El gran poema nacional

Por Ángel Núñez*

Ilustración: Andrea Toledo

La obra más célebre de José Hernández, publicada entre 1872 y 1879, tiene a un gaucho payador por protagonista. A través de su largo derrotero, el autor da cuenta de las condiciones de vida de las clases populares argentinas en el siglo XIX y reivindica a este sujeto político, que construye y propone una ética personal y social.

En el siglo XIX se produce en la región rioplatense un fenómeno literario muy especial: se crea la literatura gauchesca. Nació como respuesta a la pelea contra los invasores y se afirmó como canto de la lucha por la independencia. La gauchesca la comienza el montevideano Bartolomé Hidalgo, con la creación de los “cielitos”. Trasladando un baile folklórico a su canto, usa sus cielitos para burlarse de Fernando VII y para cantar la gesta sanmartiniana.

Creada esta nueva literatura, se desarrolla, primero, hacia los diálogos entre dos paisanos y las cartas explicando un tema.

Los cielitos no van firmados, porque intentan expresar una inquietud ampliamente compartida –de todos–, pero los estudios permitieron establecer los nombres de quienes, como Hidalgo, no los firmaron.

El género gauchesco fue creciendo: se trataba de autores cultos que usaban el dialecto rural de su época para construcciones literarias. Era una literatura escrita en lenguaje dialectal, el de los gauchos, pero que estaba muy difundido en la sociedad y se divulgaba en modestos folletos de papel ordinario o en hojas sueltas. Sirvió luego en ambos bandos para la lucha política entre unitarios y federales, y el unitario Hilario Ascasubi realizó el relato de toda una vida, a la manera novelística, en su poema Santos Vega, el payador. Luis Pérez fue el federal de mayor producción en este bando y autor de una Biografía de Rosas, también en versos en estilo gaucho.

Esa etapa de la gauchesca del siglo XIX, que pasa entre otros por Antonio Lussich y Estanislao del Campo, culmina en el Martín Fierro de José Hernández.

UN LIBRO EMBLEMÁTICO

En 1872 se publicó la que sería la primera parte del poema, con el título de El gaucho Martín Fierro (la ida). Impreso como folleto con otros agregados para despertar interés, en papel ordinario, costaba diez pesos y tuvo un éxito enorme, lo que llevó a sucesivas reediciones inmediatas. La segunda parte, que es La vuelta de Martín Fierro, se publicó en 1879. Hoy es para todos un libro muy especial, del que se hacen ediciones de lujo y del que existen cientos de versiones ilustradas por grandes artistas.

Ha dado pie a elogios y vituperios, pero es visto por muchos, tal vez por la mayoría, como representación del país, de la gente humilde, de la lucha del hombre contra las circunstancias adversas de la vida y de la pelea contra las injusticias.

Escrito en estilo gaucho del siglo XIX, lo que implica algunas dificultades para su lectura, se refiere a la clase popular, al personaje del gaucho, muy característico de ese siglo, y ubica un mundo social bien determinado: los pobres, su circunstancia y su lucha en una sociedad adversa.

En 1872 el presidente era Sarmiento, quien como gobernador de La Rioja había asesinado al Chacho Peñaloza, el gran caudillo de la región. El Hernández periodista, en un folleto de 1863, lo había acusado de criminal por esa muerte. Tal vez por eso el sargento Cruz dice: “Tiene el gaucho que aguantar/ hasta que lo trague el oyo/ O hasta que venga algún criollo/ En esta tierra a mandar” (Ida, verso 2.091 ss). No debemos vincular necesariamente la obra artística con las circunstancias históricas, pero es significativa la coincidencia.

QUÉ ES EL MARTÍN FIERRO

Es un canto, un poema (“Cantando me he de morir/ Cantando me han de enterrar/ Y cantando he de llegar/ Al pie del Eterno Padre”, dice Fierro), un poema épico porque incluye un relato que narra los sucederes de varios personajes gauchos ubicados en medio de conflictos que se ven obligados a superar para sobrevivir, y cuyo protagonista enfrenta situaciones históricamente reales (como la leva, el fortín, el exilio en la zona india, la pelea a muerte a cuchillo, la payada, la injusta vida de los pobres y sus familias). De allí que se lo fue considerando una muestra muy rica de la vida de los gauchos y se pasó a visualizar al gaucho Martín Fierro como el personaje que simboliza la patria en busca de justicia social y, por lo tanto, como sujeto político. Un contramodelo es el Viejo Viscacha, taimado, ladrón y tramposo, nombrado tutor del Hijo Segundo de Fierro.

Y sobresale el hecho de que el país cuente con este poema épico en el que se destaca su gran calidad estética. No solo es un poema épico sino también un gran poema épico, universalmente valorado, porque pasó a representar al hombre, cualquier hombre, en lucha con su destino.

