como si pudiese reconocer en ellas a quien nunca había visto.

Alguien me empujó y bailó sin dejar de mirarme. Dudé, pero al fin dije el nombre, no me animé a más, dije Xhul Acher sólo para escuchar mi propia voz perderse entre el tumulto; repetí, más fuerte todavía, Acher, Xhul Acher, pero no había forma, los ruidos eran demasiado intensos. Otros, hombres o mujeres, se unieron al baile del primero. Dejé que el desfile me llevara, no podía durar mucho más, hacía rato que debíamos haber llegado al muelle. Después de un tiempo comencé a dudar sobre si realmente habría un final: el pueblo tenía cuatro cuadras hacia el río, y el desfile avanzaba por ellas desde hacía más de media hora.

De a poco los sonidos se hicieron más fuertes y ahora llegaban a mí como uno solo, agudo y violento, que me nublaba la vista, me estremecía el cuerpo y me quitaba el control.

Entonces vi a la niña, tan distinta a todos los que me rodeaban. No era parte del desfile: caminaba asustada entre las piernas del resto y no llevaba disfraz. Habrá pensado lo mismo de mí, porque me vio y también se esforzó por acercarse. Pero ellos, que tal vez supieran lo que necesitábamos, evitaron el encuentro. Se interpusieron entre nosotros, nos desviaron una y otra vez, nos obligaron a adelantarnos, a retrasarnos, a perdernos de vista en varios momentos. Llegamos a estar cerca: ella estiró sus brazos y tocó la punta de mis dedos, dijo algo que no pude entender, palabras que pudieron haber sido «Xhul Acher», y su imagen desapareció tras uno de los carros. Pensé que Xhul Acher podía ser ella. Como estaba agotado, fue fácil abstraerme de los ruidos e imaginarla en silencio. La llamé Xhul Acher, y cuando giró para verme la descubrí llevando una máscara. Los ruidos, de pronto, cesaron.

Desperté en el centro del pueblo, sobre la tierra, en el mismo lugar del que había partido con el desfile: la oscura calle vacía y el silencio. Traté de incorporarme, pero me sentía débil y opté por permanecer un momento en el piso. Entonces volvieron los sonidos, tan reales como la vuelta de llave de una puerta y una mujer que, desesperada, sale de la casa, cruza la calle y golpea otra puerta con la furia de quien golpea al culpable de su propia muerte. Alguien abrió la puerta, abrazó y consoló a la mujer mientras una tercera persona, quizás el marido, salió de la primera casa, dio unos pasos y se dejó caer en medio de la calle. Lo vi llorar sobre la tierra, preguntarse por qué su hija, por qué si la niña nunca salió. «Yo la vi» dije, pero ninguno de los tres dijo nada. «Yo vi a la niña» repetí a la primera mujer, la tomé con fuerza del brazo para volver a gritar «vi a la niña» casi a su oído. Ella se hizo a un lado, gritó aún más fuerte. Después, con cautela, estudió las sombras de la calle, las puertas de ambas casas que permanecían abiertas. «Todavía están acá», dijo a la vez que retrocedía, «están acá», repitió en voz baja. Se miraron asustados y de común acuerdo corrieron a sus casas y trabaron las puertas.

Permanecí inmóvil. De pie en la oscuridad pensé en la niña y miré hacia el muelle. Fue entonces que descubrí la luz, los primeros reflejos sobre el río, la orilla húmeda y, sólo más tarde, la imagen borrosa, lejana, increíble, del muelle de madera, el único muelle en miles de kilómetros, y vacío. Pensé en los padres de la niña que hacía un momento me habían conmovido y concluí que ahora, sin el barco, nadie era tan desgraciado como yo. Un hombre que al principio fue un extraño y que después reconocí como Flishvein, caminó hacia mí desde el río. Le pregunté qué hacía él en ese lugar, qué hacía yo, por qué me había enviado hasta allí con el sobre, por qué a mí que me odiaba tanto, por qué no contestaba a ninguna de mis preguntas. Saqué el sobre del bolsillo y permití a Flishvein comprobar en mi rostro el resultado de reconocer, por fin, el nombre del destinatario. Al mirar otra vez el pueblo supe que entre el río quieto y la selva oscura, ese lugar no podía ser otro que el lugar de la muerte.

(De: El núcleo del disturbio, 2002)