El fusilamiento de Dorrego

El 13 de diciembre de 1828 Manuel Dorrego es fusilado por orden de Juan Lavalle. El 1º de diciembre, Lavalle había encabezado un golpe militar contra el gobernador bonaerense. El líder federal enfrentó a Lavalle en Navarro, donde fue derrotado en la batalla y hecho prisionero. Instigado entre otros por Florencio Varela y Salvador María del Carril, Lavalle ordena la muerte de Dorrego, en uno de los hechos más traumáticos de las guerras civiles.

El fusilamiento de Manuel Dorrego. Producción Agencia Télam 2013.

El fusilamiento de Dorrego

Por Hernán Brienza

El día de su muerte, Manuel despertó sin hacer caso a los presagios. No los necesitaba. Sabía que estaba perdido, pero sólo faltaba la confirmación. Cuando Rauch liberó a su hermano Luis y lo dejó que siguiera viaje a Buenos Aires, Manuel sintió un escalofrío: la certeza de que nunca más iba a volver a ver a su hermano. Que esa figura sobre el caballo que alargaba su mano en un triste saludo era la última imagen familiar que iba a atesorar en sus recuerdos. Desde ese momento, Manuel quedó convertido en una sombra lúgubre acostada sobre el sillón raído del carruaje.

A pocos kilómetros de Navarro, Rauch envió un mensajero a Lavalle para informarle que ya estaba llegando con el prisionero. El rubio General dispuso que su edecán, el mayor Juan Estanislao Elías, atendiera al prisionero de guerra. Con una pequeña partida interceptó la escolta de Rauch y se hizo cargo de Dorrego, a quien llevó hasta un casco de estancia cercano al pueblo.

—Coronel, estoy encargado de custodiarlo y responder de su persona —le anunció Elías a Manuel, que extendió su mano y suspiró amablemente al reconocer a su subordinado de la campaña de Santa Fe y de Pavón.

—Mucho me felicito de que usted haya sido elegido para desempeñar este cargo.

Los dos hombres comenzaron a estudiarse lentamente. A tratar de adivinarse los gestos, las intenciones, a leer entre palabras tratando de encontrar una señal que permitiera descifrar el destino inmediato. Pero Elías no lo conocía. Cerca de las doce, Manuel pidió algo para comer y lo sorprendió un abundante almuerzo que devoró como si fuera el último. Y de hecho, sería el último. Un gesto de Elías puso en guardia a Dorrego: cuando lo invitó a comer, el edecán se rehusó, como si el convite lo hubiera hecho un fantasma. Manuel comió solo, entonces, sentado a una mesa de madera, rodeado de enemigos, cabizbajo y pensativo.

A la una de la tarde, Elías se le acercó a Manuel y le anunció que debían marchar, pero que antes estaba obligado a cumplir con un pedido del general Lavalle: expropiarle la bolsa con onzas de oro que Dorrego tenía en su poder. El gobernador depuesto se rió y chistó con la boca: «No tengo nada, amigo», dijo, y el edecán dio por cumplida la misión sin mayores pesquisas. Desconfiado, Manuel escrutó a Elías y le preguntó, inquieto:

—¿Dónde me lleva usted?

—Coronel, al cuartel general, situado en la estancia de Almeyra.

—Dígame si están el señor Martín Rodríguez y Lamadrid en el cuartel general —inquirió Dorrego.

La respuesta afirmativa lo tranquilizó. La esperanza una vez más recorrió el espíritu de ese muerto caminante, cuyos ojos parecían haberse opacado por un miedo que no provenía de cobardías —Manuel ya tenía bien probado su valor— sino de cierta presunción de lo inevitable. A sus 41 años, comenzó a entender la levedad de la existencia, la fragilidad, el absurdo de la vida y de la muerte. El hombre que subió a ese coche oscuro como un carruaje fúnebre ya estaba vencido. Y sin embargo aún tenía esperanzas.