Es además un poema sapiencial, porque las constantes reflexiones de Fierro a lo largo de todo el texto son profundas consideraciones filosóficas, expresadas siempre en el dialecto paisano, con su propio vocabulario, lo que las llena de originalidad. Va un ejemplo entre los tantísimos que encontramos: “Viene el hombre ciego al mundo/ Cuartiándolo la esperanza./ Y a poco andar ya lo alcanzan/ Las desgracias a empujones/ La pucha que trae liciones/ El tiempo con sus mudanzas” (Ida, 127- 132); o “Pues nunca le falta un yerro/ Al hombre más alvertido” (Ida, 1.401-1.402).

Conocemos, porque es parte de nuestra cultura, la aventura de Martín Fierro. La leva de paisanos para llevarlos al ejército en la lucha contra el indio lo saca de una situación donde tiene su familia y un trabajo que le resulta creativo. Lo trasladan al fortín fronterizo donde todos son explotados para trabajar en las chacras de El Coronel. En un ataque de los indios tiene una pelea exitosa con un cacique. Las sucesivas peleas en las que triunfa, que aquí se inician, lo van constituyendo a la manera de un héroe. Veremos si su vida culmina o no como un triunfo.

Finalmente, huye y vuelve a su pago. Pero solo encuentra la tapera de su casa: su mujer ha tenido que irse y sus hijos se han dispersado en busca de continuar la vida. Fierro, indignado, se convierte en gaucho matrero, insolente y peleador. Mata en variada circunstancia a otros dos gauchos, negro el primero de ellos.

Perseguido por la Justicia, vive escondido entre pajonales, y una noche la partida policial lo rodea y se da una pelea colosal. Fierro mata o hiere a seis adversarios; finalmente el sargento Cruz, jefe de la partida, no permite que maten a “un valiente” y se une a Fierro, puesto que su propia vida es similar y de idénticos valores a los de su circunstancial enemigo, en el que se ve reflejado.

Juntos van a refugiarse en la zona india, y así finaliza la primera parte, conocida como “La ida”.

Era imprescindible La vuelta de Martín Fierro, publicada en 1879, tanto que los paisanos le preguntaban a Hernández cuándo se produciría el regreso. Su destino no podía ser vivir y morir entre los indios.

En la toldería son recibidos como espías, como enemigos, y durante dos años los tienen separados y sin caballos. Poco a poco se van adaptando pero en una situación de pleno conflicto. Cruz se contagia la viruela negra y muere, lo que constituye una herida profunda para su amigo Fierro. Este huye llevándose una Cautiva a la que ha tenido que defender de un indio que le mata el hijito ante sus ojos, y vuelve a la parte cristiana del territorio. Allí, ya olvidada su anterior persecución por el tiempo transcurrido, reencuentra a dos hijos y a uno del sargento Cruz que se une a ellos.

Se da una payada con El Moreno, que resultó ser hermano del negro que Fierro había matado años atrás. Reunido con sus hijos, les da los célebres sabios consejos que configuran una ética y, finalmente, los cuatro cambian de nombre, se hacen una promesa que no conocemos y se separan yendo a los cuatro puntos del horizonte.

VIVIR EL INFIERNO

La ida a la zona india, que era la salida de muchos gauchos perseguidos, nos muestra una etapa infernal.

Fierro narra escenas terribles. Cuando los indios vuelven de un malón, las mujeres realizan una ceremonia en la que se las ve “como furia del infierno”. Dentro de un cerco de lanzas, danzan agotadoramente entre los gritos de los hombres, “sudando, hambrientas, juriosas/ Desgreñadas y rotosas” (Vuelta, 770 ss), de sol a sol, aunque truene o llueva.

Los remedios de las adivinas contra la viruela consistían en calentar al enfermo con un fuego cercano quizás hasta su muerte. La síntesis de esta barbarie es la afirmación de Fierro: “Es para él como juguete/ Escupir un crucifijo/ Pienso que Dios los maldijo…” (Vuelta, 733 ss). Esta ofensa merecería la maldición de Dios en el idiolecto del texto. Sin duda, cabe la acusación de racismo que se le ha formulado a Hernández, lo que pasa es que el indio era el enemigo del gaucho, con el que peleaba en verdad a muerte, porque le iba la vida, o mataba o moría. Y el poema muestra fielmente el pensamiento de los gauchos. Opina Fierro, no Hernández.

Al morir el amigo, el compañero al que le debe la vida, y en medio de su soledad existencial –sin su familia– vive un dolor enorme que lo transforma. “Faltó a mis ojos la luz/ Tuve un terrible desmayo/ Caí como herido del rayo/ Cuando lo vi muerto a Cruz” (Vuelta, 925 ss). Entra en un proceso en el que se arrepiente de sus faltas, sus asesinatos, sus muertes peleando, que “caen gotas de fuego en su alma”.

