«El Loco», la biografía de Milei

La vida desconocida de Javier Milei y su irrupción en la política argentina. Escrita por Juan Luis González y publicada por editorial Planeta.

El autor aborda la vida y la carrera política del dirigente libertario. Da cuenta de sus vínculos empresariales, de su inestabilidad emocional, de su profunda soledad y de su creciente afición por lo místico y lo esotérico. «Milei está convencido de que Dios lo eligió como líder mesiánico», señala.

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Abran paso: llegó Javier Milei

Para el arranque del 2023, momento en que sucedió la reunión en la estación de servicio, la figura del libertario estaba en pleno apogeo.

No había una sola encuesta que no lo situara entre el 15 y el 20% de intención de voto, mientras que la gran mayoría lo mostraba como el dirigente con mejor imagen del país.

Parecía que no había nada que pudiera parar su crecimiento: ni el trasfondo del Luna Park, ni la verdad sobre Conan y el desequilibrio emocional de su dueño, y ni siquiera las declaraciones que había hecho en los meses previos en las que se mostraba a favor de cosas tan insólitas como la venta de órganos o de niños.

Milei era una topadora.

Su espacio estaba por cumplir dos años de vida. La Libertad Avanza había nacido como un proyecto novedoso y afuera de la lógica de la grieta que nucleaba a liberales, libertarios, conservadores, pañuelos celestes, nacionalistas duros, e influencers, una alianza variopinta que había sabido interpretar muy bien el clima de época. En un país de binomios, el lento declinar de la fuerza rupturista que había traído el auge del feminismo en el 2018 había dejado paso a todos los que no se habían sentido parte de esa convocatoria. En 2021, acompañando un fenómeno que sucedía en el mundo entero, llegaba a Argentina el despertar de una reacción contraria al avance progresista.

A la cabeza de eso quedó Milei. Él era una figura extravagante y con pasado de economista mediático, con ideas que sonaban a nuevas que, combinadas con la dosis justa de insultos y gritos y el particular toque de su pelo largo, lo habían transformado en un personaje prácticamente irresistible. Su nombre en la televisión daba rating y en las redes daba clicks, una combinación ideal para la era del recorte de videos en WhatsApp, Twitter, e Instagram (es el político argentino con más seguidores, por arriba de Cristina Kirchner y Mauricio Macri). Si Brasil tuvo a Bolsonaro y Estados Unidos a Trump, muchos vieron o quisieron ver a Milei como la encarnación argentina de estos.

La combinación de Milei y La Libertad Avanza, sumadas a los índices de inflación y a la debacle del Frente de Todos que sucedía luego de la debacle del macrismo, produjeron algo totalmente fuera de registro. Un espacio de seis meses de edad, cuyo líder no había participado ni siquiera en una elección universitaria, con un amplio porcentaje de militantes sin ninguna experiencia política, sacó 17% de los votos en las legislativas del 2021. Y sucedió en el corazón del país, en el lugar de donde salieron los últimos dos presidentes. La Libertad Avanza consiguió dos bancas en la Cámara de Diputados de la Nación, cinco en la Legislatura porteña, una en la legislatura de La Rioja, más otra que conseguirían al año siguiente en Tierra del Fuego.

Pero también lograron algo más intangible pero más importante.

Pusieron en jaque el equilibrio de fuerzas entre el kirchnerismo y el macrismo, la postal inalterable de la política argentina desde 2007 hasta hoy. Milei se convirtió en el fantasma que amenazaba el rentable juego de la grieta y, con la sutileza de una trompada en la mandíbula, corrió el eje de cualquier discusión. La privatización de todas las empresas públicas, la dolarización de la economía argentina, la guerra declarada contra el progresismo, el feminismo y la «ideología de género», la destrucción del Banco Central, la eliminación total de la obra pública, la libre portación de armas, la abolición del salario mínimo, la negación de los treinta mil desaparecidos y la defensa a ultranza de la libertad de mercado y de la «libertad» en general pasaron a ser, gracias a él, elenco estable de las ideas de la política.