Al comenzar la marcha, Dorrego sintió el sol del mediodía golpeteando contra el techo negro del carruaje. Miró a Elías sudado arriba de su caballo y le gritó: «Mi amigo, hace un sol y un calor terribles; suba usted al carro y marchará con más comodidad, venga, hombre». Pero el edecán, una vez más, se negó a acercarse al condenado. Minutos antes de las dos de la tarde, la detención de la marcha sacudió a Manuel de su modorra. Estaban frente a la estancia de Juan Almeyra, en la que Lavalle había armado su cuartel general. Asomó su cabeza entre las cortinas y vio cómo Elías se apeaba del caballo e ingresaba en la casona. Nada escuchó, nada pudo saber, excepto que detrás de una de las ventanas del casco se distinguía borrosa la figura del general Lavalle, que caminaba presuroso de un lado a otro de la sala, agitado, sumido en un hosco silencio.

Al llegar el carro con el prisionero, Lamadrid se dirigió a saludar a Manuel, a quien estrechó en un silencioso abrazo. En el bolsillo de su chaqueta llevaba la carta de su compadre escrita en lápiz, en la cual le pedía que intercediera ante Lavalle. En los campos de Navarro, sentados en el birlocho, Manuel le repitió la solicitud:

—Compadre, quiero que usted me sirva de empeño en esta vez para con el general Lavalle, a fin de que me permita un momento de entrevista con él. Prometo a usted que todo quedará arreglado pacíficamente y se evitará la efusión de sangre; de lo contrario, correrá alguna; no lo dude usted.

—Compadre —le respondió Lamadrid—, con el mayor gusto voy a servir a usted en este momento…
Lamadrid bajó súbito del carruaje y se presentó ante Lavalle, que sin dejar de caminar por la habitación, como una fiera enjaulada, se negó rotundamente a recibir al prisionero. Sorprendido, el subordinado le insistió:

—¿Qué pierde el Señor General con oírlo un momento, cuando de ello depende quizás el pronto sosiego y la paz de la provincia con los demás pueblos?

—¡No quiero verlo ni oírlo un momento! —gritó Lavalle impertérrito y despidió a Lamadrid con los ojos desorbitados.

Sin perder tiempo, Lamadrid se dirigió a ver a su compadre y le comunicó la negativa del General. Azorado, Manuel aseguró:

—Compadre, no sabe Lavalle a lo que se expone con no oírme. Asegúrele usted que estoy pronto a salir del país, a escribir a mis amigos de las provincias que no tomen parte alguna por mí, y dar garantías de mi conducta y de no volver al país, al ministro inglés y al señor Forbes, norteamericano; que no trepide en dar este paso por el país mismo.

—Compadre —resopló Lamadrid—, conozco la fuerza y la sinceridad de las razones que usted da, pero por lo que he visto en este mismo momento, dificulto que el General se preste por lo que acabo de considerar un hombre terco. Sin embrago, le pido a usted que se tranquilice, pues no creo deba temer por su vida…

Manuel, heroico en su pasión contestó desprendido:

—Haga lo que quiera. Nada temo, sino las desgracias que sobrevendrán al país…

Con ingenuidad, Lamadrid se dirigió a la sala del general Lavalle y cuando éste lo vio entrar, le espetó:

—Ya se le ha pasado la orden para que se disponga a morir, pues dentro de dos horas será fusilado. No me venga con nuevas peticiones de su parte…

—General —atinó a decir estupefacto Lamadrid—, ¿por qué no lo oye un momento, aunque lo fusile después?

—Porque no quiero… —gritó nuevamente Lavalle, como quien intenta espantar con un grito la insistente voz de la razón.

Si se pudiera congelar ese instante, allí quedaría resumido el drama político de toda la Argentina. En ese gobernador depuesto que sabe que va a morir y se abandona en la litera del carruaje y en ese General altivo, irreflexivo, que cumple una orden sin pensar en su propia identidad. En ese hombre apenas moreno, «padrecito de los pobres», representante de las provincias, que cree en el trabajo, en las tierras productivas, en el mercado interno y en ese militar orgulloso y valiente que decidió defender a la elite comercial portuaria, especulativa y culturalmente extranjerizante. Son dos hombres que han defendido a su patria, que la han amado, tal vez, con el mismo fervor, que han derramado su sangre cuantas veces fueron necesarias. Son dos hombres de coraje. El primero cree en la valentía del pecho descubierto, en la fe cívica que ha abrazado luego de abandonar la carrera militar, en las convicciones, en las mayorías, en la nobleza que se adquiere a través de la grandeza de los actos; es el político que se funde en el hombre de a pie que sólo tiene para apostar todo lo que tiene. El segundo es un profesional de la guerra, cuyo coraje proviene de la estrategia y el acero, de las grandes hazañas y de las epopeyas rimbombantes, que cree en la heredad de la valentía, en la aristocracia de las formas.