Cumple además, sin saberlo, el ritmo de los héroes épicos que se purifican en una etapa de gran sufrimiento y de grandes pruebas y luego logran realizar su misión. Eneas pasó por el Infierno para acceder a los Campos Elíseos, Martín Fierro pasó cinco años entre los indios. Y la comparación no es ociosa, desde que nuestro poema tiene todas las características de la gran literatura.

Un episodio de alta simbología es su encuentro con La Cautiva, sometida cruelmente por un indio en los últimos dos años. La acusan de brujería por la muerte de la hermana de la mujer del indio, que en un ataque de furia degüella a su pequeño hijo ante sus ojos. Fierro escucha sus gritos, se acerca, y ella de lejos lo mira suplicante, lo que provoca la reacción del gaucho, que entra en pelea.

Es complejo este personaje, sin cuya ayuda en el momento en que se cae peleando con el indio y ella se lo saca de encima, hubiera muerto. Finalmente mata al indio. Luego de que ambos de rodillas rezan agradeciendo, Fierro “a su Santo” y ella a la Madre de Dios, dice el poema que la mujer “se alzó con pausa de leona,/ Cuando dejó de implorar” significando una mujer fuerte, maternal, de elegante movimiento, imponente: alguien muy especial.

Deben huir y juntos se van a la zona cristiana, donde se separan. El destino de Fierro no es vivir siempre entre los indios, sino regresar a su tierra, a su pago, e insertarse en su sociedad.

Cuando vuelve, además de más viejo, es otro Fierro. Es un viejo sabio.

Es central el encuentro con sus hijos y con el de Cruz, que este le había encomendado al morir, nuevo imperativo para Fierro, que cumple. Los dos desterrados habían recordado y extrañado siempre a sus esposas e hijos, o sea que el espíritu de familia regía a pesar de la soledad y la distancia y de la angustia de no saber de sus destinos. La familia era un ideal a pesar de todo, y el reencuentro representa también eso.

TRIUNFO Y DERROTA

La payada incorpora al Moreno como uno de los personajes centrales. Un Moreno que es buen poeta y un hombre sabio.

Ya señalamos que el Martín Fierro es un poema, y el lirismo y la poesía ocupan un lugar importante. En ese diálogo tan especial que es la payada acompañada de guitarras, Fierro le formula a El Moreno estas poéticas preguntas: cuál es el canto del cielo, el de la tierra, el del mar y el de la noche, que el Moreno responde con belleza y profundidad. Una de esas respuestas es: “Los cielos lloran y cantan/ Hasta en el mayor silencio/ Lloran al cáir el rocío/ Cantan al silvar los vientos/ Lloran cuando cáin las aguas/ Cantan cuando brama el trueno” (Vuelta, 4.079 ss). El Moreno, a su vez, yendo a un plano más abstracto, le pide que le explique sobre el tiempo, la medida, el peso y la cantidad. Hacia el final, el Moreno revela que “tiene otro deber que cumplir”, que es vengar la muerte del Negro, hermano suyo, que Fierro, borracho, mató en pelea en su antigua etapa de gaucho matrero.

Pero no habrá duelo: los presentes, que valoran mucho a Fierro, ya consagrado como un gaucho noble –literariamente, diríamos como un héroe–, impiden la pelea.

Pero la deseada unión familiar no puede lograrse. “No pudiendo vivir juntos/ Por su estado de pobreza/ resolvieron separarse/ Y que cada cual se juera/A procurarse un refugio/ Que aliviara su miseria” (Vuelta, 4.583 ss). El héroe fracasa en su intento de insertarse en familia en la sociedad. La preparación para separarse comienza con los consejos del padre a los hijos, a los que volverá forzadamente a abandonar, y con la promesa que se hacen entre ellos. Sigue la simbólica dispersión a los cuatro vientos al partir cada cual por su lado, ¿a cumplir la promesa realizada?

ÉTICA PERSONAL Y SOCIAL

Los consejos a sus hijos formulan un “deber ser”, una ética personal y social, un verdadero tratado de ética. No a la manera académica, sino con coplas que van naciendo como agua de manantial. Pero que constituyen un verdadero sistema. No es posible desarrollarlo aquí, pero enumero, con brevedad y sin el encanto de su palabra poética, algunas de las máximas.

La confianza en Dios en primer lugar, y no en los hombres, luego en sí mismo, es la base para enfrentar la desgracia y el peligro; esta sirve más que el sable y que la lanza.

La “ley primera” por la que deben regirse es la de la fraternidad: “Los hermanos sean unidos” –que se debe entender en un sentido amplio, de solidaridad social–, y la del trabajo, porque existe un imperativo esencial: “Debe trabajar el hombre para ganarse su pan”.