Milei transformó temas tabú en placas de televisión, títulos de medios y aplausos en las redes sociales con tanta facilidad y tanto éxito que obligó a todos a prestarle atención a su fórmula casi mágica. El recién llegado pasó de alumno a maestro en cuestión de semanas, e hizo algo más: avisó que había una «batalla cultural», una guerra invisible por el sentido común de los ciudadanos, en el suelo argentino. Y que era él quien la estaba ganando.

Ante el pánico por su crecimiento y, sobre todo, por la fuga de votos, Juntos por el Cambio pegó un volantazo. Hizo lo que ya había hecho en España el Partido Popular ante la irrupción de VOX: obligado por la aparición de un pez grande en su misma pecera, migró su discurso hacia posiciones mucho más duras. Los halcones fueron más halcones que nunca y empezaron a gritar como Milei, a incorporar sus tesis y a buscar pelea con sus mismos enemigos. «A mí no me corren más con el discurso progre cínico, no me lo banco más, ¿dónde mierda están las prioridades?», dijo Macri en la presentación de uno de sus libros, en octubre del 2022. Era el mismo dirigente que cuando llegó al sillón de Rivadavia le gustaba mirarse en el espejo de Barack Obama y de la socialdemocracia europea. Fue, además, el primer insulto en público que hizo en su carrera política. «Los gritos, los insultos, no hablan de mí, hablan de ustedes», había dicho en su última apertura de sesiones del Congreso cuando era presidente, mientras diputados kirchneristas lo toreaban desde sus bancadas. Tres años después, los insultos y gritos seguían sin hablar de Macri: hablaban de Javier Milei y de la falta de respuestas de los halcones ante su aparición en la política.

Por eso es que la entonces presidenta del PRO, Patricia Bullrich, le juró al fundador del partido que antes de que llegara el momento de votar al nuevo presidente iba a «traerle la cabeza» de Milei, que iba a lograr que el economista se sumara al partido. Una promesa que no pudo cumplir.

Para las palomas de la oposición el desafío fue aún más duro.

Hacer convivir las grandes tesis de este bando de la oposición, como el diálogo y la sana convivencia democrática, con los nuevos modos e ideas en danza era una tarea digna de contorsionistas.

Horacio Rodríguez Larreta, líder de esta ala, tuvo que salir de su lugar de confort para ensayar opiniones en las que a todas luces no creía. Por ejemplo, el gobierno porteño pasó de dictar talleres de lenguaje inclusivo para sus empleados y de publicar flyers sobre salud sexual usando la letra X a prohibir el lenguaje inclusivo en las escuelas en junio del 2022. Larreta, en persona, pasó de estar de acuerdo con un impuesto a la vivienda ociosa —octubre 2021, en una entrevista con Ernesto Tenembaum y Jairo Straccia— a «no apoyar un impuesto a las viviendas vacías» —octubre 2022, en una entrevista con Luis Novaresio—. Un año antes de las elecciones, este sector perdía fuerza en las encuestas frente a los halcones, que se habían adaptado mejor al clima de época.

El peronismo, por su parte, siguió con atención este tembladeral en el corazón del adversario, a pesar de que cuando Milei se lanzó a la arena política lo tomaron como poco menos que un chiste. Pero luego del 17% el histórico movimiento empezó a tener en cuenta al libertario, sea para levantarlo como el gran cuco de la política —y así bajarle el precio al macrismo—, o para imaginarlo como un aliado táctico a futuro que garantizara robarle votos a la oposición.

Para el 2023 intendentes del peronismo de todo el país se pasaban entre ellos un talonario que imaginaba cuánto saldría financiar a un candidato local que lograra el okey de Milei para competir dentro de su lista, mientras que gobernadores prestaban ayuda financiera o logística para los desembarcos del liberal en sus provincias. En plena crisis política y económica del Frente de Todos, el libertario —y los votos que lograra arrebatarle a Juntos— prometían ser un aliado indispensable para intentar mantener el poder. «Estamos rogando que Milei saque muchos votos, eso habla de que hemos perdido el norte», dijo Fernando «Chino» Navarro, secretario de Alberto Fernández, en un rapto de sinceridad en una entrevista.