Allí están esos dos hombres, inmortalizados en ese segundo en que apenas se miran. Un segundo que marca el desencuentro de toda una eternidad. Se encuentran frente a frente, pero el General de manos blancas no quiere recibir al político de manos oscuras.

—Vaya usted e intime al prisionero que dentro de una hora será fusilado —le ordena Lavalle a Elías, que lo mira con el rostro desencajado por el estupor.

Ya está dada la orden. El General de ojos celestes se ha hundido en una profunda amargura. Ha entrado en un laberinto sin muchas convicciones y se ha perdido. Maldice a esos hombres de negocios, a esos doctores que nunca se han manchado las manos con sangre, ni la propia ni la de los enemigos, masculla su desprecio contra esos leguleyos hipócritas que lo convencieron de hacer el trabajo sucio. Como Juan Cruz Varela, el poeta de versos clásicos, que le escribe el 12 de diciembre a las 10 de la noche: «Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que le ha hecho correr, está formado; esta es la opinión de todos sus amigos de usted; esto será lo que decida de la revolución; sobre todo, si andamos a medias […] En fin, usted piense que doscientos y más muertos y quinientos heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber […] Este pueblo espera todo de usted, y usted debe darle todo. Cartas como estas se rompen, y en circunstancias como las presentes, se dispensan estas confianzas a los que usted sabe que no lo engañan, como su atento amigo y servidor».

«Cartas como estas se rompen», repite Lavalle, que no entiende por qué hay que ocultar la verdad si está sustentada por la razón y la necesidad política. Por eso, él, que está convencido de que está cumpliendo con su deber histórico no sólo no rompe ese tipo de cartas sino que las guarda. No lo hace para deslindarse de la responsabilidad en el juicio futuro: lo hace para condenar a esos hombres a la vergüenza de la historia.

Y en otra misiva, la pluma ligera de Salvador María del Carril escribe un axioma que regirá hasta el día de hoy la política de la clase dirigente argentina: «General, yo tenía y mantengo una fuerte sospecha, de que la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico, y que la victoria es el título más legítimo de poder». Un día después, el 12, Del Carril insiste: «Ahora bien, General, prescindamos del corazón en este caso. Un hombre valiente no puede ser vengativo ni cruel. Yo estoy seguro, que usted no es ni lo primero ni lo último. Creo, que usted es además, un hombre de genio y entonces no puedo figurármelo sin la firmeza necesaria para prescindir de los sentimientos y considerar, obrando en política, todos los actos de cualesquiera naturaleza que sea, como medios que conducen o desvían a un fin. Así, considere usted la suerte de Dorrego. Mire usted este país se fatiga 18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento. Considere usted el origen innoble de esta impureza de nuestra vida histórica y lo encontrará en los miserables intereses que han movido a los que las han ejecutado. El general Lavalle no debe parecerse a ninguno de ellos; porque de él esperamos más. En tal caso, la ley es: que una revolución es un juego de azar, en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, General, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré inoportunado a usted, habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra y no cortará usted las restantes; entonces, ¿qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras? […] Nada queda en la República para un hombre de corazón».

Lavalle, ese general de pocas luces, esa espada sin cabeza, ese cóndor ciego, ya no duda. Embriagado por la promesa de la gloria —promesa de la cual desconfía y por eso su gesto taciturno en la sala de la estancia Almeyra— toma la decisión de fusilar a Dorrego. De esa manera, el granadero de los Andes, el que hizo callar a Bolívar, el que hizo temblar a los imperiales en Ituzaingó, deviene en poco más que un mero asesino.

