El dilema ecuatoriano

Por Alfredo Serrano Mancilla*

Salvo excepciones, el resultado de una elección presidencial se explica mucho más por la política que por la campaña. Y sin embargo, casi siempre caemos en la tentación de marearnos ante la coyuntura, perdiendo de vista los surcos profundos que verdaderamente nos permiten entender por qué se produce una victoria o una derrota electoral.

Lo sucedido en Ecuador no fue una excepción.

Daniel Noboa será el próximo presidente del país. Ganó por 52 por ciento a 48 por ciento a Luisa González en la segunda vuelta. Unos porcentajes muy similares a los que obtuvieron Lasso y Arauz en 2021 (52.3 a 47.6).

También hay mucho parecido entre sendas primeras vueltas. Es decir, Arauz sacó 32.7 por ciento en 2021 y Luisa 33.6 en 2023. Por su parte, Lasso obtuvo casi 20 puntos, y Noboa ahora 23.

Además, hay un alto grado de similitud en la conformación tan fragmentada de la Asamblea entre 2021 y 2023. Y lo mismo con el porcentaje de atomización del resto de candidatos que quedaron por afuera de la segunda vuelta.

¿Podríamos decir que tanta semejanza es pura coincidencia? No. De ninguna manera.

A pesar de las múltiples diferencias circunstanciales entre un momento y otro, la similitud de los resultados electorales tiene que ver muchísimo más con el proceso político que vive Ecuador en los últimos tiempos.

Dicho de otro modo: cometeríamos un grave error analítico al asumir que lo que ha ocurrido en esta cita electoral se debe a las diferencias entre los perfiles de los candidatos (Noboa no se parece a Lasso, ni Luisa a Arauz). Ni tampoco deberíamos considerar que los votos de ambos obedecen a sus desempeños en el debate presidencial. Ni a los jingles ni a los espots. Ni a las redes sociales. Ni siquiera al contexto de creciente inseguridad. Ni a la muerte de Villavicencio. Ni a las offshore de Noboa.

Esta tesis no contradice en absoluto que estas situaciones no hayan tenido una importancia relativa en cómo la ciudadanía decidió. La tuvo, sí, pero su influencia fue marginal si la comparamos con otro conjunto de variables de índole política duraderas en el tiempo.

Algunas de estas razones estructurales que explican el resultado electoral son las siguientes:

1) El correísmo es la principal identidad política del país, pero no es suficiente para alcanzar una mayoría en segunda vuelta. Sigue siendo centralidad, tanto en favor como en su contra.

2) La fragmentación partidaria y la alta volatilidad vino para quedarse. El fenómeno de la democracia Spotify también llegó a Ecuador. Esto se advierte nítidamente al radiografiar todo lo que está por afuera del correísmo: no importa quién sea el candidato ni el partido. Se acaban juntando en segunda vuelta, en modo táctico a pesar de las heterogeneidades políticas.

3) La población que más sufre y con menos ingresos es un sujeto clave en el nuevo (des)orden social y político. Buena parte dejó de creer en las instituciones. Ecuador atraviesa una profunda crisis de representatividad. Las soluciones no se encontrarán mirando por el retrovisor. La única vía es repensar todo hacia delante, identificando las nuevas demandas sin prejuicios y encontrando respuestas precisas y certeras, y planteando nuevos horizontes en sintonía con la nueva época.

4) El bloque indígena es un actor fundamental en Ecuador. No sólo cuantitativamente, sino también por su relevancia política. En estos últimos años, aunque no vota homogéneamente, su conflicto no resuelto con el correísmo es un obstáculo para la construcción de una mayoría progresista que se imponga en segunda vuelta.

Estos dos últimos puntos constituyen conjuntamente el principal desafío histórico, y a la vez el mayor dilema, que tiene buena parte de la sociedad ecuatoriana para ganar política y electoralmente al neoliberalismo. Sólo con una alianza programática, sólida y generosa por todas sus partes, se podrá afrontar la próxima cita electoral (que está a la vuelta de la esquina, en febrero de 2025).

*Director Celag. Doctor en Economía

La Jornada