El idiota

Por: Diego Sztulwark

Por supuesto, el paso de un personaje a otro nos recuerda a Descartes el primero, y el segundo a Nietzsche. La verdad no como algo a lo que el sujeto se adapta, sino como aquello en lo que el pensador se constituye. La verdad pierde su antigua apariencia teológica y se aproxima a la relación que el artista tiene con ella. El Idiota moderno no aceptará jamás las «verdades» que le ofrece la Historia: «más cercano a Job que a Sócrates» exigirá siempre que le rindan cuentas de cada una de las víctimas de la supuesta Verdad que la Historia regula. Lo que él pretende es que le devuelvan «lo perdido»: lo incomprensible, lo absurdo. Este bellísimo fragmento es leído por el autor de «Generación idiota» de un modo completamente desopilante!
Foto: Leonardo Spinetti

El Idiota dice «Yo», y Agustín Laje lo reta. Porque no lo ha entendido. El Idiota en Deleuze y Guattari es el «pensador privado», opuesto al profesor escolástico (con quien el paleolibertario se identifica sin fisuras). El «Yo» del Idiota es el «yo pienso» de todo el mundo, por oposición al «yo estoy en poder de las categorías» (categorías por supuesto aprendidas) propias del aspirante a profesor público. El Idiota de Deleuze y Guattari no es pues el incapaz de pensar, sino el capaz de pensar por su propia cuenta (substraído de las reglas públicas del buen pensar). Personaje extraño y fascinante este Idiota: personaje propiamente «conceptual», sin el cual no habría propiamente filosofía. Y si el antiguo idiota -según dicen bellamente en «¿Qué es la filosofía?»- pretendía llegar por sí mismo a las evidencias, y para lograrlo lo ponía todo en duda (incluidas las matemáticas), el idiota moderno ya no pretende a arribar a evidencia alguna. Él ya no busca movilizar las fuerzas innatas de su pensamiento para dar con lo indubitable, sino que aspira a lo «absurdo». Con ello lo que ha cambiado es la «imagen de pensamiento». ¿Qué cambio de imagen es ese?: el idiota moderno ya no quiere lo verdadero (una verdad dada), sino que quiere ahora convertir el absurdo en una fuerza de pensamiento aún más potente: aquella que permite «crear» (la verdad como efecto de una invención).

Pueden hacer la prueba, muy sencilla, de leer su comentario de este fragmento en la página 54 de su libro. Allí el autor afirma que el «idiota se encapricha y busca reducir el mundo a su idiotez» (!) y que «por eso el idiota postmoderno vive en mundo postverdadero»(!) ajeno a los hechos y a la lógica (!). A lo que suma en una nota al pie: este deseo de lo absurdo es «tan gracioso como patético». ¿Es que no se anoticia el afamado doctorando de la filosofísima universidad de Navarra que los autores están usando la noción de «absurdo» no como aquello que se cierra a la lógica y lo real sino que precisamente porque encuentra en lo que en ella es inacabado es capaz de provocar nuevas lógicas y relaciones con lo real? (El problema con los que sólo cuentan con la ridiculización como armamento refutativo es que tarde o temprano se vuelven blanco fácil de esa operatoria) Que no se diga que no nos tomamos el trabajo de leer, a pesar de todo, a los «intelectuales» del fascismo paleolibertariano. Al contrario! Con sus libros sobre la mesa llego a la conclusión a la que ya había llegado al ver los streaming que comparte con su socio Nicolas Márquez (otro publicista de la ultraderecha fascistoide que carece de otro medio de expresión que no sea la neolengua del Terrorsimo de Estado). No hay nada en sus libros que justifique el renombre que han conseguido, salvo su audiencia.

Ni un «Gramsci de derecha» ni un «Carl Schmitt de internet». Lo que sí llama la atención y hace pensar son las razones por la que estos personajes han logrado una cierta audiencia lectora. Se trata seguramente de razones que no están en sus libros. Pero sean las que fueran -incluyendo en ellas al conjunto de inconsistencias políticas e incapacidades intelectuales de este tiempo- no deja de asombrar que una derechización militante no se dirija hacia teologías políticas.

Con información de Tiempo Argentino