No hay que robar: no es vergüenza ser pobre y sí lo es ser ladrón. No hay que matar, esa es una acción que tiempo después cae como gotas de fuego en el alma: mi experiencia es una desgracia que puede mostrar esto.

Vivan con precaución, con juicio, y así podrán estar bien entre valientes o cobardes, y hasta entre indios pampas. Nunca se sabe dónde está el enemigo. La prudencia es fundamental y desgraciadamente yo no puedo dárselas hablando.

Sepan también que si hay problemas, los primeros perjudicados son los pobres. “En la barba de los pobres/ Aprienden pa ser barberos” (Vuelta, 4.755-56).

Al amigo jamás lo dejen en la estacada, pero no por eso le pidan nada.

Acostúmbrense a cantar en cosas fundamentales.

Respeten a los ancianos y cuídenlos, sepan también que los viejos son los que dicen los consejos verdaderos, como estos que les doy.

Como se ve no son consejos de venganza por los dolores de la vida o las maldades padecidas y en eso está su grandeza.

Padre e hijos cambian su nombre. Qué significa esto. Señalemos que no conocemos sus nombres propios: Picardía es un apodo, y el Hijo Mayor y el Hijo Segundo son así caracterizados, como significando que las vicisitudes vividas por ellos son similares, en su variedad, a las de todos los hijos varones de los gauchos. Pero en su ambiente social sus nombres eran conocidos, y por eso los cambian. Tampoco sabemos el nombre de La Cautiva, así designada a secas.

Picardía tiene que sacarse de encima el apodo descalificatorio. El Hijo Mayor el peso de ser ex presidiario, y el Hijo Segundo carga el hecho de haber sido cómplice en los robos y otras atrocidades del Viejo Viscacha.

Nos sorprende que el ya famoso y prestigioso Fierro lo haga, pero el texto es taxativo.

Podemos pensar que en este caso tiene algo de consagración religiosa. Se cambia de nombre para iniciar una nueva –y definitiva– etapa de la vida. Y cuál puede ser esta nueva condición a la que acceden Fierro y sus hijos.

Se explicita que, como sabíamos, todos ellos tienen culpas que esconder. Pero lo central es que “una promesa se hicieron/ Que todos debían cumplir/ Mas no la puedo decir/ Pues secreto prometieron” (Vuelta, 4.783 ss).

Cambian de nombre porque tienen que cumplir una promesa, lo cual refuerza la carga de un sentido religioso. Como cristianos deben cumplir lo prometido entre ellos.

Ese algo no nombrado ha dado pie a diversas suposiciones; agreguemos una: son gauchos (soy gaucho, y entiéndanlo como mi lengua lo esplica); están arrepentidos de sus faltas (Fierro y Picardía lo explicitaron), y actúan noblemente.

Tiene que ser algo relacionado con los gauchos, en defensa de los gauchos, y eso solo puede ser, entroncando con la ética social de los consejos, vinculado con la organización del país, con la existencia de un país más justo con los gauchos, con los pobres.

El poema nos da algunas indicaciones acerca de la realización de esa ética social que se ha formulado. En el canto 33, cuando se han separado cada cual para su rumbo, directamente el autor toma la palabra y formula un programa: “Debe el gaucho tener casa,/ Escuela, iglesia y derechos” (Vuelta, 4.827-28).

Menuda tarea hacer que el gaucho tenga casa, escuela, iglesia y todos sus derechos. Pero para realizar esto, “para hacer bien el trabajo” (Vuelta, 4.838) hay que acordarse de “que el fuego, pa calentar, debe ir siempre por abajo”. O sea, tiene que venir a mandar un criollo para realizar una política de raíz popular.

Futuro abierto en 1879, año de publicación de La vuelta…, cuando se aproxima el primer gobierno de Roca. La historia nos mostrará lo que ocurre en el final del XIX y en los siglos XX y XXI.

Los intelectuales se sorprendieron con el poema, a favor y en contra. Cito dos opiniones del siglo XX. Leopoldo Lugones, en El payador, vio a Fierro como “un campeón del derecho que le han arrebatado”, y señaló que “como todo poema épico, el nuestro expresa la vida heroica de la raza”. Leopoldo Marechal, en una conferencia de 1955 que la crítica ha rescatado, afirma que “en el drama de la mujer cautiva Martín Fierro ve de pronto el drama de la nación entera, como si aquella mujer, en el doble aspecto de su cautiverio y su martirio, encarnara repentinamente ante sus ojos el símbolo del ser nacional, enajenado y cautivo como ella… y Fierro empieza ya el rescate de la patria”. Celebremos con alegría este nuevo cumpleaños del poema.

*Ángel Núñez es poeta y crítico literario. Dirigió la publicación de las Obras completas de José Hernández (14 tomos, por Editorial Docencia).

Caras y Caretas

Martin Fierro ilustrado por Arbio