A lo lejos, Lavalle oye un grito. Es la voz de Dorrego que sentado en la escalinata del carruaje oye la orden de la boca de Elías. Automáticamente, se golpea la frente con la palma de la mano y estalla en un «¡Santo Dios! ¡Santo Dios!».

Con los ojos asaltados por las lágrimas, Manuel le pide a Elías que llame al sacerdote Castañer y a su compadre Lamadrid para que lo socorran en esos últimos minutos de vida que le quedan. Pálido, desvaído, con los ojos vidriados por la impotencia y la tristeza de saber que en un par de minutos nada más desaparecerá de la tierra, que ya nada más quedará de él, que perderá absoluta e irremediablemente todo, mira a los ojos de su interlocutor y ensaya una resignada protesta:

—Compadre, se me acaba de dar orden de prepararme a morir dentro de dos horas. A un desertor al frente del enemigo, a un bandido se le da más término y no se lo condena sin oírlo y sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha dado esa facultad a un general sublevado? Proporcióneme usted, compadre, papel y tintero, y hágase de mí lo que se quiera… ¡pero cuidado con las consecuencias!

Son las dos y diez de la tarde cuando pide papel y lápiz para escribir sus últimas cartas, que retratan perfectamente la hidalguía de ese hombre que, aun en los momentos límite no pierde la nobleza. Sentado en su carruaje, Manuel escribe una primera carta a Estanislao López: «Mi apreciado amigo, en este momento me intiman a morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre. Su afectísimo amigo. Manuel Dorrego».

Luego de poner en orden la causa política, Manuel decide escribir sus cartas íntimas, escuetas pero con la ternura de un hombre sentenciado que sabe que nunca más verá a las mujeres que ama. La primera va dirigida a su esposa y dice: «Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; mas la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: Educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía de tu desgraciado Manuel Dorrego. Mi vida: Mándame hacer funerales y que sean sin fausto. Otra prueba de que he muerto en la religión de mis padres».

Acto seguido, le escribe a sus hijas: «Mi querida Angelita: Te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre» y «Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre». Finalmente, escribe otras dos cartas a su amigo Miguel J. Azcuénaga y a su sobrino Fortunato Miró, a quien le encarga que disponga de sus bienes materiales y organice sus negocios particulares para la herencia.

Una vez terminadas de escribir las cartas, Manuel se quita con lentitud la chaqueta bordada con trencilla y muletillas de seda que lleva puesta, se la da a Lamadrid y le dice:

—Esta chaqueta se la presentará con la carta a mi Ángela, de mi parte, para que la conserve en memoria de su desgraciado esposo. —Y acto seguido se quita los tiradores y agrega—: Estos, déselos a mi hija mayor y el anillo a la menor.

Un silencio lúgubre envuelve a los dos hombres. Hasta que Manuel lo hace astillas con su voz quebrada:

—¿Tiene usted, compadre, una chaqueta para morir con ella?

—No tengo otra chaqueta que la puesta, me cambio y se la traigo —contesta Lamadrid, que sale corriendo a quitársela y ponerse una casaca. Cuando vuelve le entrega la chaqueta y Manuel lo mira extrañado:

—¿Qué pasa, compadre, que usted no se pone mi casaca?

—Es que la he guardado…

—Hágame ese favor, vaya usted a buscarla y póngasela…

Lamadrid da media vuelta y rumbea para su cuarto a buscar la casaca de Manuel, mientras Dorrego se confiesa ante el padre Castañer, su primo. Luego de quedar reconciliado, ve cómo su compadre se acerca al carro con su prenda puesta.

Extraño pedido el de Manuel, es cierto. Pero constituye todo un símbolo político. El asesinado pide la chaqueta de uno de sus asesinos y le solicita, a su vez, que se ponga la suya. Como si se tratara de un cambio de roles o de una cofradía en la muerte. De una complicidad en la que víctima y victimario son igualados, hermanados para siempre. La chaqueta unitaria quedará manchada con sangre federal. Acaso, la mejor metáfora en ciento cincuenta años de guerra civil que se haya dado en estas tierras. Y la prenda federal será usada por un unitario: el mejor símbolo del violento drama argentino.