Es que Milei hizo mucho más que sacudir la escena: se plantó en el centro de la agenda, obligó a todos los actores a seguirle el ritmo y se terminó transformando en uno de los dueños de la pelota. A partir del 14 de noviembre del 2021 no hubo un solo plan de las dos grandes fuerzas para las elecciones nacionales que no tuviera en cuenta al economista y a sus votantes.

De esta manera Milei provocó un tsunami en toda regla y reescribió la política argentina. Transformó palabras como «impuestos», «diálogo», «Estado», «progresismo» en pecados que solo los valientes se animaban a pronunciar, mientras que «libertad», «liberalismo», «casta», e insultos de todo tipo pasaron a ser sloganes taquilleros. Peronistas históricos, radicales de varias generaciones, macristas confesos y kirchneristas arrepentidos borraron su pasado con el codo y empezaron a autoproclamarse «liberales» de toda la vida, con la intención de ver mejorar sus números en las redes sociales y en las encuestas.

Fue un crecimiento que tuvo en cuenta no solo la política sino también el círculo rojo. Milei pasó de ser, en el mejor de los casos, el economista de pelos largos que decía por televisión ideas que los empresarios no se animaban a decir en público a convertirse en un actor relevante del ecosistema. Hombres y mujeres de todas las industrias empezaron a consultarlo y a llamarlo para sus cócteles y eventos. El clímax de esta escalada fue cuando lo invitaron por primera vez al exclusivo Foro Llao Llao, a mitad del 2022 en el mítico hotel barilochense. Esa es la reunión cumbre del jet set local que tuvo presencias de popes como Marcos Galperín, de Mercado Libre, Martín Migoya, de Globant, Eduardo Elsztain, de IRSA, Sebastián Bagó, de Laboratorios Bagó, Carlos Miguens, del Grupo Miguens Bemberg, entre otros. Era la prueba de que Milei había entrado por la puerta grande a la política vernácula, una realidad que también se notaba en las costosas cenas que organizaba el diputado. Comer con él, una práctica típica de un dirigente que busca financiación, costaba de tres mil a diez mil dólares por persona, una tarea de recaudación que llevaba adelante con mucho celo Karina, su hermana.

Pero el libertario quería más. Era el «elegido» del «número uno» para cumplir una misión divina, y la profecía decía que tenía que ser el sucesor de Alberto Fernández. Los números lo acompañaban: después de su sorprendente debut político, varias consultoras hasta lo imaginaban entrando a un ballotage.

Sus seguidores, los Gastones del país y los que lo seguían desde su época televisiva, soñaban con lo mismo. Eran, en su mayoría, trabajadores en relación de dependencia o profesionales de primera generación, ciudadanos a los que cada aumento del alquiler les duele, imagen muy alejada a la del «cheto» que votaba a Álvaro Alsogaray en los noventa. De hecho, los fans del «león», que en su mayoría eran hombres, se apropiaron de tradiciones culturales típicas de los partidos masivos, como los bombos y los cantos de cancha. Crearon su propia versión de «llegó la JP», para entonarla cuando su líder entraba a los actos y para echarle nafta a sus sueños presidenciales.

Abran paso, llegó Javier Milei
Ponga huevo, la casta va a correr
Militamos con el corazón
Este año la Rosada es del León.

Esta era solo la cara visible de Milei y de La Libertad Avanza, la que mostraban ante la sociedad y con la que habían sacudido el escenario político. Para también había otra, tan lejos de la que aparecía ante el público que era muy difícil distinguir cuál era la real y cuál la fachada.

En el espacio anticasta se hacía exactamente lo contrario a lo que se decía. En el 2021, en su debut político, el libertario y el frente habían puesto a la venta los cargos legislativos de la lista. No es un eufemismo: los lugares para la Legislatura porteña en la boleta de La Libertad Avanza estuvieron disponibles para el mejor postor. El que salió más caro costó U$S500 mil, una fortuna para cualquier argentino promedio de la que se desconoce su paradero. Lo único que está claro es que esos miles de dólares no fueron destinados a hacer una «Argentina grande otra vez», como suelen decir los mileisistas, jugando con el slogan trumpista.

A otros puestos en la lista Milei los canjeó por los sellos que le habían permitido presentarse a las elecciones. Fue una acción que fue devuelta a los prestadores (los dueños del partido Unite y del MID), comerciantes de la política cuya única ideología son las ganancias, con distintos negocios suculentos. Todo bien lejos de la idea de la meritocracia y de los valores históricos del liberalismo.

Esta trama oculta se manejó en extrema reserva durante la campaña del 2021 (ver capítulo «2021»), y la conocieron solamente los involucrados y los que se beneficiaron de ella. Pero al año siguiente, luego de llegar a ser diputado, Milei dio un paso en falso.

Quizás mareado por el 17% y por el círculo de fanáticos que le repetía que iba a ser el próximo presidente, hizo una jugada de más.

Aprobó una purga masiva de militantes y dirigentes, una estudiada operación que comandaron su hermana —apoyada en lo que las cartas de tarot le decían, que le señalaban quién era «un traidor» y quién no— y el operador Carlos Kikuchi, el entonces recién llegado monje negro que había sido asesor de Domingo Cavallo en la etapa de este como ministro de Economía.

A mitad del 2022 echaron o corrieron de cualquier lugar de decisión a muchos que habían fundado el espacio y que tenían voz propia, la espalda suficiente como para discutir con el líder o a militantes que, sencillamente, creían en las «ideas de la libertad».

Aunque eran muy distintos entre sí, todos los expulsados tenían algo en común: no estaban dispuestos a estar cerca de «la casta» y mucho menos a hacer negocios o alianzas con ella, postulado que repetía Milei en los estudios de televisión y que había sido precisamente lo que los había acercado en un primer momento a La Libertad Avanza.

Fue en la brutal razzia donde el libertario empezó a mostrar la hilacha. Es que ahí dejó en evidencia que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de llegar a encabezar una boleta presidencial.

Incluso si eso suponía poner una parte importante de la lista, en cada provincia y en cada localidad, a la venta. Kikuchi, en privado, era aún más crudo. «Es que con ustedes no se puede negociar», dijo en una de las reuniones en que comunicó despidos, ante militantes que habían escuchado decenas de veces a Milei decir que con «la casta» no había que negociar nada. A Mila Zurbriggen, la presidenta de la juventud libertaria que se fue del espacio con durísimas acusaciones, el operador le fue aún más crudo: «Los lugares los van a ocupar los que pongan más plata».

Eso sucedió a mitad del año pasado. En el arranque del 2023, a meses de las elecciones, la situación había escalado a otro nivel.

Milei estaba cerrando, a lo largo y a lo ancho del país, con los históricos candidatos de las terceras fuerzas locales, hombres y mujeres que pasaron por el peronismo y la oposición según qué le conviniera al oficialismo de turno de cada lugar. En criollo: el proclamado anarcocapitalista estaba en la cama con políticos que hace décadas o generaciones vivían de eso, que siempre fueron funcionales a las necesidades del momento, y que no tenían absolutamente nada que ver con lo que el espacio decía ser —con Ricardo Bussi, el hijo orgulloso del genocida tucumano para el cual Milei trabajó, como caso estrella—. Y para lograr esto estaban amenazando y echando a todos los liberales de cada localidad, y lo hacían porque los nuevos candidatos aportaban plata a la campaña —¿o a los bolsillos?— de Milei.

El economista, que había estado seis años con una importante deuda ante la AFIP pesándole sobre la espalda, pasó en el 2021 de vivir en un tres ambientes en una calle oscura en el Abasto a una casa con patio en un coqueto country de Benavídez, y de tener un solo traje con el que se paseaba en todos los canales de televisión —uno viejo, gastado y a rayas, que le quedaba grande— a varios de las marcas más exclusivas.

Había un abismo entre quien Milei decía ser y quién era en realidad. ¿Cuál era, entonces, la verdad?