Cerca de las dos y media de la tarde, Manuel, en su carro, le pide a Lamadrid que lo acompañe hasta el patíbulo. Pero el oficial unitario se niega y estalla en llantos incontenibles. Niega con la cabeza. Dorrego siente que flojea, sus ojos se anegan de lágrimas y pregunta:

—¿Por qué, compadre? ¿Tiene usted a menos el salir conmigo? Hágame el favor que quiero darle un abrazo al morir…

—No puedo, no puedo, no tengo valor, compadre —suplica Lamadrid con la cara desencajada por el dolor y las lágrimas—. De ninguna manera tendría yo a menos el salir con usted. Pero el valor me falta y no tengo corazón para acompañarlo en ese trance. Abracémonos aquí y Dios le dé resignación.

Lamadrid baja del carro y huye hacia sus aposentos, mientras Manuel desciende tomado de los brazos del sacerdote. Un centenar de metros lo separan de su patíbulo. Y hacia allí va contando uno a uno los pasos de vida que le quedan.

Manuel se detiene frente al pelotón de fusilamiento y mira uno por uno a sus ejecutores. Hasta que un pañuelo amarillo lo ciega. Poco queda ya.

El capitán Páez da la orden de fuego.

Suena la descarga fatídica.

Manuel gime y cae de rodillas.

Lavalle aprieta los dientes y cierra los ojos.

Lamadrid llora la muerte de su compadre.

Manuel se revuelca en el suelo. El plomo quema su cuerpo. Un dolor ya conocido le anuncia que la muerte le muerde el pecho. Piensa en su madre. Piensa en su padre, sus hermanos, su mujer, sus hijas. Piensa en el sinsentido de la vida. Y en el absurdo de la muerte. Hasta que el dolor ya no lo deja pensar. Un soldado se acerca con un machete y corta el cuello de Manuel. Lavalle mira a Elías y le dice: «Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable». Pero no es él la víctima de ese holocausto. Sobre la gramilla de Navarro yace ese cuerpo destrozado.

El General rubio reúne a sus oficiales y les anuncia: «Estoy cierto de que si yo hubiera llamado a todos los jefes a consejo para juzgar a Dorrego, todos habrían sido de la opinión que yo. Pero soy enemigo de comprometer a nadie, y lo he fusilado por mi orden. La posteridad me juzgará». Sus subordinados bajan la cabeza y se produce un áspero silencio.

El general Lavalle se sienta a una mesa y escribe a Díaz Vélez: «Señor Ministro. Participo al gobierno delegado, que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido morir o no; si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirme el pueblo de Buenos Aires, que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio».

Con sus manos blancas, le escribe a Brown repitiendo las palabras que había escuchado: «Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra, ya sólo la carta de Vuestra Excelencia puede hacerme trepidar un largo rato […] Yo, mi respetado General, en la posición que estoi no debo tener corazón. Vuestra excelencia siente por mí mismo, que los hombres valientes no pueden abrigar sentimientos innobles, y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exijen los intereses de un gran pueblo». Lavalle repite las palabras de Salvador María del Carril. Las repite para convencerse de su verdad.

En Buenos Aires, Del Carril, Agüero, los hermanos Varela y otros tantos unitarios festejan en las sombras y se ríen. Habían logrado sacar de en medio al líder popular con más visión política nacional y estrategia continental de esos primeros años de vida histórica. Habían logrado recuperar el poder que, según ellos, jamás deberían haber perdido y lo habían hecho de un golpe de mano, sin legitimidad ni legalidad. Habían logrado también que sus nombres quedaran en las sombras y que un hombre se alzara con toda la responsabilidad de los hechos: el general Juan Galo de Lavalle.

En el campo de Navarro, el 13 de diciembre de 1828, el cuerpo abierto de Manuel Dorrego se deshace sobre la gramilla con los ojos abiertos detrás del paño amarillo. Por quinta y última vez, su sangre tiñe de bermejo el suelo de su patria. Allí, junto a ese cadáver absurdo, yacen también los sueños de Mayo. Y la posibilidad de un país.

(Fragmento de: Hernán Brienza, El loco Dorrego, 2007)